Inosente Alcudia Sánchez
“Nunca he usado calcetines, doctor”, me presumió el hombre, con el tono de voz de siempre, pero con una carga inocultable de orgullo. Me había descubierto observando sus pies gordos, casi cuadrados y cenizos como tortugas chamuscadas, enredados en unas toscas sandalias de cuero crudo. Sentí que la sangre se me subía al rostro, avergonzado, pero ni volteó a verme. Movió los dedos cabezones y terminó de ufanarse: “En estos callos no hay espina que se entierre, doctor”.
Para entonces ya habíamos agarrado confianza y, casi a diario por las tardes, nos sentábamos a platicar en la terracita de su casa, de frente a la calle. Tan luego nos acomodábamos en los butaques revestidos con piel de venado, su única hija nos alcanzaba dos vasos de limonada. Siempre anunciada por el griterío de las chachalacas, la oscuridad nos encontraba enfrascados en los chismes del día, en el intercambio de remembranzas o en cavilaciones adormecedoras. Unos cedros altos, jóvenes todavía, acaso sembrados por los constructores del pueblo, aderezaban nuestras pláticas con un olor ácido que en ocasiones se mezclaba con el dulzor de las bugambilias.
Lo llegué a conocer bien, si es que hurgando en el pasado pueden encontrarse rastros del presente. Tenía la memoria infalible de los buenos mentirosos, de esos que no pueden permitirse el desliz del olvido, y al hablar aparentaba la naturalidad de quien comprende a plenitud el mundo. Y, no tengo duda, él me conoció mejor que nadie, porque con nadie más he compartido las vicisitudes que me trajeron hasta aquí.
Don Ciro Cahuich Aké, aquel hombre que jamás había usado calcetines, era de esas personas que parecen tener alma de felino: mientras su apariencia frágil y desvalida inspiraba afecto, sus ojos negros y húmedos mantenían un brillo de desconfianza, como si el recelo fuera una parte indisoluble de su modo de ser. A los cincuenta y tantos años, en su pelo lacio y grueso no se veía ni una cana y su tez morena era la de un treintañero. Su baja estatura, las ropas de manta y su sombrero redondo de paja lo hacían parecer, sin embargo, un hombre mayor.
Vivía en una de las casas cercanas a la pequeña laguna donde, me aseguró, él y su familia habían contemplado a un hombre realizar el prodigio de caminar sobre el agua. Era de los fundadores del pueblo: me dijo que su padre fue quien abrió, a machete limpio, un claro en la apretada espesura y levantó la primera choza de lo que al cabo de los años sería una cuadrícula de viviendas idénticas, con calles amplias adornadas por cedros que filtraban el viento de las tardes.
Era una localidad nueva, todavía sin nombre ni ubicación en los mapas oficiales, pero que despertaba curiosidad en los foráneos por la armonía de sus construcciones y la insólita presencia de un alto galerón bajo el que se pudrían los fierros de un aserradero. Entre montones de aserrín, como si se hubiera apagado de improviso, se adivinaban todavía filosas las enormes sierras. Aún quedaban tablones sobre las bandas transportadoras y se asomaba, por entre el óxido, el amarillo de la pintura original que cubrió el enorme motor a diesel.
“No, la madera de las casas no la cortaron con esas máquinas. A pura hacha y serrucho levantaron este pueblo”, me corrigió don Ciro una tarde en que me contaba la historia del lugar.
Atareado en las curaciones de los chicleros —nunca faltaban lesionados ni infectados de colmoyotes— y en descuartizar cochinos, no recuerdo haberlo saludado durante los meses que llevaba viviendo en el pueblo. Y es que, aunque hubiéramos tropezado en alguna parte, don Ciro era de esas gentes que pasan inadvertidas, que cuando se cruzan con un desconocido no levantan la vista para eludir el saludo y hablan con la voz bajita, en su lengua, para ahuyentar todo amago de plática.
