8 agosto, 2026

Sobreexplotación, deterioro ambiental, extracción furtiva, actividad petrolera y cambio climático han transformado uno de los principales motores económicos y culturales de la Península de Yucatán, poniendo en riesgo el futuro de miles de familias

Eduardo May

La Península de Yucatán —Quintana Roo, Campeche y Yucatán— concentra cerca del 20.5 por ciento del litoral mexicano y posee una de las zonas pesqueras más importantes del país. Sus costas albergan recursos emblemáticos como el mero, el pulpo maya, la langosta y el camarón, especies que durante décadas sostuvieron la economía de miles de familias y dieron identidad a numerosas comunidades asentadas a lo largo del Golfo de México y el Caribe.

Sin embargo, uno de los recursos naturales más importantes de la región atraviesa una crisis que se ha profundizado durante las últimas cuatro décadas. La sobreexplotación de especies comerciales, la pesca furtiva, el deterioro de los ecosistemas costeros, la contaminación, la expansión de la industria petrolera y, más recientemente, los efectos del cambio climático han reducido de manera significativa la productividad de pesquerías que durante buena parte del siglo XX fueron consideradas entre las más abundantes del país.

Durante su etapa de mayor auge, entre las décadas de 1960 y 1980, las flotas pesqueras de Campeche y Yucatán alcanzaron niveles históricos de producción. La captura de camarón en la Sonda de Campeche, las pesquerías de mero en el litoral yucateco y otras especies de escama generaron una importante derrama económica y permitieron el sustento de miles de familias dedicadas tanto a la pesca ribereña como a la de altura.

La importancia de esta actividad no se limita al ámbito económico. La pesca forma parte de la historia y la identidad cultural de la región desde tiempos remotos. Su presencia puede rastrearse en vestigios arqueológicos, documentos históricos, tradiciones comunitarias y expresiones gastronómicas que han sobrevivido durante siglos en los pueblos costeros de la península.

Todavía hoy es común escuchar nombres mayas para numerosas especies marinas en Campeche y Yucatán, así como encontrar en la cocina tradicional platillos vinculados directamente con los recursos del mar. Esta estrecha relación entre las comunidades costeras y las pesquerías convirtió a la actividad en uno de los pilares económicos, sociales y culturales de la región.

Pero el panorama actual es muy distinto al de décadas pasadas. La disminución de las capturas, la reducción de las flotas, la pérdida de rentabilidad, la presión sobre los ecosistemas marinos y el abandono gradual de la actividad por parte de las nuevas generaciones plantean interrogantes sobre el futuro de un sector que durante siglos fue sinónimo de prosperidad para buena parte de la Península de Yucatán.

¿Cuándo empezaron a pescar los mayas?

No está del todo claro para investigadores y antropólogos el proceso de desarrollo y especialización pesquera de los grupos mayas de la zona peninsular, aunque sí se conocen sus capacidades marítimas, pues lograron establecer asentamientos en islas del Caribe como Cuba, Jamaica e Islas Caimán, los llamados maya-caribes.

Sobre este tema, la investigadora Nayeli G. Jiménez Cano publicó el documento “La pesca prehispánica en la costa de Yucatán: una mirada desde los restos arqueológicos de peces”, en el que señala que los mayas prehispánicos eran grandes conocedores del ambiente que habitaban.

Y señala: “A lo largo de su historia podemos constatar este conocimiento a través del aprovechamiento que esta civilización tuvo de los recursos naturales, particularmente los faunísticos como fuente de alimentación, como materia prima para fabricar herramientas y como elemento fundamental en actividades y rituales”.

“Dentro de esta interacción con la naturaleza de los distintos clanes mayas destacan aquellas realizadas en la costa, en donde la pesca representó una actividad de subsistencia primordial para las comunidades que dependían directamente de estos recursos en épocas prehispánicas”, añade.

