Custodio de tradiciones centenarias y de un patrimonio que fortalece la identidad de Campeche, enfrenta hoy el abandono institucional, el deterioro de su paisaje urbano y la dilución de su memoria viva, incluida su histórica Feria
Harold Amábilis
El barrio de San Román ocupa un lugar de honor en la memoria colectiva de Campeche. Su historia comenzó a trazarse a mediados del siglo XVI, cuando la expedición de Francisco de Montejo impulsó un asentamiento estrechamente ligado a la fe y a la vida marítima. Con la construcción de su templo en 1563 y el arribo del Cristo Negro en 1565, el barrio consolidó una identidad que trasciende generaciones, erigiéndose como un faro espiritual y el corazón de la tradición marinera en la región.
El 8 de febrero de 2024, la Secretaría de Turismo del Gobierno de México concedió a San Román la categoría de primer Barrio Mágico de Campeche, emblema dirigido a preservar y proyectar su legado patrimonial a nivel nacional. Los vecinos acogieron el nombramiento con expectativas favorables, persuadidos de que la distinción redundaría en mejoras de infraestructura, dinamismo económico y labores de rescate cultural. Transcurridos más de dos años de aquel hecho, la realidad del barrio muestra diferencias frente al mensaje institucional. El reconocimiento carece de un plan integral que contemple el desgaste de las antiguas viviendas virreinales y decimonónicas, las condiciones de seguridad, así como el abandono paulatino de los usos y costumbres entrañables. Tampoco se advierte una estrategia encaminada a rescatar las manifestaciones que durante décadas otorgaron un carácter particular al sitio, entre ellas su emblemática Feria. De este modo, el primer Barrio Mágico de Campeche corre el peligro de ver desvanecida su identidad mientras la comunidad aguarda soluciones.
En esta edición de El Despertador recorremos las calles de San Román para contrastar la riqueza de su herencia con la realidad que enfrenta su patrimonio. A través de este reportaje, examinamos el deterioro de sus inmuebles históricos y la pérdida paulatina de las tradiciones que le han dado identidad, con una mirada a las demandas de sus habitantes.
El tradicional barrio de San Román
Pocas zonas de Campeche guardan una historia tan ligada a la tradición marinera como San Román. Este sitio vio la luz en la segunda mitad del siglo XVI como un asentamiento extramuros, poblado primero por los naboríos, indígenas del altiplano central que acompañaron a las huestes de Montejo durante la conquista de Yucatán. Con los años, mayas peninsulares, criollos y españoles encontraron aquí un mismo destino, unido por una actividad que marcó su rumbo, el océano.


Durante el periodo virreinal, el puerto de Campeche se consolidó como el eje principal del tráfico naval en la península de Yucatán, al concentrar tanto las actividades comerciales como la industria de construcción de naves. En ese escenario, hacia 1650, San Román albergó el astillero más importante de la región, cuya etapa de mayor productividad abarcó de 1765 a 1811. Calafates, carpinteros de ribera, marineros y pescadores modelaron el talante de este rincón, dejando sembrada una identidad que, aunque desvanecida por el paso del tiempo, todavía puede percibirse en sus calles.
La cercanía con el Golfo de México significó prosperidad, aunque también expuso a sus habitantes a peligros constantes. Las costas de San Román fueron testigo del arribo de piratas y corsarios que castigaron a la villa durante los siglos XVI y XVII. La memoria local conserva con particular intensidad los ataques de William Parker en 1597, Cornelis Jol “Pie de Palo” en 1633 y el saqueo devastador de Lorencillo en 1685.
En medio de esas amenazas, la fe sostuvo a la comunidad. La llegada del Cristo Negro a la capilla del barrio en 1565 marcó para siempre el corazón de los hombres de mar. La leyenda cuenta que la imagen guio a la embarcación hasta puerto en veinticuatro horas, un relato que selló el vínculo entre el Cristo y los trabajadores del mar. Con el tiempo, la fiesta patronal creció hasta convertirse en un acontecimiento de importancia regional, y el Congreso del Estado le otorgó rango de feria, impulso legal que favoreció su expansión y le dio proyección en el sureste mexicano.
El siglo XIX trajo aires de renovación para la arquitectura civil. Las frágiles construcciones de materiales perecederos, predominantes en la zona, cedieron su lugar a casonas de mampostería con influencia porfiriana. La élite política y económica de Campeche halló en San Román un espacio de prestigio, donde levantó inmuebles para residir temporalmente durante las festividades de septiembre. El Parque de San Román, inaugurado en 1891, se convirtió pronto en el punto de encuentro social del barrio.


