12 agosto, 2026

¡Piratas! La ciudad que nunca se rindió

Durante los siglos XVI y XVII Campeche enfrentó saqueos, incendios y asedios que marcaron para siempre su historia; de aquellos ataques nacieron las murallas y una identidad que aún distingue a la única ciudad amurallada de México

Harold Amábilis

El puerto que despertó la codicia del Caribe

En los vastos mares del Imperio español, pocos enclaves vivieron una historia marcada por el éxito y la vulnerabilidad como el puerto de San Francisco de Campeche. Fundado el 4 de octubre de 1540 por Francisco de Montejo “El Mozo”, sobre los restos de la antigua ciudad maya de Ah Kim Pech o Kaan Peech, el asentamiento nació bajo el signo de la conquista y del dominio territorial.

Conforme la presencia hispana se consolidó, su posición privilegiada dentro del circuito comercial del Golfo de México permitió a Campeche convertirse en el corazón económico de la península de Yucatán. Desde su puerto partían el codiciado palo de tinte, que teñía los tejidos de las cortes europeas con un intenso color negro, así como sal, maderas preciosas, miel y cera producidas en la región. A la vez, era la puerta de entrada para mercancías procedentes de España, como vinos, aceites, telas y herramientas que abastecían a las élites virreinales. Su rada, segura y estratégica, pronto se consolidó como un eslabón fundamental del cabotaje con Veracruz y de la navegación de altura hacia Cuba.

Esa misma posición privilegiada, sin embargo, despertó la codicia de los saqueadores del Caribe. Apenas unas décadas después de su fundación, Campeche se convirtió en un imán para la ambición de otras potencias europeas, que veían en sus almacenes repletos de mercancías un botín irresistible. Piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros procedentes de Francia, Inglaterra y los Países Bajos dejaron una huella imborrable en su historia. Nombres como William Parker, Laurens de Graaf “Lorencillo”, Lewis Scott, Kornelius Jol “Pata de Palo”, Francis Drake, sir Christopher Myngs, Bartolomé Portugués y Rock Brasiliano, entre otros, se convirtieron en sinónimo de terror, figuras que muy pronto los habitantes de Campeche aprendieron a temer.

Los historiadores han documentado con detalle la magnitud de aquellos ataques. El investigador Rodrigo Alejandro De la O ha registrado hasta ahora 397 hechos relacionados con la piratería en Yucatán y Tabasco entre 1559 y 1715, una cifra que continúa en aumento y confirma que esta actividad fue una constante que moldeó la vida social, económica y militar de la región durante el Virreinato.

Los primeros asaltos, ocurridos en 1559 y 1561, fueron rápidos y devastadores, dejando tras de sí saqueos e incendios. Durante los siglos XVI y XVII, el Caribe y el Golfo de México se transformaron en un campo de batalla donde corsarios y filibusteros disputaban la hegemonía de la Corona de Castilla. El debilitamiento del poder naval español, provocado por las continuas guerras de la monarquía, fue aprovechado por sus adversarios para convertir la piratería en un instrumento de política exterior destinado a desgastar a su rival y obtener recursos para sus propias arcas.

Caminar hoy por el Centro Histórico de Campeche es viajar en el tiempo. Es escuchar el eco lejano de los vigías que alertaban sobre la llegada de embarcaciones enemigas; imaginar las risas de aquellos piratas que sembraron dolor y zozobra, pero también reconocer el orgullo de una ciudad que supo resistir. La villa enfrentó a los lobos del mar, no se rindió ante el saqueo ni el miedo; por el contrario, levantó murallas, construyó baluartes y forjó un pueblo resiliente. Hoy permanece como símbolo de tenacidad, una ciudad cuyas piedras narran una gesta heroica que sus habitantes se niegan a olvidar y que forma parte viva de su memoria, su cultura y su identidad.

Piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros

Para comprender el fenómeno de la piratería en Campeche es indispensable distinguir a sus protagonistas. Aunque en el lenguaje cotidiano los términos pirata, corsario, bucanero y filibustero suelen utilizarse como sinónimos, la historiografía establece diferencias fundamentales en cuanto a su origen, motivaciones y forma de actuar.

