8 agosto, 2026

VIH: cuatro décadas de una epidemia que no termina

Lo que en 1983 llegó como una enfermedad desconocida y mortal se transformó, gracias a la ciencia, en un padecimiento controlable; sin embargo, la desigualdad, la desinformación y los diagnósticos tardíos mantienen a la Península entre las regiones más afectadas del país

Eduardo May

Hace poco más de cuatro décadas, una enfermedad desconocida irrumpió silenciosamente en Yucatán. Los primeros pacientes llegaron a los hospitales cuando aún no existían tratamientos eficaces y poco se sabía sobre las formas de transmisión de un virus que muy pronto sembraría miedo, estigma y desinformación. Lo que comenzó como un puñado de casos aislados terminaría por convertirse en uno de los mayores desafíos sanitarios de finales del siglo XX y principios del XXI.

Desde entonces, la investigación científica, los avances médicos y las políticas públicas transformaron el panorama. Hoy, vivir con VIH ya no significa una sentencia de muerte, pero la epidemia sigue lejos de desaparecer. La Península de Yucatán continúa entre las regiones con mayor incidencia del país y enfrenta retos como el diagnóstico oportuno, el combate al estigma y la atención de comunidades vulnerables. A cuatro décadas de aquellos primeros casos, este reportaje reconstruye cómo llegó el virus a la región, cómo evolucionó y cuáles son los desafíos que aún persisten.

Los primeros casos en Yucatán

Los dos primeros casos de sida identificados en Yucatán y en México fueron detectados durante el verano de 1983 por el doctor Hugo Cabrera Bastarrachea, con el apoyo del Centro de Investigaciones Regionales “Dr. Hideyo Noguchi” de la Universidad Autónoma de Yucatán. Dos años antes, investigadores de Estados Unidos habían descrito por primera vez esta extraña enfermedad.

El síndrome de inmunodeficiencia adquirida tuvo sus primeras manifestaciones en la entidad y fue hasta 1984 cuando se certificó el primer fallecimiento en Mérida. La víctima fue un hombre de 43 años. A partir de entonces comenzaron a aparecer nuevos casos y la sociedad yucateca reaccionó con temor y desinformación. En aquellos años no existían tratamientos eficaces ni se conocían plenamente los mecanismos de transmisión del virus.

La enfermedad pronto se convirtió en un estigma. En sus primeros años afectó principalmente a hombres homosexuales, circunstancia que alimentó prejuicios y discriminación. Las leyendas urbanas y el tratamiento sensacionalista de numerosos medios de comunicación difundieron información falsa y reforzaron los estigmas contra la comunidad homosexual, históricamente objeto de discriminación.

La irrupción del sida obligó a la comunidad médica internacional a buscar respuestas urgentes. En Yucatán, la muerte de figuras del ámbito artístico, cultural, empresarial y político, atribuida muchas veces a enfermedades no precisadas, alimentaba rumores que bastaban para señalar a las víctimas como homosexuales.

Años antes, la Universidad Autónoma de Yucatán había realizado un estudio psicológico entre estudiantes de una de sus preparatorias. El 76 por ciento de los alumnos encuestados afirmó haber tenido alguna relación homosexual durante la adolescencia. La institución decidió mantener esos resultados bajo reserva para evitar interpretaciones tendenciosas y su utilización con fines sensacionalistas.

Durante 1984 no se registraron nuevos reportes oficiales en la región, lo que generó incertidumbre sobre la verdadera dimensión del problema. Sin embargo, especialistas del Centro de Investigaciones Regionales “Dr. Hideyo Noguchi” iniciaron los primeros estudios clínicos relacionados con la enfermedad, aportaciones que colocaron al centro entre los pioneros en el estudio del VIH en México.

Poco después comenzaron a detectarse contagios en Campeche y Quintana Roo, estados que entonces contaban con infraestructura hospitalaria limitada y carecían de protocolos adecuados en los bancos de sangre para identificar unidades potencialmente contaminadas.

Los primeros estudios sistemáticos dirigidos a grupos específicos de la población yucateca comenzaron entre 1985 y 1986 con el propósito de detectar anticuerpos contra el virus en sectores considerados de mayor riesgo. Al mismo tiempo, centros de investigación de Estados Unidos, Alemania y Japón profundizaban en el conocimiento de los mecanismos de transmisión y evolución de la enfermedad.

