14 agosto, 2026

Surfeando las olas del caos… – La Covacha del Aj Men

Claudio Obregón Clairin

Con la Palabra, los seres humanos creamos mundos dentro del mundo, así como normas y leyes que rigen nuestras conductas. El desatino de nuestro tiempo se origina en el hecho de que “no nombramos a las cosas y a los eventos por su nombre, en consecuencia, nos resulta inasible la realidad del mundo que creamos dentro del mundo”.

El discurso que dicta el derrotero de nuestro progreso se centra en procurar un “desarrollo sustentable” pero enmarcado en una estructura económica que privilegia la productividad por lo que en realidad formalizamos una “degradación paulatina” que pulsa a contratiempo,  consecuentemente, configuramos un “progreso involutivo”.

Desde que habitaron las cavernas paleolíticas hasta la creación de las comunicaciones satelitales, la presencia de los seres humanos en los ecosistemas ha sido sinónimo de transformación y depredación… De pronto, los atisbos de conciencia germinan en culpa y surgen campañas como “Salvemos a la Tierra” ¿de quién? ¿De nosotros mismos?

II

Entre los animales gregarios son necesarias las jerarquías porque así lo dicta la selección natural, pero si como nosotros, dudaran, evidenciaran desidia o displicencia, serían condenados al exterminio.

Nuestras sociedades agrícolas generaron el excedente de producción que propició el nacimiento de la plusvalía, el refinamiento del ocio y la abstracción en expresiones artísticas, así como los abismos de la desigualdad social y el sometimiento de la mujer por mandato divino.

La distribución del excedente ha sido uno de los milenarios procesos humanos que procuran la subsistencia o provocan el desorden social; la sensación de poseer más de lo que existe y de lo que se produce, nos remite a nuestra bestialidad que ritualizamos en las guerras y saciamos nuestra animalidad con violencia intrafamiliar, bravuconadas urbanas o con el bullying escolar. Escuchamos, vemos y nos nutrimos como autómatas con los reels que muestran las trágicas noticias o los bombardeos a civiles en Palestina, Ucrania y Rusia.

La violencia nos define, aunque deseemos lo contrario. El caos que nos rodea siempre ha existido, pero ahora es más intenso y, para enfrentarlo mirándolo a los ojos, sugiero recordarnos que somos animales emocionales con platónicas aspiraciones de ser racionales, por ello, es prudente controlar a nuestras emociones. 

Con esta perspectiva, el viento en contra, en lugar de detenernos, puede refrescarnos si sorteamos con elegancia las olas del caos.

III

Sugiero tomar conciencia de que el infortunio existencial que generosamente nos brinda nuestra sociedad de consumo irreflexivo, así como el desarrollo económico que ofrece el progreso improductivo, nos convierten en consumidores compulsivos que desechamos a los objetos y a las personas. 

Delante de la adversidad económica es oportuno replantearnos el frenético modelo de existencia de nuestra sociedad de consumo que insaciable, degrada nuestro planeta y a nuestra existencia. Estamos al borde del trampolín, el salto es inevitable, habrá que realizarlo con gracia y caer de la mejor manera.

Hace apenas un suspiro evolutivo, cuando los agricultores domesticaron a los granos, ingresaron al ámbito divino creando especies como el maíz o el trigo que precisan de la mano humana para reproducirse. El alimento divinizado dio paso al alimento industrializado que hoy es manipulado transgénicamente y produce enfermedades enmarcadas en el costo social de una sociedad de servicios que alienta la comida chatarra porque los medicamentos son un gran negocio. 

El modelo occidental de consumo irreflexivo nos permite estar ultracomunicados pero vivimos aterrorizados con la permanente violencia que termina por convertirse en otro negocio. Nunca antes hemos podido entablar comunicaciones sin distancias y, al mismo tiempo, sentirnos tan solos y angustiados…

Nuestra palabra se encuentra enmarañada en redes, simulaciones y discursos, se transcribe cibernéticamente y se ha abandonado en libros sin consulta, además se adelgaza, es decir, se acorta, de pronto el diálogo se llena de caritas y monitos, de dibujos que demuestran estados de ánimo, volvemos al antiguo concepto de los glifos y los iconos, pero la diferencia es que anteriormente, fue un recurso mnemotécnico para recordar un discurso detrás de la imagen, hoy, se trata de mostrar emociones.

En nuestro tiempo, lo que cuenta es la inmediatez, se procura la presencia aunque carezca de sustancia y dos palomitas azules sin respuesta son sinónimo de orfandad…

El mundo que hemos creado dentro del mundo nunca está satisfecho porque posee el infortunio de ser absurdo, de estar sustentado en la simulación, la avaricia, el contubernio, la apariencia y el consumo, ese mundo nos ha separado de nuestra parte espíritu-animal que nos unifica con el cosmos y nos hace prescindir de los objetos para reconocernos sujetos. 

La reflexión cotidiana sobre nuestra existencia y sobre nosotros mismos, es nuestra tabla de surf. 

Espejos

Cuando los optimistas se tornan realistas entienden que no todo está perdido porque aún falta lo peor. Es cuestión de adaptarse y observar que la impermanencia habita en todos los mundos, que podemos interactuar en algunos de esos mundos y en otros no. 

Que los mundos de nuestro tiempo no tienen valor por el significado de las palabras sino con su intención, su distorsión o su indiferencia. Tomando conciencia de lo anterior, podemos sortear a las olas del caos, evidenciamos sus trucos y sus falencias, las vemos a los ojos y dejan de controlar a nuestro desatino. 

El caos es imprescindible, de él emerge la vida: de la violencia y de la destrucción surge la creación, pero en esa comprensión nos quedamos cómodamente sentados, entonces nos sentimos eternos y eso nos seduce, pero también nos aturde, porque es falso. Por ello resulta trascendental comprender que somos un suspiro evolutivo que adquirió conciencia y que, aunque la usamos poco, cuando se activa, surfeamos con dignidad a las olas del caos. 

Facebook: La Covacha del Aj Men

Fotografía Portada: Internet

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