De acuerdo con el historiador Rodrigo de la O, estos conceptos se sustentan en dos doctrinas jurídicas contrapuestas: el Mare Clausum y el Mare Liberum. La Corona de Castilla defendía el Mare Clausum, bajo la idea de que los mares podían dividirse, poseerse y controlarse por una nación, lo que justificaba su monopolio sobre la navegación y el comercio atlántico. En contraste, Francia, Inglaterra y los Países Bajos sostenían el principio del Mare Liberum, según el cual el mar pertenecía a toda la humanidad y ninguna potencia podía monopolizar el comercio marítimo.

En su definición más simple, el pirata era quien ejercía el robo y la violencia en el mar con el único propósito de obtener ganancias. Carecía de autorización estatal y, por ello, era considerado enemigo del comercio internacional, atacando sin distinción de banderas o nacionalidades. Su bandera simbolizaba el rechazo a toda autoridad. La mayoría provenía de sectores humildes: prófugos de la justicia, desertores o náufragos que encontraron en la piratería una forma de subsistencia. Esta actividad era considerada un delito internacional y sus autores eran perseguidos por todas las potencias. García de León, citado por Rodrigo de la O, sostiene que la piratería fue “el ariete que fue abriendo de manera violenta la aceptación cada vez mayor del libre comercio y el fin de los monopolios, una actividad que se desarrolló en los márgenes del conflicto armado internacional de la época”.

El corsario, en cambio, era un particular al servicio de un Estado durante tiempos de guerra. Actuaba como una extensión de la flota nacional para atacar embarcaciones y posesiones enemigas. Su legitimidad descansaba en la patente de corso, documento que autorizaba sus acciones a cambio de entregar al monarca una parte del botín —el llamado “quinto real”— y respetar determinadas normas de guerra. Figuras como sir Francis Drake y John Hawkins encarnaron esta práctica durante el siglo XVI: héroes para Inglaterra, piratas para el Imperio español.

Los bucaneros constituyeron un fenómeno propio de América. Surgidos a principios del siglo XVII, eran aventureros, desertores y esclavos fugitivos de distintas nacionalidades que vivían al margen de la sociedad. Vestían ropas sencillas, portaban largas escopetas y cuchillos, y llevaban una vida nómada dedicada originalmente a la caza. Con el tiempo, la escasez de animales y la rentabilidad del saqueo los condujeron hacia la piratería.

Cuando abandonaron definitivamente la caza para dedicarse al corso y al saqueo marítimo, dieron origen a los filibusteros. Organizados en la Cofradía de los Hermanos de la Costa, establecida en la isla de la Tortuga, desarrollaron un peculiar sistema de convivencia basado en el reparto equitativo del botín y la elección de sus capitanes. Era una comunidad sin leyes escritas, pero regida por un estricto código interno, donde barcos y tierras eran considerados bienes comunes. Con el tiempo, las potencias europeas aprovecharon su capacidad militar, ofreciéndoles refugio y apoyo a cambio de atacar los intereses de sus rivales.

Piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros representan, en suma, distintas expresiones de la violencia marítima durante la época colonial, cada una con motivaciones, vínculos con el poder y funciones específicas dentro del complejo escenario político y comercial del Atlántico.

Los primeros asaltos: el despertar de la amenaza pirata

Apenas dos décadas transcurrieron desde la fundación de la villa de San Francisco de Campeche cuando la amenaza pirata se materializó con violencia. En 1559, el mar que hasta entonces solo había visto el ir y venir de los barcos españoles fue surcado por velas que ondeaban un estandarte ajeno a la Corona de Castilla. Provenían de Francia y, en la mentalidad de la época, marcada por las tensiones de la Reforma protestante, sus tripulantes fueron identificados de inmediato como luteranos.