Cuando el mundo descubrió el sida

El 5 de junio de 1981, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos emitieron la primera alerta sobre cinco casos de una extraña neumonía detectada en hombres homosexuales previamente sanos, atendidos en Los Ángeles.

Meses después comenzaron a documentarse nuevos casos de sarcoma de Kaposi e infecciones oportunistas en hombres con características similares en California y Nueva York. Aquella enfermedad, de evolución rápida y elevada mortalidad, pronto empezó a detectarse también en otros países.

La difusión de estos primeros hallazgos atrajo rápidamente la atención de la prensa estadounidense. Periódicos como Los Angeles Times y San Francisco Chronicle comenzaron a informar sobre una enfermedad hasta entonces desconocida, mientras los CDC continuaban recibiendo reportes de neumonía e infecciones oportunistas, entre ellas el sarcoma de Kaposi, un tipo poco común de cáncer que afectaba principalmente a hombres homosexuales.

Ante el incremento sostenido de casos, las autoridades sanitarias estadounidenses constituyeron el Grupo de Trabajo sobre Sarcoma de Kaposi y Otras Infecciones Oportunistas para identificar los factores de riesgo, establecer criterios diagnósticos y elaborar una definición clínica uniforme que permitiera dar seguimiento a la enfermedad.

En España, el primer caso confirmado correspondió a un hombre de 35 años que ingresó en octubre de 1981 al Hospital Vall d’Hebron con sarcoma de Kaposi e infección intracerebral. Los especialistas concluyeron que presentaba el mismo cuadro clínico observado previamente en Estados Unidos.

A medida que aumentaban los diagnósticos también crecían el miedo y el rechazo. Numerosos medios comenzaron a llamarla “cáncer gay” o “cáncer rosa”, al relacionarla exclusivamente con hombres homosexuales. Poco después también se diagnosticaron casos entre personas usuarias de drogas inyectables y pacientes con hemofilia.

En México, especialistas en infectología, hematología y otras disciplinas iniciaron investigaciones para comprender el comportamiento del virus. Diversos estudios sostienen que el subtipo B del VIH-1 llegó al continente americano a través de Haití, tras el regreso de trabajadores que habían participado en proyectos de la Unesco en el entonces Congo.

Posteriormente, ese subtipo viral se propagó hacia Estados Unidos y desde ahí a otros países. En México, el primer caso registrado se documentó en 1983, cuando una persona procedente de Los Ángeles presentó síntomas compatibles con la enfermedad.

La expansión inicial del VIH estuvo marcada por el desconocimiento de sus mecanismos de transmisión y por la estigmatización de los grupos afectados. La magnitud de la epidemia impulsó posteriormente la creación de ONUSIDA, organismo de las Naciones Unidas encargado de coordinar la respuesta internacional frente al VIH.

Comenzaba así una de las mayores crisis sanitarias y sociales de la segunda mitad del siglo XX.

Yucatán comienza a investigar

Mientras el VIH comenzaba a extenderse por distintos países, Yucatán se convirtió en uno de los primeros estados mexicanos en desarrollar investigaciones científicas sobre la nueva enfermedad. Los trabajos encabezados por especialistas de la Universidad Autónoma de Yucatán y del Centro de Investigaciones Regionales “Dr. Hideyo Noguchi” documentaron la evolución de la epidemia en la entidad y sentaron las bases del conocimiento epidemiológico del virus en la región.

La primera publicación científica sobre el VIH realizada en Yucatán apareció en 1985. Encabezado por Renán Góngora-Biachi y un grupo de investigadores de la UADY, el trabajo La epidemia del VIH y el sida en Yucatán, México: un enfoque basado en la investigación (1985-2004). Contribución de la UADY a la Medicina reunió los principales estudios desarrollados en el estado sobre la infección y su comportamiento epidemiológico.

Las primeras investigaciones se concentraron en grupos considerados de mayor riesgo. Entre septiembre de 1985 y octubre de 1986 fueron estudiados 61 hombres homosexuales residentes en Mérida. Quince presentaron anticuerpos contra el Virus de la Inmunodeficiencia Humana (VIH), equivalente al 24.6 por ciento de la muestra. Los investigadores observaron que la mayoría pertenecía a niveles socioeconómicos medio y alto y que varios mantenían antecedentes de relaciones sexuales con personas extranjeras.

El análisis clínico permitió clasificar a dos pacientes como asintomáticos, seis con linfoadenopatía generalizada y trece con manifestaciones compatibles con sida. Los especialistas concluyeron que la presencia del virus en Yucatán probablemente había comenzado varios años antes de detectarse oficialmente los primeros casos.

