Las comunidades asentadas en esta ruta de origen virreinal entre Campeche y Mérida preservan tradiciones que fusionan el pasado maya con la herencia novohispana, atesorando una riqueza cultural, material e inmaterial que le dan un carácter único a la región
HAROLD AMABILIS
Las comunidades asentadas sobre el antiguo Camino Real entre Campeche y Mérida preservan tradiciones que fusionan el pasado maya con la herencia novohispana. Esta ruta de origen virreinal articuló por siglos el territorio peninsular y, a lo largo de su traza, es posible observar una riqueza cultural, material e inmaterial, que le ha dado un carácter único a la región. En esta edición de El Despertador recorreremos la zona que se formó alrededor de esta vía histórica, de la que han surgido múltiples expresiones que hoy definen la identidad campechana.
Los caminos reales en la Nueva España

Durante el periodo en que la península de Yucatán formó parte de la monarquía hispánica, las vías de comunicación construidas con recursos de la Corona recibieron el nombre de caminos reales. Esta denominación se aplicaba a las rutas que conectaban poblaciones importantes o centros comerciales, y su mantenimiento dependía de las autoridades virreinales.
En el territorio novohispano existieron múltiples caminos reales; el más extenso fue el denominado Tierra Adentro, Patrimonio Mundial por la UNESCO desde 2010, que vinculaba los centros mineros del norte del virreinato con la ciudad de México. Otras rutas relevantes son las que comunicaban el puerto de Veracruz y Acapulco con la capital, funcionando como ejes del comercio ultramarino de gran relevancia para el imperio.


La legislación española colocaba estos caminos bajo protección real desde 1476; las ordenanzas establecían que debían mantenerse transitables y seguros, con posadas que ofrecieran abastecimiento a precios moderados. En el siglo XVIII se intentó racionalizar la red de caminos, fijando dimensiones específicas para estas vías; las principales debían tener 12 varas de ancho, equivalentes a 10.03 metros, mientras que las secundarias podían reducirse a 2.70 metros.

En Yucatán existieron dos caminos reales que cumplieron la función de enlazar la capital provincial, Mérida, con los puertos que daban acceso a la península. El primero conducía a San Francisco de Campeche, principal puerta de entrada y salida de la región. El segundo se dirigía a Sisal, puerto que cobró importancia durante el auge henequenero del siglo XIX. En este artículo abordaremos la historia y las características del primero, en su sección correspondiente al estado de Campeche.
Orígenes del Camino Real de Campeche
La apertura de caminos en Yucatán no fue inmediata a la conquista. Antes de la llegada de los españoles existieron los sacbé, vías construidas con piedra caliza y estuco que conectaban ciudades, pueblos y centros ceremoniales. Sin embargo, estos mantenían estándares diferentes a los ibéricos, por lo que en 1552 el visitador Tomás López Medel ordenó en sus disposiciones que se abrieran vías anchas y capaces, con calzadas y reparos donde fuese necesario, para facilitar el tránsito en la región, para el paso de carretas y otros vehículos.

Los trabajos para construir el camino entre Campeche y Mérida comenzaron entre 1561 y 1566, bajo la administración de Diego de Quijada, alcalde mayor de Yucatán. La obra recibió impulsos posteriores en 1606 y 1612 durante el gobierno de Carlos de Luna y Arellano, quien concluyó la rectificación de varias vías carreteras.
La longitud total del camino virreinal fue de 48 leguas cortas, aproximadamente 192 kilómetros. En Campeche llegaba hasta el ex Convento de San Francisco, mientras que en Mérida terminaba en el arco de San Juan, después de pasar por la Ermita de Nuestra Señora del Buen Viaje, actualmente conocida como Santa Isabel.


La región atravesada por el camino era una de las más densamente pobladas de la Península. A la llegada de los españoles, los linajes Canul gobernaban la mayor parte del territorio, con excepción de Mopilá y Dzitbalché, bajo autoridad de los linajes Euan y Canché respectivamente. La congregación de población dispersa emprendida a mediados del siglo XVI dio origen a los pueblos de Calkiní y Hecelchakán, que se convirtieron en sedes conventuales, y posteriormente, en los principales centros urbanos de la región.
El comercio a través del puerto de Campeche convirtió esta ruta en la más importante de la península. Por ella transitaban productos como mantas de algodón, cera, miel, cueros y palo de tinte, generando disputas entre frailes y autoridades eclesiásticas por el control de los curatos ubicados a lo largo del camino. A continuación, realizaremos un recorrido por sus principales localidades.
Tenabo, la puerta al Camino Real