El siglo XX añadió nuevas capas estéticas al paisaje urbano. El Art Decó y, después, el funcionalismo, imprimieron su sello en las edificaciones comerciales y habitacionales, mientras que la arquitectura que evocaba a la revolución halló en el Paseo de los Héroes un escenario para manifestar el nacionalismo de la época. En 1999, San Román quedó integrado al polígono de protección declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, distinción que resaltó la autenticidad, la integridad y los valores culturales, estéticos e históricos de la ciudad fortificada. A pesar de ese reconocimiento, en el barrio el deterioro gana terreno sobre su legado excepcional, el reconocimiento internacional no ha logrado frenar el abandono institucional y la pérdida silenciosa de su identidad.
Monumentos históricos, la identidad de un barrio tradicional
El barrio de San Román conserva uno de los acervos arquitectónicos más antiguos de Campeche. Sus edificaciones, levantadas a lo largo de cuatro centurias, funcionan como un archivo que documenta la vida de una comunidad expuesta a transformaciones políticas, económicas y sociales. Pese a ese valor, varias de estas construcciones muestran un deterioro severo que contradice la imagen difundida por las campañas de promoción turística.
El Santuario Diocesano del Cristo Negro, Señor de San Román


La construcción del templo comenzó en 1563 y su primera fachada finalizó en las últimas décadas del siglo XVI. Nació como capilla abierta y durante el siglo XVIII recibió una ampliación que añadió un crucero. La portada principal, sobria y de dos cuerpos, se terminó en 1776, según reza la inscripción grabada sobre la clave del arco de entrada. La torre del campanario, que al principio tenía un solo cuerpo, adoptó su aspecto definitivo —tres niveles coronados por una cúpula de casco afrancesada— con las reformas de los años sesenta.
Este templo resguarda una de las joyas del arte virreinal y de la devoción popular más representativas de Campeche: el Cristo Negro, Señor de San Román. La imagen, venerada por generaciones de fieles, ocupa el sitio central del retablo mayor, elaborado a finales del siglo XIX. Un baldaquino la protege y la convierte en el punto focal del altar. A ambos lados, los nichos de la Virgen de los Dolores y San Juan Evangelista recrean el Calvario narrado por el Evangelio de Juan. El remate del retablo, con relieves de la Pasión, subraya el carácter sacrificial del conjunto.
La nave alberga además retablos neoclásicos y estilo ecléctico que resguardan múltiples piezas de arte, tales como el Sagrado Corazón de Jesús, la Virgen del Carmen, el Señor Atado a la Columna, el Cristo Nazareno, Nuestra Señora de la Soledad, entre otros. En la capilla de San Román Mártir destacan las piezas del Señor de la Divina Misericordia y el Santo Entierro. El brazo de la Epístola resguarda la Compassio Patris o la Trinidad con Cristo Muerto, pieza adquirida en 1884. La sacristía y el museo de arte sacro completan el recinto, con objetos expuestos para admiración de los visitantes tales como la peana procesional del siglo XVIII, un púlpito policromado o las coronas de oro y plata donadas al Cristo Negro.
El Parque de San Román


El parque, inaugurado en 1891, es el corazón social del barrio. Su edificación comenzó durante el Porfiriato, dentro de una política de ornato urbano que pretendía dotar a las ciudades de sitios públicos dignos. Con el nuevo siglo, el espacio fue objeto de varias remodelaciones. El quiosco original, de inspiración morisca, fue retirado a mediados del siglo XX y en su lugar se colocó una estructura propia del movimiento moderno. Su fisonomía actual proviene de una remodelación de comienzos del siglo XXI orientada a recuperar los valores estéticos originales.
El Paseo de los Héroes


El Paseo de los Héroes narra la evolución de la arquitectura campechana del siglo XX. Concebido en 1906 como escenario para fortalecer el sentimiento nacionalista, se inauguró en 1910 con un monumento a Miguel Hidalgo. Con la llegada de los proyectos de modernización impulsados por José Ortiz Ávila, el sitio emprendió un proceso de transformación que arrancó en 1961, cuando comenzó a rediseñarse conforme a los principios del Funcionalismo. Entre sus joyas monumentales sobresalen el Monumento a la Madre, instalado de manera definitiva en 2014; el Monumento a Héctor Pérez Martínez, obra del escultor Rodrigo Arenas Betancourt fechada en 1963; y el Monumento a los Héroes, diseñado ese mismo año por Joaquín Álvarez Ordóñez y enriquecido con relieves de Armando Guil Mendicuti.
El Callejón del Pirata


