Depresión, ansiedad, violencia intrafamiliar, adicciones, sobreexposición digital y una atención institucional insuficiente conforman un escenario que mantiene en riesgo el bienestar de miles de adolescentes y jóvenes en Yucatán
EDUARDO MAY
La pandemia de Covid-19 terminó hace más de tres años, pero una parte de sus consecuencias permanece prácticamente invisible. Mientras la actividad económica, las escuelas y la vida cotidiana recuperaron su ritmo habitual, miles de niñas, niños y adolescentes continúan enfrentando problemas de ansiedad, depresión, violencia intrafamiliar, adicciones e ideación suicida que hoy representan uno de los principales desafíos de salud pública en Yucatán.
Diversas investigaciones nacionales e internacionales coinciden en que la emergencia sanitaria profundizó un deterioro emocional que ya comenzaba a manifestarse entre la población juvenil. Sin embargo, la atención institucional ha resultado insuficiente y muchos de los programas creados durante aquellos años desaparecieron una vez superada la crisis sanitaria.
En Yucatán, especialistas, instituciones académicas y organismos civiles advierten que el problema persiste. Las cifras oficiales, los estudios científicos y los testimonios recogidos para este reportaje muestran que la salud emocional de los jóvenes continúa deteriorándose, impulsada por factores familiares, sociales, económicos y digitales que aún no han sido atendidos de manera integral.
La respuesta institucional

En septiembre de 2022, cuando comenzaba a disiparse la emergencia sanitaria provocada por la pandemia de Covid-19, el gobierno de Yucatán lanzó un programa orientado a atender de manera directa la salud emocional de cientos de adolescentes. Tras casi tres años de confinamiento y estrés derivados de la pandemia, las encuestas realizadas por las secretarías estatales de Salud y Educación advirtieron sobre la gravedad del problema que enfrentaban los jóvenes.
Con el apoyo de organismos internacionales, el gobierno estatal diseñó en pocos meses la estrategia MeMind. Antes de su implementación, instruyó a docentes y personal de salud a elaborar un diagnóstico puntual sobre la situación de estudiantes que habían pasado abruptamente de las aulas a las pantallas para continuar sus estudios mediante plataformas creadas de forma emergente.
La preocupación estaba plenamente justificada. Los resultados de las evaluaciones realizadas entre estudiantes y jóvenes que habían abandonado sus estudios reflejaban un panorama crítico. Durante la presentación del programa, el entonces gobernador Mauricio Vila informó sobre altos índices de depresión, inseguridad emocional, farmacodependencia y consumo de alcohol; además de numerosos casos de violencia intrafamiliar, rechazo a la propia imagen y conflictos de identidad, factores estrechamente relacionados con el riesgo de suicidio.
En pocas semanas, el gobierno instruyó al sector educativo para detectar casos de depresión, ansiedad y adicciones, canalizar a estudiantes y jóvenes fuera del sistema escolar hacia servicios de atención psicológica y desarrollar una campaña pública de sensibilización. Las evaluaciones identificaron “focos amarillos” en diversos indicadores de bienestar emocional y “focos rojos” en depresión juvenil, particularmente entre adolescentes de 12 años en adelante tanto en zonas urbanas como rurales.

La estrategia fue respaldada por el Congreso del Estado, que aprobó recursos y nuevas medidas para fortalecer la atención en salud emocional hasta el término de la administración estatal, en 2024. Como parte de estas acciones se habilitó una plataforma digital abierta a toda la población para realizar diagnósticos preliminares sobre salud emocional, con el acompañamiento de especialistas encargados del seguimiento estadístico y programático.
Con el levantamiento gradual de las restricciones sanitarias —la emergencia concluyó oficialmente el 9 de mayo de 2023— se recuperaron paulatinamente las actividades escolares, la convivencia social y la apertura de centros educativos, espacios comerciales y sitios recreativos. Sin embargo, aunque el regreso a la normalidad ayudó a disminuir parte de la presión emocional acumulada, muchos de los problemas detectados durante la pandemia persistieron.
Una crisis que no terminó con la pandemia

