Edgar Prz
Hace algunos meses, que ya son varios, las cosas en Tulum empezaron a ponerse difíciles. Antiguamente la gente podía disfrutar del libre acceso a las playas públicas, principalmente las que se ubicaban dentro del perímetro del Parque Nacional Tulum y por Punta Piedra.
No había impedimento, podías ir en raid, taxi, moto, bicicleta, coche y la libre elección era tu acompañante. Decidías si consumías alguna bebida, si degustabas algún ceviche, pescado frito, cóctel de camarones; había variedad en gustos, precios y todo tranquilo, todos ganaban, todos contentos, ya que la derrama económica se distribuía por los canales adecuados. Así fue transcurriendo la vida en Tulum, así se creó, se cuidó y se mantuvo el prestigio de Tulum.
La naturaleza fue muy generosa con este pueblo y no solo le brindó lindas playas con aguas cristalinas, arena blanca, vistas hermosas, atardeceres inigualables y un sinfín de cosas que te hacían casi tocar el cielo de lo bien que la pasabas.
Tulum fue creciendo, los intereses fueron cambiando, la avaricia, el egoísmo, la división, el influyentismo fueron ganando espacio y aquello que por generaciones se había conservado empezó a diluirse. Comienzan las privatizaciones en espacios que se consideraban públicos, aumentan los costos, la discriminación y el bullying a los locales se genera. Empiezan a ser selectivos en el acceso a las playas y da inicio una chispa de inconformidad, misma que se acrecienta con las actitudes déspotas de los militares, quienes se apropian de la Zona Arqueológica y cambian el decorado.
La construcción del Aeropuerto y el Parque del Jaguar no solo cambió el trazo de acceso a la Zona Arqueológica, sino que lo privatizó y aquello que era propiedad del pueblo ahora es propiedad del gobierno federal, olvidando que el pueblo es el que pone y quita al gobierno; además, el pueblo es el patrón del gobierno.
Tiempos aquellos cuando el Trenecito del DIF, jalado por un tractor, recorría con turistas los alrededores de la Zona Arqueológica. Lo recaudado era destinado para labores sociales, había una retribución directa con el pueblo, sin intermediarios; los artesanos, restauranteros, taxistas, comerciantes, todos sabían de la importancia de sus trabajos y los desarrollaban con gusto. Es más, hasta los guías de turistas participaban en esta maquinaria laboral; eran gente preparada, con cursos, seminarios, diplomados, bilingües, trilingües, expertos en los temas de la zona. Te contaban la historia del Castillo, el único con vista al Mar Caribe y que ha sobrevivido a tempestades, tormentas y huracanes; te deleitaban con los pasajes del Dios Descendente y te explicaban los pormenores. Tulum era un agasajo histórico y visual, por supuesto. Recuerdo que una ocasión, cuando Cancún fue sede de Miss Universo, llevaron a varias misses a pasear a Tulum y una legión de pubertos mayas acudimos a Punta Piedra para ser testigos presenciales de esas divinidades; esas reinas de belleza cautivaron nuestras pupilas. Tiempos aquellos, qué felices éramos y no lo sabíamos.
Ahora las noches negras están llegando, la economía empieza a colapsar, el circulante escasea y la afluencia de turistas disminuye. El embudo en que se ha convertido el Parque del Jaguar está asfixiando Tulum, lo está debilitando y eso afecta a todos. La cadena productiva sufre un freno que es peligroso; los prestadores de servicios claman por apoyo, ayuda. Solicitan y empiezan a exigir un cambio en el trato de los militares al pueblo; la empresa concesionaria podría quedarse solamente con su nombre, ya que todo lo que ha tocado últimamente está deficitario, trabajan con números rojos. Da la impresión que no les preocupa, total, el Ejército tiene uno de los mayores presupuestos del país.
Lo curioso es que con el dinero del pueblo están estrangulando al pueblo. Los locatarios de la plaza artesanal contigua a las ruinas están buscando su esquina; eran 71, ya cerraron 7 y muchos más amenazan con bajar cortinas por las bajas ventas, la poca afluencia de turistas, quienes ya no cuentan con poder adquisitivo al tener que pagar 510 pesos por acceder al Parque del Jaguar y, si eres local, 350, cosa que antes era libre.
Por eso, el pueblo, al sentir que su bolsillo está vacío, sus estómagos no se llenan, sus familias sufren los estragos de la férrea burocracia, no les dejan otra opción que alzar la voz y pedir no limosna ni clemencia, sino el cumplimiento de sus derechos y libertades, de una apertura real que permita el acceso libre y universal a las playas. Que la concesión acaparada por los militares se devuelva al pueblo, que se retiren de esas instalaciones y sea el gobierno estatal, con la sociedad civil y prestadores de servicios, el que administre el Parque del Jaguar.
Que sea gente consciente, responsable, que conozca los antecedentes y en lugar de estorbar, ayuden, apoyen al rescate de Tulum. Solo un último dato: esta es una zona sagrada de los mayas, por ello las edificaciones deberían ser para el disfrute de sus herederos y no de los nuevos dueños que parecen salidos de una tómbola y fueron beneficiados.
Mejor seguiré caminando y cantando: “Unos que nacen, otros morirán, unos que ríen, otros llorarán, agua sin cauces, río sin mar. Penas y glorias, guerras y paz. Al final las obras quedan, las gentes se van, otros que vienen las continuarán, la vida sigue igual”…