El Callejón del Pirata, envuelto en la leyenda de un corsario arrepentido que dejó a los pies del Cristo Negro un puñal bañado en oro con la inscripción “NADIE PUEDE VENCERTE”, es otro de los referentes simbólicos del barrio. El cañón oxidado que da nombre al lugar recuerda los ataques piratas que asolaron la región durante los siglos XVI y XVII, y el pasaje se ha convertido en un testimonio de la resistencia de la comunidad frente a las inclemencias del mar y la historia.
El Mercadito de San Román


El Mercadito de San Román, construido entre 1953 y 1955 y remodelado entre 2003 y 2006, se mantiene como el corazón comercial del barrio. Su fachada refleja la estética del funcionalismo de mediados del siglo XX. En sus pasillos, la tradición gastronómica y la venta de abarrotes resisten el avance de las grandes cadenas, y ofrecen al visitante la calidez del comercio vecinal.
El Cementerio de San Román



Abierto en 1821, este camposanto es testigo silencioso de la historia de Campeche. En él reposan apellidos ilustres como Castilla, McGregor y Baranda, protagonistas de la emancipación campechana. Las criptas cercanas a la capilla acogieron a las figuras más influyentes, aunque el primer sepultado fue un servidor público, José María Ortega. Hoy el sitio vive un proceso de revitalización mediante el proyecto “Cementerio de Historias”, que busca rescatar la memoria de quienes descansan entre sus muros.
La distinción que no alcanza: Barrio Mágico, contradicciones y realidades
El 8 de febrero de 2024, la Secretaría de Turismo del Gobierno de México entregó a San Román el título de Barrio Mágico. La noticia fue bien recibida entre los habitantes de una zona que guarda un legado tan antiguo como la propia ciudad de Campeche. La distinción colocaba al barrio en los escaparates nacionales de promoción turística y reconocía formalmente su valor histórico.


Dos años después, la distancia entre lo prometido y lo vivido resulta evidente. El nombramiento no vino acompañado de un plan integral de rescate patrimonial, de inversiones considerables en infraestructura ni de políticas públicas dirigidas a preservar la memoria inmaterial del barrio. La distinción llegó acompañada de expectativas de mejora, pero los problemas de conservación, infraestructura y patrimonio que enfrenta San Román permanecen sin una respuesta integral.
San Román continúa percibiéndose como un sitio de paso y no como un destino turístico aprovechado. El transporte público, deficiente desde hace décadas, se ha vuelto más limitado con la exclusión del barrio de la ruta del sistema Ko’ox, lo que compromete la movilidad de los vecinos. A ello se suman un alumbrado precario, la limpieza insuficiente y una constante percepción de inseguridad en las inmediaciones del malecón y la zona de bares.
El discurso oficial exalta las virtudes del barrio. La realidad material de sus calles y monumentos cuenta otra historia, la de un abandono que se agrava mes con mes.
El deterioro de su alma: entre ruinas y olvido
El estado del patrimonio construido refleja la ausencia de una política de conservación efectiva. No se trata de un fenómeno reciente, sino que es el resultado del descuido prolongado que ni su integración al polígono de patrimonio mundial ni su nombramiento como Barrio Mágico han podido detener.



