7 junio, 2026

Xunáan Kaab: la abeja sagrada maya

En diversas comunidades de Campeche, apicultores tradicionales resisten la desaparición de una práctica profundamente ligada a su identidad cultural, amenazada por la deforestación y el uso de agroquímicos

Harold Amábilis

En los solares que salpican la geografía campechana, resguardados del implacable sol peninsular por techumbres de palma de guano, sobrevive una tradición que hunde sus raíces en lo más profundo de la civilización maya. La meliponicultura, ese arte de criar abejas nativas desprovistas de aguijón, constituye una de las herencias bioculturales más antiguas, a la vez que delicadas, que se conservan en el estado de Campeche. Quienes todavía practican este oficio no se reconocen a sí mismos como apicultores en el sentido moderno del término, porque su vínculo con la Xunáan Kaab, la Señora Abeja, ha desbordado los límites del aprovechamiento productivo de una especie para instalarse en el territorio de lo simbólico, lo ceremonial y lo identitario.

En el estado de Campeche, los municipios de Calkiní, Dzitbalché, Hecelchakán, Champotón y Hopelchén concentran los últimos reductos donde esta práctica se mantiene viva. En la actualidad, la transmisión del conocimiento se encuentra en riesgo, erosionada por la migración de los jóvenes hacia las ciudades, por la deforestación que consume los bosques donde las abejas encontraban su sustento, así como por la expansión de la agricultura extensiva y el uso de agroquímicos letales para los polinizadores. Pese a este panorama adverso, en las comunidades mayas todavía es posible encontrar a hombres y mujeres que conservan sus jobones, que interpretan las floraciones del monte como señales para la cosecha y que ofrendan alimentos a la Señora Abeja, manteniendo un vínculo con la naturaleza que se ha preservado desde la antigüedad.

La abeja sin aguijón: anatomía de un prodigio

La Melipona beecheii pertenece a una estirpe de abejas sin aguijón que se distribuye en las regiones tropicales y subtropicales del continente americano. En la península de Yucatán, los estudios taxonómicos han identificado diecisiete especies de meliponinos, varias de las cuales han sido cultivadas por las comunidades mayas en distintos momentos de su historia. La tradición campechana reconoce y nombra en lengua originaria a un amplio abanico de estas abejas: la Muul Kab (Trigona fulviventris), la Sak Xic (Trigona nigra nigra), la K’an Tsak (Scaptotrigona pectoralis), la X’nuk (Partamona bilineata), la Us Kab (Plebeia frontalis), la Taj Kab (Cephalotrigona zexmeniae), la Limón Kab (Lestrimelitta niitkib), la Ts’ets (Melipona yucateca) y la Bo’ol (Nannotrigona perilampoides), entre otras. Cada una de estas especies despliega hábitos de nidificación, ciclos de cosecha y cualidades de miel diferentes. El conocimiento etnobiológico maya las distingue con una precisión léxica que los estudios lingüísticos han documentado ampliamente.

La anatomía de la Melipona beecheii exhibe adaptaciones que la distinguen de otras abejas. Las obreras despliegan una pilosidad característica en el tórax y el abdomen, antenas articuladas en las porciones denominadas escapo, pedicelo y flagelo, y una corbícula o cesta de polen notablemente desarrollada en el tercer par de patas. Sus alas, representadas como triángulos en los antiguos códices, presentan una venación que los escribas mayas trazaron con variaciones individualizadas en cada figura. La reina, por contraste, desarrolla un fenómeno conocido como fisiogastria, un agrandamiento irreversible del abdomen que le impide volar y la confina de por vida al interior del nido, donde dedica su existencia a la postura de huevos.

Los meliponicultores campechanos reconocen con precisión los ciclos de las colonias, las floraciones que las abejas frecuentan y los momentos exactos para la cosecha o la división de los nidos. Esta observación empírica, acumulada durante generaciones, se corresponde con un conocimiento biológico detallado de la especie, heredado de generación en generación. Saben que las obreras viven entre treinta y cinco y cuarenta días, que la reina puede perdurar varios años, que el radio de pecoreo de estos insectos no rebasa los dos kilómetros de distancia y que la colonia entera depende de los recursos florales disponibles en ese perímetro. Esta dependencia explica la vulnerabilidad de la especie ante la deforestación y también la atención minuciosa que los criadores prestan a las floraciones del monte, particularmente a especies como el tajonal (Viguiera dentata), cuyas flores amarillas representan una fuente abundante de néctar durante la temporada de secas.

