6 septiembre, 2026

Ser padre a ciegas – Tecnopolítica Geek

@_Chipocludo

Hoy pensé en mi papá antes de escribir esto. No en el que aparece en las fotos familiares, serio y acomodándose la camisa, sino en el otro: el que se equivocaba, el que a veces no sabía qué decir, el que resolvía problemas en silencio como si eso fuera suficiente, pensé también en lo que heredé de él sin darme cuenta: frases, manías, silencios… y uno que otro miedo que todavía no termino de descifrar.

Hablar del Día del Padre suele ser un ejercicio cómodo: tarjetas, asados, frases hechas. Pero la paternidad real está lejos de ese molde, está llena de hombres que no querían ser padres y terminaron siéndolo; de otros que sí querían, pero nunca supieron cómo. Está el padre proveedor que hoy ya no puede sostenerlo todo, el que cumple con la pensión, pero no con la presencia, el que se quedó sin hijos por un divorcio o por la distancia que creció sin hacer ruido.

También están los padres que rompieron el molde: los que cocinan, los que cuidan, los que renunciaron a una versión antigua de sí mismos para intentar ser algo mejor. Y aun así, cargan con la presión de ser “el hombre de la casa”, una frase que durante décadas significó aguantar, callar y no fallar. Pero los padres sí fallan, fallan mucho y casi nunca tienen un manual para corregir. 

Hay una generación de papás que no sabe decir “te quiero” sin sentirse extraña, como si hablar de emociones fuera un idioma aprendido tarde, otros intentan hacerlo mejor que sus propios padres, aunque eso implique equivocarse de nuevas formas. Porque sí, los padres también tienen miedo: miedo a no ser suficientes, a no entender a sus hijos, a quedarse atrás en un mundo que cambia más rápido que ellos.

Y luego está la herencia invisible. No la casa ni el coche, sino los gestos, la forma de reaccionar ante el conflicto, la manera de amar (o de evitar hacerlo). Hay padres que enseñaron con palabras, y otros que enseñaron con ausencias, algunos viven hoy en la soledad después de haberlo dado todo, otros siguen trabajando en oficios invisibles para sostener familias que pocas veces se detienen a mirar hacia abajo. 

Sin embargo, reducir la paternidad a sus fallas sería injusto. Porque, incluso en medio de torpezas emocionales, de silencios incómodos y de errores repetidos, hay algo que persiste: el intento. Ese esfuerzo imperfecto por estar, por resolver, por proteger, aunque no siempre se haga de la mejor manera.

Quizá este Día del Padre no se trata de idealizar, sino de entender. De ver a los padres como lo que realmente son: hombres atravesados por su historia, por sus carencias y por su tiempo, intentando construir algo mejor con lo que tienen a la mano.

Y si algo vale la pena celebrar hoy, no es al padre perfecto (ese no existe), sino al que, a pesar de todo, sigue intentando serlo. Porque en ese intento torpe, silencioso y muchas veces invisible, también hay amor. No siempre el que esperábamos, ni el que se dice en voz alta, pero sí el que se queda, el que resiste y el que, con todas sus fallas, decidió no irse.

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