Entre lo sagrado y lo profano, Yucatán, Campeche y Quintana Roo son escenario de exorcismos, sanaciones, cultos y creencias donde la fe, la tradición y lo sobrenatural conviven en una frontera difusa, en medio de una lucha simbólica entre luz y oscuridad, que se hace más palpable con la proximidad del Día de Muertos

SALVADOR CANTO / EQUIPO DE INVESTIGACIÓN DE EL DESPERTADOR

En la Península de Yucatán —que comprende los estados de Yucatán, Campeche y Quintana Roo— las manifestaciones de misticismo y fe forman parte del entramado cotidiano de la vida. Prácticas como los rituales de sanación, las ceremonias de liberación y los exorcismos cobran especial intensidad en las fechas previas al Día de Muertos, cuando la noción de una frontera difusa entre el mundo visible y el espiritual parece hacerse más palpable en la conciencia colectiva.

Enmarcada en esta festividad —mezcla de fe, cultura y tradición, reconocida por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad desde 2008—, la espiritualidad adquiere en algunos lugares una dimensión más intensa. En Cancún, por ejemplo, donde el contraste entre lo moderno y lo ancestral convive a diario, los exorcismos siguen siendo una práctica vigente dentro de la Iglesia católica.

Aunque muchos los consideran vestigios de antiguas creencias o simples supersticiones, en pleno siglo XXI esta tradición persiste. En la zona residencial Villas Paraíso, ubicada en la supermanzana 501, un sacerdote continúa enfrentando —en silencio y con fe— aquello que la ciencia no logra explicar. Cada miércoles, la Parroquia Virgen de San Juan de los Lagos se convierte en un punto de encuentro entre lo terrenal y lo sobrenatural, un espacio donde los fieles buscan alivio ante fuerzas que escapan a la razón.

El padre José Luis Laris Maure, Legionario de Cristo y único exorcista autorizado por la Diócesis de Cancún-Chetumal, eleva el crucifijo y rocía agua bendita sobre almas atormentadas, algunos convencidos de estar bajo la influencia del mal, otros buscando una última oportunidad de alivio ante lo inexplicable a través de misas de sanación y liberación.

Cada año, la Diócesis Cancún-Chetumal registra en Quintana Roo más de 400 “intervenciones de liberación”, como las denomina, un número que refleja el auge de prácticas ocultas y la creciente demanda de ritos de sanación entre la población local y los visitantes.

“El mal se desborda”, advierte el obispo Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, al señalar que la proximidad con la brujería de Catemaco en Veracruz y la santería cubana infiltra la Península de Yucatán, avivando cultos como el de la Santa Muerte —para la Iglesia Católica, nada menos que una máscara de Satanás— y brujerías que prometen amor, riqueza o venganza a cambio de un pacto invisible.
El exorcismo, explica el derecho canónico de la iglesia católica, es un rito reservado exclusivamente a sacerdotes autorizados, realizado con estola morada, crucifijo y agua bendita. Pero más allá del ritual, implica una confrontación simbólica entre el bien y el mal, una batalla espiritual donde la fe y la esperanza se enfrentan a fuerzas que la lógica y la ciencia no alcanzan a explicar. “No todo lo que parece posesión lo es”, aclara el padre Laris. Su labor requiere discernimiento, oración y años de preparación, porque cada caso puede involucrar aspectos psicológicos, emocionales y espirituales.

Del otro lado, el mundo del satanismo ofrece una visión radicalmente distinta. Eduardo Peniche, brujo radicado en Quintana Roo, asegura que sus pactos con demonios como Mammón, príncipe de la avaricia, buscan poder y prosperidad, no maldad per se. Peniche distingue entre satanismo teísta —la adoración literal a Satanás—, satanismo ateísta —donde Satanás es un símbolo de libertad— y luciferismo, que venera a Lucifer, el ángel caído, como portador de luz y conocimiento. Sus altares, dice, combinan rituales oscuros con objetivos concretos: controlar la codicia, la ambición y el éxito material.

