Fe, artesanía y fiesta brava se entrelazan cada mayo en una comunidad que resguarda una de las herencias culturales más vigorosas del poniente campechano, resistente al paso del tiempo y a los cambios de la modernidad
Harold Amábilis
En esta entrega de El Despertador, Tenabo despliega sus raíces entre el crujir de los horcones del kolohche‘, el brillo de las puntadas del xokbil chuuy y el rumor de una fe que se mece al compás de la charanga y los ritmos de jarana. Mayo abre de par en par la Puerta del Camino Real y, en este contexto, el pueblo entero se convierte en un escaparate vivo donde la tradición y el patrimonio aguardan al viajero con la certeza de quien no necesita pedir permiso al tiempo.
Tenabo, una cuna de tradiciones
Para llegar al corazón del Camino Real hay que atravesar primero la mirada serena de Tenabo, una comunidad conocida por ser la puerta que abre camino a esta región cultural que ha mantenido vivas las tradiciones del pueblo maya. La ciudad hunde sus raíces en el periodo prehispánico, en el cacicazgo de Ah Canul, cuando el territorio respondía al nombre de T´nab, cuyo registro comenzó a hacerse presente en el año 1441, si bien la zona estaba habitada desde mucho antes. La fundación del asentamiento actual se remonta hacia 1450, obra de un descendiente del linaje gobernante que lo rebautizó Tah Naab, un momento del cual hoy se erige un monumento del barrio de Jacinto Canek.

Sobre ese sustrato prehispánico, la traza colonial quedó definitivamente fijada en febrero de 1549, bajo la encomienda de Juan García de Llanos, tal como quedó asentado en los libros de la Real Audiencia de Santiago de Guatemala. El perfil arquitectónico de la cabecera conserva el pulso de aquellas centurias. La iglesia dedicada a Nuestra Señora de la Asunción comenzó a levantarse en 1594, apenas unos años después de la visita de fray Alonso Ponce, y exhibe un estilo franciscano de trazos limpios, con sillares labrados que en su origen pertenecieron a edificaciones prehispánicas. En las inmediaciones del parque principal resisten todavía numerosas casas coloniales que abarcan del siglo XVII al XX, junto con las tradicionales xa’anil naj, viviendas de huano que representan la sabiduría constructiva heredada de los antiguos mayas. De entre los inmuebles que custodian la memoria local, sobresale la casa Marentes, propiedad que perteneció a Ricardo Marentes Miranda y en cuyo anexo funcionó durante años el cine que llevaba su apellido.
Tenabo respira tradición, y esa respiración se vuelve arte en las manos de sus bordadoras. La comunidad ha cultivado con esmero el xokbil chuuy, una manifestación textil de honda raigambre en los pueblos mayas peninsulares, donde cada puntada es un ejercicio de precisión y color. Las artesanas plasman en sus obras la identidad del terruño, la flora que lo envuelve y la cosmovisión que lo sostiene, empleando una paleta cromática que parece extraída directamente de los atardeceres del poniente campechano. A este oficio se suma la cestería de bejuco, fibra vegetal que manos expertas transforman en canastos y objetos de uso cotidiano, preservando una técnica de origen prehispánico que resiste el embate del tiempo. Otro saber que se transmite de generación en generación es el aprovechamiento de la miel y la elaboración de dulces de conserva, que forman parte del patrimonio inmaterial y de la tradición gastronómica de este pueblo maya.
El calendario ritual de la localidad tiene dos citas ineludibles. En agosto, la feligresía rodea a la Virgen de la Asunción, patrona del pueblo, de cuya estampa emergen gremios, novenas y procesiones. Sin embargo, la celebración que genera mayor entusiasmo en la población es la feria de mayo, consagrada al Gran Poder de Dios.