Tres años después del fin de la emergencia sanitaria, la población ha retomado prácticamente todas sus actividades. No obstante, las secuelas emocionales que dejó la pandemia entre jóvenes, niños y adultos siguen sin dimensionarse plenamente, por lo que numerosos problemas de salud mental permanecen invisibles para las instituciones.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) publicó el boletín Desastres No. 131. Impacto de la pandemia Covid-19 en la salud mental de la población, en el que advierte: “En la región de las Américas, la población ha tenido que enfrentar la pérdida de seres queridos por Covid-19, además de una crisis económica sin precedentes que, en muchos casos, ocasionó la pérdida del empleo y de los medios de subsistencia”.
El documento añade: “También experimentamos el cierre de escuelas, el aislamiento, el teletrabajo, el temor al contagio y una profunda incertidumbre. Estas condiciones contribuyeron al aumento de la ansiedad, la depresión, los trastornos del sueño, el consumo de alcohol, tabaco y otras sustancias, así como a un incremento de la violencia intrafamiliar”.
Asimismo, señala que distintos estudios estiman que entre el 20 y el 70 por ciento de la población continúa presentando síntomas de ansiedad o depresión. Mujeres, jóvenes, personas de bajos ingresos, pacientes con antecedentes de trastornos mentales y trabajadores del sector salud figuran entre los grupos más afectados.
Una encuesta aplicada en 2021 en 30 países reveló que más de la mitad de los participantes de Chile, Brasil, Perú y Canadá consideró que su salud mental había empeorado desde el inicio de la pandemia, porcentaje superior al promedio mundial de 45 por ciento, según el Foro Económico Mundial.
En Chile, el 32.8 por ciento de los encuestados presentó síntomas de trastornos mentales, mientras que en Estados Unidos aumentó tanto la proporción de adultos con ansiedad y depresión como la demanda insatisfecha de atención psicológica.
UNICEF estimó que, en marzo de 2021, más de 114 millones de niñas, niños y adolescentes seguían sin asistir a clases presenciales, situación que en algunos países se prolongó hasta 2023. El organismo advirtió que la interrupción escolar tuvo efectos severos sobre el aprendizaje, la protección, la salud mental y las perspectivas de desarrollo de millones de estudiantes.
En nueve países del continente americano, el 27 por ciento de los jóvenes de entre 13 y 29 años reportó haber experimentado ansiedad y el 15 por ciento síntomas de depresión, informó también UNICEF.
Por su parte, una encuesta aplicada a más de 60 mil cuidadores de niñas y niños en Colombia, México, Costa Rica, El Salvador y Perú reveló que el 85 por ciento presentó al menos un síntoma de deterioro emocional durante la pandemia. Cerca de la mitad manifestó sentirse triste y alrededor de dos terceras partes reportó cansancio, miedo e insomnio, de acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo.
La OMS informó además que el 60 por ciento de los países notificó interrupciones en los servicios de atención relacionados con trastornos mentales, neurológicos y consumo de sustancias durante la segunda ronda de la encuesta Pulse, realizada entre enero y marzo de 2021. En comparación con la primera medición, se registró un incremento de 23 por ciento en la interrupción de los servicios de consejería.
Aunque la mayoría de los países de la región incorporó la salud mental y el apoyo psicosocial en sus planes nacionales de respuesta al Covid-19, únicamente dos lograron financiarlos de manera adecuada. Con el fin de la pandemia, muchos de esos programas desaparecieron, dejando nuevamente sin respaldo a buena parte de la población juvenil, concluye el boletín.
Las cifras de Yucatán

