Desde el Viacrucis Viviente de Santa Ana, nacido en 1962, hasta la solemne Marcha del Silencio, la capital del estado conserva un patrimonio religioso único en el sureste mexicano
HAROLD AMÁBILIS
La Semana Mayor en la capital del estado no transcurre únicamente al interior de los templos; sale a las calles, se respira en los barrios tradicionales y se manifiesta con una devoción que combina la tradición litúrgica con muestras de creatividad popular. Las celebraciones, que abarcan siete días hasta el Domingo de Resurrección, constituyen una de las expresiones de fe más arraigadas y antiguas de la entidad.
Un patrimonio inmaterial con arraigo religioso



En San Francisco de Campeche, las manifestaciones culturales no dependen únicamente de los vestigios materiales o los archivos históricos. Estas expresiones florecen en la vida cotidiana de sus habitantes, son prácticas heredadas, repetidas y transformadas con el paso del tiempo que sostienen la identidad colectiva de la capital campechana. Dentro de este entramado cultural, la Cuaresma y la Semana Santa ocupan un lugar central como momentos en los que la comunidad reafirma sus creencias y su sentido de pertenencia.
Durante este periodo, la ciudad se convierte en un espacio donde convergen historia, espiritualidad y memoria social. La evocación de los episodios finales de la vida de Jesús trasciende el ámbito religioso para adquirir un carácter público y compartido. No se trata únicamente de actos litúrgicos, sino de expresiones profundamente arraigadas que condensan valores, emociones y significados acumulados durante generaciones. En ellas, los habitantes reconocen una parte esencial de su herencia cultural.
Las celebraciones de Semana Santa en Campeche no pueden entenderse como un espectáculo ni como un atractivo circunstancial. Su permanencia responde a un proceso histórico que se remonta a los primeros contactos entre las tradiciones europeas y las prácticas de los pueblos originarios, dando origen a formas de religiosidad que han evolucionado, adoptando elementos originales sin perder su esencia. Quien camina por las calles del Centro Histórico durante el Viernes Santo no solo presencia ritos, se enfrenta a una continuidad histórica que ha resistido cambios sociales, crisis y transformaciones profundas.
La fe del pueblo campechano encuentra durante la Cuaresma y la Semana Santa una de sus expresiones más profundas y arraigadas. Por unos días, la tradición ocupa todas las esquinas, los templos, los hogares; el misterio de la Pasión envuelve la ciudad y logra conmover incluso a quien no profesa ninguna creencia. Las procesiones llevan imágenes centenarias, los altares se levantan en los templos, los fieles caminan en silencio… Todos estos elementos poseen una antigüedad comparable a la de la propia ciudad y siguen convocando multitudes sin necesidad de campañas llamativas o declaraciones institucionales. La participación de la comunidad no obedece a una lógica institucional ni a incentivos externos, sino a una convicción arraigada que se transmite en el ámbito familiar y vecinal.
Estas celebraciones dependen de los propios fieles; las familias enteras reúnen el dinero para alquilar un equipo de sonido o para confeccionar un traje; los medios de comunicación se han sumado con respeto, cubriendo lo que ocurre en los barrios sin distorsionarlo. La población aporta recursos, tiempo y trabajo para garantizar su realización, fortaleciendo no solo su fe, sino también un sentido de pertenencia que asegura la continuidad de la tradición.
Detrás de cada imagen venerada, de cada paso procesional, de cada cruz adornada en un nicho vecinal, se encuentra la herencia del mestizaje, del intercambio de ideas, sobre todo, de una sociedad que acogió la devoción y la hizo suya. Aquel pensamiento que influyó en el culto a las veneraciones pasionistas de Jesús y de la Santísima Virgen María en sus diversas advocaciones. La Dolorosa, la Soledad, las Angustias. Los Nazarenos, el Cristo de la Columna, el Señor del Huerto. Cada una de estas representaciones encontró en Campeche un suelo fértil para echar raíces profundas y para florecer cada año con la misma fuerza de sus inicios.
En la actualidad, estas manifestaciones siguen formando parte del paisaje cotidiano de la ciudad durante la Semana Mayor. No están encerradas en museos ni reservadas para especialistas. Salen a la calle, se cargan en hombros, se besan, se lloran, se agradecen… Con la llegada de la Semana Mayor, miles de familias acuden a las convocatorias para recordar los episodios de la vida de Jesús que, para los cristianos, marcaron el futuro de la humanidad. Repiten el gesto que realizaron sus padres y sus abuelos. El mundo ha cambiado a su alrededor, pero la entrega permanece intacta.