En Cancún, la frontera entre la ciencia, la religión y lo oculto se vuelve difusa. Mientras psicólogos interpretan episodios de “posesión” como crisis mentales o traumas, la Iglesia mantiene que existen casos donde la presencia del mal es tan tangible que solo el rito puede expulsarla. La ciudad turística se convierte así en un escenario donde la lucha entre luz y oscuridad se vive cada semana, entre rezos, velas, crucifijos y pactos, recordando que el bien y el mal no son abstracciones, sino fuerzas que caminan entre nosotros.

El bien y el mal, nociones impuestas

La noción del bien y el mal no existía en el México prehispánico, a diferencia de nuestra cosmovisión actual, según la cual son dos energías contrarias que buscan eliminar la una a la otra. De hecho, fue para ellos una idea extraña y bastante difícil de asimilar ante la imposición de la religión católica por los conquistadores españoles, pues no comprendían la existencia de una energía antagónica, contraria a la creación, como refiere el investigador Patrick Johansson Kéraudren:

“La dicotomía conceptual europea bien/mal fue asimilada con dificultad por los indígenas, para quienes el mundo era como era, es decir, bueno, ‘cuali’, sin que hubiera una noción del ‘mal’ que se le opusiera. La locución ‘amo cuali’ —literalmente ‘no bueno’— fue acuñada neológicamente para el mal y su encarnación cristiana, el Diablo, ente referido a partir de entonces y hasta nuestros días como el ‘amo cuali’…”

La Biblia pinta al diablo como “padre de la mentira”, un engañador que adopta máscaras —como la Niña Blanca, un espectro seductor en folclore mexicano, o San Juan Bailón, santo popular pervertido en ritos oscuros— para atraer almas. Sus cultos prosperan en la culpa: la Iglesia, históricamente, ha “comerciado con el miedo”, ofreciendo salvación a cambio de temor al infierno, perpetuando un mito que genera más sombras que las que disipa.

Pero el concepto del mal, para culturas diversas, trasciende la condena cristiana. En la India, por ejemplo, entidades como los asuras, a menudo interpretados como demonios o semidioses rivales de los devas (dioses), representan fuerzas caóticas que, una vez dominadas por yoga o mantras, impulsan el autoconocimiento, no la culpa eterna. 

En el folclore maya de Yucatán y en la cultura prehispánica, seres como nahuales y aluxes son ambivalentes —protectores o vengativos—, sinfónicos con la naturaleza cíclica.

En la masonería, Satán es “ley y ciencia”, un símbolo de razón ilustrada, no maldad personificada; el bien y mal se miden en progreso humano, no dogmas.

Satanás, Lucifer, Belcebú y el Diablo no son sinónimos, sino facetas de un arquetipo. Satanás (hebreo: “adversario”) es el acusador celestial, tentador de la humanidad. Lucifer (“portador de luz”) simboliza la rebelión angélica, caída por orgullo. Belcebú (“señor de las moscas”), príncipe de los demonios, rige plagas y corrupción. El Diablo (“calumniador”) es el término genérico para el maligno, un “león rugiente” que opera en legiones.

Aquí radica la fractura: la religión occidental califica el mal como culpa moral —Dios como Creador, Cristo como redentor, ángeles como guardianes—, mientras la ciencia lo reduce a psicopatología o sugestión cultural. 

El propio desarrollo del cristianismo, señalan algunos estudiosos, transformó esa batalla invisible en un mercado de la fe. “Si haces el mal, si sigues al diablo, te irás al infierno; pero si te arrepientes, alcanzarás el cielo”. Así, la salvación se volvió promesa y el infierno, advertencia, moldeando el imaginario colectivo de generaciones enteras.

Entre la fe y el misterio: testimonio de la Iglesia

El exorcismo no es un acto teatral ni una escena de cine. Hasta finales del siglo XX, la práctica del exorcismo dentro de la Iglesia católica se regía por el Rituale Romanum de 1614, que establecía que únicamente los sacerdotes con autorización expresa de su obispo local podían realizar los llamados “exorcismos mayores”. Esta autorización se concedía bajo normas emanadas del Vaticano, y en algunos casos excepcionales se consultaba directamente a la Santa Sede antes de proceder. 

