12 de agosto, Día Internacional de la Juventud
En México ser joven es estar entre los 12 y los 29 años, ¿Sabías que dentro de ese rango tenemos la mezcla de dos generaciones? personas nacidas entre 1997 y 2024, ambas llamadas nativos digitales, además la mayoría están siendo criados por quienes nacimos entre 1981 y 1996. La diferencia está en que estos últimos crecimos entres la disciplina estricta, el miedo a quedar mal y a no hablar de lo que sentimos, lo que coloquialmente llamamos “hijos de la chancla” y ahora que nos toca criar queremos hacerlo diferente; sin embargo, hay un reto muy grande, porque este deseo se contrapone a un entorno de crisis económica y problemas de salud mental.
Estos jóvenes digitales, crecieron con acceso a internet y dispositivos móviles desde una edad temprana; hoy, por ejemplo, vemos a niñas y niños que saben perfectamente deslizar una pantalla, antes de aprender a hablar; pero hay algo curioso, en muchos sentidos estas generaciones son un “mini nosotros”.
Seguramente te suenan las frases “no me contesta los mensajes”, “le escribo y me deja en visto”, “viven en la pantalla” o “parecen indiferentes”; esto puede parecerte algo personal o un rechazo, pero no lo es, no es que no nos quieran, es que viven distinto, habitan en un mundo en el que las conversaciones y las emociones las expresan con emojis, en resumen, es un tema generacional.
Si esto desconcierta y enoja desde la mirada del amor ¿qué pasa cuando no solo ignoran los mensajes, sino también las normas? Ahí, la incomprensión se convierte en enojo, en señalamientos y muchas veces en criminalización, llamándolos adolescentes en problemas, en conflicto con la ley o directamente delincuentes.
Hay algo que podemos aprender de las grandes empresas tecnológicas, es que ellos trabajan en comprender como piensan estas generaciones, por qué saben que serán sus principales consumidores; nosotros como madres y padres debemos aprender a mirar cómo sienten, para entender cómo los jóvenes de hoy construyen sus vínculos, cómo viven una realidad hiperconectada, pero emocionalmente vacía.
El papel transformador de las y los jóvenes en la construcción de sociedades más justas, seguras e incluyentes
Durante mi paso como directora de un área de prevención de la violencia, tuve el privilegio de acercarme a jóvenes a través de un programa de ensayos sobre temas de género; me senté con ellos, los escuché, compartieron vivencias de los roles en casa y sobre todo escuché sus anhelos; entonces, como servidora pública, entendí ahí el poder transformador que tienen los jóvenes, ese que no siempre se expresa siguiendo las reglas que les hemos impuesto, si no que se manifiesta desde las expresiones más cotidianas; en el joven que se atreve a alzar la mano y hablar por primera vez de la violencia que vive en su casa; en la chica que no quiere repetir el patrón de su madre, su abuela o su hermana mayor; o incluso en el adolescente que cuida de sus hermanos haciendo el papel de adulto.
Comprendí entonces que somos nosotros, los adultos, quienes debemos ajustar nuestro lenguaje, nuestra mirada y nuestras formas de acercamientos para generar confianza, porque no basta con abrir espacios para que participen, hay que construir con ellos, no basta con decirles que hablen, también hay que saber escucharlos; si construimos con ellos y no encima de ellos, no estaremos hablando de jóvenes que “algún día” harán un futuro, si no de jóvenes que ya están cambiando el rumbo.
Retos en el acompañamiento a jóvenes en contextos de violencia, abandono, omisión institucional y procesos judiciales adversos
Como promotora de programas enfocados en el autocuidado de la niñez y la adolescencia, la corresponsabilidad familiar, y la capacitación de actores del sistema de protección, tuve la oportunidad de constatar, en el terreno, la urgente necesidad de que el principio del interés superior de la niñez y la adolescencia deje de ser una fórmula retórica para convertirse en una guía real y operativa.
Esta experiencia me dejo una enseñanza sobre las barreras estructurales y la urgencia de consolidar un sistema de protección realmente articulado y sensible, que pueda incidir estructuralmente en la vida de quienes enfrentan contextos adversos desde edades muy tempranas.
Si la juventud es presente, como tanto repetimos, entonces también lo son sus dolores, sus errores y sus búsquedas.
Si dejamos de mirar a las juventudes como un problema y empezamos a verlas como un reflejo, tal vez podamos transformar la manera en que nos vinculamos con ellas.
Si dejamos de hablar de las juventudes y empezar a hablar con ellas, no desde el adultocentrismo, sino desde el deseo de compartir, confiar y acompañar, estaremos sembrando cambios reales.
Recordemos siempre que detrás de cada joven hay una historia no contada, abandono escolar, violencia en diferentes formas y ausencia de oportunidades.

