CLAUDIO OBREGÓN CLAIRIN
En diciembre de 2006, La British Broadcasting Corporation, del Reino Unido, informó que los científicos Sheng He y Yi Jiang, de la Universidad de Minnesota, Estados Unidos (1), mostraron imágenes eróticas a un grupo de voluntarios y observaron que el sistema límbico del cerebro (amígdala y estriado frontal) se estimula al recibir estas imágenes y activa la zona encargada de la supervivencia.
Concluyeron que la lujuria es una conducta que determina la necesidad de perpetuar nuestra especie; de igual manera, determinaron que la gula es un placer básico relacionado con la subsistencia humana.
Continuaron estudiando la conducta humana y descubrieron que la pereza se relaciona con el atávico recuerdo de un periodo de escasez de alimentos que aconteció en una ancestral etapa evolutiva, durante la cual nuestros ancestros vivieron penosas circunstancias que exigían reservar energía para cuando fuera necesario. Según este estudio, nuestra evolución nos ha motivado a reposar.
En 2007, investigadores del Instituto Nacional de Ciencias Radiológicas de Japón realizaron experimentos en los que sometieron a individuos a la lectura de perfiles de personas con los mismos objetivos que los examinados y descubrieron que la envidia, más que un pecado, es un instrumento que tiene el objetivo de estimular la superación.
En 2020, científicos de la Montclair State University, USA, revelaron que algunos sentimientos como la soberbia o la presunción ayudan a los individuos a superarse y se sustentan en la autoestima.
Ese mismo año, en la Universidad de New South Wales, Australia, se llevaron a cabo estudios que demostraron que la ira modera nuestro comportamiento, pues equilibra aquellos sentimientos que nos orillan a guardar silencio respecto a lo que nos molesta y que contenerse puede derivar en desequilibrios orgánicos y enfermedades.
Científicos de la Northwestern University, USA, señalaron que la avaricia se origina en el ámbito de nuestros instintos básicos y en la parte racional de nuestro cerebro.
Los estudios antes mencionados develan escenarios que nos sugieren percibir de manera distinta nuestros actos derivados de nuestras sombras.
Las creencias religiosas han normado y condicionado nuestras conductas durante los últimos siete mil años; sin embargo, los Homo sapiens tenemos aproximadamente 100 mil años con la misma capacidad craneal y, por ende, las mismas actitudes.
Por otra parte, en nuestros soles, el ámbito de “lo sagrado” ha perdido permanencia y sustento a causa de la intensidad del consumo irreflexivo, la usura, la simulación y el permisible cinismo que nos han orillado al riesgo de nuestra desaparición como especie.
Crecemos de manera exponencial y degradamos nuestro planeta a la velocidad del láser. Quienes se preocupan por nuestra emergente situación enarbolan la célebre frase: “Salvemos a la Tierra” y uno se pregunta ¿de quién? Pues… ¡de nosotros mismos!
No todo progreso significa evolución y es una falacia argumentar que se pueda procurar un desarrollo sustentable. Somos todos descendientes de vencedores evolutivos que mostraron tendencia a la depredación.
Desde tiempos sin memoria pétrea, las actividades humanas degradan irremediablemente al medio ambiente. En la Historia Mundial no ha existido una civilización que no haya depredado el ecosistema que le daba sustento y matado a los otros para sobrevivir.
Sería prudente alejarse de los formulismos extremistas para entender de una vez que el asunto no radica en intentar un modelo de desarrollo que respete a la naturaleza, sino conjugar nuestras necesidades con el respeto a los límites que ella misma evidencia.
Somos animales un poco racionales que nos vestimos con las carencias que nos otorgan la simulación y la complaciente complicidad con lo que nos hace daño, precisamente estas características humanas son las que generan un desarrollo involutivo disfrazado de democracia.
Una de las leyes universales es la impermanencia y el problema de Occidente es que sus postulados de interpretación religiosa y socioeconómica nos hacen creer que somos eternos y que nuestro entorno es inmutable.
Una de las nobles verdades de nuestra existencia es la impermanencia como impronta de nuestro destino; recordemos que apenas hace 14 mil años los océanos estaban 100 metros por debajo de su nivel actual y prácticamente la totalidad del hemisferio norte estuvo congelado. En los últimos cuatro mil años los terrícolas han sufrido erupciones volcánicas, periodos de sequías y otros fenómenos naturales que han destruido algunas de las más prestigiosas civilizaciones.
Hoy el punto a discutir es el macroeconómico y el comercio mundial. Transitamos de un modelo bipolar a uno tripolar en el que China, USA y Rusia se están dividiendo al mundo en función de sus intereses comerciales. Pero hay una variable que no es tomada en consideración: nuestro modelo globalizado de consumo es erróneo y contraproducente.
Con la producción industrial y el consumo irreflexivo consideramos que generamos riqueza, pero en realidad estamos produciendo escasez.
Los países más contaminantes del planeta son también las economías con mayor crecimiento y endeudamiento. Libran una tenebrosa batalla monetaria de funestas y previsibles consecuencias, producen artículos de consumo que rápidamente se desechan, generan basura, destruyen sus ecosistemas —y los ajenos—, incitan a seguir hábitos aspiracionales relacionados con la simulación de un status de bienestar.
Para entender nuestro tiempo es preciso comprender que las potencias mundiales y los intereses macroeconómicos apuestan a la catástrofe y a la desaparición de una buena parte de la humanidad, esa es la realidad que pasa desapercibida en el conjuro cotidiano de nuestras angustias.
El hecho de que la condición humana nos conduzca a la incongruencia y a la simulación no significa que debamos aceptar este derrotero como único estilo de vida.
La felicidad y el equilibrio social están intrínsecamente relacionados con la intensidad de nuestros deseos, con la interpretación honesta y objetiva de la realidad, es así como logramos transfigurarla y dirigirla.
Una transformación social inicia reconociendo nuestras virtudes, nuestros desatinos y actuando en nuestro primer círculo de influencia de manera crítica, propositiva y congruente con lo que postulan nuestras más nobles intenciones.
Esa sería una propositiva actitud de transfiguración social consciente de la impermanencia; sin embargo, reconociendo nuestra fragilidad delante a las emociones primarias, reflexionando las conclusiones de los estudios científicos arriba mencionados y observando mi rostro en un espejo de obsidiana, dibujo la certeza de que somos un suspiro evolutivo que adquirió consciencia y en el silencio profundo, me percato que hacer el bien y procurar la equidad es lo deseable… hacer lo contrario, es lo normal.
(1) https://www.eurekalert.org/news-releases/612511
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