Agrega también que: “Las actividades pesqueras pueden ser analizadas desde su evidencia arqueológica por medio de restos óseos de peces en yacimientos de la Península de Yucatán, y los datos recabados han permitido dilucidar el papel que tuvieron en el aprovechamiento de los recursos costeros, tanto de la pesca como de la sal. En este trabajo se presentan aportes ictioarqueológicos —sitio arqueológico es cualquier lugar que conserva evidencia física de actividades humanas del pasado— en Yucatán para comprender las actividades haliéuticas —relacionadas con el arte y conocimiento de la pesca— de los mayas y su relación con el ambiente costero en tiempos prehispánicos”.

Con base en estudios zooarqueológicos se han identificado restos de peces que muestran particularidades osteológicas y biológicas en distintos asentamientos mayas. Estos restos óseos no han recibido tanta atención científica en comparación con otros materiales, como los de mamíferos, debido a diversos factores, detalla el documento.

Sin embargo, los restos de peces recuperados en excavaciones arqueológicas suelen ser muy frágiles, lo que dificulta su preservación a través del tiempo. Esto, aunado a que las técnicas de recuperación empleadas décadas atrás eran menos precisas, provocó que estos materiales ocuparan un lugar secundario en los estudios arqueológicos.

Gracias al desarrollo de nuevas técnicas de excavación y a la aplicación de metodologías más precisas, como el cribado y la flotación, en las últimas décadas los restos óseos de peces se han convertido en materiales cada vez más abundantes dentro del registro arqueológico.

Estos hallazgos aportan información valiosa para conocer cómo era la pesca en épocas prehispánicas, qué especies eran capturadas, cuáles eran sus tallas corporales, qué ambientes costeros eran explotados y qué artes de pesca se empleaban.

En los últimos años, los estudios interdisciplinarios han permitido valorar mejor el papel que la pesca desempeñó en la alimentación y la vida cotidiana de los pueblos mayas.

La ubicación del área maya, rodeada por el Golfo de México, el Mar Caribe y el Océano Pacífico, favoreció el aprovechamiento de los recursos costeros. El registro de restos óseos de especies marinas ha podido rastrearse desde el periodo Arcaico, entre 9200 y 2000 a.C., en sitios arqueológicos de la costa de Chiapas.

En la Península de Yucatán, las evidencias documentan la captura de peces desde el periodo Preclásico, entre 2000 a.C. y 250 d.C., hasta el Postclásico, entre los años 1000 y 1500 de nuestra era, tanto en asentamientos costeros como en sitios del interior.

Asimismo, en Guatemala y Belice se han encontrado restos correspondientes a todos los periodos culturales, destacando especialmente su presencia en sitios interiores cercanos a ríos y lagunas.

Las evidencias materiales del aprovechamiento pesquero en el área maya suelen asociarse con contextos domésticos, como basureros o rellenos constructivos, que reflejan el consumo de peces como alimento. Sin embargo, también existen asociaciones relacionadas con el uso ritual de estos organismos o de algunas de sus partes, así como su presencia como elementos de acompañamiento funerario.

Los indicios arqueológicos advierten que las pesquerías fueron fundamentales para los clanes y grupos humanos asentados en la zona peninsular desde tiempos remotos. En cuevas, cavernas y asentamientos costeros, los peces de agua dulce y las especies marinas constituyeron una fuente básica para la vida y la supervivencia de nuestros ancestros.

Las especies marinas del área maya

Estudios, valoraciones y mediciones realizadas por organismos de investigación gubernamentales establecen que la zona del Golfo de México posee un ecosistema marino con alrededor de 140 especies capturadas comercialmente. Entre el 10 y el 15 por ciento alcanzan precios elevados, como el mero, el pulpo, la langosta, el boquinete, el robalo y el camarón; varias de ellas son además productos de exportación.

Hasta el momento, los resultados obtenidos en diversos proyectos de investigación destacan que los pescadores de 10 comunidades costeras, entre ellas Champotón, en Campeche; Río Lagartos, en Yucatán; y Puerto Morelos, en Quintana Roo, mantienen una alta dependencia económica de un número reducido de especies.

“Este es un dato relevante porque el valor económico de una especie podría generar cambios en los patrones de captura de los pescadores y llevar a la sobreexplotación de algunos organismos marinos, como ha sucedido con el mero”.

