* Desde gimnasios de barrio hasta canchas infantiles, el psicólogo deportivo apuesta por formar atletas integrales, donde la disciplina mental, la familia y la comprensión valen más que cualquier campeonato.
Por Sergio Masté
En medio del calor sofocante y el eco constante de los guantes golpeando el costal, Pedro Castillo encontró su lugar: no en la esquina del ring, sino en la mente de quienes lo pisan. Su trinchera no es física, es emocional. Ahí, donde nacen la motivación, el miedo y la determinación, es donde este psicólogo deportivo libra su verdadera batalla.
Desde el gimnasio World Champions, bajo la tutela del entrenador Celestino Castro, Castillo trabaja con boxeadores de nivel competitivo afinando aspectos que, asegura, pueden definir una carrera: motivación, automotivación y concentración. “El físico te lleva lejos, pero la mente te mantiene ahí”, resume, convencido de que ningún atleta alcanza la élite sin un soporte psicológico sólido.
Con más de cinco años recorriendo gimnasios de Cancún, su historia no está marcada por grandes contratos ni reflectores, sino por la insistencia. Ha tocado puertas, muchas veces sin recibir pago, ofreciendo su conocimiento en espacios donde pocos voltean a ver. Lejos de verlo como sacrificio, lo asume como una inversión. “No es regalar mi trabajo, es aportar a algo que amo”, afirma.
Su misión es clara: llevar la psicología deportiva a las bases, a los jóvenes que entrenan en colonias populares con talento, pero sin herramientas. En ese camino, ha descubierto que el atleta no se construye solo. La familia, dice, es un pilar fundamental. Por ello, su trabajo también involucra a padres de familia, buscando crear una comunicación que permita sostener el desarrollo emocional del deportista.
“Sin ese equilibrio, el talento se puede perder”, advierte.
FORMAR PERSONAS, NO SOLO CAMPEONES
Para Castillo, el deporte no se trata únicamente de ganar. Su visión va más allá de los títulos: formar personas capaces de sostener el éxito y enfrentar la vida fuera del ring o la cancha.
Especialmente en la adolescencia, etapa que considera la más crítica. “Un joven puede convertirse en un gran atleta o perderse completamente”, señala. En ese punto, la falta de guía puede abrir la puerta a problemáticas como adicciones o abandono deportivo.
Ahí, el papel de los padres es tan delicado como determinante. Castillo describe una contradicción común: adolescentes que piden independencia, pero que necesitan la presencia de sus padres más que nunca. “Te dicen que no vayas a verlos, pero voltean a buscarte. Si no estás, les afecta”, explica.
Sin embargo, advierte que el exceso también puede ser perjudicial. Padres que gritan instrucciones desde la grada o que intentan sustituir al entrenador terminan, muchas veces, rompiendo procesos construidos durante semanas. “En un partido pueden destruir todo el trabajo previo”, lamenta.
Su propuesta es clara: acompañar sin invadir. Permitir que el joven se equivoque, se frustre, aprenda y crezca. Porque en esa experiencia —asegura— se forma el carácter.
LA DELGADA LÍNEA DE LA PSICOLOGÍA
Castillo también insiste en diferenciar el papel del psicólogo deportivo del clínico. Mientras el primero se enfoca en potenciar habilidades para la competencia, el segundo aborda problemas emocionales más profundos.
“Si un atleta deja de rendir por algo interno, ya no es trabajo del psicólogo deportivo”, explica. Cruzar esa línea, advierte, puede ser riesgoso, ya que se trabaja con emociones en contextos de alta exigencia, incluso de riesgo físico, como el boxeo.
Además, subraya la conexión entre mente y cuerpo. El estrés, por ejemplo, eleva el cortisol y afecta el rendimiento; mientras que el disfrute activa hormonas como la dopamina y las endorfinas, potenciando el desempeño. La psicología, entonces, no es un complemento: es parte del entrenamiento.
ROMPER ESQUEMAS DESDE LA INFANCIA
Su visión también se refleja en el fútbol formativo. En la Escuela Búfalos, en la región 103, trabaja con niños desde los tres años bajo un enfoque distinto: aprender jugando.
Ahí ha comenzado a cuestionar prácticas tradicionales como el uso del silbato. Para muchos entrenadores es indispensable; para él, puede convertirse en un símbolo o presión.
“No quiero que el niño obedezca por un sonido, sino porque entiende lo que hace”, explica. Su objetivo es que los pequeños disfruten el proceso, que hagan caso desde la comprensión y no desde la imposición.
Aunque reconoce que esta postura genera debate, asegura que forma parte de una nueva corriente que busca humanizar el deporte desde sus bases.
Los resultados, dice, ya son visibles: niños más motivados, menos presionados y padres que comienzan a notar cambios positivos.
MAMBAS: ROMPER LÍMITES DESDE LA CANCHA
En paralelo, lidera “Mambas”, un equipo femenil donde entrena gratuitamente a niñas, jóvenes y mujeres. Este proyecto ha sido clave en su desarrollo profesional y personal.
Ahí aplica conceptos como la neuroplasticidad, demostrando que nunca es tarde para aprender. El caso de una de sus jugadoras, quien comenzó a los 27 años sin experiencia y hoy destaca en el campo, es para él prueba de que el método funciona.
“Eso me confirma que vamos por buen camino”, afirma.
UNA LUCHA A LARGO PLAZO
Castillo no habla de éxito inmediato. Su meta es consolidarse con el tiempo, construir una metodología propia y que sean sus resultados los que hablen por él.
“No necesito que me lo digan hoy. Con el tiempo, la gente lo va a notar”, reflexiona.
Respaldado por su familia, sus alumnos y entrenadores que han confiado en él, continúa abriéndose paso en un terreno que apenas comienza a ganar reconocimiento en México.
Su apuesta es ambiciosa, pero clara: cambiar la forma en que se entiende el deporte.
Porque al final, más allá de campeonatos o victorias, Pedro Castillo lo resume con una idea que guía todo su trabajo:
El verdadero combate no está en el ring, sino en la mente.