Su presencia tomó por sorpresa a los habitantes de la villa, que no estaban preparados para una incursión de esa naturaleza. Los piratas atacaron con rapidez y eficacia: se apoderaron de las embarcaciones fondeadas en el puerto, desembarcaron sin encontrar resistencia organizada, saquearon almacenes y viviendas, y secuestraron a mujeres y vecinos acomodados para exigir rescate. Una vez satisfechas sus demandas, abandonaron la rada, dejando tras de sí una estela de destrucción cuyo recuerdo perduró durante décadas en la memoria de los campechanos.

Dos años más tarde, en 1561, la historia se repitió. Los vecinos fueron despertados de madrugada por el estampido de los arcabuces y por voces que hablaban una lengua incomprensible para ellos. Los corsarios sitiaron la población, robaron el ganado que pastaba en los alrededores, el palo de tinte que aguardaba su embarque hacia España y, finalmente, incendiaron la villa.

En 1568, las costas campechanas fueron merodeadas por una expedición al mando de John Hawkins y Francis Drake. Según los registros, los ingleses capturaron una embarcación frente a Telchac, pequeño puerto situado al norte de la península de Yucatán, para después vigilar los barcos que entraban y salían de Campeche. Sin embargo, Hawkins y Drake no desembarcaron. Las razones nunca quedaron del todo claras, pero su presencia sembró inquietud entre los vecinos, quienes comprendieron que el peligro ya no provenía únicamente de Francia, sino también de otras potencias europeas.

Estos episodios marcaron el inicio de un patrón que se repetiría durante más de un siglo: Campeche era un puerto próspero, y esa prosperidad lo había convertido en un botín irresistible para los depredadores del mar.

El asalto de William Parker

El ocaso del siglo XVI trajo consigo una nueva generación de piratas y corsarios, más audaces y mejor organizados que sus predecesores. En 1597, durante el gobierno de Diego Fernández de Velasco (1597-1604), una flotilla inglesa comandada por William Parker apareció frente a las costas de Campeche. Parker no era un marino cualquiera. Había navegado junto a Francis Drake, participado en las expediciones que asolaron Tierra Firme y conocía al detalle las debilidades del sistema defensivo del Caribe español. Su experiencia, sumada a la información reunida sobre el puerto campechano, convirtió aquella incursión en una operación cuidadosamente planificada.

Parker zarpó de Plymouth, Inglaterra, en noviembre de 1596, al mando de una armada integrada por una embarcación de 120 toneladas, una barca menor y una tripulación de cien hombres. La expedición contó con la colaboración de Juan Venturate, vecino del barrio de San Román, quien entabló contacto con los corsarios y les proporcionó información estratégica sobre la villa. Venturate les mostró un camino seguro para desembarcar sin ser detectados; conocía los accesos menos vigilados, las playas donde podían varar sus embarcaciones y las calles que conducían directamente a los almacenes donde se concentraban las riquezas del comercio. Aquella traición, fraguada en la oscuridad, sería la llave que abriría las puertas de Campeche a los ingleses.

La noche del ataque, los ingleses desembarcaron siguiendo las instrucciones de Venturate. Avanzaron entre las sombras hasta el corazón de la villa, donde el sueño de los vecinos fue interrumpido por el estruendo de los arcabuces y los gritos en una lengua extranjera. El caos se apoderó de Campeche. No hubo una resistencia significativa, pues la milicia, mal pertrechada y peor organizada, fue incapaz de articular una defensa eficaz. Los habitantes huyeron hacia el convento de San Francisco, el único lugar que parecía ofrecer cierta protección. Mientras tanto, los ingleses saquearon los almacenes y cargaron con palo de tinte, pieles, sal y cuantos objetos de valor encontraron a su paso.

Sin embargo, los corsarios cometieron un error: subestimaron la capacidad de reacción de los campechanos. Reorganizados en el convento de San Francisco, los vecinos, guiados por algunos de los hombres más experimentados de la villa, organizaron un contraataque. Al amparo de la noche avanzaron hacia la playa, donde los ingleses preparaban la huida con su botín. Parker no esperaba aquella respuesta. Sus hombres, desconcertados, emprendieron la retirada y abandonaron parte de lo robado sobre la arena. Los campechanos los persiguieron, recuperaron buena parte de las mercancías y obligaron a los ingleses a refugiarse en sus embarcaciones, que zarparon dejando tras de sí una inesperada derrota.