Si bien el camino real virreinal iniciaba en la villa de San Francisco de Campeche, tradicionalmente la gente ha asociado a Tenabo como la puerta del Camino Real. Sus orígenes se remontan al periodo prehispánico, cuando el área formaba parte del cacicazgo de Ah Canul bajo el nombre de T´nab. Aunque su nombre aparece registrado por primera vez en 1441, se considera que los orígenes de la comunidad son de mayor antigüedad. Tradicionalmente se considera que la fundación de la actual población de Tenabo se efectuó hacia 1450 por un descendiente de los Ah Canul, quien le puso el nombre de Tah Naab. Un monumento conmemorativo a este acontecimiento se encuentra en el barrio de Jacinto Canek, cerca de un pozo con noria.
La traza colonial de Tenabo se estableció en febrero de 1549 bajo la encomienda de Juan García de Llanos, según consta en registros de la Real Audiencia de Santiago de Guatemala. En 1588, el pueblo fue visitado por fray Alonso Ponce, y en 1594 se inició la construcción de la iglesia principal dedicada a Nuestra Señora de la Asunción. El templo presenta un estilo franciscano sencillo, con piedras labradas provenientes de edificios prehispánicos.
El centro de la comunidad conserva numerosas casas coloniales de los siglos XVII al XX, así como viviendas tradicionales Xa’anil naj, conocidas como casas de huano. De entre los inmuebles patrimoniales destaca la casa Marentes, antigua propiedad de Ricardo Marentes Miranda, en cuyo anexo funcionó un cine que llevaba el mismo nombre.




Tenabo es reconocida como una tierra de artesanos. Muchas personas en la comunidad han aprendido con entusiasmo el arte del Xokbil Chuuy, una de las expresiones culturales más importantes de los pueblos mayas de la península de Yucatán. Las manos de las artesanas crean verdaderas obras maestras mediante un despliegue de color y geometría, ilustrando en sus bordados la identidad de su pueblo, la naturaleza de su entorno y su visión del mundo.



La fiesta más representativa de la comunidad es la feria tradicional en honor al Gran Poder de Dios, que se celebra durante el mes de mayo. Esta fecha es esperada con gran entusiasmo por los habitantes de Tenabo, pues conmemora a una de las imágenes más veneradas de la región. Durante varios días, la plaza principal se convierte en el escenario de bailes populares y una magna vaquería que reúnen a personas de toda la península. Las corridas de toros se llevan a cabo en los tradicionales palcos de madera, estructuras efímeras que forman parte del paisaje característico de las fiestas patronales en las comunidades mayas. También es importante la festividad dedicada a la patrona de la comunidad, la Virgen de la Asunción, celebrada el mes de agosto y en la cual se organizan gremios, novenas y procesiones.
Pomuch, el pueblo donde se acaricia la muerte
En el municipio de Hecelchakán, la comunidad de Pomuch destaca como uno de los pueblos donde es más palpable el mestizaje cultural. Su nombre proviene del vocablo Tix Poc Much, que significa “ahí donde se tuestan los sapos”. Durante la época prehispánica perteneció al cacicazgo de Ah Canul, y sus habitantes se dedicaban a la caza y la agricultura, manteniendo comercio con el norte de la península a través de la isla de Jaina.

A la llegada de los españoles, el cacique de Tix Poc Much se opuso a los conquistadores, lo que derivó en sangrientas batallas; sin embargo, la superioridad de las armas de fuego sometió las rebeliones. La evangelización quedó plasmada en la construcción del templo dedicado a la Purísima Concepción, iniciada en 1619 bajo dirección franciscana con mano de obra maya. La nave principal se levantó en 1636.
Durante el siglo XIX, Pomuch fue escenario del paso de la emperatriz Carlota hacia la ciudad de Campeche. Los pobladores recibieron a la soberana con muestras de entusiasmo, según quedó registrado en el Periódico Oficial del Departamento de Campeche.




