12 agosto, 2026

Gerardo Ruiz

En 2007 culminó una iniciativa impulsada por Bernard Weber para elegir las nuevas siete maravillas del mundo. La propuesta partía de una idea sencilla: si la humanidad había cambiado, quizá también era momento de actualizar la lista de aquellas obras que mejor la representaban.

Hoy, 11 de junio de 2026, mientras se inaugura una nueva Copa Mundial de Fútbol, me pregunto si no ha llegado también el momento de actualizar otra lista mucho más incómoda: la de nuestros pecados capitales.

Tres veces siete.

Tres ocasiones en que México ha sido sede de una Copa del Mundo. En las tres, el país no sólo ha estado bajo la mirada internacional por el espectáculo deportivo, sino también por circunstancias sociales, políticas y económicas que han ocupado titulares dentro y fuera de nuestras fronteras.

Si tú pudieras ver lo que yo escucho, notarías que parecemos atrapados en un círculo vicioso del que nos cuesta salir. Cambian los gobiernos, cambian las generaciones, cambian las tecnologías y hasta cambian las formas de comunicarnos; sin embargo, ciertos problemas parecen regresar una y otra vez con distintos nombres y distintos rostros.

Día tras día existe la posibilidad de que una nueva crisis, un nuevo conflicto o una nueva fractura social termine convirtiéndose en la gota que derrame el vaso.

Quizá sea momento de hacer una pausa. Sentarnos a respirar y mirarnos fijamente frente al espejo. Realizar un examen de conciencia colectivo y preguntarnos cuáles son nuestras áreas de oportunidad como sociedad antes de que el desgaste, la polarización, la indiferencia o la apatía nos obliguen a comenzar el mismo ciclo una vez más.

Porque si fuimos capaces de actualizar nuestras maravillas, también deberíamos ser capaces de identificar cuáles son los vicios que más nos frenan como nación, como humanidad.

Si tomamos los siete pecados capitales tradicionales —soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza— como una forma de describir comportamientos humanos que dañan a las personas y a la sociedad, podríamos preguntarnos cuáles serían sus equivalentes o expresiones más visibles en el siglo XXI.

No porque los tradicionales hayan desaparecido. La soberbia, la avaricia, la ira o la envidia siguen acompañando a la condición humana. Sin embargo, cada época desarrolla sus propios vicios y desafíos.

Si los siete pecados capitales buscaban describir aquellas conductas capaces de dañar a las personas y a la sociedad, quizá los equivalentes más visibles del siglo XXI podrían ser los siguientes:

Indiferencia. Ver la injusticia, la corrupción, la violencia, la pobreza o la exclusión y convencernos de que no es nuestro problema.

Desinformación deliberada. Difundir rumores, mentiras o información falsa sabiendo que puede afectar a personas, instituciones o comunidades enteras.

Fanatismo. Renunciar al pensamiento crítico para obedecer ciegamente a una ideología, un partido político, un líder, un gobierno, una religión o cualquier otra causa.

Consumismo sin límites. Medir el valor de las personas por lo que poseen y no por lo que son o aportan.

Narcisismo digital. Vivir más preocupados por la imagen que proyectamos que por la realidad que construimos.

Apatía cívica. Exigir derechos, demandar soluciones y señalar culpables sin asumir ninguna responsabilidad en la construcción de las respuestas.

Irresponsabilidad hacia el futuro. Tomar decisiones pensando únicamente en el presente e ignorando sus consecuencias sociales, tecnológicas, económicas o ambientales.

Tal vez algunos lectores propondrían una lista distinta. Eso es precisamente lo interesante del ejercicio.

Porque más allá de encontrar siete palabras perfectas, lo importante es identificar aquellas conductas que hoy están deteriorando nuestra convivencia como sociedad.

Si tuviera que resumir todos estos pecados modernos en una sola frase, diría lo siguiente:

El gran pecado de nuestro tiempo no es equivocarse, sino renunciar a pensar, participar y asumir responsabilidad.

Y si tuviera que señalar uno particularmente peligroso, elegiría la indiferencia organizada.

Ese momento en el que una sociedad se acostumbra tanto a sus problemas que deja de verlos como problemas. Cuando la corrupción se vuelve paisaje. Cuando la violencia se normaliza. Cuando la pobreza deja de indignar. Cuando la exclusión deja de sorprender.

En ese punto, el problema original deja de ser el mayor peligro. El verdadero riesgo es que terminemos aceptándolo como algo normal.

Tal vez por ahí deba comenzar cualquier transformación auténtica: recuperando la capacidad de asombro, de cuestionamiento y de participación.

Porque una sociedad no se deteriora únicamente por las malas acciones de unos cuantos.

También se deteriora cuando demasiadas personas dejan de sentirse responsables de su destino colectivo.

Continuará…

Y ahora la pregunta queda abierta. ¿Cuáles consideran ustedes que son los siete pecados capitales del México y de la humanidad en 2026?

Espero sus aportaciones en las redes sociales de El Despertador o en mis redes personales. Quizá entre todos podamos construir una lista más precisa de aquellos comportamientos que hoy limitan nuestro desarrollo como sociedad y nuestra capacidad para transformar la realidad que compartimos. Gracias.

Gerardo Ruiz es director de la Red Ciegos Quintana Roo

X: @gruizcun

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