Juan Venturate, el traidor, fue capturado poco después. Su juicio fue sumario y terminó atenazado en la plaza principal de la villa, con el propósito de escarmentar a quienes pensaran que la riqueza y la seguridad de la comunidad podían venderse al mejor postor.

El siglo de la piratería: el Caribe como campo de batalla europeo

El siglo XVII representó la etapa de mayor actividad corsaria en el mar Caribe, en un contexto marcado por la competencia entre las principales potencias europeas por el control de las rutas comerciales y de las riquezas procedentes del continente americano. La prolongada Guerra de los Treinta Años (1618-1648) absorbió buena parte de los recursos militares y financieros de la Monarquía Hispánica, circunstancia que favoreció el incremento de las incursiones promovidas o toleradas por Francia, Inglaterra y las Provincias Unidas. En ese escenario, el corso, la piratería y el filibusterismo se consolidaron como instrumentos para hostigar el comercio español, debilitar su dominio marítimo y obtener cuantiosos botines en los puertos del Caribe.

A principios del siglo XVII, Campeche seguía siendo una población vulnerable frente a los ataques procedentes del mar. Rodrigo de la O señala que las descripciones de la época retrataban a la villa como “un pueblo a la costa de la mar, desmantelado de toda defensa donde de día y de noche no tiene seguridad”, asentado “en una playa abierta y por la parte de tierra no tener defensa alguna”. Pese a esas condiciones, el crecimiento del comercio convirtió a Campeche en un puerto de creciente importancia para la provincia de Yucatán, situación que llevó al gobernador Carlos de Luna y Arellano (1604-1612) a impulsar las primeras medidas defensivas permanentes, entre ellas la construcción de la Fuerza de San Benito, en 1610, considerada la primera fortificación estable destinada a proteger a la población.

El desarrollo económico de Campeche despertó el interés de los navegantes que operaban desde distintos enclaves del Caribe, quienes comenzaron a dirigir expediciones con mayor frecuencia hacia el puerto al identificarlo como un objetivo accesible y de gran valor. En 1632, una escuadra integrada por seis urcas —embarcaciones neerlandesas de gran velocidad— apareció frente a la costa con la intención de atacar la villa, aunque finalmente desistió sin efectuar el desembarco.

Al año siguiente, en 1633, una flotilla de la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales arribó frente a Campeche bajo el mando de Diego “El Mulato” y Kornelius Jol, conocido como “Pata de Palo”. La expedición reunió a más de quinientos hombres que desembarcaron por el barrio de San Román y encontraron una defensa organizada por los habitantes de la villa. Las crónicas describen un enfrentamiento prolongado cuyo desenlace permaneció incierto durante varias horas, hasta que los atacantes lograron imponerse, incendiaron parte de la población y se apoderaron de la caja de recaudación de la Corona. Permanecieron dos días en la villa consumiendo las provisiones almacenadas en las bodegas antes de emprender la retirada. Durante los combates murió el capitán Domingo Galbán Romero, responsable de la defensa. Fray Diego López de Cogolludo recogió en su Historia de Yucatán la tradición según la cual Diego El Mulato confesó a sus hombres que Galbán había sido su padrino de bautizo en La Habana, hecho que, de acuerdo con el cronista, le provocó un profundo arrepentimiento al contemplar el cuerpo de quien lo había sostenido en la pila bautismal durante su infancia.

La inseguridad persistió durante las décadas siguientes. En 1644 se detectó una flota integrada por trece navíos y alrededor de mil quinientos hombres armados, comandados por el filibustero Jacobo Jackson, quien se hacía llamar Conde de Santa Catalina. La movilización de milicias procedentes de Mérida y la participación de los vecinos desalentaron el desembarco, por lo que los invasores solo lograron apoderarse de algunas reses y diversos ornamentos. La amenaza constante llevó a reforzar la defensa del puerto mediante un programa de obras militares que incluyó la construcción de los reductos del Santo Cristo de San Román, La Santa Cruz, San Bartolomé y El Bonete, además del levantamiento de trincheras de cal y canto a lo largo de la costa para fortalecer la protección de la villa frente a nuevas incursiones corsarias.