En 1999, el Vaticano promulgó una versión revisada del ritual bajo el título De Exorcismis et Supplicationibus Quibusdam, que actualizó las directrices para toda la Iglesia. La reforma mantuvo la exigencia de autorización episcopal, pero introdujo una mayor prudencia pastoral: antes de permitir un exorcismo mayor, el obispo debe asegurarse de que no existan explicaciones psicológicas o médicas del supuesto poseso. Los sacerdotes designados para esta función deben estar debidamente preparados, actuar con discreción y mantener una estricta adhesión a la doctrina católica, diferenciando claramente entre los ritos de liberación y el exorcismo formal.

Cuando se confirma una posesión, se clasifican distintos tipos de ataques demoníacos: desde la “obsesión diabólica” (ataques psicológicos) hasta las “vejaciones” o las “ataduras”, que afectan la salud física y espiritual de la víctima. Se trata de un rito reservado que se aplica solo cuando hay señales claras: conocimiento de cosas ocultas, aversión a lo sagrado y fuerza física inexplicable, además de que comience a hablar en otros idiomas sin conocerlos.

“El exorcismo solo se realiza cuando realmente lo necesita una persona endemoniada”, explica el padre José Luis Laris, párroco de la parroquia Virgen de San Juan en Cancún. “Aquí la mayoría viene a orar, a liberarse de brujerías, maldiciones o comidas embrujadas. Pero hay casos donde la persona cambia la voz, no soporta entrar a la iglesia, o manifiesta una fuerza fuera de lo normal. Ahí es donde se requiere el rito”.

El sacerdote detalla su preparación: ayuno, oración diaria, rezo de cuatro partes del rosario los viernes y una hora frente al Santísimo todos los días. “La fuerza no es mía, viene de Dios. Nosotros somos solo instrumentos de su misericordia”.

El padre Laris recuerda que México, y particularmente la región del Sureste, arrastra una herencia mesoamericana de curanderismo y prácticas ancestrales. “Somos herederos de culturas que no conocían el evangelio y recurrían a hechicerías para sanar o dañar. A eso se sumó la santería cubana y haitiana, el espiritismo colombiano y venezolano, y hasta la magia maya. Todo eso sigue vivo y la gente, en su desesperación, busca respuestas fuera de la fe”.

En sus misas de sanación y liberación —un preámbulo menos formal al exorcismo mayor—, feligreses relatan visiones de sombras, insomnios atormentados y adicciones inexplicables. “No es posesión total, sino opresión: el demonio susurra dudas, aviva odios”, explica el sacerdote. 

Estas aristas —física, emocional y espiritual— subrayan la multidimensionalidad del mal, que no solo destruye cuerpos, sino almas, en un ecosistema donde la avaricia (turismo voraz) y el vacío existencial (soledad en el paraíso) lo invitan.

Sanación y Liberación: la misa que desborda la fe

El Equipo de Investigación de El Despertador llegó a la Parroquia Virgen de San Juan de los Lagos de Cancún el pasado miércoles 22 de agosto, previo a la misa de sanación y liberación de ese día. La mañana era tranquila, casi indiferente, pero al cruzar las puertas de la iglesia nos recibió un aire cargado de aromas a aceite bendito, mezclado con la expectación de los feligreses. Durante la misa tradicional, varios espacios de las bancas estaban desocupados. Una vez que esta terminó y se anunció el inicio de la sanación y liberación, algunas personas se mantuvieron de pie, con los ojos fijos en el altar, mientras se preparaban para el rito que se celebra todos los miércoles y que este día abordó el tema: Puerta 4, daño dado, brujería y maleficios.

