WILMA, 20 AÑOS: ¿LECCIÓN APRENDIDA?
18 Oct. 2025
A dos décadas de su paso devastador, la memoria del huracán más poderoso que se haya abatido sobre el Caribe mexicano obliga a preguntarse si Quintana Roo — con más población, construcciones irregulares, playas erosionadas y manglares reducidos — cuenta hoy con los recursos y coordinación necesarios para enfrentar un fenómeno similar
SALVADOR CANTO / EQUIPO DE INVESTIGACIÓN DE EL DESPERTADOR
Ya son veinte años desde aquella noche en que el cielo se rompió sobre Quintana Roo. El viento rugía con furia inusitada, las olas golpeaban los hoteles como si fueran de papel, y la ciudad más joven de México descubría, de pronto, su fragilidad. Era octubre de 2005 cuando el huracán Wilma se estacionó durante más de 60 horas, descargando su furia sobre Cancún, afectando a su paso Cozumel, Playa del Carmen, Tulum, Puerto Morelos, Isla Mujeres y Holbox.
En esas interminables horas, las playas de Cancún desaparecieron, muchos hoteles quedaron destruidos, el agua inundó las calles y el paraíso turístico que el mundo admiraba se transformó en un paisaje de ruinas. Wilma borró fronteras entre el mar y la tierra, y dejó una cicatriz en la memoria colectiva del Caribe mexicano.

A dos décadas, muchos de quienes lo vivieron aún tiemblan al recordarlo. Algunos lo describen como una batalla; otros, como una lección de humildad frente a la naturaleza. Para otros, fue un punto de quiebre: el antes y el después de Cancún y de todo Quintana Roo. Pero más allá del recuerdo, la pregunta resuena con fuerza: ¿estamos preparados para enfrentar otro Wilma?
En 2005, Cancún tenía poco más de 600 mil habitantes; hoy la cifra prácticamente se duplica, con una densidad urbana, turística y hotelera mucho mayor. La infraestructura ha crecido, pero también la vulnerabilidad: los asentamientos irregulares se han multiplicado, al igual que las construcciones turísticas a pie de costa que rebasan la altura del dosel de la selva, la erosión de las playas avanza, los manglares retroceden y las tormentas son cada vez más intensas.
¿Existen fondos de respuesta inmediata? ¿Los refugios y albergues pueden proteger a la misma cantidad de personas —y a miles de turistas— que llegarían en un nuevo escenario de emergencia? ¿Hay suficiente abasto de agua, energía eléctrica, infraestructura médica y coordinación civil y hotelera para una crisis de esa magnitud? ¿En qué momento se tendría que hacer la declaratoria de emergencia para hacer efectivos los seguros y aportaciones para la recuperación?
Esas interrogantes deben ser analizadas a profundidad y con responsabilidad, tanto por las autoridades como por la iniciativa privada y los propios ciudadanos.
En 2005, algunos hoteles, como Le Meridien, resistieron gracias a sus propias plantas eléctricas, mientras la ciudad quedaba a oscuras. Hoy, muchos complejos turísticos no han actualizado sus seguros, otros ni siquiera lo poseen y a pesar de ello, fungen como “padrinos” de escuelas asignadas como refugios anticiclónicos, lo que les garantiza prioridad para salvaguardar a sus huéspedes. El reto de la coordinación entre el sector privado, Protección Civil y los tres niveles de gobierno sigue siendo clave para evitar el caos social que puede derivar de la devastación.
Dos décadas después, Wilma es más que un recuerdo: es una advertencia. Es una historia de caos y de la resiliencia de un pueblo que se levantó entre ruinas… pero también de un estado que debe preguntarse si aprendió realmente la lección que el viento dejó escrita en sus costas.
Mara Lezama recuerda
En entrevista exclusiva con El Despertador de Quintana Roo, la gobernadora Mara Lezama Espinosa recuerda aquellos días con la intensidad de quien vivió el fenómeno de frente, como ciudadana, comunicadora y madre de una bebé de apenas un año.