Al inicio de la pandemia de Covid-19, en 2020, Yucatán registró una tasa de incidencia de depresión de 43.78 casos por cada 100 mil habitantes, lo que lo ubicó en el lugar 24 nacional, según el Inegi. Para 2021, la incidencia aumentó a cerca de 62.4 casos por cada 100 mil habitantes y, al concluir la emergencia sanitaria, prácticamente se duplicó hasta alcanzar alrededor de 135 casos por cada 100 mil habitantes.
Víctor Chan Martín, presidente de Hogares Maná A.C., advirtió que durante el primer trimestre de 2025 se detectaron 200 casos de depresión y que, al cierre de 2024, la asociación había atendido alrededor de 300 personas.
“La depresión es preocupante en la entidad, pues el rango de edad de los casos confirmados incluye niños de apenas nueve años”, declaró. Añadió que muchos menores enfrentan situaciones de abuso sexual, violencia intrafamiliar, alcoholismo y farmacodependencia dentro de sus propios hogares, además de agresiones entre familiares, problemas de inseguridad y entornos altamente conflictivos.
Indicó que este panorama refleja el deterioro de la salud mental de la población y está estrechamente relacionado con el incremento de los suicidios, cuya incidencia —afirmó— ha aumentado alrededor de 300 por ciento en los últimos 15 años en Yucatán.
Asimismo, señaló que la asociación también ha detectado casos de esquizofrenia, psicosis y neurosis entre jóvenes; sin embargo, la depresión y la ansiedad continúan siendo los trastornos más frecuentes.
De acuerdo con el Centro de Investigaciones Regionales “Dr. Hideyo Noguchi” de la Universidad Autónoma de Yucatán, el 28 por ciento de los jóvenes yucatecos de entre 16 y 29 años ha presentado cuadros depresivos, muchos de ellos iniciados antes de los 14 años y que, en la mayoría de los casos, no son detectados ni atendidos oportunamente.
La atención comunitaria
Los especialistas coinciden en la necesidad de implementar una estrategia integral y transversal que involucre a instituciones educativas y de salud, así como a las familias y a la propia comunidad, para identificar y atender oportunamente los problemas de salud emocional.

Actualmente sólo seis de los 106 municipios del estado participan en este esfuerzo: Mérida, Progreso, Tekax, Hunucmá, Halachó y Tinúm. En conjunto cuentan con 116 brigadistas organizados en siete grupos que han brindado atención a 4 mil 337 personas. Tekax fue el primer municipio en conformar una brigada local de este tipo, considerada pionera a nivel nacional y en América Latina.
Sin embargo, la problemática continúa agravándose. Durante los primeros cinco meses de 2026, la Secretaría de Salud de Yucatán reportó 2 mil 460 casos de depresión, cifra que representa un incremento de 27 por ciento respecto al mismo periodo de 2025. Los adolescentes de entre 14 y 19 años figuran entre los grupos más vulnerables, con una elevada prevalencia de ansiedad e ideación suicida.
A nivel nacional, el grupo de 10 a 14 años concentra el 53.3 por ciento de los diagnósticos de ansiedad, seguido por el de 15 a 19 años con el 27.3 por ciento. Datos sobre salud mental en la infancia y adolescencia en México indican además que el 3.3 por ciento de los adolescentes presenta ideación suicida, proporción superior a la observada en la población adulta. En este contexto, Yucatán continúa ubicándose entre las entidades con las tasas más altas de mortalidad por suicidio en el país.
¿Qué está pasando?

