Edgar Prz
Felipe Carrillo Puerto tiene mucha historia por su origen, pero también ha tenido muchos personajes distinguidos que fueron cincelando, construyendo con paciencia, los cimientos de esta ciudad. Son hijos ilustres que desde sus personales trincheras aportaron más de lo que su capacidad les permitía y por ello sus acciones, sus actuaciones, son motivo de orgullo, de charlas de familia y encuentros de café.
Este espacio, Así nos vemos, pretende desempolvar esas historias y compartirlas para que juntos conozcamos más y entendamos que lo que hoy se disfruta fue trabajo de muchos años de varios héroes que reposan en el anonimato…
Me referiré a don Juan Bautista Cauich Pech, un señor inquieto; por las mañanas era albañil y músico por las tardes, sacaba su trompeta para interpretar canciones que alegraban la monotonía pueblerina. Se sentaba en la puerta de su casa, generalmente lo acompañaba su esposa, doña Macita, quien paladeaba las notas musicales. Era un deleite escucharlo, a grado tal que sus vecinos se regocijaban cuando el sol iniciaba su encierro para darle paso a la glamorosa luna…
Don Juan vivía cerca de la antigua terminal del ferrocarril que iba y venía a Vigía Chico. Su vecino, Severiano Cordero, era otro hombre corpulento, enorme, muy popular ya que vendía raspados (granizados), preparaba sus jarabes y sus especialidades eran la cebada y la crema morisca. Estaba casado con doña Juanita Medrano. Enfrente vivía don Secundino Castillo, un hombre que siempre andaba bien vestidito, pulcro, todo un “dandy”, un caballero apasionado por el béisbol; sabía anécdotas, récords, contaba jugadas increíbles, una enciclopedia andante.
Como podrán notar, todos aportaban algo a la sociedad, eran milusos, le hacían de todo. Don Juan, además de músico y albañil, le hacía a la carpintería; Severiano era peluquero, vendía granizados y le metía a cualquier chamba, eran tipos sin temor al ridículo ni a la vergüenza…
En la esquina de esa manzana vivía don Nava (no recuerdo su nombre), quien vendía unos helados y paletas deliciosas, un verdadero manjar para el paladar. Recuerdo que era un tipo blanco, algo gordito, y junto con su familia preparaban esa delicia. El vecindario estaba en una de las manzanas cercanas al Internado para Jóvenes Indígenas Lázaro Cárdenas, lugar donde muchos niños y jóvenes estudiaron; venían de poblados cercanos y algunos algo retirados.
Recordemos que Carrillo Puerto tenía jurisdicción hasta en la zona de lo que actualmente es José María Morelos (antes kilómetro 50). Casi en contraesquina de la casa de don Juan vivía otra familia muy estimada, la Can Martín, integrada por don Julio Can y doña Guillermina Martín, papás de Pancho, Enrique, Ricoben, Juan, Dolores, Delta, Manuel el Chino…
Don Juan Cauich se distinguió por su don de gentes y por su visión; fue ejidatario y luego fue electo comisariado ejidal, desde donde impulsó varias cosas: dar certidumbre y un crecimiento ordenado en coordinación con los delegados de Gobierno. Tuvo la iniciativa de intentar transparentar los trámites y operaciones ejidales y eso le causó varios enemigos, que no solo lo destituyeron sino lo expulsaron del ejido, una verdadera ingratitud. Dicen que “la maldad se presenta cien veces al día y el bien una vez a la semana”.
Bajo su liderazgo se formó la Sociedad Flor de Mayo, que se hizo cargo de la organización de la “Feria del Pueblo”, los primeros días de mayo. Se institucionalizó y, como todo, al final con los cambios se dejó de hacer. Ahora un grupo de comerciantes la realiza en enero, como Feria de Reyes…
La Flor de Mayo era un intento de rescate de la historia, de lo nuestro, de lo local, era más autóctono todo: vaquerías, veladas, bailes en el parque. Algo curioso era ver a un par de señoritas acercarse a las parejas para colocarle un distintivo en la solapa al caballero, como señal de que había pagado y podía seguir bailando. Las sillas se amarraban para hacer un cuadrado, había orden, respeto, disciplina y todos se divertían. ¡Qué felices éramos y no lo sabíamos!…
Don Juan era un personaje pintoresco tanto por su corpulencia como por su forma de caminar, era de esos tipos que llaman la atención. Nunca dejó de aportar, de motivar, sus charlas estaban impregnadas de anécdotas de su vida, de sus vivencias y platicar con él no solo te permitía conocerlo más, sino que te enriquecía moral e intelectualmente. Don Juan Cauich es de esa gente que se extraña, más ahora que los jóvenes andan en otro mundo y se está perdiendo la delicadeza de la humildad, de los saludos, de la sana convivencia. Sería bueno organizar tertulias, charlas, pláticas para recordar a estos personajes y que sus enseñanzas guíen los pasos de los jóvenes, ¿no lo cree usted?
Si esta historia le gustó, manifieste su opinión para continuar desempolvando a los héroes ciudadanos que ayudaron a construir el espacio que disfrutamos…
Mejor seguiré caminando y cantando, letra de su nieto, el profesor Gregorio Pérez Cauich: “Yo le canto a mi pueblo y orgulloso estoy, ser de Carrillo Puerto y escondidito, lleno de sol…”