El padre Laris Maure apareció frente al altar con paso firme y mirada serena, portando su estola morada, crucifijo en mano, y conforme avanzó la explicación del tema y comenzó el ritual, pronunció frases en griego, latín y hebreo que reverberaban en toda la iglesia. Cada palabra parecía pesar en el aire, penetrando en los cuerpos y provocando reacciones inmediatas. Murmullos de oración se mezclaban con suspiros, temblores y gritos ahogados.

No pasó mucho antes de que algunos fieles comenzaran a vomitar. La escena era intensa, casi cinematográfica. Lejos de un escenario de caos, los servidores —que son personas que laboran en la parroquia—, actuaban con precisión militar: ofrecían bolsas de plástico, guiaban a los afectados a distintos puntos de la iglesia, les daban pequeños vasos con aceite, agua con sal o les rociaban agua bendita con atomizadores. Cada gesto estaba coordinado, como si la ceremonia dependiera de su ritmo constante para sostener a quienes se entregaban por completo al ritual.

El Equipo de Investigación pudo observar cada detalle: la mayoría eran mujeres, quienes temblaban, algunas de rodillas, otras aferrados a los bancos o sentadas en el suelo; llantos que se mezclaban con susurros de alivio; cuerpos que se estremecían al escuchar las palabras en hebreo. La intensidad era tal que el espacio parecía vibrar, como si la fe misma se hubiera hecho tangible.

“No filmes, no filmes”, alcanzó a decir el padre cuando se intentó grabar algunas de las escenas. Incluso algunos servidores se acercaron a los reporteros e insistieron en que no se podía grabar nada.

Sin embargo, se pudieron observar plegarias, sollozos, respiraciones profundas y exclamaciones de liberación de los feligreses. Cada reacción física, cada movimiento de los servidores, cada palabra del padre contribuía a un efecto acumulativo: una especie de energía que atravesaba a los asistentes y los conectaba con lo que ellos llaman sanación y liberación.

Cuando finalmente la ceremonia llegó a su fin, la calma retornó lentamente. Los suspiros dieron paso a conversaciones susurradas, los vasos fueron recogidos, el altar limpiado y la quietud se instaló de nuevo en la iglesia. Pero el eco de lo vivido permanecía: el Equipo de Investigación salió con la impresión de haber presenciado un fenómeno donde la fe, la emoción y lo físico se entrelazaban, un espacio donde la devoción se convierte en experiencia palpable, intensa y transformadora.

“He sido testigo de posesión demoniaca”: Obispo 

El obispo de la Diócesis Cancún-Chetumal, Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, asegura haber sido testigo directo de manifestaciones inexplicables durante su ministerio.
“Una vez, mientras bendecía a una familia, una mujer empezó a gritar con una voz distinta, diciendo cosas terribles. Con oración y paciencia, poco a poco se calmó. A veces se libera en una sesión, otras requieren muchas. Es algo misterioso, pero sí existe. La gente sufre por el mal, por las brujerías, por el pecado, y debemos atenderlos”, relata.

Desde la catedral de Cancún, en entrevista con el Equipo de Investigación de El Despertador, Monseñor Elizondo confirmó que los casos de personas que solicitan oraciones de liberación o exorcismos han aumentado en los últimos años.

“Estamos haciendo todo lo posible para atender a la gente que sufre. El padre Laris hace una gran labor, pero el asunto se está desbordando.”, expresó.

Y añadió: “vemos con preocupación que cada vez con más facilidad se hacen brujerías, santerías y se rinde culto a la Santa Muerte. ¿Quién es la Santa Muerte?, es Satanás”, afirmó con firmeza.

Aunque Campeche es reconocida como la entidad con mayor número de exorcismos en el país, el obispo advierte que Quintana Roo enfrenta una situación similar.

“Estamos igual que Campeche. La santería y la brujería nos llegan por Veracruz, por Cuba, por todos lados. Pero gracias a Dios hay sacerdotes expertos y preparados para enfrentar esto”, explica.

