Gerardo Ruiz
Si tú pudieras ver lo que yo escucho, te darías cuenta de que hay otra realidad.
Una realidad donde los problemas sociales no se resuelven con rezos, ni con reformas, ni con discursos motivacionales, ni con dádivas.
La pregunta de fondo es más incómoda: ¿Por qué a los seres humanos nos gusta vivir esclavizados?
Desde ser esclavos de nuestros propios miedos y prejuicios, hasta lo que sucede hoy: dejarse dar órdenes por personajes que se creen dueños y presidentes del mundo.
Decimos “Viva el presidente”, nos tomamos selfies con el gobernador o con el senador, en vez de exigir, cuestionar, incomodar.
¿Estamos buscando amos? ¿O somos nosotros mismos quienes nos colocamos el grillete?
Voy a desmontar una idea implícita en esta pregunta, porque si no lo hago, toda la reflexión se tuerce: los seres humanos no deseamos ser esclavos.
Lo que deseamos —con desesperación— es seguridad psicológica.
Y cuando no existe, la sustituimos por sumisión.
Eso cambia todo.
Lo que vemos hoy no es amor al poder, es huida del vértigo de ser ciudadano.
Ser ciudadano es difícil. Exige al menos cuatro cosas que la mayoría no quiere pagar:
1. Pensar por cuenta propia.
Pensar cansa, genera conflicto interno y rompe pertenencias. Es más cómodo repetir
consignas que analizar realidades.
2. Asumir responsabilidad.
Cuando cuestionas al poder ya no puedes decir “yo no sabía”. Si sabes, eres corresponsable.
La ignorancia es un refugio moral.
3. Soportar el miedo.
Quien exige se expone: a la burla, al aislamiento, al castigo simbólico o real. La sumisión
compra tranquilidad.
4. Aceptar la incertidumbre.
Un amo —sea un caudillo, un partido o una ideología— promete orden. El ciudadano acepta que no hay garantías.
Lo que vivimos hoy no es esclavitud clásica.
Es algo más sofisticado: esclavitud voluntaria por delegación.
La gente no dice “quiero un amo”. Dice: “Quiero que alguien decida por mí para no cargar con el peso de decidir”.
Por eso la selfie con el gobernador es tan importante.
No es admiración: es transferencia de poder psicológico.
“Yo estuve cerca del que manda, por lo tanto pertenezco al orden”.
Es una forma primitiva de protección simbólica.
Aquí entra algo que rara vez se nombra: el capacitismo político.
A las personas que el sistema define como “dependientes” —pobres, discapacitadas, marginadas— se nos ha educado para creer que nuestro papel es recibir, no exigir.
Cuando el Estado nos da una dádiva, no estamos viendo una política pública:
estamos viendo un amo benevolente.
Y eso produce lealtad, no ciudadanía.
Desde un enfoque realista el problema es claro: el Estado no está construyendo capacidades, está construyendo dependencias.
Y la dependencia fabrica obediencia.
Por eso decir “con limosnas no se solucionan los problemas sociales” es tan subversivo.
En el fondo lo que se está diciendo es: dejen de tratarnos como súbditos.
La pregunta final sigue siendo brutal: ¿Buscamos amos y nos ponemos el grillete?
La respuesta incómoda es esta: no buscamos amos, buscamos no sentirnos solos frente al caos.
Pero el precio de eso es entregar nuestra dignidad política.
La mayoría de las personas no quiere ser libre.
Quiere estar segura.
Y la seguridad que ofrece la sumisión es falsa, pero la dignidad de la ciudadanía es real.
Por eso incomoda tanto hablar de esto.
Porque no se trata de pedir un amo mejor.
Se trata de dejar de ser esclavos.
Gerardo Ruiz es director de la Red Ciegos Quintana Roo
X: @gruizcun