La plaza principal se convierte entonces en un escenario donde las vaquerías y los bailes populares convocan a visitantes de toda la península, mientras los tradicionales palcos de madera, esas estructuras efímeras que singularizan el clima festivo de las comunidades mayas, enmarcan el paisaje de la verbena popular. La edición de este 2026 abrió sus puertas con la bajada solemne del Gran Poder de Dios, retirado de su hornacina en compañía excepcional de la Virgen de la Asunción, hecho que los organizadores describieron como un gesto de unidad devocional. La jornada inaugural fue preparada desde el amanecer por la Sociedad de Palqueros, mientras que la procesión que dio inicio a las actividades religiosas estuvo encabezada por la presidenta municipal, Mariela Sánchez. La eucaristía, oficiada por el presbítero Marcos Cohuo Muñoz, en concelebración con el párroco José Guadalupe Pérez Mendoza y el vicario Manuel May Euán, culminó con la bendición de las semillas de maíz para el ciclo agrícola 2026. Al retornar al atrio, la noche inaugural se incendió con la quema de cuatro wakax k’áak’, toritos de pirotecnia cuyo simbolismo asocia al toro con Cristo y a las chispas con la purificación, seguida por la suelta de un globo de Cantoya donado por la Asociación de Palqueros, que perforó la oscuridad de los cielos tenabeños.
La Magna Vaquería Peninsular reunió a decenas de parejas jaraneras ataviadas con ternos bordados y guayaberas blancas. Las orquestas Noh Beh y Puerta del Camino Real interpretaron un repertorio que incluyó El Torito, Aires yucatecos y La Fiesta del Pueblo, mientras los bailarines ejecutaban los zapateados, vueltas y quiebres propios de esta manifestación dancística. En un receso, las autoridades entregaron un reconocimiento póstumo a los familiares del profesor Rafael Felipe Muñoz Ruiz, fundador del ballet folclórico Yun Kax y figura central en la enseñanza de la jarana en el municipio. El concurso de cabeza de cochino dejó como ganador al grupo Mejen Lool, seguido por Fiesta del Pueblo y Mujeres Activas de Lerma. Las categorías infantiles y juveniles también definieron a sus triunfadores: Víctor Pool Uc y Riana Euan Díaz obtuvieron el primer lugar en la rama local infantil; Alexander Uc Martínez e I. Uc Chi hicieron lo propio en la juvenil local; mientras que Andrés Jesús Chan Colli y Cristell López Ake encabezaron la categoría juvenil foránea.
La Expo Ganadera, en su vigésima edición, abrió con el corte del listón inaugural y la imposición de banda a la embajadora Alizée Uc Ku, quien estuvo flanqueada por la reina de la feria, Michelle Alejandra Uc Morales, y la embajadora de la Sociedad de Palqueros, Ana Ángela Ramírez Centurión.
La fiesta brava, instalada sobre el ruedo artesanal levantado por los 85 socios palqueros, comprendió una charlotada, una novillada, una corrida mixta y una corrida de postín, todas con astados de la ganadería Mimiahuapan y con la venerada imagen del Gran Poder de Dios presente en el coso, escoltada en cada ocasión por integrantes de la Sociedad de Palqueros. La novillada fue lidiada por Gustavo García y Julio Ventura. La corrida mixta tuvo como protagonistas al rejoneador Emilio Cano, quien frente al burel “Asunción”, de 430 kilogramos, obtuvo una oreja y un rabo, y al diestro Francisco Martínez, que debutó en esta plaza con los ejemplares “Candelario” y “Franciscano”, en una actuación de oficio y entrega. La charanga del profesor Wilbert Ruiz Perera acompañó musicalmente el ciclo taurino. La corrida de postín cerró el serial con las actuaciones de Leo Valadez, quien alcanzó un triunfo rotundo, y Juan Pedro Llaguno, con una faena destacada, ante un tendido que registró lleno total.