El prelado vincula el auge de estas prácticas con la violencia, el crimen organizado, las adicciones y la pérdida de valores sociales y espirituales.
“Mucha gente busca protección: se cuelgan a San Juditas, a la Santa Muerte, van con santeros o brujos para pedir ayuda. Pero la verdadera protección es la santidad de vida, la oración, los sacramentos. Solo estar cerca de Dios protege de las acechanzas del maligno”, enfatiza.

En mayo de 2024, El Despertador de Quintana Roo publicó un amplio reportaje sobre la adoración a la Santa Muerte que puede consultarse en el siguiente enlace: https://eldespertador.com.mx/la-santa-muerte-en-el-ojo-del-huracan/.

Caminante del sendero izquierdo: un brujo satanista en Cancún

En otro rincón de Cancún, lejos del bullicio turístico y los templos católicos, un hombre asegura dialogar con los demonios. Eduardo Peniche, de voz pausada y mirada serena, trabaja en el sector turístico, pero en la penumbra de su hogar guarda una vida paralela. “Me considero brujo satanista teísta tradicional”, explica. “Yo adoro a Satanás como deidad”.

Su iniciación comenzó en 2021, tras sufrir —afirma— una brujería que buscaba destruir su relación de pareja. A partir de ese episodio se adentró en el mundo de los pactos, los rituales y la magia oscura. “Primero fue por protección, luego me sentí llamado al sendero izquierdo”, explica.

Cabe señalar que el concepto de “sendero izquierdo” refiere un camino espiritual centrado en el individualismo, la voluntad personal y la ruptura de tabúes sociales y religiosos, a diferencia del “sendero derecho” que sigue una autoridad externa.

Hoy, en su casa-templo, Peniche ha levantado un santuario pintado completamente de negro, impregnado por el aroma espeso del incienso. La habitación está cubierta con símbolos esotéricos, cálices dorados, velas negras y un tablero ouija. En el centro, un altar domina el espacio con siete figuras demoníacas que —dice— representan a sus guardianes y pactos.

El primero fue Mammón, el demonio de la avaricia, “uno de los siete príncipes del infierno”, como lo describe. “Mammón no es maldad; es ambición pura, el motor de Cancún”, dice entre risas, mientras muestra la figura de un ser alado cubierto de oro y monedas. “Él fue mi primer pacto y desde entonces me ha beneficiado mucho”.

A su lado se alinean otros nombres temidos en la tradición judeocristiana: Belial, asociado con la corrupción y el poder; Asmodeo, señor de la lujuria y los deseos; Lucífugo Rofocale, guardián de los tesoros del infierno; Astaroth, el príncipe de la sabiduría; Glasya-Labolas, el capitán del derramamiento de sangre; y Sorath, el demonio solar vinculado al número 666.

Cada figura tiene su historia y su lugar. Algunas están talladas en piedra, otras moldeadas en metal ennegrecido. Todas, asegura Peniche, “tienen su energía y su precio”.

Los pactos, dice, son intercambios energéticos: “Tú pides algo y das algo a cambio. No es el alma lo que quieren, sino tu energía y tu compromiso. Si no cumples, te lo quitan todo”.

En su templo no hay sacrificios de animales —subraya— sino ofrendas personales: sangre, sudor, saliva o incluso energía sexual. “Nuestra fuerza vital es el sacrificio”, asegura, mostrando un pequeño cáliz con restos secos de cera y vino oscuro.

Peniche pertenece a la Legión Shemhamforash, un grupo vinculado a una corriente satanista con sede en Ciudad de México. Su credo distingue tres ramas: el teísmo, que adora literalmente a Satanás; el ateísmo, que lo toma como símbolo de rebeldía, y el luciferinismo, centrado en Lucifer como portador de conocimiento. Él se ubica en la primera.

“Nosotros también tenemos mandamientos”, dice. “No se puede dañar a niños ni animales. No somos asesinos, pero si alguien nos ataca, lo destruimos. Es la ley del equilibrio”.

Explica que muchos de sus rituales se realizan durante fechas significativas, como el 31 de octubre, cuando celebra el Año Nuevo Satánico. “Les hago una carne asada, traigo mariachis, convivo con ellos como si estuvieran aquí”, comenta con naturalidad.