Un estudio realizado en 2025 por el Instituto Nacional de Psiquiatría, titulado “Prevalencia de la depresión en adolescentes de comunidades rurales de México: un estudio transversal”, en el que participaron 12 universidades del país, expone la compleja situación emocional que enfrentan los jóvenes del medio rural. Aunque no existen investigaciones específicas para Yucatán, los especialistas consideran que factores como la violencia, las dificultades económicas, la desintegración familiar y la violencia intrafamiliar permiten dimensionar un panorama similar en la entidad.
El estudio señala que en México la prevalencia de depresión en adultos es de 4.5 por ciento; sin embargo, entre los adolescentes constituye la principal causa de morbilidad y discapacidad, con una prevalencia superior al 16 por ciento. Además, este grupo presenta un riesgo cinco veces mayor de intento suicida, que representa su segunda causa de muerte.
Cerca del 19 por ciento de los adolescentes del medio rural se encuentra en alto riesgo de depresión, con mayor incidencia entre las mujeres. En comunidades rurales e indígenas, este trastorno está influido por factores socioeconómicos, culturales y por la limitada atención en salud mental. Un estudio realizado en Chiapas reportó una prevalencia de 20.6 por ciento entre adolescentes indígenas, por lo que los investigadores subrayan la necesidad de conocer con mayor precisión la magnitud del problema en poblaciones rurales e indígenas, considerando además las diferencias por género.
A nivel mundial, la prevalencia de depresión en adolescentes oscila entre 10 y 20 por ciento; sin embargo, en la muestra nacional analizada por este estudio se observaron cifras considerablemente más altas: 61 por ciento de los participantes presentó síntomas depresivos y 23 por ciento cumplió criterios compatibles con un probable Trastorno Depresivo Mayor (TDM).
En concordancia con investigaciones previas, el estudio encontró un mayor riesgo entre las mujeres y en quienes tenían antecedentes personales o familiares de depresión. Estos resultados sugieren que los adolescentes de comunidades rurales enfrentan vulnerabilidades que aún no han sido suficientemente documentadas y evidencian la necesidad de fortalecer las investigaciones para diseñar políticas públicas de salud mental.
Adolescencia, la dura realidad

Los resultados fueron contundentes: 61.5 por ciento de los participantes reportó algún síntoma de depresión; 33 por ciento presentó síntomas moderados o severos y 7 por ciento cuadros severos. Asimismo, 23 por ciento cumplió criterios para un probable diagnóstico de Trastorno Depresivo Mayor, con una mayor incidencia entre mujeres (28 por ciento) que entre hombres (16 por ciento).
En este mismo contexto, en 2021 se publicó el estudio El suicidio y depresión en adolescentes de Mérida, Yucatán: ¿En aumento a raíz de la pandemia por Covid-19?, elaborado por Cristel Guadalupe Peraza Reyes y Alejandra Aguilar Caraveo, egresadas del Colegio Libre de Estudios Universitarios (CLEU), Campus Mérida, quienes analizaron los factores que incidieron en la salud emocional de los jóvenes durante la emergencia sanitaria.
Las investigadoras explican que “el objetivo del presente estudio es conocer cómo en la ciudad de Mérida la pandemia por Covid-19 influyó en la vida de los jóvenes y cuáles han sido los trastornos que generó respecto a su salud mental y emocional”, trabajo que documenta un incremento en los indicadores de depresión y suicidio entre adolescentes.
Sostienen que “la adolescencia es una etapa especialmente compleja, marcada por cambios físicos, hormonales, sociales, culturales y emocionales derivados de la transición hacia la vida adulta. Con esta evolución aparecen nuevas responsabilidades y una creciente presión por cumplir metas y responder a estándares impuestos por el entorno”.
Añaden que los adolescentes reciben constantemente mensajes relacionados con el éxito, el futuro y determinados modelos sociales, lo que puede generar frustración cuando sienten que sus logros no son suficientes para cumplir esas expectativas.
A estos factores se suman la competencia académica y familiar, la sobreexposición a plataformas digitales y medios de comunicación, la hipersexualización de numerosos contenidos y la adopción de discursos o modelos sociales que muchos jóvenes aún no alcanzan a comprender plenamente.
En este contexto, los adolescentes se enfrentan a estereotipos, estándares de belleza poco realistas y modelos de comportamiento que se multiplican en redes sociales y otros espacios de interacción, generando presiones que con frecuencia superan su capacidad de respuesta emocional.
De igual forma, la sobrecarga informativa y las nuevas dinámicas de comunicación pueden favorecer sentimientos de aislamiento, frustración o ansiedad ante la necesidad permanente de encajar y obtener aceptación dentro de determinados grupos sociales.
A ello se añade la percepción de que el tiempo se agota para alcanzar metas personales, familiares y escolares. Esta presión aparece cada vez a edades más tempranas y, cuando no existen redes de apoyo adecuadas, puede convertirse en un factor que favorezca cuadros de ansiedad, depresión y otros problemas de salud mental.
Los medios, las redes sociales, la información