El 13 de enero de 1661 apareció frente a la bahía de Campeche una flotilla de trece naves que la historiografía local atribuye a Henry Morgan. El célebre corsario no desembarcó, pero se apoderó de dos embarcaciones mercantes que acababan de arribar al puerto. Dos años después, en 1663, Campeche volvió a enfrentar una ofensiva encabezada por el filibustero Eduard Mansvelt, quien desembarcó cerca de Lerma y avanzó hasta la Fuerza de San Benito, fortificación que terminó destruida durante la incursión. Ese mismo año también arribaron Bartolomé “El Portugués”, responsable del robo de ganado y maíz, y Rock Brasiliano, quien logró apoderarse de un navío.

El 31 de marzo de 1672 Campeche sufrió el primer ataque del célebre pirata Laurens de Graaf, mejor conocido como “Lorencillo”. Desembarcó por el barrio de San Román, incendió dos fragatas en construcción y robó un buque cargado de mercancías, además de ciento veinte mil pesos en barras de plata.

Otro de los episodios más dramáticos ocurrió en 1678, cuando el inglés Lewis Scott reunió en la Laguna de Términos una fuerza integrada por una fragata, dos balandras, ocho piraguas y más de doscientos hombres. La expedición desembarcó en El Platanar, a unos cinco kilómetros de la villa, desde donde ciento sesenta hombres avanzaron durante la madrugada del domingo 10 de julio y sorprendieron a los habitantes. La plaza quedó bajo su control durante tres días, tiempo suficiente para saquear viviendas, embarcaciones y almacenes; apropiarse de oro, plata y alhajas; capturar una fragata y secuestrar a doscientas cincuenta familias, además de un centenar de niños, cuyo rescate exigieron para devolverles la libertad.

La piratería del siglo XVII respondió a una dinámica estrechamente ligada a la rivalidad entre las potencias europeas por el dominio del comercio atlántico y convirtió al Caribe en uno de los principales escenarios de la disputa imperial. Para Campeche, aquellas décadas estuvieron marcadas por asaltos constantes, pérdidas materiales y un prolongado esfuerzo por fortalecer su capacidad defensiva, experiencia que desembocaría en la construcción del sistema de fortificaciones que distinguiría a la ciudad en los años posteriores y prepararía el escenario para el episodio corsario más recordado de su historia.

El ataque de Lorencillo: el punto de inflexión

Entre todos los asaltos que padeció Campeche, ninguno alcanzó la ferocidad del ocurrido en el verano de 1685. Una armada integrada por diez navíos de gran porte, seis balandras, un barcoluengo y veintidós piraguas, con aproximadamente mil quinientos hombres, fue divisada desde los puestos de vigía el 6 de julio. Al frente de aquella fuerza se encontraban dos de los piratas más temidos del Caribe: el neerlandés Laurens de Graaf, conocido como Lorencillo, y el francés Michel de Grammont, cuya reputación sanguinaria le precedía.

Las campanas de la villa llamaron a rebato, pero la respuesta militar resultó desastrosa. Como ha documentado el historiador Rodrigo de la O, el temor y la incertidumbre dominaron las decisiones de las autoridades españolas durante la noche del 6 de julio. Las compañías de milicias enviadas más allá del barrio de San Román regresaron a la plaza cuando el teniente de gobernador consideró que el ataque podía producirse por barlovento, hacia San Francisco. El alférez Fausto de Cicero describió la confusión al señalar que “la noche hacia oscura de las nueve para adelante y podía ser estratagema del enemigo pues no había querido echar a la gente estando tan cerca y podría venir para barlovento, hacia San Francisco, y echar de golpe la gente sin resistencia”.