También determinaron que durante 1985 y 1986 predominaba un patrón de transmisión asociado con casos importados, de acuerdo con la clasificación de la Organización Mundial de la Salud. Estudios posteriores demostraron que, a partir de 1988, la transmisión comenzó a sostenerse principalmente mediante contagios locales relacionados con relaciones homosexuales y bisexuales.

Las investigaciones también se extendieron hacia otros grupos de población. Entre febrero y agosto de 1986 se realizó el primer estudio epidemiológico entre 112 mujeres dedicadas al trabajo sexual en Mérida. Sólo una presentó evidencia de infección por VIH, equivalente a una prevalencia de 0.8 por ciento.

Entre 1987 y 1992, un seguimiento a 543 trabajadoras sexuales residentes en zonas urbanas y rurales identificó únicamente dos casos positivos de VIH-1. En contraste, los investigadores detectaron una presencia considerablemente mayor del retrovirus HTLV-II, ampliando el conocimiento sobre otras infecciones virales presentes en la región.

Los bancos de sangre también fueron objeto de vigilancia permanente. Un estudio centinela realizado entre 1989 y 1990 analizó 26 mil 865 donadores voluntarios y familiares y encontró una prevalencia de VIH-1 de apenas 0.09 por ciento. Años más tarde, el Centro Estatal de la Transfusión Sanguínea reportó una prevalencia de 0.15 por ciento entre los donadores, mientras que una evaluación practicada en pacientes politransfundidos no encontró evidencia de infección por VIH.

Otro estudio desarrollado entre septiembre de 1989 y mayo de 1990 en una clínica de planificación familiar de Mérida detectó tres mujeres con anticuerpos contra el virus entre 798 participantes. En los tres casos existía el antecedente de relaciones bisexuales por parte de sus parejas, una evidencia temprana de que la transmisión heterosexual comenzaba a adquirir mayor relevancia.

Las investigaciones también evidenciaron que el desconocimiento sobre la enfermedad persistía incluso después de varios años de campañas informativas. Estudios realizados entre 1999 y 2000 concluyeron que tanto en Mérida como en comunidades rurales aún existían importantes deficiencias en el conocimiento sobre las formas de transmisión y prevención del VIH.

En Quintana Roo, entre agosto de 1987 y febrero de 1988 fueron estudiados 60 hombres homosexuales residentes en Cancún. Seis presentaron anticuerpos contra el VIH, equivalente al 10 por ciento de la muestra. Aunque la prevalencia era menor que la observada en otras ciudades mexicanas, los investigadores advirtieron que el crecimiento demográfico y la intensa movilidad poblacional convertían al norte del estado en una zona de especial vigilancia epidemiológica.

En Campeche, la información científica disponible sobre los primeros años de la epidemia es más limitada. Los registros documentan los primeros casos positivos en 1984 y reportan tres fallecimientos relacionados con el VIH durante 1985, cifras que reflejaban el rápido avance inicial de la enfermedad en la entidad.

Del miedo a los tratamientos

Durante los primeros años de la epidemia predominó el desconocimiento. Como la mayoría de los primeros casos fueron identificados entre hombres homosexuales, se difundió la falsa creencia de que el VIH afectaba exclusivamente a ese sector de la población. Esa percepción alimentó el miedo, la discriminación y numerosas interpretaciones erróneas sobre el origen y la transmisión de la enfermedad.

Las investigaciones científicas modificaron rápidamente ese panorama. Muy pronto se comprobó que el virus podía transmitirse mediante relaciones sexuales sin protección, transfusiones de sangre, trasplantes de órganos y de madre a hijo durante el embarazo, el parto o la lactancia. Estos descubrimientos impulsaron nuevas medidas de seguridad en los sistemas de salud y reformas orientadas a proteger los derechos de las personas que vivían con VIH.

Conforme aumentaba el conocimiento sobre el virus también avanzaba la búsqueda de tratamientos eficaces. En 1985 los investigadores identificaron plenamente al VIH como el agente causante del sida y comenzaron a desarrollarse los primeros medicamentos dirigidos específicamente a combatir la infección.

El primer gran avance llegó en 1987 con la aprobación de la zidovudina (AZT), el primer fármaco antirretroviral utilizado contra el VIH. Aunque sus resultados todavía eran limitados y sus efectos secundarios importantes, marcó un punto de inflexión al demostrar que era posible retrasar la progresión de la enfermedad.