Según la Encuesta sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2024 del Inegi, los adolescentes yucatecos utilizan internet en promedio hasta ocho horas diarias. La mayor parte de ese tiempo la destinan a redes sociales como Facebook, Instagram y TikTok, además de otras plataformas de interacción personal y contenidos para adultos.
De acuerdo con Unicef, muchos menores tienen su primer contacto con contenidos pornográficos alrededor de los ocho años de edad a través de internet, quedando expuestos también a redes de explotación, imágenes, videos y otros materiales de contenido sexual. El organismo advierte además que el uso excesivo de internet resta tiempo a actividades fundamentales: 44.6 por ciento de los estudiantes dedica menos tiempo al estudio; 12.9 por ciento reduce la práctica deportiva o las actividades culturales, y 9.4 por ciento convive menos con sus amistades por permanecer conectado. Asimismo, 11.3 por ciento de las personas de entre 15 y 24 años presenta un riesgo elevado de desarrollar un uso compulsivo de los servicios digitales.
La desinformación como riesgo

El estudio “Impacto del aumento del uso de Internet y las redes sociales en la salud mental de adolescentes” advierte que la información falsa o malintencionada representa otro factor que afecta la salud mental de niñas, niños y adolescentes, al dificultar el desarrollo del pensamiento crítico y limitar su derecho a una participación informada.
A ello se suma que, en México, los menores reciben su primer teléfono celular alrededor de los 10 años de edad. La exposición constante a grandes volúmenes de información puede generar confusión, dificultar la capacidad para distinguir contenidos confiables y favorecer sentimientos de ansiedad. “Los jóvenes viven en el panorama informativo más complejo de la historia”, señala el informe, que subraya la necesidad de enseñarles a navegar de manera responsable y reconocer los riesgos de la desinformación y de las tendencias que circulan en redes sociales.
El estudio también identifica a TikTok como uno de los principales motores de búsqueda entre los adolescentes y advierte que aproximadamente uno de cada cinco videos sugeridos contiene información falsa o engañosa, una situación que, señala, también se presenta en otras plataformas digitales.
“Será imposible desarrollar un pensamiento crítico y distinguir qué es real si no se proporcionan las herramientas necesarias para hacerlo”, advierte el documento. A este escenario se suma el rápido desarrollo de la inteligencia artificial, capaz de generar textos, imágenes y otros contenidos sintéticos que hacen cada vez más difícil identificar información auténtica.
Por ello, Unicef sostiene que la alfabetización informativa debe considerarse un derecho de la infancia y la juventud. “Si no les damos las herramientas adecuadas para navegar este entorno informativo, los colocaremos en una seria desventaja. Es fundamental que puedan acceder a información confiable para participar de manera activa en la vida cívica y democrática”, señala.
El informe advierte además que la desinformación deteriora la convivencia social, favorece la discriminación y amplifica los discursos dirigidos contra grupos vulnerables.
Entre sus recomendaciones, el informe destaca la necesidad de fortalecer la capacitación de las familias para acompañar a sus hijos en el uso responsable de internet, las redes sociales y los dispositivos digitales. Apenas el 20 por ciento de los hogares establece reglas claras para el uso de estas tecnologías y persiste una importante brecha de acompañamiento, especialmente en familias en situación de vulnerabilidad. “Vivimos bajo un bombardeo permanente de estímulos visuales. Las escuelas deben enseñar a detenerse, interpretar y reflexionar antes de aceptar una imagen o una información como verdadera”, concluye Unicef.
Las raíces de la crisis