Su fe, asegura, le ha dado poder y protección. Aun así, admite sentir miedo en ocasiones: “Cuando la energía es muy pesada, se siente. Una vez, en una lectura con Satanás a través del tablero ouija, fue de las energías más agresivas que he sentido. No podía salir. Tuve que pedir ayuda a mi guardián Mammón para que me liberara”.

Peniche no acepta a cualquiera en su templo. “Solo entran los pactados o quienes pertenecen a la legión”, aclara. Pero sueña con abrir un recinto público en Cancún, “un templo formal, con permisos, donde la gente pueda venir y conocer”.

Cuando se le pregunta qué piensa de quienes creen que todo esto es charlatanería, responde con una sonrisa: “Primero que lo intenten. Si creen que esto es falso, que lo prueben. Yo lo he vivido, lo he sentido. Esto no es un juego. Los demonios existen, solo que no todos están preparados para verlos”.

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La Iglesia de Satán

La Iglesia de Satán, fundada en 1966 por Anton Szandor LaVey, conocido como “el Papa Negro”, institucionalizó el satanismo moderno bajo una estructura doctrinal. En su visión, Satanás no es un ser del mal, sino símbolo de libertad, conocimiento y placer frente al dogma religioso; representa “la indulgencia en lugar de la abstinencia”, “la existencia vital en lugar de los sueños espirituales” y “la sabiduría sin contaminación en lugar del autoengaño hipócrita”, además de considerarlo “el mejor amigo que ha tenido la Iglesia, pues la ha mantenido en el negocio todos estos años”. Sin embargo, desde la óptica católica, estas doctrinas no son inocuas: abren portales espirituales y refuerzan una falsa idea de poder que aleja a las personas de la gracia divina.

Los 11 mandamientos de la Iglesia de Satán:

1. No des tu opinión o consejo a menos que te sea pedido.

2. No cuentes tus problemas a otros a menos que estés seguro de que quieran oírlos.

3. Cuando estés en el hábitat de otra persona, muestra respeto o mejor no vayas allá.

4. Si un invitado en tu hogar te enfada, trátalo cruelmente y sin piedad.

5. No hagas avances sexuales a menos que te sea dada una señal de apareamiento.

6. No tomes lo que no te pertenece a menos que sea una carga para la otra persona y esté clamando por ser liberada.

7. Reconoce el poder de la magia si la has empleado exitosamente para obtener algo deseado. Si niegas el poder de la magia después de haber acudido a ella con éxito, perderás todo lo conseguido.

8. No te preocupes por algo que no tenga que ver contigo.

9. No hieras a niños pequeños.

10. No mates animales no humanos a menos que seas atacado, o para alimento.

11. Cuando estés en territorio abierto, no molestes a nadie. Si alguien te molesta, pídele que pare. Si no lo hace, destrúyelo.

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Uayamón: entre la selva campechana y lo sobrenatural

Una nota periodística del diario Milenio, en agosto de este año, calificó a Campeche como “el epicentro de los exorcismos”, al referir más de 38 mil 400 rituales registrados en los últimos cuatro años. Aunque la cifra fue desmentida por la Diócesis de Campeche en un comunicado, la información despertó un debate entre creyentes, especialistas y autoridades religiosas sobre la verdadera naturaleza de estas manifestaciones.

La Diócesis aclaró que “un exorcismo auténtico es un proceso prolongado que requiere discernimiento, acompañamiento espiritual y varias sesiones que pueden extenderse durante meses o años, que solo pueden realizar sacerdotes autorizados por el Obispo, y actualmente en Campeche seis presbíteros cuentan con esta encomienda, celebrando liturgias que atraen a fieles de otros estados e incluso del extranjero”.

En lo profundo de la selva campechana, el Monasterio de Uayamón se yergue como un refugio para quienes buscan liberación espiritual. Entre la bruma de los antiguos mitos y la fe de los creyentes, se encuentra el Santuario del Inmaculado Corazón de María, dirigido por el sacerdote argentino Padre Ricardo Coll Mónico, un hombre que pasó de diseñar estructuras de acero y concreto a enfrentar las fuerzas invisibles del mal.