“Lo viví con mi hija chiquita, con la angustia de cualquier mamá y ciudadana, preguntándome qué iba a pasar. Pero también con la certeza de la cultura de prevención que tenemos en Quintana Roo”, relata. En aquel entonces, Mara laboraba en la radio, siguiendo de cerca la evolución de la tormenta y participando en entrevistas con el entonces presidente municipal, Francisco Alor. Cada comunicación era vital, cada alerta, crucial.
“Salimos y vimos la devastación. Los hoteles, las fachadas, las calles inundadas, los escombros por todos lados… era impresionante. El auto de mi marido quedó completamente picado por los objetos que caían desde los pisos superiores. Pero también fue conmovedor ver la solidaridad, cómo nos unimos para salir adelante”, recuerda.
Considera que Wilma dejó un aprendizaje profundo: “Nos enseñó a estar atentos todos los días, a dialogar con nuestras hijas y nuestros hijos sobre los riesgos, y a valorar la resiliencia, la empatía y la compasión que surgen en los momentos más difíciles”.
Esa misma cultura de cuidado y preparación, explica la gobernadora, define a Quintana Roo: un estado de gente trabajadora, con experiencia en fenómenos naturales y un compromiso con la prevención. “Tenemos la Triple A —Atentos, Alerta y A Salvo—. Aunque el fenómeno esté lejano, informamos con claridad y oportunidad sobre los riesgos, porque lo más importante es proteger la vida y el patrimonio de las familias”.
El aprendizaje de Wilma también impulsó avances tecnológicos. El estado cuenta ahora con un centro de monitoreo del sargazo que se adaptará para funcionar como centro meteorológico. “Contamos con satélites y una colaboración estrecha con todas las dependencias del gobierno para monitorear cualquier fenómeno. Estamos trabajando en un proyecto para ampliar este centro con agencias europeas, para observar los mares, corrientes y la atmósfera, y así contar con información más precisa”, explica.
Quintana Roo, dice Mara Lezama, se levantó como un gigante tras Wilma y sigue haciéndolo cada día: “La gran enseñanza es que siempre debemos estar preparados, prevenir y cuidar a nuestra gente. La naturaleza es poderosa, pero la solidaridad y la preparación nos hacen invencibles”.
Comunicación efectiva y solidaridad ciudadana: el legado de Wilma

Félix González Canto, a quien le correspondió, como gobernador, afrontar el embate de Wilma, recordó la importancia de la comunicación y la coordinación durante la emergencia. En entrevista, destacó la labor del director de El Despertador, Rangel Rosado, quien formaba parte del equipo de difusión del gobierno en el 2005. “Su trabajo permitió mantener una comunicación clara y constante con la prensa, lo que fue fundamental para alertar a la población y coordinar acciones que salvaron muchas vidas”, expresó.