El cierre de las festividades llegó con la procesión de las imágenes patronales, que recorrieron el interior del ruedo y las principales calles de la cabecera, escoltadas por los gremios. Concluida la procesión de clausura, las andas retornaron al templo y la feria quedó formalmente cerrada, junto con el reconocimiento público a la directiva de la Sociedad de Palqueros “Jorge Muñoz Icthé”, a las representantes de la feria, a las autoridades civiles y religiosas, y al pueblo en general, cuyo trabajo hizo posible el desarrollo de unos festejos que los tenabeños aguardarán reanudar en 2027.
Elsa María Pech Chan y el legado del bordado
Elsa María Pech Chan tenía catorce años cuando sus dedos aprendieron el lenguaje del hilo y la aguja. En su pueblo, Tenabo, el bordado en punto de cruz —xokbil chuuy, como lo nombran los mayas— se ha transmitido de generación en generación como un acto íntimo, doméstico y profundamente ligado a la vida cotidiana de las mujeres peninsulares. Doña Elsa ha dedicado su existencia a mantener viva una tradición que la ha acompañado toda su vida y que, a través de sus formas, técnicas y motivos, relata la historia de su gente y los paisajes que la rodean.

Su niñez estuvo marcada por una casa de huano y la mano de sus abuelos guiando las suyas sobre la tela. Fueron ellos quienes le mostraron el secreto del punto de cruz durante una infancia en la que bordar era parte natural de la jornada, igual que moler el maíz o acarrear agua. El abuelo cortaba las varas para los bastidores y la abuela enseñaba a contar los hilos y, con el paso del tiempo, aquel saber se convirtió en el cimiento sobre el cual construiría uno de los proyectos más destacados de su comunidad.
Instalada en el barrio de Ana María Farías, Elsa María convirtió su destreza en un proyecto familiar al que bautizó Hilos de Oro, un espacio donde pasó de ser artesana a maestra. En este taller, las hebras de algodón, al contacto con manos expertas, adquieren un brillo que se transmite al visitante como el reflejo de verdaderas obras de arte. Flores de calabaza, cultivos de cebolla, maíz y mango; las rosas ofrendadas a la Santa Cruz y al Gran Poder de Dios; el escudo de Campeche: todas estas imágenes, y muchas más, han ido apareciendo una tras otra sobre las telas que la artesana trabaja con paciencia y elegancia.
La labor de enseñar el oficio a sus hijas fue, quizá, la puntada más firme de cuantas ha dado en toda su carrera. Ellas crecieron mirando a su madre inclinada sobre las telas, atenta al conteo de los hilos y seleccionando las combinaciones de colores que convertirían un lienzo en un objeto capaz de transmitir emociones e identidad. Con el tiempo, madre e hijas integraron un equipo que levantó el negocio y comenzó a recibir encargos desde distintos puntos de la península de Yucatán. Hasta Tenabo llegan ahora visitantes que han oído hablar de la calidad de estos bordados y quieren comprobarlo por sí mismos, para ver de cerca aquello que otras personas describen como verdaderas obras de arte.




Los abuelos decían que, si una serpiente de cascabel se atravesaba en el camino, era señal de que alguien estaba destinado al bordado. Para confirmar ese augurio, la mano de la aprendiz recorría nueve veces la piel del animal, en un acto donde el miedo se transformaba en firmeza. Elsa María vio cómo una de sus hijas pasó por esa ceremonia y todavía hoy comenta que la soltura con que ella maneja la aguja solamente encuentra explicación en la fe con que los antiguos legaban sus conocimientos.
El xokbil chuuy representa una de las manifestaciones culturales más arraigadas de las comunidades mayas yucatecas. Las manos que lo practican celebran, en cada creación, una fiesta contenida de color y geometría, un despliegue de paciencia y sensibilidad donde se entrelazan el alma del pueblo, la naturaleza de la tierra y la mirada que las propias bordadoras proyectan sobre su entorno. Quienes se han acercado a aprender esta técnica coinciden en la emoción que provoca ver brotar, poco a poco, figuras llenas de significado sobre una superficie que antes estaba vacía.