La tradición que ha dado fama a Pomuch más allá de las fronteras de Campeche es el ritual funerario de la limpieza de los santos restos. Cada octubre, las familias acuden al cementerio para limpiar los huesos de sus difuntos, cambiar los paños bordados que los envuelven y conversar con ellos como si aún estuvieran presentes. Esta práctica, con raíces en la cosmovisión maya prehispánica, fue declarada Patrimonio Cultural del Estado en 2017.
El camposanto presenta pequeñas construcciones de colores vivos que albergan las cajas con los restos óseos a la vista de los visitantes. Para los pobladores, sellar los osarios significaría condenar a las almas a no ver la luz del sol. La última semana de octubre, los familiares retiran el polvo con brochas, colocan nuevos lienzos bordados con flores y cruces, y reacomodan los huesos dejando los cráneos en la parte superior.

Desde 2006, el festival Día de Muertos de Pomuch Para el Mundo tiene como finalidad difundir, con resultados diversos, estas tradiciones mediante muestras gastronómicas, talleres artesanales, exposiciones fotográficas y el desfile Paseo de los Pixanes, donde los participantes recorren la calzada principal disfrazados de calavera.
Hecelchakán, la sabana del descanso


Hecelchakán es una de las poblaciones más grandes y representativas del Camino Real. Según la tradición oral y los relatos de cronistas, sus orígenes se remontan a la segunda mitad del siglo XVI, cuando habitantes de la zona arqueológica de Xcalumkín se establecieron cerca de un cenote que servía como abastecimiento de agua para quienes viajaban entre Campeche y Mérida. Entre 1560 y 1565 fundaron la villa de Xekelchakán, nombre con el que aparece en documentos de la época.
La iglesia de San Francisco de Asís domina el paisaje urbano. Su construcción data de la época colonial y responde al estilo franciscano de líneas sencillas. Dos torres de tres cuerpos flanquean la fachada, donde un arco de medio punto exhibe representaciones del sol y la luna junto a la inscripción “Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento”. La nave tiene forma de cruz latina con techo abovedado y cúpula de linternilla. El 10 de diciembre de 1865, la emperatriz Carlota visitó el templo y recibió una ceremonia en su honor.



La plaza Noh-Beh es el centro de reunión de la comunidad. Ahí se encontraba el cenote que motivó el asentamiento original, clausurado por el ayuntamiento el 27 de marzo de 1874. Los kioscos frente a la calle principal ofrecen cochinita pibil, platillo emblemático de la región.
Hecelchakán fue escenario de dos episodios históricos relevantes. El 24 de enero de 1867, durante la intervención francesa, las fuerzas republicanas de Manuel Cepeda Peraza derrotaron al ejército imperialista. El 8 de marzo de 1915, los habitantes presenciaron el primer vuelo de una aeronave en Campeche, cuando el capitán Alberto Salinas Carranza sobrevoló la ciudad al mando de un batallón aéreo constitucionalista.
En abril se celebran las fiestas en honor al Cristo de la Salud, talla de madera de origen virreinal considerada una de las imágenes más veneradas del Camino Real. La devoción surgió probablemente entre los siglos XVII y XVIII, con la llegada del clero secular. Los novenarios reúnen a los fieles en torno a esta imagen que ha sido por generaciones símbolo de protección para los habitantes de Hecelchakán.
Dzitbalché, el hogar de los cantares
Dzitbalché tiene sus orígenes en el siglo XV, entre 1443 y 1445, cuando sus primeros pobladores se establecieron en Xmay Kekén, para después trasladarse a Hun Dzit Balché, nombre del que deriva el actual. Según la tradición oral, su fundación está ligada a la caída de Mayapán y la migración del linaje Ah Canul hacia el sur. Hacia 1441, Ah Kin Canul llegó a estas tierras, entonces gobernadas por el linaje Canché; antes de ocupar su ubicación actual, los habitantes vivieron en Noh Cah, el Pueblo Viejo, lugar donde ocurrió el encuentro con Francisco de Montejo El Mozo. La violencia marcó el choque entre dos mundos y la superioridad de las armas de fuego determinó el desenlace.


En el centro de Dzitbalché se levanta el templo de Nuestra Señora de la Asunción, cuya construcción comenzó en el siglo XVII bajo la dirección del fraile español Nicolás Pozuelos. Su fachada se distingue por la sencillez y sobriedad propias del estilo franciscano, rematada con una espadaña. El 15 de junio de 1984, el templo fue elevado a categoría de parroquia.
Cada agosto se celebra la fiesta de la Virgen de la Asunción. La imagen, que data probablemente del siglo XVIII o según la tradición oral de 1826, baja del altar para estar con el pueblo en una tradición que reafirma la identidad cultural de la comunidad.