Campeche es uno de esos lugares donde el misterio de la Pasión cobra vida por medio de la tradición, donde los habitantes de esta tierra mantienen viva la memoria y el patrimonio como un legado que debe ser conservado. Su preservación es un acto de justicia con las generaciones que vendrán. Ellos merecen recibir estas tradiciones en las mismas condiciones en que fueron heredadas, Campeche lo sabe y por eso no permite que la indiferencia o el olvido borren lo que la sociedad han construido con esfuerzo, fe y creatividad. La Semana Santa sigue viva porque su pueblo la sostiene. Y mientras haya un campechano dispuesto a cargar un anda, a vestir una imagen o a enseñar un diálogo, la tradición no morirá.
Una celebración de fe y tradición
En San Francisco de Campeche la Semana Santa ocupa un lugar central en la vida pública y religiosa de la ciudad, no solo como una conmemoración del calendario católico, sino como una expresión que articula memoria, identidad y comunidad. Su origen se remonta al siglo XVI, con la llegada de los frailes franciscanos, quienes encontraron en la representación teatral una herramienta eficaz para la evangelización. Aquellas escenificaciones no solo comunicaban pasajes del evangelio, sino que lograban conectar con la población indígena a través de imágenes y símbolos comprensibles, en un proceso en el que la enseñanza religiosa se convirtió también en experiencia colectiva.


Con la consolidación de la administración virreinal, la Corona española estableció misas, rosarios y procesiones como parte del orden social. Los autos de fe y las representaciones doctrinarias se integraron al entorno cotidiano, mientras los frailes asumieron el papel de guías espirituales en sustitución de figuras tradicionales. Las antiguas plegarias se transformaron en oraciones, los rituales adquirieron nuevos significados y las misas se consolidaron como el eje de la vida religiosa, en un proceso que no eliminó del todo las raíces previas, sino que las reconfiguró de tal modo que dio pie al surgimiento de manifestaciones culturales mestizas.
Hacia los siglos XVIII y mediados del siglo XX, la vida en Campeche giraba en torno a parroquias y barrios tradicionales, los vecinos se organizaban para realizar procesiones, música y celebraciones, a través de cofradías, mayordomías y gremios, mediante los cuales fortalecían la convivencia e identidad comunitaria. En ese contexto, la elaboración de ornamentos y piezas religiosas alcanzó un notable desarrollo como muestra directa de la devoción existente. Bordados, estandartes y objetos litúrgicos comenzaron a formar parte del paisaje cotidiano; varias de estas piezas se conservan en los distintos templos de la ciudad, acompañando a los ritos y manteniendo la tradición.
La Cuaresma marca el inicio de este ciclo ritual con un ambiente de preparación para conmemorar el sacrificio de Jesús. Este periodo que comienza con el Miércoles de Ceniza, realizado después del bullicio del carnaval, cuando la cruz trazada en la frente recuerda la condición humana, marcando simbólicamente un periodo de recogimiento y reflexión. En este tiempo los fieles abarrotan los templos, participan en actos litúrgicos y realizan grandes convivios. La cocina ocupa un sitio importante, con una variedad de platillos elaborados a partir de productos del mar resultado de la mezcla de las tradiciones culinarias españolas, maya y afroantillana. El pan de cazón, los chiles xcatíc rellenos de cazón, el pescado frito, el ceviche, el pescado al horno y el salpicón se convierten en presencia constante en la mesa, como parte de una costumbre profundamente arraigada en Campeche.
El júbilo del Domingo de Ramos irrumpe en el Centro Histórico con la salida procesional del Jesús Triunfante, conocido popularmente como el Señor del Burrito. La imagen, colocada sobre una plataforma, parte del Ex Templo de San José y avanza por las calles entre fieles que levantan palmas como signo visible de la celebración. Desde San Román hasta la Ermita, parroquias replican la entrada de Jesús a Jerusalén y convierten las principales vialidades en un espacio donde la fe se hace pública y colectiva.