La retirada se convirtió en el principal mecanismo de defensa. No hubo oposición al avance de los piratas ni en las playas de San Román, ni en el reducto y fuerte que defendían ese sector, ni en las trincheras de la villa. El pánico se apoderó de los defensores y la disciplina militar terminó por desmoronarse. La resistencia quedó concentrada en las fortificaciones de la plaza, donde hombres, mujeres, niños y ancianos se atrincheraron. El prolongado asedio generó un ambiente de agotamiento y terror que desembocó en un motín. Los instigadores fueron Nicolás Minaya, Joseph Jurado, Andrés López y don Alonso de Aparicio, soldados de la compañía de Martínez Soriano, quienes sostenían que “si el enemigo rendía el castillo había de pasar a cuchillo a todos”.

Al amanecer del sábado 7 de julio la situación empeoró. Según los testimonios recopilados por el historiador, “se rompió el nombre, se abrió el castillo y alguna de la gente de este declarante se fueron a sus casas”. El teniente ordenó que nadie abandonara el cuartel, pero el sargento apenas consiguió detener a unos cuantos fugitivos. Las embarcaciones enemigas, que habían simulado una retirada, regresaron de forma repentina al mismo paraje de San Román y, hacia las siete y media de la mañana, desembarcaron el grueso de sus fuerzas.

Los piratas se apoderaron de la villa y, durante 56 días, desataron una ola de violencia. Enviaron partidas de saqueo a los pueblos de Multuchul, Chiná, Ebula, Castamay, Xanabchén, Uayamón, Lobón, Zamul, Kobén, San Pedro, San Diego, Santa Rosa, Cholul y Xampolol, entre otros; capturaron indígenas para venderlos como esclavos y arrasaron cuanto encontraron a su paso. En medio del caos, los vecinos del barrio de San Román tomaron la decisión desesperada de sacar de su iglesia la imagen del Cristo Negro, una de las devociones más arraigadas de la región, y ocultarla en las cuevas de Samulá para protegerla del saqueo y la profanación.

Al retirarse, los piratas incendiaron la villa, arrancaron puertas y ventanas, y quemaron el palo de tinte que no pudieron llevarse. Sin embargo, el golpe más devastador para la memoria histórica fue la destrucción de los archivos resguardados en el puerto. Documentos que daban testimonio de siglos de historia, transacciones comerciales, títulos de propiedad y registros civiles y eclesiásticos fueron consumidos por las llamas. Con ellos desapareció una parte irrecuperable del pasado de Campeche.

Cuando el gobernador de Yucatán, Juan Bruno Tello de Guzmán, llegó al puerto para inspeccionar los daños, encontró un panorama desolador. En sus propias palabras, rescatadas por Rodrigo de la O, la incursión había dejado la villa “quemado y arrasado sus casas de piedra y guano, las de los indios de los barrios de ella, volado el castillo principal, violado templos y lugares sagrados, con estragos grandes”. El resultado fue una ciudad en ruinas, con cadáveres insepultos y un silencio apenas interrumpido por el crepitar de las llamas. Reducidos a cenizas los archivos, la memoria escrita de la región sufrió una pérdida de la que nunca llegaría a recuperarse por completo.

El legado de la piratería: la construcción de las murallas

Tras el saqueo de 1685 quedó claro que las defensas existentes eran insuficientes para proteger una villa cuya prosperidad seguía atrayendo la codicia de corsarios y filibusteros. La facilidad con la que los atacantes desembarcaban por distintos puntos de la costa y penetraban hasta el corazón de la población evidenciaba las limitaciones de la Fuerza de San Benito, las trincheras costeras y las milicias locales, incapaces de contener incursiones cada vez mejor organizadas. Después del ataque encabezado por Lorencillo y Michel de Grammont, numerosas familias abandonaron Campeche con rumbo a Mérida, mientras quienes decidieron permanecer comprendieron que la única forma de garantizar la supervivencia de la villa consistía en rodearla con una sólida barrera de piedra.