El Parque de San Román, corazón social del barrio, atraviesa uno de sus peores momentos. El quiosco, pieza clave de su patrimonio, ha sido saqueado. La celosía de barandales de hierro forjado que rodeaba su perímetro superior fue arrancada, dejando vanos vacíos que desnudan la estructura. La techumbre acumula manchas de humedad y óxido. Las lámparas de hierro tienen el vidrio sucio y el metal corroído. Las bancas de madera y hierro presentan madera astillada, agrietada y podrida, mientras el metal muestra una oxidación severa que corroe los detalles ornamentales. Los muretes perimetrales perdieron importantes secciones de aplanado que dejan expuesta la piedra caliza. En las calles aledañas abunda la basura ante la ausencia de botes para depositarla. El parque, antaño uno de los mejor valorados del imaginario popular campechano, se ha convertido en un espacio desolado cuando debería ser motivo de orgullo.
El Paseo de los Héroes muestra signos igualmente preocupantes. El Monumento a los Héroes, proyecto del arquitecto Joaquín Álvarez Ordóñez y enriquecido con relieves del escultor Armando Guil Mendicuti, perdió piezas pétreas en circunstancias que siguen sin explicación oficial. El pebetero está cubierto por maleza, los alrededores acumulan residuos y se perciben olores desagradables. La desaparición de los relieves se suma a un problema que los especialistas advierten desde hace años. La protección del patrimonio arquitectónico del siglo XX suele quedar relegada frente a la atención que reciben los inmuebles de origen virreinal, lo que favorece el descuido, las modificaciones y las pérdidas.
El Mercadito de San Román ofrece un contraste peculiar. Su fachada de muro curvo blanco con piedra laja expuesta se conserva en buen estado, igual que los arcos que protegen los accesos. El interior es un espacio funcional, con cubierta de lámina metálica en aparentemente buen estado y un ambiente que mantiene la calidez del comercio de barrio. Los locatarios, sin embargo, señalan abandono y falta de atención de las autoridades. Persisten problemas de drenaje que generan malos olores y paredes deterioradas. Varios locales permanecen cerrados. El mayor problema no está dentro, sino fuera. El mercadito se encuentra rodeado de inmuebles en ruinas que opacan su imagen y acentúan la sensación de desamparo urbano.
El Callejón del Pirata presenta un estado mixto. La estructura arquitectónica de los muros se conserva relativamente bien, aunque la pintura muestra manchas de humedad. El pavimento está muy deteriorado, con el acabado original desaparecido y una capa de lodo y hongos. El cañón oxidado que da nombre al lugar no parece recibir mantenimiento. Una verja de hierro oxidado bloquea el pasaje, lo que protege el patrimonio del vandalismo, pero limita su disfrute público y su atractivo turístico.
En las calles 10 y 12, las vialidades donde se concentra la mayor cantidad de inmuebles patrimoniales, el desprendimiento masivo de aplanados y pintura en múltiples viviendas dejó al descubierto la piedra caliza y el mortero. La carpintería de las casas históricas muestra apolillamiento avanzado y la vegetación parásita se instaló en múltiples cornisas y muros. El cableado aéreo domina el paisaje visual. Los postes de madera sostienen una maraña de cables de luz, teléfono y telecomunicaciones que cruzan fachadas y calles sin orden ni regulación. Edificios de valor histórico, como la Casa del Estudiante y el Teatro Lírico, permanecen en franco abandono, pese a ser referentes de la identidad de la zona.
El resto del barrio no escapa a esta dinámica. Las esquinas emblemáticas —El Angelito, El Cocal, El Retiro, La Lucha— funcionaron durante décadas como puntos de referencia de la cartografía oral del lugar, sin embargo, hoy perdieron su vitalidad. La ausencia de mantenimiento en fachadas y banquetas, la falta de iluminación en calles secundarias y la acumulación de basura en las esquinas forman el paisaje cotidiano de un barrio que sigue siendo el gran olvidado de las políticas de rescate urbano.
A este panorama de deterioro material y social se suma una carencia que agrava el aislamiento del barrio: San Román quedó fuera de la ruta del sistema Ko’ox, el servicio de autobuses que opera en la ciudad de Campeche. La exclusión de esta red de transporte público ha dejado a los habitantes sin una opción de movilidad adecuada para trasladarse a otras zonas de la capital, ha limitado el acceso de visitantes y ha reforzado la percepción de que San Román las eesquin al margen de las prioridades institucionales. Un barrio que se promociona como destino turístico no puede permanecer desconectado de la red de movilidad urbana. La ausencia del Ko’ox es una muestra más de la distancia entre el discurso oficial y la realidad que enfrentan quienes habitan el primer Barrio Mágico de Campeche.
La Feria, una identidad que se diluye
Uno de los asuntos que mayor división ha provocado entre los habitantes del barrio ha sido la logística de la Feria de San Román. Los trabajos en el Foro Ah Kim Pech obligaron a modificar el sitio que ha sido la sede por casi dos décadas. La decisión de mover los puestos y las atracciones mecánicas a las avenidas Fundadores y Francisco I. Madero generó fuertes críticas de activistas y ciudadanos por el caos vial, la mala planeación urbana y acusaciones de desorganización institucional. Sin embargo, el descontento más profundo no proviene de la logística; proviene de que la feria fue despojada de su vínculo histórico con el barrio.