Sin embargo, se ha convertido en un reto identificar con precisión todos los organismos que son capturados junto con las especies de importancia comercial y determinar en qué cantidades. Según diversos estudios, no es posible establecer con exactitud el número de especies que se capturan en el litoral peninsular debido a la falta de reportes constantes, trazabilidad y registros precisos sobre tamaños y volúmenes extraídos. Superar estos vacíos de información permitiría prevenir la sobreexplotación de recursos fundamentales para la pesca regional.

Las implicaciones de este tipo de investigaciones son relevantes para cuantificar y regular las capturas, establecer evaluaciones permanentes de los recursos y desarrollar planes de manejo adecuados. Los resultados pueden ser útiles para diseñar estrategias que garanticen la continuidad de la pesca como actividad económica, al tiempo que contribuyen a la conservación de los ecosistemas marinos.

La mejora tecnológica transformó la actividad pesquera, pero también influyó “La Marcha al Mar”, programa iniciado por el Gobierno federal en 1952 para promover inversiones y nuevas actividades económicas en las costas del país. Durante las décadas de 1960 y 1970 se ampliaron los apoyos gubernamentales dirigidos a pescadores, cooperativas e inversionistas, además de crearse instituciones como Banpesca, que otorgaba créditos a las flotas nacionales, aunque finalmente terminó por desaparecer debido a problemas financieros.

Estas inversiones propiciaron cambios tecnológicos importantes y facilitaron el acceso de los pescadores a embarcaciones menores de fibra de vidrio, motores más potentes y redes sintéticas, que hicieron más eficiente la actividad pesquera, aunque no necesariamente más rentable.

De esta manera, pesquerías que tradicionalmente tenían un alcance local, como la del tiburón, se transformaron en industrias desarrolladas, con plantas procesadoras y embarcaciones de gran capacidad que podían permanecer hasta dos meses en altamar, aunque continuó el uso de embarcaciones menores.

El crecimiento de la actividad pesquera provocó una importante migración hacia las zonas costeras. Fue una etapa de oportunidades económicas y también de desarrollo científico, ya que se impulsó la investigación de los recursos pesqueros.

El incremento del número de pescadores, embarcaciones y mejoras tecnológicas provocó un aumento significativo de las capturas y el crecimiento de la industria pesquera. A principios de los años setenta se alcanzaron capturas históricas de camarón cercanas a las 22 mil toneladas, mientras que a principios de los noventa la captura de tiburón llegó a las 14 mil toneladas.

Sin embargo, este auge no fue permanente. A finales de los años noventa comenzó una disminución gradual de las capturas, atribuida principalmente a la sobreexplotación de los recursos, la insuficiente aplicación de vedas y la falta de control sobre la captura de ejemplares que aún no alcanzaban su madurez reproductiva.

Actualmente, la mayoría de las pesquerías continúa disminuyendo o ha llegado a un punto en el que resulta difícil incrementar sus volúmenes de captura. La pesquería de tiburón, por ejemplo, registró alrededor de 9 mil toneladas en 2018, mientras que la de camarón alcanzó aproximadamente 5 mil toneladas, cifras muy inferiores a sus máximos históricos.

Otro factor señalado por diversos actores del sector fue la presencia de embarcaciones extranjeras, particularmente cubanas y soviéticas, que durante varios años operaron en aguas del Golfo de México utilizando sistemas de arrastre que ocasionaron importantes afectaciones al fondo marino y a numerosas especies, ante una limitada supervisión de las autoridades mexicanas.

La era petrolera

A partir de la década de 1940, el Gobierno federal concentró buena parte de sus esfuerzos en la explotación petrolera. El desarrollo de esta industria, inicialmente sin suficientes medidas regulatorias ni controles ambientales, generó impactos negativos para las pesquerías del Golfo de México, particularmente en Tamaulipas, Veracruz, Tabasco, Campeche y Yucatán.

El estudio “Recursos productivos y naturales en la Península de Yucatán: el caso de la actividad pesquera y petrolera en la región”, elaborado por Giovanna Patricia Torres Tello, Esther Solano Palacios y Moisés Frutos Cortés, aborda esta problemática y analiza los alcances de los daños ocasionados por la explotación de hidrocarburos, los derrames y los desechos vertidos al mar durante décadas.