Y añadió: “el mérito es de los medios de comunicación de Quintana Roo y de quienes tenían la responsabilidad de la difusión: Jorge Acevedo, Rangel Rosado e Indhira Carrillo”, una labor que fue reconocida por la Organización de las Naciones Unidas, ante la eficacia en la transmisión de información durante la emergencia.
Resaltó también la solidaridad tras el huracán: “La población primero se cuidó, siguió las instrucciones de las autoridades y al día siguiente se sumó a la limpieza. Fue hermoso ver tantos ciudadanos con escobas, carretillas y bolsas, trabajando junto al gobierno”.
Finalmente, el exgobernador consideró que Quintana Roo está mejor preparado ante eventos de esta magnitud. “La población tiene una cultura de prevención muy arraigada y las autoridades han acumulado experiencia y aprendizajes. El estado sí está listo para situaciones como las de 2005”, enfatizó.
Quintana Roo cuenta con su propio FADEN
Desde 2024, Quintana Roo cuenta con el Fondo Estatal para la Atención de Desastres Naturales (FADEN), un instrumento diseñado para proteger a la población ante huracanes, tormentas y otros fenómenos meteorológicos. “Somos el único estado que tiene un fondo ante desastres naturales. Esperamos no tener que usarlo, pero está ahí porque sabemos lo que provoca un fenómeno de esta naturaleza”, destacó la gobernadora Mara Lezama.
El fondo cuenta con un presupuesto inicial de 208.5 millones de pesos, financiado en parte con el derecho que pagan los turistas de cruceros al llegar a los puertos de Mahahual y Cozumel. Desde este 2025, las navieras cobran cinco dólares por visitante, de los cuales 70% se destina a infraestructura turística y 30% al Fondo de Desastres Naturales.
Según la Secretaría de Finanzas y Planeación (Sefiplan), los recursos del FADEN se usarán exclusivamente para proteger a la población civil. Las acciones incluyen la instalación de refugios y albergues, distribución de despensas y cobijas, reposición de electrodomésticos, construcción de techos y pisos firmes, así como apoyo económico a empresarios y emprendedores afectados.
El fondo también permite contratar seguros paramétricos para proteger atractivos naturales como arrecifes y playas, bienes inmuebles gubernamentales y actividades productivas del campo. Quintana Roo se ubica como la segunda entidad con mayor gasto en seguros de riesgo hidrometeorológico en México, con un 13.3%, solo detrás de la Ciudad de México, según la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS).
El titular de la Coordinación Estatal de Protección Civil (Coeproc), Guillermo Núñez Leal, informó que el estado cuenta además con un seguro paramétrico de 200 millones de pesos para proteger inmuebles ante fenómenos hidrometeorológicos. Este tipo de seguro paga una cantidad fija al ocurrir un evento específico, medido por parámetros como la magnitud de un huracán o la cantidad de lluvia.

Cabe señalar que el Censo de Población y Vivienda 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), que se realiza cada 10 años —cuyas cifras son cruciales para que el gobierno federal asigne a los estados presupuestos de infraestructura y los fondos de ayuda para desastres naturales—, establece para Quintana Roo una población de un millón 857 mil 985 habitantes, a pesar de que tan sólo en Cancún radican hoy en día más de un millón 200 mil residentes permanentes, sin considerar la población flotante, integrada por trabajadores temporales y turistas.
El estado sigue sin estar preparado: experto en Protección Civil
A dos décadas del paso devastador de “Wilma”, el especialista en protección civil Rubén Borau García advirtió que la entidad no está preparada para enfrentar un fenómeno meteorológico de esa magnitud.
Borau, quien actualmente funge como director de Gestión de Riesgos en Protección Civil del municipio de Puebla, residió muchos años en Cancún y le tocó vivir dicho huracán.

Subrayó que la ciudad ya supera el millón de habitantes, y buena parte de esa población desconoce los protocolos básicos ante un huracán. “El Atlas de Riesgo sigue siendo el gran dilema. Cancún y varios municipios continúan creciendo sin una planeación integral, y hoy existe más del doble de los habitantes que había en 2005. Mucha gente que ha llegado no está familiarizada con la cultura de la prevención que aquí se ha construido; hay que reeducar, empezar desde las escuelas, que los niños aprendan del tema”, puntualizó.
Borau también recordó la importancia de considerar el “período de retorno”, un principio de la gestión de riesgos que advierte sobre la recurrencia de fenómenos naturales intensos —como huracanes o sismos— en lapsos determinados. “Con Wilma sabíamos que se iba a repetir un huracán fuerte entre 2003 y 2007. Hay que estar preparados para cuando vuelva a ocurrir”.
La calma antes del rugido
El 15 de octubre de 2005, el Servicio Meteorológico Nacional comenzó a emitir reportes sobre la depresión tropical número 24. En aquel momento, parecía un fenómeno menor. Sin embargo, en menos de 24 horas se transformó en una fuerza impredecible. La tormenta, bautizada como Wilma, alcanzó la categoría 5 con una presión atmosférica récord de 882 milibares, la más baja registrada hasta entonces en la historia del Atlántico.