Para entender la magnitud de esa pérdida conviene remontarse a los orígenes. La festividad dedicada al Cristo Negro nació en el contexto de la Cofradía y Mayordomía del Santo Cristo, organizaciones que desde la época virreinal promovían la veneración, recaudaban fondos y levantaban cajas para el sostenimiento del templo. En 1873, la celebración adquirió categoría de feria mediante un decreto del Congreso del Estado que declaraba libres de derechos municipales y estatales los artículos introducidos durante los diez días del evento. Así se estableció un motor económico para el puerto. La feria alcanzó proyección regional y atrajo a peregrinos y comerciantes de toda la Península.
No era solo un evento religioso; era un escenario de encuentro social donde las jerarquías de la ciudad amurallada se disolvían de forma temporal. Los habitantes sabían, de manera invisible e histórica, qué esquina pertenecía a los vendedores, dónde se instalaban los juegos pesados y qué calles eran peatonales por derecho de costumbre. Funcionaba como un espacio democrático, punto de encuentro entre lo público y lo privado, entre lo sagrado y lo profano.
Aquella gran festividad era también un motor de resistencia económica. Cientos de familias de artesanos, fiesteros tradicionales y comerciantes locales encontraban en esas dos semanas un sustento que heredaban de generación en generación. La gente ahorraba durante meses, asistía a reuniones, participaba en colectas y colaboraba en preparativos que involucraban a familias enteras. La feria, junto con las celebraciones religiosas, constituía un tejido social que articulaba la vida del barrio a lo largo de todo el año.
El traslado de la festividad fuera de San Román quebró ese emblema de pertenencia que sostenía a este sector de Campeche. Histórica y tradicionalmente, la Feria de San Román se instalaba en el Paseo de los Héroes, el parque, las calles internas y alrededores; su traslado al Foro Ah Kim Pech ya representó en su momento una salida del núcleo tradicional del barrio

La separación física entre el Santuario y los puestos rompió el lazo entre lo sacro y lo recreativo que definía al acontecimiento. Los vecinos apegados a la usanza sostienen que la celebración “se siente triste o desolada” frente a lo que fue décadas atrás. La añoranza cala hondo. Recuperar el sentido primigenio y regresar a las calles del barrio aparece como petición constante tanto en los residentes más jóvenes como los de mayor antigüedad.
Portavoces de la comunidad denuncian que San Román quedó en medio de una disputa política entre el Gobierno del Estado y el Ayuntamiento de la capital. Esa pugna ha entorpecido la gestión de los espacios públicos y de las ferias tradicionales. La controversia actual radica en que la feria se mantiene fuera del centro del barrio. Las autoridades justifican la decisión con criterios técnicos, de crecimiento urbano y un conflicto político que excede el bienestar de la comunidad. No hay solución de momento. El descontento entre los vecinos, los más antiguos de nostalgia y los más jóvenes, crece con cada edición que se celebra lejos del núcleo del barrio.
Un vacío documental que pesa
Existe una carencia crítica en la investigación documental formal, la historia y la memoria urbana de San Román. El deterioro de tradiciones como la feria no es un hecho aislado, sino que es una consecuencia directa de no haber sistematizado institucionalmente la memoria viva del barrio. Cuando la academia o el gobierno ignoran la microhistoria, la dinámica social y la tradición oral, el patrimonio se vuelve invisible para las políticas públicas.