La historia de Coll Mónico combina razón y devoción: su formación en arquitectura e ingeniería le dio herramientas analíticas que hoy aplica en el discernimiento espiritual, mientras que su vocación sacerdotal lo llevó a fundar el Instituto para la Liberación y Crecimiento Espiritual de las Almas (IPLyCEA), donde cada caso de posesión o influencia demoníaca se enfrenta con disciplina, oración y un profundo conocimiento teológico.

Su primer encuentro con lo que describe como una “feroz posesión diabólica” ocurrió en 1999, cuando participó en un exorcismo bajo la supervisión del obispo Guillermo Garlatti, que lo enseñó a distinguir entre patología y mal espiritual, una experiencia que no solo lo transformó a él, sino que puso en evidencia la necesidad de un centro de liberación capaz de atender a quienes sufren ataques del mal.

Cada viernes, las bóvedas del santuario resuenan con la Liturgia de Liberación, un ritual que combina exorcismo mayor y menor, confesión y acompañamiento espiritual. 

Sus paredes, además, resguardan una biblioteca endemoniada, repleta de libros, registros y documentos que estudian la posesión, la brujería y los rituales de liberación. Este archivo único se ha convertido en un recurso invaluable para sacerdotes, investigadores y creyentes, y refuerza la reputación de Uayamón como un epicentro de conocimiento espiritual en el sureste mexicano, donde la ciencia y la tradición conviven, como un punto de encuentro con lo divino y un recordatorio de que, incluso en los lugares más remotos, la batalla entre la luz y la oscuridad continúa.

Exorcismos en Yucatán: fe y liberación 

En la Arquidiócesis de Yucatán, la creencia en la existencia del mal y del demonio sigue siendo un tema relevante para la comunidad católica. En la Parroquia San Juan Bosco, en la colonia Miraflores de Mérida, los sacerdotes insisten en que las posesiones demoníacas son reales, aunque matizan que muchas veces los temores hacia el mal surgen por hábitos de vida y elecciones personales.

“Hay que insistir en que el mal existe, el diablo existe, pero muchas veces hay gente que está preocupada por lo que el diablo les pueda hacer cuando ya ellos estén metidos en vida de pecado, en vida de vicios”, explica un vocero de la Arquidiócesis de Yucatán. No siempre se trata de que el demonio se apodere del cuerpo de alguien; más bien, los pecados y los vicios permiten que la libertad y el alma queden expuestas a su influencia.

En este contexto, la confesión se destaca como la herramienta más poderosa de liberación espiritual. “La mejor liberación que puede haber es la confesión”, subraya el párroco. Incluso al inicio de cada misa se incluye un momento de arrepentimiento y petición de perdón, un acto que funciona como liberación interior para los fieles.

Además, los exorcismos forman parte de los sacramentales, es decir, signos sagrados que ayudan a los fieles a recibir la gracia de Dios. El presbítero Jorge Martínez Ruz, vocero de la Arquidiócesis de Yucatán, explica que existen diferentes tipos de exorcismo; por ejemplo, antes de cada bautizo se realiza un exorcismo menor previo a verter el agua, un rito que busca proteger al niño y fortalecer su vínculo con Dios desde el primer momento.

Los sacerdotes recomiendan que cualquier persona que experimente inquietud o síntomas que puedan sugerir una situación sobrenatural se acerque a su párroco. El diálogo con el guía espiritual permite orientar a la persona, brindar claridad sobre su situación y ofrecer un camino seguro para enfrentar sus miedos y fortalecer su fe.

Así, para la Arquidiócesis de Yucatán los exorcismos no se entienden como un ritual aislado, sino como parte de un enfoque integral de vida espiritual: alejamiento del pecado, confesión frecuente, sacramentales y acompañamiento pastoral constante. Estas prácticas buscan proteger a los fieles del mal y fortalecer su relación con Dios.

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