Los satélites mostraban un ojo diminuto —de apenas 3.7 kilómetros de diámetro— girando con precisión letal. En Cancún, el sol aún brillaba y la rutina parecía inalterable. Los turistas seguían en la playa, los hoteles continuaban con sus actividades normales y nadie imaginaba la magnitud del fenómeno que se acercaba.
Esa aparente calma duró poco. La mañana del 21 de octubre, a las 11:30 horas, el huracán Wilma tocó tierra en Cozumel con vientos sostenidos de 240 kilómetros por hora y rachas que superaron los 270. Desde ahí avanzó lentamente hacia la costa, moviéndose a apenas cinco kilómetros por hora. Esa lentitud se convirtió en su peor crueldad: 60 horas continuas de vientos, lluvias y destrucción, equivalentes a enfrentar cinco huracanes seguidos, castigando en gran medida a Cancún.
En los refugios improvisados se resguardaron más de 70 mil personas, entre ellas 40 mil turistas, que pasaron días enteros sin luz, sin agua y sin comunicación. Afuera, las calles se convertían en ríos, las playas desaparecieron y los hoteles quedaron en ruinas bajo la fuerza del viento y el mar.
Wilma fue el huracán más poderoso y persistente que ha tocado las costas de Quintana Roo, y veinte años después, su memoria sigue siendo una advertencia sobre la vulnerabilidad humana ante la naturaleza.
Decisiones bajo presión y caos en Cancún
Durante su participación en uno de los conversatorios realizados en la Casa de la Crónica de Cancún por el aniversario 20 del huracán Wilma, el exgobernador Félix González Canto recordó uno de los momentos más críticos durante la emergencia: las decisiones que debían tomarse en cuestión de minutos para restablecer la comunicación con las zonas afectadas.

“El presidente Vicente Fox ordenó rellenar con piedras la carretera Leona Vicario–Valladolid Nuevo para permitir el paso de camiones con víveres hacia muchas zonas afectadas. El comandante de la 34 Zona Militar dijo que no era factible. Entonces, el secretario de la Defensa golpeó la mesa y gritó: ‘La orden del presidente se cumple’. Al día siguiente, los camiones ya estaban pasando”, relató el exmandatario.
Esa decisión permitió que los suministros llegaran a Cancún cuando la ciudad permanecía incomunicada por tierra. Sin embargo, la situación se complicó debido a los saqueos masivos que se registraron en supermercados y otros negocios. La desesperación de la población llevó no solo a buscar alimentos, sino también electrodomésticos, motocicletas y otros bienes, pese a que no había escasez real de productos de primera necesidad.
En un fenómeno de contagio colectivo, personas de distintas clases sociales, algunos turistas e incluso policías fueron exhibidos cargando televisores, refrigeradores y aires acondicionados sobre camionetas e incluso en taxis, entre el asombro e impotencia entre las autoridades. La falta de electricidad y los rumores sobre supuestas fugas en la cárcel intensificaron la incertidumbre y el temor.

Frente a la anarquía y la inseguridad, cientos de vecinos organizaron cuadrillas de vigilancia nocturna, encendiendo fogatas que, pocos días después, provocaron enfermedades respiratorias, particularmente entre niños.
Wilma dejó un impacto económico histórico: se estima que las pérdidas alcanzaron los 7.5 billones de dólares, convirtiéndose en uno de los desastres naturales más costosos de México, solo por detrás del huracán Pauline.
Los niños del huracán: nacidos entre viento y esperanza
Mientras Wilma descargaba su furia sobre Cancún, la ciudad era un escenario de caos: techos volando, árboles caídos y calles inundadas. Pero entre la oscuridad, también había vida. En aquellos días aciagos y las semanas que siguieron, cientos de niños y niñas llegaron al mundo, según los registros del Registro Civil que hoy dirige Eduardo Kuyoc Rodríguez. “Los registros se hicieron hasta mediados de noviembre, pero en mi archivo constan 701 nacimientos”, explica el funcionario municipal.