Las investigaciones del Centro INAH Campeche y de otros organismos han concentrado su atención en el patrimonio material, sin embargo, particularmente investigaciones sobre la arquitectura civil de este barrio han recibido escasa atención. El interés se ha volcado hacia el centro histórico, lo que relegó a los barrios tradicionales a un segundo plano. Esa falta de estudios sistemáticos propició el abandono de los inmuebles y la pérdida de conocimiento sobre su valor histórico.
Pero el vacío documental no se limita al patrimonio edificado. La historia oral del barrio, las voces de sus habitantes, las anécdotas que dan vida a sus calles y las tradiciones que han definido su identidad durante siglos no han sido registradas de manera sistemática. Estudios aislados han señalado que durante la segunda mitad del siglo XX se produjo un abandono generacional de los saberes bioculturales —herbolaria, dinámicas de pesca familiar y medicina tradicional— debido a la falta de transmisión intergeneracional. Sin embargo, estos trabajos no han sido suficientes para generar un corpus documental que permita comprender la complejidad de la vida comunitaria del barrio. Al no documentarse esos saberes a tiempo, la esencia marítima y comunitaria de San Román se ha ido diluyendo, y con ella, la memoria colectiva que sostenía su identidad.
Esa misma pérdida alcanzó a los espacios que funcionaban como ejes de la vida social. Las esquinas emblemáticas del barrio operaban como una cartografía oral que orientaba a los habitantes. Eran puntos de encuentro, referencias de ubicación y depósitos de anécdotas que se transmitían de boca en boca. Al no existir registros oficiales que documenten su historia y significado, estos espacios quedan vulnerables frente al avance de las tiendas de conveniencia y la desaparición del comercio tradicional.
El caso de la Esquina del Angelito es paradigmático. Allí, don José Ángel Gil y doña Evelia Dzib abrieron en 1948 una tienda de abarrotes que funcionó como punto de reunión comunitaria y centro de encuentro de artesanos durante las fiestas del Cristo Negro. En “El Angelito” se conseguía desde herramientas y dinamita hasta licor y medicinas. Su conservación no responde a un programa de rescate patrimonial, sino al afecto y la resistencia de la memoria familiar, demostrando cómo la historia local sobrevive al margen de la protección institucional.

La Feria de San Román, como fenómeno sincrético, es un ecosistema popular que desborda por completo lo litúrgico. Al carecer de estudios desde la sociología de la cultura o la economía popular, el Estado y el Municipio no entienden la feria como un patrimonio vivo, sino como un trámite de protección civil y recaudación fiscal. La feria se reduce a una fecha en el calendario, un problema logístico de asignación de espacios, recolección de basura y cobro de piso a los feriantes. No se documenta el valor de la historia oral de los gremios, las familias fiesteras que heredan los puestos por generaciones, ni la transmisión de la memoria colectiva en el espacio público. La ausencia de un registro sistemático de estas tradiciones las hace vulnerables a la indiferencia institucional y a la mercantilización superficial.
La situación de San Román exige una intervención urgente en múltiples frentes. No basta con restaurar fachadas o reparar banquetas; es necesario implementar proyectos de rescate de memoria que documenten la historia oral del barrio, que registren las voces de sus habitantes y que reconozcan el valor de sus tradiciones como patrimonio inmaterial.
La creación de un archivo de historia oral, la realización de entrevistas a los vecinos más antiguos, la catalogación de las anécdotas y leyendas que dan vida a las esquinas emblemáticas, la documentación de los gremios y sus tradiciones, y la sistematización de la memoria feriante son tareas pendientes que requieren la participación de instituciones académicas, gobiernos locales y la propia comunidad. San Román no puede permitirse perder la memoria de quienes lo han habitado y le han dado sentido. El olvido, como la humedad, es implacable, y el tiempo, como la marea, no espera.
La ausencia del Estado y la mercantilización del patrimonio
San Román actualmente enfrenta diversos retos paras preservar su patrimonio histórico, sus distinciones no se han traducido en un plan rector de conservación ni en partidas presupuestales extraordinarias que permitan frenar el colapso del patrimonio edificado. De acuerdo con evaluaciones del propio Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), San Román —al igual que los barrios tradicionales de San Francisco y Guadalupe— concentra un porcentaje alarmante de casonas históricas en estado crítico, expuestas al saqueo de herrerías, el colapso de techumbres y el deterioro irreversible de sus muros de mampostería.




Esta parálisis burocrática se agrava por el distanciamiento operativo entre el Gobierno del Estado y el Ayuntamiento. En lugar de articular estrategias conjuntas de rescate urbano y reordenamiento del espacio público, las responsabilidades administrativas terminan diluyéndose. El resultado es una gestión fragmentada donde las intervenciones de infraestructura básica —como la mejora del alumbrado, el saneamiento de vialidades o la integración del barrio a la red principal de movilidad urbana— continúan posponiéndose a costa de la calidad de vida de los habitantes.
Mientras el discurso oficial promueve la marca de Barrio Mágico en catálogos turísticos internacionales, la realidad cotidiana de San Román refleja la mercantilización del patrimonio: un título honorífico desprovisto de inversión real que atienda a la comunidad. Si las autoridades no avanzan hacia un modelo integral de catalogación, restauración y rescate de la memoria oral, la identidad de este histórico enclave marinero continuará desvaneciéndose ante la indiferencia institucional.