La adolescencia en Yucatán se desarrolla hoy en un escenario de profundas contradicciones. Mientras la entidad suele proyectarse a nivel nacional como un espacio de paz social y crecimiento económico, miles de jóvenes enfrentan una crisis silenciosa de salud emocional que cuestiona esa imagen. La transición hacia la vida adulta ya no responde únicamente a un proceso biológico o psicológico, sino que está condicionada por presiones económicas, mandatos culturales, vacíos institucionales y un entorno digital que redefine permanentemente las formas de relacionarse y percibirse a sí mismos.
Comprender esta realidad exige mirar más allá de síntomas como la ansiedad, la depresión o las autolesiones y analizar los factores estructurales que inciden en el bienestar emocional de esta generación.
Uno de los principales factores es el contexto económico y social. Mientras Mérida experimenta un acelerado proceso de modernización, numerosas comunidades rurales y zonas periféricas continúan enfrentando condiciones de marginación. Para muchos adolescentes, el futuro aparece como un horizonte de oportunidades limitadas.
La insuficiencia de apoyos educativos, reflejada en escuelas con escasos servicios de orientación psicológica, grupos numerosos y una persistente deserción escolar después de la secundaria, dificulta la construcción de proyectos de vida. A ello se suma la presión de contribuir a la economía familiar o la ausencia de acompañamiento cotidiano de padres obligados a cumplir extensas jornadas laborales, circunstancias que muchos jóvenes intentan suplir buscando pertenencia en otros espacios.
Cultura, identidad y salud mental

En el ámbito cultural y religioso, los adolescentes enfrentan una permanente tensión entre las tradiciones y las transformaciones sociales. La sociedad yucateca conserva una fuerte influencia de valores familiares y religiosos que fortalecen la identidad comunitaria, pero que, en algunos casos, también dificultan hablar abiertamente sobre salud mental, diversidad o bienestar emocional.
En numerosos hogares persiste la idea de que reconocer un problema emocional representa una muestra de debilidad o falta de carácter. Como consecuencia, muchos adolescentes prefieren guardar silencio sobre sus temores e inseguridades antes que enfrentar el estigma social o el juicio de su entorno.
Esta vulnerabilidad encuentra un poderoso amplificador en el ecosistema digital. El uso intensivo de redes sociales y la exposición constante a pantallas han transformado las formas de socialización. Las plataformas digitales se han convertido en espacios donde el reconocimiento social suele medirse por la respuesta obtenida en línea.
La comparación permanente con modelos idealizados de éxito, belleza o estilo de vida puede deteriorar la autoestima y favorecer problemas relacionados con la imagen corporal, la alimentación y la percepción de sí mismos, especialmente cuando la validación personal depende de la respuesta obtenida en redes sociales.
Al mismo tiempo, el entorno digital reduce los espacios para desarrollar habilidades como la tolerancia a la frustración, la autorregulación emocional y la convivencia presencial, elementos fundamentales durante la adolescencia.
A ello se suma la enorme cantidad de información que circula en internet. Los jóvenes tienen acceso a contenidos que promueven la inclusión y la diversidad, pero también a discursos polarizados, procesos de desinformación y fenómenos como el autodiagnóstico de trastornos psicológicos sin respaldo profesional.
En lugar de encontrar orientación confiable, muchos adolescentes se enfrentan a un flujo permanente de mensajes contradictorios que resulta difícil procesar durante una etapa en la que aún se encuentran construyendo su identidad. El temor a la exclusión puede llevarlos a adoptar conductas, opiniones o formas de actuar únicamente para mantener su pertenencia a determinados grupos.
Los problemas de salud emocional que enfrentan los adolescentes yucatecos difícilmente pueden entenderse de manera aislada. La ansiedad, el estrés y la inseguridad reflejan un entorno que exige respuestas propias de la vida adulta mientras expone constantemente a los jóvenes a presiones sociales, familiares y digitales para las que muchas veces no cuentan con herramientas suficientes.
Por ello, especialistas coinciden en la necesidad de una estrategia integral que involucre a familias, escuelas e instituciones de salud, contribuya a eliminar el estigma en torno a la atención psicológica y promueva un uso más responsable del entorno digital. Sólo mediante redes de apoyo sólidas, educación emocional y políticas públicas sostenidas será posible ofrecer a la juventud yucateca mejores oportunidades para construir un proyecto de vida saludable y con mayores oportunidades para construir un proyecto de vida sano, autónomo y con expectativas reales de desarrollo.