A un costado se encuentra el Centro Artesanal y Cultural Enrique Herrera Marín, inaugurado en 1945 como mercado público. La plaza principal está adornada por el Palacio Municipal del siglo XIX, con una torre que aloja el primer reloj público de la comunidad desde 1954.
Dzitbalché es conocido por Los Cantares de Dzitbalché, un códice con quince cantos cuya composición data probablemente del siglo XV. Estos versos reflejan la cosmovisión prehispánica a través de referencias a los astros, la religión, las flores, las aves y las mujeres.
Calkiní, la garganta del sol
Calkiní es una de las poblaciones más grandes e importantes del Camino Real, en cuyas calles y avenidas se resguardan numerosas estructuras patrimoniales, cada una con diferentes épocas e historias que dan cuenta de la relevancia histórica de la ciudad.


Su nombre en lengua maya significa Garganta del Sol. También se le conoce como la Atenas del Camino Real y Cuna de las Artesanías Campechanas, títulos que dan cuenta de su riqueza e influencia cultural. La ciudad ha sido el lugar de nacimiento de escritores, académicos, músicos y pintores, los cuales han destacado en el ámbito estatal y nacional por la calidad de sus obras.
Según la tradición oral, Calkiní fue fundada entre 1441 y 1443 por Ah Tzab Canul, quien estableció aquí la sede del cacicazgo Ah Canul, un kuchkabal o jurisdicción independiente donde gobernaba como batab. Muchas de las construcciones coloniales fueron levantadas sobre montículos prehispánicos o con piedras labradas provenientes de edificios mayas anteriores.
La Iglesia y Convento de San Luis Obispo es la construcción más emblemática. Se trata de un templo franciscano de una sola nave, con fachada plateresca y una torre de tres cuerpos. El acceso principal está formado por un arco de medio punto sostenido por pilastras y columnas adosadas y estriadas, rematado por una ventana coral. Su construcción inició en 1548 bajo la dirección de Fray Luis de Villalpando y concluyó en 1776. En su interior resguarda uno de los retablos barrocos más grandes de la península de Yucatán, y uno de los pocos que han sobrevivido a las turbulencias políticas y económicas de los siglos XIX y XX. Su factura data del siglo XVI y consta de cuatro cuerpos y un remate decorado con relieves fitomorfos, esculturas de santos y pinturas con motivos vegetales. Diversos nichos albergan imágenes de vírgenes, representaciones de Cristo durante el suplicio y su resurrección, así como la figura de San Luis Obispo, patrono de la comunidad. Actualmente el templo se encuentra en proceso de restauración tras el desplome parcial de la bóveda ocurrido en 2024.



A un costado de la iglesia se ubica el palacio municipal, edificio de estilo ecléctico construido en el siglo XIX que ha sido sede del gobierno desde 1872. Desde el 30 de noviembre de 1993, el sitio exhibe el mural “Calkiní” del artista Sergio Cuevas Avilés, conformado por los lienzos “Raíces de Ah Canul”, “Fusión de culturas” y “Hacia el ideal”.
La ciudad es famosa por el Códice Calkiní, una antología de escritos de la época colonial y de periodos más antiguos. Este documento ha conservado el relato de los linajes de reyes y gobernantes del pueblo maya.
Bécal, capital del sombrero de jipijapa
Bécal es reconocida como la capital del sombrero de palma tejido en cueva, una tradición que distingue a esta comunidad dentro del Camino Real. Algunos sostienen que su nombre proviene de Bé-akal, que significa camino al aguaje o jagüey. Otra versión indica que deriva de Bel-cá, camino de pueblo. También se le atribuye la acepción Bel-há, camino de agua.

Desde la fundación del asentamiento, que según la tradición oral se dio en el año 1450, sus habitantes poseían conocimientos de técnicas de tejido que se remontan al periodo prehispánico, como lo evidencian representaciones en la cerámica de la época. Originalmente se utilizaba la palma de guano o bonxaan para la elaboración de los sombreros. A mediados del siglo XIX, con la introducción de la planta de jipijapa en la región, se produjo una transición hacia el uso de esta fibra, que ofrecía mejores cualidades para el tejido. Con el tiempo, la técnica se ha consolidado como una forma de arte y se ha convertido en motivo de orgullo e identidad para los becaleños.
La importancia de esta actividad se refleja en la plaza de Progreso, corazón de la comunidad desde 1968. En su parte central se ubica una fuente esculpida con tres sombreros unidos, símbolo de la tradición que da fama a la localidad.