La verdadera transformación ocurrió durante la década de los noventa. En 1996 comenzaron a utilizarse combinaciones de medicamentos antirretrovirales capaces de bloquear la reproducción del virus mediante distintos mecanismos de acción. Estas terapias redujeron drásticamente la mortalidad y transformaron el VIH en un padecimiento crónico controlable mediante tratamiento continuo.

México incorporó progresivamente estos avances a su sistema de salud. Desde 2003, el tratamiento antirretroviral se proporciona de manera gratuita a todas las personas diagnosticadas con VIH, política que ha contribuido a reducir las defunciones asociadas con la enfermedad y mejorar la calidad de vida de los pacientes.

Los esquemas terapéuticos actuales han simplificado considerablemente la atención médica. Muchos pacientes reciben hoy una sola tableta diaria que combina varios antirretrovirales, lo que facilita el apego al tratamiento y permite mantener la carga viral en niveles indetectables.

Otro de los grandes logros fue prácticamente eliminar la transmisión del VIH mediante transfusiones de sangre gracias a la aplicación obligatoria de pruebas de detección y al fortalecimiento de los protocolos de seguridad transfusional.

Como parte de las estrategias de prevención, México incorporó la profilaxis preexposición (PrEP), cuya eficacia supera el 95 por ciento cuando se utiliza correctamente, además de la profilaxis posexposición (PEP) para personas con riesgo reciente de infección y pruebas rápidas de autodiagnóstico que favorecen la detección temprana.

La pandemia de COVID-19 afectó temporalmente la respuesta frente al VIH al reducir recursos y limitar el acceso a diversos servicios especializados. Actualmente, uno de los principales objetivos es alcanzar las metas internacionales 95-95-95 antes de 2030.

¿El VIH sólo afectó a los homosexuales?

La epidemia del VIH nunca se limitó a una sola población. Aunque los primeros casos documentados se concentraron entre hombres homosexuales, con el paso del tiempo quedó demostrado que el virus afecta a personas de cualquier sexo, orientación sexual o condición social.

Actualmente, la Península de Yucatán registra algunas de las tasas de incidencia de VIH más elevadas del país. De acuerdo con el Sistema Nacional de Vigilancia Epidemiológica (Sinave), la epidemia continúa concentrándose principalmente en hombres; sin embargo, entre 15 y 20 por ciento de las personas diagnosticadas en la región son mujeres, en su mayoría contagiadas mediante transmisión heterosexual.

Las estadísticas correspondientes a 2025 indican que en Yucatán se notificaron 34 mujeres con diagnóstico de VIH dentro de un total de 327 nuevos casos registrados hasta el corte más reciente. En el cierre anual previo, la entidad acumuló 73 mujeres diagnosticadas entre 567 nuevos casos.

Quintana Roo mantiene la tasa de incidencia más alta del país. Durante la primera mitad de 2025 registró más de 500 nuevos diagnósticos; se estima que las mujeres representan alrededor del 15 por ciento de esos casos, particularmente en municipios turísticos y zonas costeras.

En Campeche, aunque el número de casos continúa siendo menor, durante el mismo periodo se registraron 11 mujeres diagnosticadas entre 72 nuevos casos.

Entre los principales factores de vulnerabilidad destaca la transmisión dentro de la pareja. Una parte importante de las mujeres diagnosticadas corresponde a amas de casa que adquirieron el virus a través de sus parejas estables. El grupo de mayor incidencia se concentra entre los 15 y los 29 años de edad, aunque también se ha observado un aumento entre mujeres mayores de 60 años.

Uno de los principales retos consiste en eliminar la transmisión perinatal mediante la aplicación de pruebas rápidas durante el embarazo. Las instituciones públicas de salud también ofrecen pruebas gratuitas de detección y tratamientos preventivos como la profilaxis preexposición (PrEP) y la profilaxis posexposición (PEP).

Con el paso de los años, la epidemia también evidenció el crecimiento de la transmisión heterosexual y el impacto del VIH entre las mujeres.

Cuatro décadas después…

Cuarenta años después de la aparición de los primeros casos de VIH en la Península de Yucatán, el panorama es muy distinto al de los años ochenta. Los avances científicos transformaron una enfermedad que durante décadas fue prácticamente una sentencia de muerte en un padecimiento crónico que puede mantenerse bajo control mediante tratamiento oportuno.

