HONG KONG.- La idea de que un robot humanoide pueda sentir dolor suena inquietante, pero en realidad apunta a un objetivo práctico: la seguridad. Lejos de ser un castigo artificial, el dolor funcionaría como un sistema de alerta capaz de prevenir daños mayores tanto en la máquina como en su entorno.
A diferencia de una persona, un robot no detiene su actividad de forma espontánea cuando uno de sus componentes se daña. Si una pieza crítica falla y el sistema continúa operando, el resultado puede ser una caída, un golpe o un accidente que ponga en riesgo a humanos cercanos. Incorporar una señal equivalente al dolor permitiría al robot interrumpir tareas, desconectarse o adoptar una postura segura antes de que el daño se agrave.
En este contexto destaca una investigación desarrollada por universidades de Hong Kong y Shanghái, que presentó una piel neuromórfica para robots humanoides. Este recubrimiento flexible imita el funcionamiento de las terminaciones nerviosas humanas mediante una red de sensores capaces de detectar presión de forma constante en distintos puntos del cuerpo artificial.
La innovación no se limita al tacto. La piel incorpora sensores similares a los nociceptores humanos, responsables de detectar estímulos dañinos. Gracias a ellos, el sistema puede identificar microperforaciones, desgaste del material o presiones anómalas que comprometan la integridad del robot. Además, su diseño modular permite sustituir secciones dañadas mediante parches, lo que reduciría costos y tiempos de reparación.
Aunque el desarrollo de robots humanoides genera posturas encontradas, esta tecnología podría tener aplicaciones más allá de la robótica doméstica. Pieles inteligentes como esta podrían integrarse en trajes espaciales o equipos de protección contra incendios o radiación, donde detectar una falla a tiempo puede ser decisivo.
Se trata, en esencia, de una prueba de concepto que abre la puerta a sistemas más seguros, tanto para máquinas como para personas. (Con información de National Geographic)