Elsa María Pech Chan no precisa de grandes discursos para explicar lo que hace. Su trayectoria habla por sí sola desde que aquella muchacha de catorce años tomó la aguja por primera vez, y habla también a través de sus hijas, que hoy perpetúan el oficio, y de los clientes que salen del taller de Hilos de Oro llevándose un pedazo de Tenabo entre las manos. En un tiempo que corre deprisa, esta artesana ofrece la pausa del bordado, el cuidado de lo hecho a mano y la dignidad de una práctica artística que resiste porque hay quienes la aman, la cuidan y la comparten con orgullo de ser tenabeños.
El arte del bejuco: Humberto Quimé Narváez
Un viaje por ferrocarril, hace 48 años, despertó la curiosidad de Humberto Quimé Narváez. Observó a un grupo de hombres que elaboraban canastos para la cosecha y se preguntó cuánta dificultad encerraría aquella labor; de esta forma decidió buscar el material por su cuenta, ensayar sin ninguna guía y, con el paso del tiempo, logró dominar la técnica sin que nadie le transmitiera el conocimiento de manera directa.

Hoy sus esfuerzos dieron frutos, de ese conocimiento empírico sus manos aprendieron a producir canastas, tortilleros, dulceros, muebles, entre otros artículos artesanales. No se entrega a este trabajo a diario, sino cuando surgen encargos, especialmente en diciembre o para celebraciones como los cumpleaños de quince años, eventos en los que le solicitan centros de mesa y piezas decorativas. Su hijo, quien ya aprendió el oficio, lo acompaña cuando la carga laboral se intensifica, heredando una tradición que inició con él.
A lo largo de su trayectoria, don Humberto ha participado en concursos estatales. Hace aproximadamente quince años obtuvo su primer galardón de primer lugar y, más recientemente, hace tres años, repitió el triunfo en otro certamen. En el Centro de Convenciones de Campeche recibió un premio de 7 mil 500 pesos de manos de la gobernadora, además de un crédito del programa PACMyC que destinó a la compra de herramientas.
La selección del bejuco representa la clave de su labor, puesto que no cualquier fibra puede utilizarse para elaborar sus obras. Don Humberto recorre los montes para identificar las variedades adecuadas, pues no cualquier bejuco sirve para el tejido. Algunos tipos se trabajan en verde y requieren secarse al sol durante tres días; otros pueden remojarse después de estar secos. Explica que esta planta no se siembra, sino que nace de manera silvestre, y únicamente quien conoce el terreno puede localizarla. Para la orilla de un canasto utiliza 17 tiras de bejuco, mientras que el tejido del cuerpo necesita de 10 a 12 adicionales. Un mueble pequeño puede llevarle cerca de un mes de trabajo, en tanto que piezas sencillas, como los tortilleros, puede completarlas a razón de hasta cinco por día.
Varios jóvenes han aprendido el oficio a su lado, aunque la mayoría no lo ejerce de manera independiente. Solo su hijo ha decidido continuar con la tradición y hoy fabrica piezas como un corazón tejido que el artesano muestra con orgullo. Cuando la demanda crece, don Humberto llama a los muchachos que ya conocen el oficio para que lo ayuden a cumplir con los encargos.
Para quienes deseen conocer su trabajo, el artesano invita a acercarse a su taller, un lugar donde el bejuco se convierte en herencia familiar y en testimonio de que la materia prima del monte, combinada con paciencia y memoria, puede transformarse en un objeto útil y bello.
La herencia de los palcos: Carlos Alonso Mena
Durante mayo, la fisonomía del pueblo se transforma; la verbena popular, auténtica alma de la localidad, se alista para conmemorar una de las celebraciones más entrañables de la región del Camino Real: la festividad del Gran Poder de Dios. En ese lapso, sobre un predio contiguo a la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, emerge una estructura que se yergue como prueba viva de una memoria colectiva empeñada en no dejarse vencer por los años. Carlos Alonso Mena pertenece a la sociedad de palqueros, una agrupación constituida con el propósito de resguardar una tradición amenazada por la modernidad: la construcción de los palcos, ese ruedo artesanal que brota cada temporada y configura el paisaje efímero que caracteriza a los pueblos mayas durante sus fiestas patronales.