En 1686 comenzaron los trabajos para levantar el recinto amurallado gracias a una colecta organizada entre los propios vecinos, que reunió 13 mil 500 pesos, cantidad a la que la Corona española añadió otros 10 mil. El proyecto fue diseñado por el ingeniero militar Martín de la Torre, aunque su fallecimiento durante la obra obligó a Jaime Franck a asumir la dirección de los trabajos. El sistema defensivo terminó por envolver la ciudad con un perímetro de 2 mil 536 metros, protegido por ocho baluartes artillados con 91 cañones de distintos calibres y comunicado mediante cuatro accesos. Los baluartes fueron dedicados a San Carlos, Santa Rosa, San Juan, San Francisco, San Pedro, San José, Santiago y La Soledad. La Puerta de Mar comunicaba con el puerto; la Puerta de Tierra enlazaba con el interior de la península, mientras las puertas de San Román y Guadalupe mantenían la comunicación con los barrios extramuros. El dispositivo defensivo quedó reforzado con los fuertes de San Miguel y San José, levantados en los cerros que bordeaban la ciudad; la Torre de Lerma, encargada de vigilar el acceso por el sur, y pequeñas fortificaciones construidas en Champotón para fortalecer la vigilancia del litoral.

Cuando las murallas quedaron concluidas, en 1704, el escenario del Caribe comenzaba a modificarse. La piratería perdía fuerza conforme los acuerdos de paz suscritos entre España e Inglaterra en 1713 reducían el corso, mientras la capacidad naval española recuperaba terreno en la protección de las rutas comerciales. Aun así, Campeche enfrentó un último episodio en 1708, cuando el filibustero conocido como Barbillas desembarcó en Lerma, incendió la población, capturó al gobernador Fernando Meneses Bravo de Saravia, recién llegado al cargo, y exigió 14 mil pesos por su liberación. Desde entonces, las murallas continuaron prestando servicio frente a amenazas posteriores, entre ellas las incursiones inglesas del siglo XVIII y los conflictos del siglo XIX, como la Guerra de Castas.

Con el paso de las décadas, el recinto que había protegido a la ciudad comenzó a considerarse un obstáculo para los proyectos de modernización. A finales del siglo XIX, el impulso urbanizador del porfiriato provocó la demolición de buena parte de la fortificación. Cerca del 83 por ciento del sistema defensivo desapareció bajo los trabajos de derribo; sus piedras fueron reutilizadas en edificios públicos, líneas de tranvía y obras de relleno. También desaparecieron los baluartes de San José y Santiago, así como las puertas de Mar, Guadalupe y San Román.

Entre quienes rechazaron aquella decisión destacó el periodista Francisco Álvarez Suárez, secretario del Ayuntamiento, quien dejó constancia de su inconformidad al escribir que, si el propósito consistía en embellecer la ciudad o mejorar su ventilación, bastaba con abrir arquerías frente a las calles sin destruir la fortificación. Su propuesta quedó relegada mientras avanzaban los trabajos de demolición.

Los vestigios conservados permitieron mantener vivo el valor histórico de aquella obra de ingeniería militar. El 1 de diciembre de 1999, la Ciudad Histórica Fortificada de Campeche fue inscrita en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO al ser reconocida como uno de los conjuntos defensivos de origen virreinal mejor preservados del continente americano. Desde la segunda mitad del siglo XX se emprendieron diversas etapas de restauración que permitieron recuperar parte del sistema defensivo, reconstruir la Puerta de Mar, los baluartes de Santiago y San Francisco, además de varios lienzos de muralla. Las labores continuaron en años posteriores mediante nuevos proyectos de conservación e integración urbana, entre ellos la recuperación del tramo ubicado junto a la Plaza de la República. En 2012 se realizó una de las intervenciones más importantes de las últimas décadas, durante la cual fueron reconstruidos nuevos segmentos del recinto amurallado, consolidando la recuperación de una parte significativa de su antigua traza.

Hoy las murallas constituyen la imagen más reconocible de Campeche. Sus piedras recuerdan los años en que la ciudad permanecía atenta al horizonte, pendiente de la llegada de embarcaciones enemigas, y conservan la memoria de una comunidad que decidió levantar una fortaleza para proteger a sus habitantes, asegurar su puerto y preservar un legado que continúa definiendo la identidad de la capital campechana.

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