El centro de Bécal está dominado por la iglesia de Nuestra Señora de la Natividad, el monumento arquitectónico más importante de la villa. Su construcción se realizó entre 1570 y 1630, siguiendo el estilo franciscano de líneas sencillas. La entrada principal está formada por un arco de medio punto y una ventana coral, flanqueadas por pilastras que rematan en un pequeño nicho. Gran parte del material utilizado para levantar el templo proviene de edificios prehispánicos de los alrededores. El conjunto cuenta con dos torres de tres cuerpos, levantadas a fines del siglo XIX por el hacendado Sixto García, quien tuvo la intención de que fueran las más altas de la región del Camino Real.
Bécal conserva diversas estructuras construidas entre los siglos XVI y XX que integran un paisaje urbano atractivo para los visitantes. La combinación de arquitectura colonial, tradiciones artesanales y el legado del tejido de jipijapa convierten a esta comunidad en un sitio ideal para conocer las expresiones culturales de la región.
Trabajos arqueológicos recientes en el camino real
Entre 2021 y 2022, las labores de prospección del proyecto Tren Maya permitieron documentar 51 kilómetros del trazo original del camino novohispano. La información publicada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia y la Secretaría de Cultura del Gobierno de México han consolidado la relevancia patrimonial del Camino Real Campeche-Mérida a lo largo de los siglos.




Los trabajos de campo abarcaron 17.4 kilómetros del trayecto del Tren, en los cuales se efectuaron diversas excavaciones de salvamento arqueológico. Uno de los hallazgos más relevantes fue un antiguo leguario, ubicado a pocos kilómetros al noreste de Campeche; se trata de una estructura de mampostería que servía para indicar la distancia recorrida por los viajeros, siendo uno de los pocos ejemplos sobrevivientes, si no el único, en la región. Desde este punto, el camino prosigue 10 kilómetros hacia el noreste hasta llegar a Hampolol, donde se localiza un puente virreinal, conocido localmente como el Puente de la Emperatriz Carlota, que constituye uno de los pocos puntos todavía visibles del antiguo camino virreinal.
El INAH efectuó excavaciones en 64 calas transversales, las cuales permitieron definir el sistema constructivo de la vía, mismo que quedó registrado a través de diferentes publicaciones liberadas por el instituto. Asimismo, la vía atravesó zonas arqueológicas, pudiéndose observar que los antiguos constructores emplearon sillares provenientes de edificios prehispánicos para elaborar las bases de los pretiles. Esto se observó en los sitios de Cansacbé, La Pobreza y Los Reyes.
Los trabajos arqueológicos también documentaron las huellas dejadas por los vehículos que transitaron el camino hasta finales del siglo XIX. Los antiguos transportes, como volanes, carretas y calesas, llevaban ruedas con cinchos de acero que marcaron hendiduras en el empedrado.
Según lo expuesto por el instituto, las excavaciones permitieron recuperar materiales cerámicos de distintos periodos. Los fragmentos más antiguos corresponden al Preclásico Tardío, entre 250 antes de Cristo y 250 después de Cristo. Hay ausencia de materiales del Clásico Temprano, pero se encontraron tiestos del Clásico Tardío, del 600 al 700 después de Cristo, hasta el Clásico Terminal, del 850 al 1000. No se registraron materiales del Posclásico. La cerámica posterior a la conquista española data de 1550 en adelante, con algunos fragmentos hasta 1980.
A fines del siglo XIX, la construcción del ferrocarril modificó el trazo original. El lado poniente del camino colonial fue cubierto con un pedraplén para formar la base del terraplén ferroviario, que comenzó a operar el 28 de julio de 1898 enlazando Campeche y Mérida.
Los hallazgos recuperados por especialistas del INAH confirman que el Camino Real no solo fue una ruta de comunicación durante el virreinato, sino un corredor cultural cuya importancia se remonta a épocas muy anteriores a la llegada de los españoles y que hoy continúa fungiendo como eje que articula la vida de las comunidades que lo han habitado por siglos, manteniendo viva una identidad forjada en el mestizaje y la resistencia cultural.