Los investigadores señalan que estas actividades han contribuido a la pérdida de hábitats para especies marinas y costeras, afectando ecosistemas de mar abierto, rías, humedales, ciénagas y numerosas especies de flora y fauna de la región.

El estudio detalla que durante siglos la actividad predominante en la región fue la agricultura. Tras la llegada de los españoles, el patrón económico cambió nuevamente y la región se consolidó como una zona ganadera, maderera y henequenera, mientras que la pesca y la agricultura quedaron principalmente orientadas al consumo interno.

Con la llegada de la época moderna y la reconfiguración de los mercados, la explotación de recursos energéticos y pesqueros adquirió un papel central en la economía regional. Las demás actividades no desaparecieron, pero dejaron de ocupar la posición dominante que habían tenido anteriormente.

El documento presenta un panorama de la importancia geoestratégica de los recursos petroleros y pesqueros en la Península de Yucatán, particularmente en Campeche, y realiza una revisión histórica de los procesos extractivos que han marcado el desarrollo económico de la región.

Los autores señalan que la abundancia de recursos naturales no se ha traducido necesariamente en bienestar social y que los procesos extractivos vinculados a los mercados internacionales han contribuido a profundizar problemas económicos y ambientales en la región, por lo que plantean la necesidad de impulsar modelos de desarrollo con mayor beneficio local.

Antes de la consolidación de la industria petrolera, la pesca de camarón fue una de las principales fuentes de ingreso para Campeche, reconocida a nivel nacional e internacional por la cantidad y calidad de su producción. Los primeros registros oficiales muestran que a finales de los años cuarenta se capturaban alrededor de 5 mil toneladas, cifra que continuó aumentando durante las décadas posteriores.

La catástrofe que hemos permitido

Tras casi 90 años de políticas públicas erráticas, omisiones, daños ambientales derivados de una deficiente planeación costera, crecimiento poblacional desordenado y falta de mecanismos eficaces de manejo sustentable, la pesca peninsular enfrenta una de las etapas más difíciles de su historia.

Se estima que en los tres estados de la península sobreviven poco más de 26 mil familias vinculadas a la actividad pesquera. Muchas dependen de la pesca ribereña, mientras que otras complementan sus ingresos como prestadores de servicios turísticos, lancheros o guías de pesca deportiva.

Actualmente se estima que sólo opera alrededor del 15 por ciento de la flota mayor que trabajaba en la década de 1980. En Yucatán, durante 2025, únicamente 50 embarcaciones permanecieron activas en la captura de mero, huachinango, canané, mojarra, langosta y otras especies de escama, además de langosta, lo que evidencia la magnitud de la crisis.

De estas embarcaciones, 24 zarparon durante la primera semana de julio de 2025 para la captura de langosta en las inmediaciones del Arrecife Alacranes. Los primeros reportes indicaron bajos volúmenes de captura, situación que diversos actores atribuyen, entre otros factores, a la pesca furtiva.

De los aproximadamente 3 mil pescadores que tradicionalmente participaban en la captura de mero, actualmente sólo unos 250 permanecen activos, según reportes de autoridades portuarias de Progreso. Una parte importante se incorporó a la temporada de langosta, mientras que otros optaron por la captura de especies de escama mediante sistemas de línea en zonas más alejadas de la costa.

Armadores, gerentes de congeladoras, pescadores y líderes del sector calificaron como muy complicado el primer semestre de 2025 para la actividad pesquera, mientras continúan a la espera de conocer los resultados definitivos de captura correspondientes al cierre del año.

La preocupación dentro del sector es creciente. Especies tradicionalmente abundantes, como el mero, muestran signos evidentes de sobreexplotación. A ello se suma la disminución de capturas de especies de menor valor comercial, como la mojarra blanca, el cazón y el esmedregal, entre otras.

Mal tiempo para la pesca

Las afectaciones derivadas del cambio climático son visibles. En enero, los pescadores yucatecos únicamente pudieron laborar 10 días; posteriormente, febrero y marzo correspondieron al periodo de veda del mero. Durante abril, mayo y junio se reportaron bajas capturas de especies de escama, situación que obligó a mantener amarrada a la mayor parte de la flota mayor debido a los altos costos de operación.