La mañana que lo conocí, don Ciro estaba hecho tiras, con el cuerpo plagado de costras y rasguños, como si lo hubiera arrastrado el demonio entre zarzales. Una semana antes había aparecido solo, después de haber estado perdido en la montaña, con su compadre Santiago, más de un mes. Hasta entonces supe de su existencia, por el alboroto que se armó entre los chicleros y por las brigadas que salieron inútilmente a buscarlos. No era raro, en esos tiempos, el extravío de algún jornalero, pero el de ellos se comentó mucho porque ya los daban por muertos. De su compañero, compadre y cuñado, nunca se supo nada; pero su familia esperó por años a tenerlo de regreso. Y, como tributo a la esperanza, sus padres adquirieron el hábito de guardarle siempre una porción de la comida del día.
Con las primeras luces del día, la mujer de don Ciro me fue a buscar. Entre tartamudeos nerviosos y con la mirada esquiva, me dijo que el hombre se estaba muriendo despacito; a pesar de que lo habían ensalmado los curanderos seguía sofocándose por las noches, y aunque los adventistas lo asediaban con sus oraciones, él continuaba marchito, “igual que las plantitas a las que les falta agua, doctor”.
Ese mismo rato fui a verlo. Estaba en su hamaca, con los ojos cerrados, hecho un costal de huesos y pellejo. Los párpados le temblaban y a ratos interrumpía la cadencia de su respiración con suspiros profundos. Los pómulos se le veían prominentes y sus labios delgados estaban cenizos y escaldados. Me acomodé en una silla que me acercaron a un lado de la hamaca —una gallina clueca me rondaba amenazante—, le tomé el pulso y de inmediato sentí el palpitar desbocado de su corazón. Espié entre su camisa y las costras se veían limpias, secas, igual que las de sus piernas. Le hice a su esposa algunas preguntas de rutina: ¿Le ha dado fiebre? ¿Tiene diarrea? ¿Qué ha comido? Y con un gesto le indiqué que me acompañara al patio. Afuera, le dije: “Efectivamente, don Ciro se está marchitando. Cocine a su gallina más gorda y, cada hora, dele unas cucharadas de caldo, hasta que le regrese el hambre. Yo voy a ponerle unas inyecciones para ayudar a reanimarlo”.
Desde el principio supe que don Ciro no se iba a morir porque en su rostro demacrado sólo percibí los signos de una anemia aguda y en sus latidos fuertes y atropellados la respuesta de un corazón vigoroso a lo que recién había vivido. Sin dirigirle palabra —se mantenía con los ojos cerrados— y convencido de que lo que no mata engorda, cinco tardes continuas fui a inyectarle fuertes dosis de un complejo vitamínico capaz de reavivar hasta a un caballo. “Voltéate, papá, que ya está listo el doctor”, le avisaba su hija, y sólo se removía en la hamaca hasta quedar en posición para que yo le estirara la piel de la nalga y clavara la aguja gruesa por la que, lento, vaciaba el aceite oscuro de una ampolleta.
En el fondo, disfrutaba imaginando el dolor que le causaba el líquido invadiendo su cuerpo. “Sufre —me decía yo en mis adentros—, entre más te duela, más vivo estás”. El sexto día me recibió sentado en su hamaca. “Buenas tardes”, saludé asomándome por la puerta abierta. “Pasa, doctor”, me contestó don Ciro y, por primera vez, escuché su voz suave, como sin fuerza. “Ya como bien, ya no son necesarias tus medicinas”.
No volví a inyectarlo, pero seguí yendo por las tardes a verificar su mejoría, y a continuar una conversación que nos duró meses, años, hasta el día en que abandoné el pueblo. No me contó, ni me atreví a preguntarle, la aventura de su extravío en la montaña: de por sí, saber lo sucedido con su compadre Santiago era asunto con el que lo habían acosado sus familiares y, murmuraban los chicleros, siempre respondió lo mismo: “¡Nos llevó la chingada!”.
Sé que nunca fue mi amigo a pesar de las innumerables sesiones de plática que compartimos esperando el anochecer. Éramos, más bien, una especie de espejos distorsionantes, de esos que engordan o enflaquecen las imágenes, en los que reflejábamos esos otros que también fuimos, recuerdos que repasábamos para olvidarlos en definitiva y evocaciones con las que deseábamos, acaso, hacer viejo el porvenir. Eso sí, no eran charlas de amargados ni rezos de frustraciones. Con la confianza de ser como los astros, cuyas órbitas los acercan antes de separarlos para siempre, entre risas y silencios, ambos desahogamos la memoria, evacuamos la porquería del espíritu y nos regalamos un respiro de aire limpio.