Alonso Mena ha consagrado cuarenta años a un oficio heredado de sus padres, quienes edificaban el círculo taurino valiéndose de maderas endémicas como el chakté, el chukum y el kitinché, recursos que el monte restauraba por sí solo conforme transcurrían los ciclos. De aquellos armazones antiguos únicamente han llegado hasta nosotros algunas fotografías. Originalmente, los palcos se alzaban frente al atrio de la iglesia; sin embargo, la construcción del parque motivó que los palqueros adquirieran un terreno aledaño en el cual se les autorizó perforar los cimientos para los horcones que hoy apuntalan la tradición.
Durante los años inaugurales, las ganaderías de la zona cooperaban donando un ejemplar bovino, y una explotación asentada en la antigua hacienda Orizaba entregaba animales de lidia mediante la figura del diezmo comunitario. La edición reciente recurrió a finos ejemplares procedentes de Tlaxcala y conservó intacta la esencia del ruedo artesanal, tejido a mano y rematado con guano. Cuatro décadas contemplan a Carlos Alonso Mena en el dominio de un saber que le fue transmitido directamente por su progenitor, quien le enseñó la hondura exacta de las perforaciones —setenta centímetros indispensables para asegurar la firmeza del conjunto—, la selección del grosor apropiado en cada viga y el complejo entramado que cohesiona la armazón completa.


Él empezó a ser considerado palquero formalmente a los dieciocho años y, desde entonces, no ha dejado de intervenir en los montajes, construyendo sus palcos, enseñando a las futuras generaciones y apoyando a sus compañeros. Actualmente, su hijo maneja ya el corte de la madera y el perfilado de los postes, en espera del dictamen que la propia sociedad de palqueros habrá de emitir para reconocerlo como heredero legítimo del linaje familiar.
La disposición característica de los palcos en Tenabo obedece a un orden meticuloso: dos metros de extensión permiten que las barandas acojan a cinco espectadores, al tiempo que las primeras filas reciben hasta siete. Un nivel intermedio, apodado “segunda”, alberga cinco personas, y la franja inferior se destina exclusivamente a los adultos mayores. Ochenta y cinco palqueros, diecisiete de ellos mujeres, integran el núcleo que mantiene viva esta obra efímera y contundente, cuyo significado profundo escapa a lo meramente constructivo.
El auténtico valor del palco, subrayó Mena, reside en el vínculo afectivo que amarra a cada familia con su sitio dentro del ruedo, en esa raíz comunitaria que convierte un puñado de tablones en patrimonio intangible. La curiosidad despertada entre visitantes llegados de distintos rincones del país para documentar la feria no modificó la determinación de los lugareños, quienes reafirmaron su rechazo a sustituir el ruedo artesanal por estructuras contemporáneas. La labor compartida y los horcones de madera que afloran del suelo tenabeño permanecen como una declaración de principios, una frontera simbólica donde la identidad del pueblo se afirma y se proyecta hacia las venideras ediciones de mayo.
Juan Carlos Caamal Poot, 23 años de enseñanza dancística
La primera memoria que Juan Carlos Caamal Poot conserva del movimiento ocurrió a los cuatro años, cuando cualquier melodía encendía en su cuerpo una inquietud todavía sin nombre, pero con una dirección clara. Esa vocación temprana encontró cauce formal bajo la guía del maestro Rafael Muñoz y, posteriormente, de Jorge Caballero, dos figuras que depositaron en su espíritu una dedicación que el tiempo no ha desgastado.

