Entre las formas en que el hecho escénico puede cumplir su objetivo, el teatro popular ocupa un lugar central en la construcción de identidades colectivas y en la recuperación de contenidos históricos que han quedado relegados en los reacomodos de las luchas por el poder.
Hoy, como siempre, la noción de lo popular invoca múltiples definiciones que adquieren matices reveladores de acuerdo con las épocas y con sus respectivos climas ideológicos, con sus perfiles culturales y con el escenario cambiante de las relaciones sociales. Por eso el concepto que la envuelve puede ser enaltecido con la práctica y la reflexión, o desvirtuado por tendencias compulsivas y por la vacuidad de consignas sin raíz y sin sustancia.
Durante tres décadas (1967-1997), un grupo artístico encarnó una iniciativa que la experiencia acumulada y la evolución intelectual fueron conduciendo, desde una juventud ávida de horizontes nuevos, a concretar un proyecto de vida que siguió manifestando las facetas de una búsqueda continua que, sin ociosas idealizaciones, rindió frutos notables.
El grupo de teatro Zopilote se gestó en el ambiente estudiantil de la capital de San Luis Potosí, se fundó con el nombre de Teatro Experimental Independiente para ser conocido posteriormente como Asociación de Ideas, y hasta 1974 se comenzó a llamar como el ave que le confirió una identidad perdurable. En ese año, sus siete integrantes eran Fernando Betancourt, José Ignacio Betancourt, Mario Enrique Martínez, Arturo Medellín, Óscar Ortiz, Alfredo Martínez y Raquel Arellano.
Los artífices de Zopilote explican así su origen nominal: “los artistas, en cierta forma, al representar en escena problemas sociales, situaciones injustas o simplemente cosas imaginativas, de alguna manera están limpiando la atmósfera cultural, la atmósfera espiritual de donde se presentan, y es una actividad equivalente a la que los zopilotes realizan de limpieza en el campo.”
Su posición crítica y su desenfado escénico hicieron que el grupo fuera objeto de ataques frecuentes en la prensa y en volantes anónimos con que las fuerzas del conservadurismo creían alertar contra una amenaza que se cernía sobre la estabilidad familiar y las muy traídas y llevadas buenas costumbres. A pesar de ello, a esta asociación teatral se debió la fundación de la Escuela Popular de Arte en el barrio de San Miguelito en la capital potosina.
Inicialmente, el grupo realizó adaptaciones de Ionesco, Brecht y Picabia, combinó el ejercicio experimental y la investigación, se presentó en calles, plazas y otros espacios acorde con las circunstancias que tuvo frente a sí, fijando residencia en Sinaloa y en la capital del país, donde realizó intervenciones solidarias tras el terremoto de 1985. Además de recorrer el territorio nacional visitó otros países. En Yucatán estuvo durante el Tercer Encuentro Nacional de Teatro efectuado en 1976. Ignacio Betancourt es el autor de la mayor parte de las obras que Zopilote representó.
Por fortuna, Zopilote reunió una abundante documentación que refiere puntualmente su trayectoria, material que sirvió de base al volumen conmemorativo dedicado a Mario Enrique Martínez Rivera (1948-2006), uno de sus fundadores.
El arte y el humor, la conciencia social y el compromiso con la memoria histórica son los ingredientes que dieron cuerpo a este grupo, ejemplo de una necesaria lucidez llamada a sobreponerse a la carroña que tanto daño ha causado a la vida nacional.
Fernando Betancourt (editor), Zopilote 30 años. 1967-1997, México, CONACULTA-INBA-CENART, 2015, 40 pp., ils.