Veinte años después, para esos niños, conocidos como los “hijos de Wilma”, la historia de su nacimiento es un legado de resiliencia, un recuerdo que sus familias relatan con orgullo.
Sofía Hernández nació la noche en que el cielo rugía. “Mi mamá siempre dice que yo llegué con fuerza, que me escuchó llorar entre los vientos y los truenos, y que eso le dio esperanza”, cuenta. Hoy estudia turismo, y cada vez que visita la costa, siente una conexión especial con aquel octubre de caos y vida.
Para Javier López, cuyo nacimiento coincidió con la peor parte de la tormenta, la infancia estuvo marcada por historias de vecindad y solidaridad. “Mis padres me contaban cómo los vecinos compartían comida y agua, cómo todos cuidaban a los niños y ancianos. Creo que eso me enseñó desde pequeño la importancia de ayudar a los demás”, relata.
Estos jóvenes crecieron viendo cómo Cancún se levantaba de los escombros. Aprendieron que la vida podía florecer en medio del desastre, y que la fortaleza de una ciudad se mide también por la fuerza de quienes la habitan.
APUNTES DE EL DESPERTADOR DE QUINTANA ROO
Las siguientes propuestas buscan garantizar la protección de la población y los bienes materiales, fortalecer la respuesta del gobierno y los sectores privados, y establecer medidas obligatorias de preparación y prevención ante fenómenos naturales, especialmente huracanes.
1. Protección de viviendas y construcciones
• Establecer como obligación legal que todas las viviendas cuenten con ventanas protegidas anticiclónicas.
• Crear habitaciones seguras o reforzadas dentro del hogar para proteger a los ocupantes durante eventos extremos.
• Diseñar búnkeres familiares o comunitarios en zonas de alta vulnerabilidad.
2. Preparación y equipamiento familiar
• Promover que cada hogar tenga una mochila de emergencia con suministros de 48 a 72 horas, incluyendo agua, alimentos no perecederos y medicinas esenciales.
• Instruir sobre el uso de equipos de supervivencia, adaptados a distintos tipos de desastre.
• Integrar la ‘habitación segura’ dentro del plan familiar de emergencia.
3. Información y difusión masiva
• Elaboración y distribución de trípticos informativos en toda la zona urbana y rural sobre procedimientos, rutas de evacuación y medidas preventivas.
• Actualización anual de los materiales impresos y digitales.
• Educación constante a la población nueva, considerando el crecimiento del estado de 600 mil a un millón 200 mil habitantes en 20 años en el caso de Cancún.
4. Procedimientos gubernamentales y coordinación
• Revisar y fortalecer el procedimiento de declaratoria de desastre natural.
• Establecer protocolos claros de cuantificación de gastos y recursos post-desastre, de acuerdo con cifras poblacionales reales.
• Garantizar que los empresarios gasolineros provean combustible prioritario para unidades de servicios públicos y centros de abastecimiento.
• Coordinar la provisión oportuna de alimentos, agua y gasolina en zonas afectadas.
• Integrar la coordinación para traslado seguro de turistas ante posibles impactos de huracanes categoría 5.
• Contener el desbordamiento social, como ocurrió en Otis (Acapulco) y Wilma (Cancún).
• Mejorar la eficiencia en la respuesta gubernamental y privada, evitando desorganización y conflictos durante emergencias.
5. Cumplimiento de normativa de construcción
• Hacer cumplir estrictamente la ley de construcción y PDU (Plan de Desarrollo Urbano) de todos los municipios, evitando que hoteles, condominios y nuevas edificaciones rebasen límites legales.
• Supervisar periódicamente las construcciones en zonas de alta vulnerabilidad: zonas bajas, zonas cercanas a corales y áreas costeras.
6. Identificación de zonas de riesgo
• Mapear y actualizar constantemente las zonas de alta vulnerabilidad y las zonas bajas susceptibles a inundaciones o huracanes.
• Implementar medidas preventivas específicas según la geografía, como por ejemplo en el fraccionamiento Corales, que tiene más de una docena de edificios con serios daños estructurales y escaleras a punto del colapso.
7. Refugios, albergues e infraestructura de apoyo
• Incrementar y mantener la infraestructura de refugios y albergues, considerando el crecimiento poblacional.
• Contar con seguros de destrucción hidrometeorológica para la población y empresas.
• Optimizar el fondo gubernamental para respuesta inmediata.
• Preparar a la infraestructura médica, de bomberos y Protección Civil para atender consecuencias inmediatas de desastres.
• Implementar protocolos de prevención de erosión de playas y otras afectaciones ambientales.

























