Las campañas de prevención, la disponibilidad de pruebas diagnósticas y el acceso gratuito a los medicamentos antirretrovirales han mejorado la calidad y la expectativa de vida de miles de personas. Sin embargo, la epidemia continúa representando uno de los principales desafíos de salud pública en la región.

De acuerdo con cifras oficiales, durante las últimas cuatro décadas alrededor de 7 mil 800 personas han fallecido por causas relacionadas con el VIH en Yucatán, Campeche y Quintana Roo. En conjunto, los tres estados acumulan aproximadamente 14 mil casos registrados desde el inicio de la epidemia.

Tan sólo durante el primer semestre de 2026, la Península de Yucatán acumuló al menos 914 nuevos diagnósticos, de acuerdo con cifras preliminares del Sistema Nacional de Vigilancia Epidemiológica (Sinave). Quintana Roo concentró alrededor de 515 casos; Yucatán, 327, y Campeche entre 72 y 75, lo que confirma que la transmisión del virus continúa activa en la región. 

Entre las defunciones acumuladas figuran 42 menores de edad, la mayoría contagiados por transmisión perinatal durante el embarazo, el parto o la lactancia.

A pesar de los avances alcanzados, Quintana Roo continúa registrando una de las tasas de incidencia más altas del país, mientras Yucatán permanece entre las entidades con mayor número de casos activos, situación que mantiene a la Península como una de las regiones prioritarias para las estrategias nacionales de prevención y control del VIH.

Para Pablo Alemán Góngora, presidente de la Red de Personas Afectadas por VIH (Repavih) A.C., la evolución de la epidemia también puede medirse desde la experiencia cotidiana de quienes viven con el virus.

Desde hace 24 años, la organización realiza pruebas gratuitas de detección, talleres de prevención, acompañamiento psicológico y vinculación con los servicios de salud. Esa experiencia, afirma, demuestra que la coordinación entre autoridades sanitarias y organizaciones civiles ha sido determinante para reducir nuevos contagios y mejorar el acceso al tratamiento.

Alemán Góngora considera que las metas planteadas por la Secretaría de Salud para contener la epidemia antes de 2030 son alcanzables si se fortalecen las acciones preventivas y se mantiene el trabajo conjunto entre instituciones públicas y sociedad civil. A su juicio, la prevención sostenida continúa siendo la herramienta más eficaz para contener el avance del VIH.

¿Y ahora, hacia dónde?

Superada la etapa de mayor incertidumbre científica, el principal desafío ya no consiste únicamente en desarrollar nuevos tratamientos, sino en garantizar el acceso oportuno al diagnóstico, la atención médica y las herramientas de prevención.

Los avances científicos han cambiado radicalmente el pronóstico de la enfermedad. Actualmente, una persona con VIH que recibe tratamiento de manera constante puede alcanzar una expectativa de vida comparable con la de la población general y reducir su carga viral hasta niveles indetectables, disminuyendo significativamente el riesgo de transmisión.

Sin embargo, la epidemia continúa estrechamente vinculada con factores sociales que van más allá del ámbito médico. La desigualdad, la movilidad poblacional, la falta de información, el estigma y las dificultades para acceder a los servicios de salud siguen favoreciendo nuevos contagios y retrasando el diagnóstico.

La Península de Yucatán refleja con claridad ese panorama. Quintana Roo mantiene desde hace varios años una de las tasas de incidencia más elevadas del país, situación asociada con la intensa actividad turística, la constante migración y la concentración de población joven. Yucatán y Campeche también continúan registrando un crecimiento sostenido en el número de nuevos diagnósticos, lo que mantiene a la región bajo especial vigilancia epidemiológica.

Desde que fue confirmado el primer caso en México, en 1983, el país ha acumulado cientos de miles de diagnósticos de VIH y más de un centenar de miles de defunciones relacionadas con enfermedades oportunistas. Aunque la mortalidad ha disminuido de manera importante gracias a los tratamientos antirretrovirales, el virus continúa representando uno de los principales retos para el sistema nacional de salud.

El siguiente desafío ya no depende exclusivamente de la investigación científica. Requiere fortalecer las políticas públicas de prevención, ampliar la cobertura de los servicios médicos y reducir las barreras sociales que todavía impiden a miles de personas realizarse una prueba de detección o iniciar oportunamente su tratamiento.

Los retos pendientes

A pesar de los avances científicos, el VIH continúa representando uno de los principales desafíos para los sistemas públicos de salud. El acceso universal al tratamiento antirretroviral ha permitido reducir la mortalidad y mejorar la calidad de vida de miles de personas, pero también implica un esfuerzo financiero permanente para las instituciones encargadas de brindar atención médica.