A partir de ese momento, la actividad litúrgica se intensifica. Del lunes al miércoles santo, los barrios mantienen un movimiento constante que combina recogimiento y participación comunitaria. En San Román, las procesiones tienen protagonismo; el lunes, la imagen de Jesús Nazareno recorre las calles; el martes, el Señor de la Columna concentra la atención; el miércoles, la celebración se traslada a la Catedral de Campeche con la recepción de los santos óleos. En barrios como Santa Ana y San Francisco, los recorridos y escenificaciones continúan durante esos días, en un esquema organizado que anticipa las celebraciones principales del Triduo Pascual.
El Jueves Santo conmemora la institución de la Eucaristía en la Última Cena y el lavatorio de los pies realizados por Jesús. Los oficios se realizan en la Catedral y en todas las parroquias después de las tres de la tarde, momento que marca el término de los cuarenta días de Cuaresma. Por la noche, se instala el monumento al Santísimo Sacramento. La visita a siete iglesias se mantiene como una práctica arraigada, en la que los fieles recorren distintos puntos de la ciudad en un ejercicio de fe que refleja la organización del espacio urbano desde una visión religiosa e inmaterial.
El Viernes Santo se desarrolla bajo un esquema de mayor solemnidad. Desde las primeras horas del día, el viacrucis recorre calles y templos con la participación de grupos de fieles. Por la tarde se lleva a cabo la Liturgia de la Pasión del Señor, en una jornada donde no se celebra la Eucaristía, mientras el ayuno y la abstinencia forman parte de las prácticas observadas por la comunidad. El color rojo predomina en las vestimentas litúrgicas. En la Catedral de Campeche, el obispo se postra en tierra durante la celebración, acto que es seguido por asistentes dentro del templo.
El Sábado Santo conduce a la Vigilia Pascual, considerada la celebración más importante del calendario litúrgico. El fuego nuevo, el cirio pascual y el canto del pregón construyen una atmósfera cargada de simbolismo. Se entona solemnemente el Gloria, que había permanecido ausente durante toda la Cuaresma. Las campanas de todos los templos rompen el silencio y se hacen sonar por toda la ciudad. En la Catedral suenan las siete campanas. En San Román toca la campana mayor. En Guadalupe suenan las cinco. En San Juan de Dios, Santa Ana, Lerma y Samulá también repican las suyas, marcando con ello el tránsito hacia un nuevo momento en la celebración.
El Domingo de Resurrección recuerda el triunfo de Jesús sobre la muerte y abrió las puertas del cielo, dando sentido a su sacrificio en la Cruz. Los templos presentan un cambio visible en su interior, con flores, incienso y ornamentos en tonos claros. Las celebraciones litúrgicas retoman su ritmo habitual y las campanas anuncian el inicio del tiempo pascual, que se extiende durante cincuenta días hasta Pentecostés.
La ciudad se vuelve durante esos días un territorio sagrado que los propios campechanos delimitan con sus pasos, sus rezos y sus manos. Preservar ese entramado implica tanto resguardar los templos y las imágenes, como mantener viva la voluntad colectiva de organizar los recorridos, cocinar los platillos y transmitir su cultura. Una tradición que ha logrado sostenerse por siglos no lo hace por inercia, sino por la decisión de una sociedad que asume la tradición como propia. En esa continuidad, más allá de su aspecto religioso, reside el verdadero patrimonio inmaterial que debe ser documentado y resguardado para las futuras generaciones.
El Viacrucis Viviente de Santa Ana: 64 años de tradición




El barrio de Santa Ana guarda una tradición que con el paso de las décadas se ha convertido en uno de los emblemas de la identidad de San Francisco de Campeche y una de sus tradiciones más queridas. Su origen se remonta a la década de 1960, cuando los frailes franciscanos, que regresaron a Campeche, diseñaron una estrategia para acercar la fe a la comunidad y tejer lazos entre los vecinos de la ciudad. El Obispo de ese tiempo, el Excmo y Rvmo. Sr. D. Alberto Mendoza y Belloda, los ubicó en la comunidad de Santana, un templo que, según narran sus habitantes, en ese tiempo se encontraba prácticamente en abandono y al que solo un sacerdote llegaba los domingos en la mañana para oficiar misa.
En este contexto, los Obispos Fray Cecilio y Fray Lorenzo Valdivia convocaron a los jóvenes del barrio con el objetivo de realizar una representación viviente del viacrucis para el Viernes Santo. A través de esta acción, los franciscanos buscaban que la gente participara en la vida comunitaria y reafirmaran su fe a través del teatro, un recurso similar al que emplearon los primeros misioneros en la época virreinal.