Veintitrés años después de aquella formación inicial, Caamal Poot sostiene un proyecto propio que echó raíces en 2005, luego de separarse del colectivo que encabezaba su último mentor. La construcción de un espacio independiente fue un proceso sembrado de puertas que no se abrían, aunque la insistencia terminó por consolidar lo que hoy es una agrupación con tres categorías —infantes, jóvenes y adultas mayores— y una matrícula cercana a los ochenta integrantes.
Uno de los retos que marcó los primeros tiempos fue la reducida presencia masculina en las clases. Las sesiones arrancaron integradas casi en su totalidad por niñas, de modo que atraer varones exigió imaginar otras estrategias: el grupo incorporó montajes musicales, caracterizaciones de payasos y animaciones para bodas o festejos de quince años. La respuesta modificó el equilibrio del conjunto; actualmente, la sección juvenil reúne a diecinueve hombres y treinta y nueve mujeres.
Dos de sus alumnas han comenzado estudios formales en el terreno artístico con la intención de convertirse, a su vez, en formadoras. A ellas el maestro les ha transmitido una certeza labrada durante décadas: cada ejecución debe realizarse con una entrega absoluta, pues el cuerpo traduce aquello que habita en el interior cuando las palabras resultan insuficientes. La recompensa que el instructor destaca no proviene de reconocimientos externos, sino de observar la respuesta entusiasta de quienes asisten a sus ensayos.
La presencia del ballet en los eventos públicos del municipio ha sido una constante que abarca las festividades de El Gran Poder de Dios y la Virgen de la Asunción; los carnavales —donde obtuvieron el primer lugar en comparsas durante tres ediciones consecutivas—; la Caravana de la Paz, experiencia de proyección internacional; y la conmemoración del Día de Muertos en Pomuch. La aceptación del auditorio constituye, en palabras del profesor, un testimonio silencioso del oficio cumplido.
Aunque sus presentaciones han recorrido casi todo el territorio de Campeche, con escalas en Cancún y Tabasco, Caamal Poot mantiene la ambición de llevar la danza de esta localidad hacia otros países. Sostiene que la comunidad posee una riqueza cultural específica, con pasos característicos que las generaciones jóvenes están llamadas a preservar. Su tarea como coreógrafo se concentra precisamente en resguardar esas expresiones originales para que no se desvanezcan con los años y se mantengan como tradiciones vivas para las futuras generaciones.
Julio César Pech, rotulista: memoria visual del pueblo
El oficio de pintar anuncios a mano, ese gesto artesanal que por generaciones vistió fachadas y calles, encuentra en Julio César Pech a uno de sus últimos y más apasionados guardianes. Desde su taller “Rótulos Tenabo”, este artista y rotulista ha tejido una trayectoria que dialoga con las costumbres, el paisaje y la identidad de las comunidades peninsulares, un camino que inició cuando apenas tenía ocho años bajo la enseñanza de su tío, el maestro José Roberto Pech, figura de referencia en la región.

El aprendizaje, describe, fue un proceso escalonado que comenzó con líneas tímidas, prosiguió con la estenografía y maduró en los rótulos formales que hoy definen su sello. Aquella disciplina adquirida en la infancia lo ha llevado a recorrer distintos puntos del territorio: Yucatán, Ciudad del Carmen y múltiples localidades campechanas han sido testigos de su labor. Entre los trabajos que guarda con especial estima figuran las letras monumentales de Calkiní, el parador fotográfico del mismo municipio y los distintivos de la Junta Municipal de Tinún, piezas elaboradas con una técnica manual que resiste el embate de la producción en serie.
El corazón de su ocupación late en los anuncios, las fachadas comerciales y la publicidad hecha con precisión artesanal. No obstante, Pech observa con preocupación cómo las lonas impresas van desplazando esa estética cuidadosa que, a su parecer, altera la fisonomía histórica de los poblados. Para sortear esa merma, ha ensanchado su repertorio hacia la decoración, los disfraces de carnaval y la restauración de imágenes religiosas en yeso. De su mano han surgido diferentes escenografías, desde un cochinito que identifica una carnicería local hasta representaciones de los Voladores de Papantla.