En México, el tratamiento es proporcionado de manera gratuita por el Centro Nacional para la Prevención y el Control del VIH y el Sida (Censida), así como por instituciones públicas como el IMSS, el ISSSTE y el IMSS-Bienestar.

La atención integral de una persona que vive con VIH comprende medicamentos antirretrovirales, consultas médicas especializadas, estudios periódicos de carga viral y conteo de linfocitos CD4, además del tratamiento de infecciones oportunistas. El costo anual por paciente puede oscilar entre 14 mil y 45 mil pesos en esquemas terapéuticos de primera línea, aunque aumenta considerablemente cuando se requieren hospitalizaciones o tratamientos de rescate.

En la Península de Yucatán, donde miles de personas reciben atención permanente, este gasto representa una presión creciente para los presupuestos de salud. Especialistas advierten que, si no se fortalecen las estrategias de prevención, la región podría seguir registrando entre mil 500 y 2 mil 500 nuevos casos cada año. 

Sin embargo, el desafío trasciende el aspecto financiero. El estigma continúa siendo uno de los principales obstáculos para controlar la epidemia. Muchas personas retrasan la realización de una prueba o abandonan su tratamiento por temor al rechazo familiar, laboral o social. La discriminación sigue afectando de manera particular a hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres, mujeres transgénero, personas dedicadas al trabajo sexual y otros grupos históricamente vulnerables.

A ello se suman las dificultades que enfrentan numerosas comunidades rurales de Yucatán, Campeche y Quintana Roo. La distancia respecto de los centros especializados, la escasez de información preventiva en lengua maya y el temor a la estigmatización continúan favoreciendo diagnósticos tardíos y limitando el acceso oportuno a los servicios de salud.

Las organizaciones de la sociedad civil también enfrentan nuevos retos. Durante décadas desempeñaron un papel fundamental en la detección comunitaria, la educación preventiva y el acompañamiento de las personas diagnosticadas; sin embargo, la disminución de recursos públicos ha reducido su presencia, particularmente en municipios alejados de las capitales estatales.

Frente a este panorama, especialistas consideran prioritario fortalecer la prevención comunitaria, ampliar el acceso a la profilaxis preexposición (PrEP) y a la profilaxis posexposición (PEP), descentralizar la entrega de medicamentos e incorporar materiales informativos con pertinencia lingüística y cultural para las comunidades mayahablantes.

También plantean reforzar la capacitación del personal sanitario para eliminar prácticas discriminatorias y garantizar una atención libre de estigmas, además de fortalecer la colaboración con las organizaciones civiles que históricamente han acompañado la respuesta frente al VIH en la Península.

El VIH continúa siendo uno de los principales problemas de salud pública a nivel mundial. Desde el comienzo de la epidemia, alrededor de 40 millones de personas han fallecido por causas relacionadas con el sida y actualmente cerca de 40 millones viven con el virus. Cada año se registran aproximadamente 1.3 millones de nuevas infecciones y alrededor de 630 mil personas continúan muriendo por enfermedades asociadas al VIH.

Los mayores desafíos persisten en África subsahariana, donde se concentra cerca de la mitad de las nuevas infecciones. En América Latina viven alrededor de 2.3 millones de personas con VIH, mientras que en México el reto continúa siendo evitar nuevos contagios y lograr que todas las personas conozcan su diagnóstico, inicien tratamiento oportunamente y permanezcan vinculadas al sistema de salud.

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Hace poco más de cuarenta años, el VIH irrumpió envuelto en incertidumbre, miedo y desinformación. Desde entonces, la ciencia transformó radicalmente el pronóstico de una enfermedad que durante mucho tiempo fue considerada una sentencia de muerte.

Hoy, los tratamientos permiten que millones de personas vivan durante décadas con buena calidad de vida y reduzcan prácticamente a cero el riesgo de transmitir el virus cuando mantienen una carga viral indetectable. 

Sin embargo, los avances médicos, por sí solos, no bastan: mientras persistan el estigma, las desigualdades en el acceso a los servicios de salud y los diagnósticos tardíos, el VIH continuará representando un desafío para la Península de Yucatán y para el resto del país.

La historia demuestra que la respuesta frente al VIH exige también información basada en evidencia científica, políticas públicas sostenidas, prevención permanente y una sociedad capaz de sustituir los prejuicios por conocimiento y solidaridad.

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