La puesta en escena inaugural tuvo lugar en 1962, con los propios vecinos en los roles principales. Entre los primeros en interpretar a Jesús estuvieron dos hermanos, Gabriel y Miguel Pascual Rubio; el primer Judas fue Santiago Mex, quien falleció recientemente. En las primeras representaciones, la crucifixión se realizaba dentro del templo, junto al altar, donde todavía permanece un ladrillo falso que servía para fijar la cruz de la escenificación.
La creatividad de aquellos primeros años es aún recordada por los pobladores de mayor edad. Ante la falta de recursos, las vestimentas se confeccionaban reutilizando sábanas y prendas que tenían en las casas; la utilería era reciclaje, elaborada con los elementos que los participantes tenían a la mano.
La gente evoca con nostalgia el dramatismo que era el momento donde se representaba la muerte de Cristo. Un estruendo semejante a un trueno se producía al hacer rodar una bala de cañón sobre el techo de la iglesia, cuyo roce metálico contra las tejas recreaba el fenómeno natural descrito en los evangelios.
Con el paso de los años, la puesta en escena fue creciendo. Se incorporaron caballos reales proporcionados por un carnicero del barrio apodado el Güero Sánchez, quien conseguía los animales prestados para que fueran montados por los soldados romanos. Las mujeres del barrio fungían como las nazarenas que acompañaban a Jesús en su camino al Calvario. Todo el evento se fue enriqueciendo poco a poco.
Lo que nació como un ejercicio vecinal fue sumando feligreses de otras colonias, hasta tal punto que en los años setenta el recorrido partía de la iglesia del Sagrado Corazón, en la colonia Tomás Aznar, para concluir en Santana. Con el tiempo, aquella puesta en escena se convirtió en un referente que inspiró a otras colonias y comunidades a organizar sus propias versiones del viacrucis.
Los organizadores resaltan que la esencia del evento es la participación comunitaria y la creatividad de la gente. A diferencia de otras representaciones como la de Iztapalapa, donde el gobierno paga a los actores y las televisoras compran los derechos de transmisión, este viacrucis sigue siendo un acto netamente de fe. Los recursos para los trajes, la renta del sonido y otros aspectos económicos son recolectados por la propia comunidad del barrio. No ha habido intento de declarar este evento como patrimonio, sin embargo, la gente a acogido esta tradición como una parte importante de sus expresiones culturales.
Cada recorrido tiene sus particularidades, las rutas no son fijas, sino que varian dependiendo de las decisiones que tomen los organizadores ese año. Ejemplo de lo anterior se vivió en el año 2016, cuando el Obispo de Campeche, el el Excmo y Rvmo. Sr. D. Francisco González González propuso que el recorrido terminara en la Catedral, lo que implicó la adaptación de logística para cumplir con la ruta, así como la reubicación del lugar donde se representaba la la crucifixión. En 2017, debido al quinto centenario del encuentro de las culturas en San Francisco, se decidió que el viacrucis comenzara en Santana y terminara en San Francisco.
La preparación implica no solo ensayos de diálogos, que pueden iniciar con dos meses de anticipación, sino también momentos de retiro espiritual para los participantes. Después de la representación, se propicia una convivencia para agradecer a los participantes, que incluye a personas que normalmente no asisten a la parroquia. En los últimos años, la tecnología ha entrado en juego con el uso de bafles para la amplificación de sonido y pantallas de led para que la gente pueda ver los detalles de la representación. Lo que partió de una tradición muy simple se ha transformado en un evento más tecnológico, pero siempre conservando el mensaje central de la Pasión de Cristo por el perdón de los pecados de la humanidad.
Para la edición de este año, en la que la tradición alcanza 64 años de existencia, el Viacrucis viviente contó con la participación de Lady Yolanda Rubio, de 58 años, en el papel de la Virgen María; Emmanuel Montejo, de 24 años, quien representó a Caifás; y Francisco Javier Ávila Cahuich, maestro de primaria de 45 años con dos décadas de servicio en la escuela Adolfo Ruiz Cortines, quien asumió el papel de Cristo. La coordinación de la representación estuvo a cargo del sacerdote Juan José Xequé Guzmán.