Asimismo, ante la disminución de las capturas de mero, los barcos tienen que alejarse cada vez más de la costa, navegar al norte del Arrecife Alacranes, dirigirse hacia la Sonda de Campeche e incluso a zonas cercanas al Caribe oriental, mientras una parte importante de la flota escamera permanece inactiva.

Casi toda la flota pesquera se encuentra paralizada. Actualmente sólo medio centenar de embarcaciones continúan trabajando en la captura de mero y langosta, confirmó Anilú Cetina Canto, responsable de la base de radio y agencia consignataria encargada del despacho de embarcaciones pesqueras. 

“Lejos quedaron las épocas en que los barcos de la flota mayor llegaban a los muelles de Yucalpetén con capturas de 3 mil y 4 mil kilos de mero; eso fue hace unos diez años. La captura se desplomó. Todavía hace unos cinco años traían 2 mil 500 kilos; ahora, durante este primer semestre de 2025, cada barco regresaba con entre 500, 900 y mil kilos de mero”, declaró recientemente un empresario yucateco.

“Resulta incosteable y por eso la mayoría están amarrados”, señala otro propietario de congeladoras del puerto de abrigo de Progreso. “El mero, que lamentablemente dejó de ser la principal pesquería en cuanto a volumen, está prácticamente colapsado. La captura anual apenas alcanza las 4 mil toneladas, a pesar de la veda. Muy lejos quedaron los años de 7 mil y hasta 9 mil toneladas anuales, con ejemplares grandes de mero rojo y negrillo”, asegura.

“Lo único que mantiene activa a esta pesquería es el precio. Si éste llegara a desplomarse, desaparecería por completo, porque sería incosteable. Los barcos tienen que navegar grandes distancias, el combustible es caro y además deben cubrir gastos de hielo, víveres, anticipos a los pescadores, despachos y otros costos operativos”.

Actualmente, el kilo de mero rojo se cotiza alrededor de 230 pesos y el negrillo alcanza hasta 280 pesos. Aun así, aseguran empresarios y pescadores, la actividad atraviesa por uno de sus peores momentos y una tradición histórica de la región parece acercarse a su ocaso.

El daño está hecho

La Península de Yucatán, rodeada por las aguas del Golfo de México y el Mar Caribe, ha sido históricamente una de las regiones con mayor vocación pesquera del país. En estados como Yucatán y Campeche, la pesca no sólo representa una actividad económica, sino también un elemento fundamental de la identidad costera y el principal sustento de miles de familias.

Sin embargo, durante las últimas décadas este sector estratégico ha entrado en una crisis profunda y multifactorial. La combinación de sobreexplotación de recursos, deterioro ambiental, expansión de la industria petrolera y un marco de ilegalidad que las autoridades no han logrado contener compromete gravemente la estabilidad económica y alimentaria de la región.

El principal factor detrás de la escasez biológica en el litoral peninsular es la sobreexplotación pesquera, agravada por la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada. Especies emblemáticas y de alto valor comercial, como el mero, el pulpo maya, la langosta y el pepino de mar, enfrentan una presión extractiva que supera la capacidad natural de recuperación de sus poblaciones.

El caso del pepino de mar resulta particularmente ilustrativo. A pesar de las vedas permanentes y las restricciones absolutas impuestas por las autoridades, continúan operando redes de captura y comercialización ilegal orientadas principalmente al mercado asiático, situación que mantiene a esta especie al borde del colapso.

Además, la utilización de artes de pesca poco selectivas contribuye a la captura de ejemplares juveniles y al deterioro de los hábitats marinos, afectando los procesos reproductivos y alterando el equilibrio ecológico de numerosas especies.

A la presión humana directa se suma un entorno ambiental cada vez más adverso. El cambio climático ha comenzado a modificar rutas migratorias, patrones reproductivos y áreas de distribución de diversas especies debido al incremento de la temperatura superficial del mar y a la acidificación de las aguas.