Al dirigirse a los jóvenes creadores de su comunidad, el maestro Pech insiste en la perseverancia y en la importancia de aprovechar los espacios existentes. Su convicción se resume en una idea que la práctica le ha confirmado durante décadas: el arte genuino no es patrimonio exclusivo de las metrópolis, porque en cada rincón municipal late un talento capaz de contar, con pinceles y brochas, las historias que dan rostro a la tierra propia.
El Gran Poder de Dios, símbolo de fe y unión
Alejandro Javier González Chi
La imagen del Gran Poder de Dios es uno de los símbolos religiosos más importantes con que se cuenta y representa una de las más grandes devociones, principalmente en Tenabo, dentro del Camino Real. Esta convicción data desde hace aproximadamente un siglo, siendo venerada por numerosas familias de generación en generación, convirtiéndose de esta forma en el símbolo de mayor fe, esperanza y unión para su gente. A lo largo del tiempo, la celebración dedicada al Gran Poder de Dios no solamente ha mantenido vivas las tradiciones religiosas, sino también toda costumbre cultural y social que identifica a los lugares en donde este patrono se encuentre.

La veneración al Gran Poder de Dios tiene sus inicios desde las primeras décadas del siglo XX, cuando sus fieles, mediante misas, procesiones y fiestas tradicionales, comenzaron a rendirle homenaje. Con el pasar de los años, esta veneración ha crecido considerablemente y hoy en día son muchas más las personas que participan en las actividades planeadas y organizadas en su honor. La fe hacia él es tan grande que muchas personas le atribuyen milagros y favores recibidos ante varias peticiones, especialmente los relacionados con las buenas cosechas, el bienestar de las familias y la buena salud; también se le atribuye ser el custodio y protector de los pueblos en los que es venerado, y ayudar a que lleguen las lluvias necesarias para la agricultura, la actividad principal en esta región sureste.
Para la gente de Tenabo, principalmente, el Gran Poder de Dios es mucho más que una imagen religiosa, ya que para ellos representa la identidad y las tradiciones de su pueblo y, en un ambiente familiar, se reúnen para participar en las celebraciones, convivir y fortalecer sus tejidos sociales. Además de las actividades religiosas, también se realizan eventos culturales, como la tradicional vaquería, corridas taurinas, música y bailes regionales, los cuales forman parte del legado cultural del Camino Real. Es gracias a estos festejos que las tradiciones han logrado preservarse de generación en generación con gusto y devoción.
A finales de los 90, uno de los eventos que causó mayor tristeza entre los habitantes de esta población fue el robo de la imagen original del Gran Poder de Dios, hecho que afectó profundamente a los habitantes, ya que la imagen tenía un gran valor religioso, sentimental e histórico para todos sus fieles; pero esto no fue motivo para que la fe desapareciera. Por el contrario, los pobladores acrecentaron y han demostrado su amor y respeto hacia él mediante la adquisición de una nueva imagen y la continuación de los homenajes con fiestas en su honor. Tan fuerte fue el impacto de este acontecimiento, que para los pobladores es una muestra más de que la fe y devoción es más fuerte que cualquier adversidad.
Hoy por hoy, los festejos al Gran Poder de Dios se celebran cada año aproximadamente en la segunda semana del mes de mayo, comenzando con la bajada de la imagen, misas, procesiones, novenas, corridas de toros y la tradicional feria del pueblo. Entre las celebraciones, la más representativa es la procesión, en donde la imagen, junto con cientos de fieles, recorre las calles aledañas a la parroquia, acompañados de música dirigida por la charanga y oraciones en diferentes momentos del recorrido, deteniéndose en ciertos espacios mientras ministros o el sacerdote de la comunidad inician la oración para que los fieles se unan y participen, así hasta llegar nuevamente al recinto, la iglesia, en donde se expone para que los feligreses puedan pasar a tocarlo, admirarlo y recibir una flor.