A lo largo de más de seis décadas, el Viacrucis Viviente de Santa Ana ha trascendido su origen como una iniciativa pastoral para convertirse en una expresión profundamente arraigada en la vida comunitaria de Campeche. Su permanencia no radica en la espectacularidad ni en los recursos materiales, sino en la participación voluntaria, la memoria colectiva y la capacidad de adaptación de sus organizadores. Generación tras generación, esta representación ha logrado mantener vigente su sentido original, el de ser un acto de fe compartido que fortalece los lazos sociales y reafirma la identidad cultural del barrio. En un contexto donde muchas tradiciones enfrentan el riesgo de diluirse, el Viacrucis de Santa Ana se mantiene como un testimonio vivo de la creatividad popular y la devoción comunitaria.
La Marcha del Silencio
Al caer la tarde del Viernes Santo, una vez finalizado el Viacrucis y rememorado los hechos de la Pasión, el ambiente en el Centro Histórico se vuelve solemne. Las calles que rodean la Catedral se van quedando en silencio, la luz se apaga lentamente y el murmullo cotidiano cede ante el paso de la procesión. La Marcha del Silencio avanza sin prisa, envuelta en un recogimiento que impone respeto y marca uno de los momentos más destacados de la Semana Mayor.






El recorrido que sale de la Catedral se realiza con imágenes de gran valor artístico y devocional, datados de los siglos XVII y XVIII. Al frente aparece Nuestra Señora la Dolorosa, llevada en hombros por mujeres que sostienen el anda de madera con firmeza. Detrás camina San Juan Evangelista, reconocible por su túnica verde y capa roja, con la pluma en una mano y el evangelio en la otra. Más atrás se integra el Cristo yacente, dispuesto para la procesión y acompañado por fieles que siguen su andar en completo recogimiento.
La marcha parte de la Catedral y recorre calles emblemáticas de la ciudad amurallada. El paso lento remite al acompañamiento de María en el momento de duelo tras la muerte de su hijo. La multitud se suma sin romper la atmósfera, en un acto colectivo donde el silencio adquiere un peso particular.
En paralelo, el antiguo catafalco, una pieza virreinal de gran valor dentro del arte sacro del estado, sigue un curso distinto. No forma parte de la procesión. Su presencia se reserva para un rito específico, cuando es trasladado desde el Museo de Arte Sacro hasta la bóveda de la Catedral. Este movimiento, realizado con cuidado y solemnidad, mantiene vigente una práctica que refuerza su carácter simbólico dentro de las celebraciones del Viernes Santo.
En paralelo, el catafalco mantiene su propio rito dentro de la jornada. Se trata de una estructura de madera tallada, revestida con láminas de plata labrada. El conjunto está rodeado por diez ángeles con los símbolos de la Pasión, además de ocho tronos y veintiocho querubines, cuyas alas están cubiertas con plata repujada. A ello se suman treinta y seis luminarias de latón incorporadas durante el siglo XX. En la parte superior se encuentra una escultura de madera policromada que representa al Cristo yacente.
Años atrás, durante su traslado mediante una plancha mecánica, algunos de sus ángeles pasionarios resultaron dañados, lo que marcó un punto de inflexión en su manejo. A partir de entonces dejó de salir en procesión y se optó por resguardar la pieza. En su lugar, se incorporó un Cristo yacente para el recorrido, encargado por el presbítero Juan Eliodoro Kantún Huchim al comerciante Noé Leyva Oscura, originario del pueblo de Dolores Hidalgo. El catafalco es llevado del Museo de Arte Sacro a la bóveda de la Catedral, donde permanece como parte de los actos litúrgicos y puede ser visitada por los fieles; , aunque en años recientes ha tenido participaciones excepcionales, como lo fue en su edición 2025.
En el barrio de San Román, la Marcha del Silencio adquiere características especiales debido a la ferviente devoción de la población local. Las imágenes de origen virreinal recorren las calles acompañadas por una feligresía que mantiene el silencio como signo de duelo. En el santuario, la Dolorosa comparte espacio con el Santo Cristo de San Román y San Juan Evangelista, formando una escena vinculada al Calvario.
En el barrio de Santa Ana, la Marcha del Silencio también tiene lugar. La Virgen de las Angustias sale al encuentro de sus devotos, sostenida por generaciones de familias que han mantenido viva su veneración. El silencio se mantiene durante el recorrido, reforzando el sentido de duelo y recogimiento que distingue a esta manifestación en el barrio.
La Marcha del Silencio se erige entonces como patrimonio inmaterial, una tradición que vive en el paso contenido de los feligreses, en la memoria de los barrios y en el cuidado de las piezas que, sin salir ya a la calle, siguen presentes en el ritual colectivo.

