8 agosto, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

Durante los últimos meses he estado revisando y corrigiendo un largo relato que escribí en los talleres de la Academia Literaria de Campeche. A más de una década de distancia, me he encontrado con un texto casi desconocido: si bien recuerdo los argumentos y los personajes, la redacción me resulta lo bastante lejana para examinarla desde la perspectiva de un lector externo.

He contado que llegué a la Academia por equivocación: yo pensaba que la crónica y el ensayo serían de los géneros a trabajar y resultó que no. En la primera sesión, Jorge Volpi estableció que se trataba de hacer narrativa de ficción, por lo que tendríamos que concentrarnos en escribir cuento o novela. En aquel momento, la presencia de Volpi en   Campeche me pareció extraordinaria y no quise desperdiciar la oportunidad de ser uno de sus alumnos. Y acepté el reto de “ficcionar”, aunque mi interés era menos literario y más académico.

Muchos años antes, en una plática de café que se prolongó hasta entrada la madrugada, un grupo de amigos habíamos ideado la historia de un personaje épico, un rebelde estrafalario que, en pos de sus ideales, se internaba en la selva del sureste mexicano con el propósito de hacer “la revolución”. Luego de diversos y divertidos incidentes en su campaña insurgente, Ché Dóctor, nombre de nuestro héroe, se convertía en una celebridad mundial y, finalmente, renunciaba a sus principios, era “asimilado por la sociedad de consumo” y su imagen se convertía en un exitoso producto mercadológico. Desde luego que no desarrollamos aquella historia y, después de varios años, la realidad terminó pareciéndose, en algunos aspectos, a aquella ficción cuando apareció el Subcomandante Marcos.

En la urgencia de encontrar un relato que justificara mi permanencia en la Academia, decidí emprender una narración que transcurriera en el monte, en especial, en la zona que en Campeche conocemos como La Montaña. Entregué a Volpi un cuento que narra una tragedia (La aguada) y, a partir de eso, comencé a escribir historias que fueron dando cuerpo a una narración mayor. Me apoyé, claro, en las enseñanzas de los instructores que mes a mes y durante dos años nos acompañaron, hasta tener un texto del que Martín Solares, Coordinador del segundo año de la Academia, escribió en el prólogo de Los misterios de Campeche (2016): “Inosente Alcudia terminó su muy esperada novela, La tumba de la montaña: un texto casi orgánico, animado por una prosa poética capaz de retratar las aventuras de una serie de personajes caribeños. En esta narración de Inosente, la verdadera protagonista es una prosa rica en recursos literarios, que avanza con seguridad y encanto inusual. La prosa de este narrador tiene un objetivo secreto: darle a la riquísima selva campechana un equivalente literario”.

Releer los borradores de esta “esperada novela” ha sido una efectiva terapia ocupacional y una acción evasiva a los atentados de la realidad. Me ha resultado entretenido corregir al redactor que fui y el lector que soy critica sin piedad al aprendiz de escritor del pasado. He encontrado diagramas, descripciones exhaustivas de personajes, genealogías, mapas, calendarios… hallazgos que me han hecho pensar en las vicisitudes que enfrentaban los aspirantes a narradores cuando escribíamos con los diccionarios junto a nosotros, y revisábamos las enciclopedias en un esfuerzo artesanal para dar cauce a la fantasía. En estos años, pues, no sólo cambió la tecnología, sino que también se transformó el escritor de aquellos relatos. La corrección del manuscrito se ha convertido, así, en la confrontación de dos versiones de uno mismo.

Los textos que estoy revisando (y publicando) no pertenecen a eso que llaman “novela wikipédica”, construida a partir de búsquedas en Google y redactadas con el auxilio de IA. Al contrario, la experiencia personal y la investigación bibliográfica fueron la materia prima, aderezada con la crítica de mis compañeros de taller. Eso sí, gracias a Daniel, ChatGPT se ha convertido en ese interlocutor que hoy ocupa los antiguos asientos de esos compañeros. Todavía no he leído reflexiones suficientes sobre la relación entre la creación literaria y la inteligencia artificial, pero más temprano que tarde tendremos que ocuparnos de una interacción que parece inevitable: la de la imaginación y los algoritmos.

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