Asimismo, el litoral peninsular enfrenta fenómenos recurrentes como las mareas rojas y el arribo masivo de sargazo, eventos que desplazan los bancos de peces hacia zonas más profundas y alejadas, dificultando su captura por parte de pescadores ribereños y artesanales.

La contaminación costera derivada de aguas residuales sin tratamiento y de agroquímicos provenientes del interior de la península también impacta severamente los ecosistemas marinos. A través del suelo kárstico, estos contaminantes alcanzan lagunas costeras, esteros y humedales que funcionan como áreas de crianza para camarones y numerosas especies de escama.

La degradación de estos ecosistemas rompe uno de los eslabones fundamentales del ciclo biológico de muchas especies comerciales. Sitios estratégicos como la Laguna de Términos, en Campeche, o la Reserva de la Biosfera de Celestún, en Yucatán, enfrentan presiones crecientes derivadas de la contaminación y el desarrollo costero.

Un factor histórico particularmente relevante para Campeche ha sido el desarrollo de la industria petrolera en la Sonda de Campeche desde finales de la década de 1970.

La instalación de plataformas marinas de Petróleos Mexicanos restringió amplias zonas tradicionalmente utilizadas para la pesca de altura, obligando a numerosas embarcaciones a modificar sus rutas o abandonar la actividad. Isla del Carmen, que durante décadas fue uno de los principales centros camaroneros del país, observó el progresivo declive de su flota pesquera.

A ello se suman los impactos ocasionados por derrames de hidrocarburos y fugas de combustibles que, aunque de distinta magnitud, han generado afectaciones recurrentes a ecosistemas marinos y costeros. Los contaminantes pueden afectar la calidad de las especies comerciales y permanecer durante largos periodos en sedimentos lagunares y marinos.

Las consecuencias económicas han sido considerables. La pesquería de camarón en la Sonda de Campeche, que durante sus mejores años superó las 22 mil toneladas anuales, registra actualmente volúmenes muy inferiores, afectando a congeladoras, astilleros y otras actividades vinculadas al sector.

Los empleos asociados directamente a la actividad pesquera también han disminuido de manera significativa. En Campeche, el sector figura entre los más afectados por la reducción de oportunidades laborales y la contracción de la actividad económica relacionada con el aprovechamiento de los recursos marinos.

En Yucatán, la situación tampoco resulta alentadora. Aunque en algunos años se han registrado capturas importantes de pulpo maya, mantener esos niveles ha requerido ampliar periodos de pesca y aumentar el esfuerzo pesquero, ya que el volumen capturado por viaje es cada vez menor.

La reducción de las capturas afecta no sólo a los pescadores, sino también a toda la cadena productiva asociada: transportistas, fileteros, empacadores, comercializadores y pequeños negocios que dependen directa o indirectamente de la actividad.

Las consecuencias más severas se observan en las comunidades costeras, donde miles de familias dependen de la pesca artesanal para subsistir. Los pescadores ribereños deben recorrer distancias mayores y consumir más combustible para obtener capturas cada vez menores, por lo que muchas jornadas terminan con ganancias mínimas o incluso pérdidas. Paralelamente, diversas especies de consumo tradicional han reducido su disponibilidad en los mercados locales, encareciendo los alimentos y afectando la economía familiar de los puertos.

Ante este escenario de deterioro económico y social, el tejido comunitario de la costa peninsular también se encuentra bajo presión. Las nuevas generaciones muestran cada vez menor interés por continuar con una actividad que ofrece escasa rentabilidad y pocas perspectivas de crecimiento.

Como consecuencia, se ha incrementado la migración hacia polos turísticos del Caribe Mexicano o hacia ciudades como Mérida, Campeche y Cancún, donde muchos jóvenes buscan oportunidades laborales fuera del sector pesquero. Quienes permanecen en las comunidades costeras exploran alternativas como la acuacultura de pequeña escala y otras actividades complementarias, aunque estas opciones aún requieren respaldo técnico, financiero e institucional para consolidarse como alternativas viables para una región que durante generaciones encontró en el mar su principal fuente de riqueza y sustento.

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