La miel de la melipona presenta un nivel de acidez que oscila entre tres y cuatro punto cinco de pH, suficiente para inhibir el crecimiento de numerosos patógenos. Esta propiedad, sumada a la resistencia natural de los meliponinos frente a parásitos que diezman las colmenas de Apis mellifera, convierte a esta abeja en un organismo excepcionalmente robusto desde la perspectiva sanitaria. La medicina tradicional maya atribuye a esta miel propiedades curativas para afecciones respiratorias, digestivas, oculares y dérmicas, además de su empleo durante el embarazo y los cuidados posparto. Especialistas del Instituto Tecnológico Superior de Calkiní subrayan que esta cualidad le confiere un alto potencial en la medicina natural y la farmacología contemporánea.

La reproducción de las colonias sigue un calendario marcado por la sucesión de las estaciones. A diferencia de las abejas con aguijón, cuyo enjambre constituye un evento abrupto, los meliponinos protagonizan un proceso de división que puede prolongarse durante dos meses, con un contacto sostenido entre la colonia madre y la colonia hija hasta que esta última alcanza su independencia funcional. La reina adulta, incapacitada para el vuelo, nunca abandona el nido original, y es una princesa virgen la encargada de fundar la nueva comunidad. Este rasgo etológico condiciona las técnicas de multiplicación que los mayas desarrollaron y explica por qué el manejo de estas abejas exige una paciencia que la apicultura industrial desconoce por completo.

La Señora Abeja: cosmovisión y ritos mayas

La profundidad histórica del vínculo entre los mayas peninsulares y la Xunáan Kaab resulta difícil de exagerar. Las evidencias arqueológicas sitúan los orígenes de la meliponicultura alrededor del año trescientos antes de nuestra era, una antigüedad que la equipara con el cultivo del maíz como pilar civilizatorio. En los sitios excavados de las tierras bajas mayas han aparecido jobones prehispánicos, incensarios que representan colmenas en tres dimensiones y figurillas de deidades asociadas a las abejas, testimonios materiales de una tradición que la conquista española no logró interrumpir.

La condición sagrada de la Xunáan Kaab se manifiesta en múltiples registros de la cultura maya. Los mitos de origen recopilados por la etnografía del siglo XX sitúan la creación de las abejas en un tiempo anterior a la humanidad, en aquella era primigenia en que los dioses modelaban el mundo y establecían las reglas que los hombres debían respetar. La miel era concebida como un alimento divino, portador de kinam —esa fuerza vital que anima el cuerpo y sostiene el equilibrio interior—, y asociada simbólicamente con la sangre y la lluvia, en una tríada de líquidos sagrados que conectaban el plano humano con el orden cósmico.

Dentro de la cosmovisión maya, las abejas ocupan un lugar de preeminencia que las conecta directamente con los estratos más elevados del universo sagrado. Los Bacabes, cuatro deidades encargadas de sostener las esquinas del cosmos y los puntos cardinales, eran invocados en las ceremonias relacionadas con la miel. La propia estructura del jobón reproduce, según la interpretación de los estudiosos, una representación del orden cósmico: el mundo celeste se ubica en la sección superior del cilindro, en la zona del involucro y panel de cría; el plano terrenal, en la zona media donde la colonia desarrolla su actividad, con los potes de miel y polen; mientras que el inframundo se encuentra en la porción inferior, donde se acumulan los sedimentos de la colmena, el piso del nido.

La investigadora Genoveva Ocampos Rosales documenta que los mayas consideraban este néctar como un alimento del Sol, un regenerador dotado de propiedades que restauraban el hun ol, el balance armónico entre el individuo y su entorno. Su empleo en las ceremonias resultaba indispensable. El balché, bebida ritual elaborada mediante la fermentación de la miel con la corteza del árbol del mismo nombre, ocupaba un lugar central en los rituales agrícolas, en las peticiones de lluvia y en las celebraciones del ciclo de vida. Los sacerdotes mayas ofrecían esta bebida a los dioses en cuencos especiales, acompañada en ocasiones de cacao, otro alimento de connotaciones sagradas, lo que configuraba ofrendas que los cronistas coloniales describieron con asombro en sus relaciones.

El Códice Tro-Cortesiano, también conocido como Códice Madrid, constituye el documento precolombino fundamental para comprender la magnitud simbólica de la abeja melipona. De las ciento doce páginas que componen el manuscrito, diez están dedicadas íntegramente a las abejas, con un nivel de detalle anatómico que los investigadores han calificado como taxonómico. Laura Elena Sotelo Santos, del Centro de Estudios Mayas de la UNAM, identificó en estas láminas la representación de la Melipona beecheii desde cuatro ángulos de visión distintos —frontal, lateral, dorsal y ventral—, lo que demuestra una capacidad de observación y síntesis gráfica excepcional. Las figuras del códice muestran las alas trianguladas, las bandas pilosas del abdomen, los ojos compuestos e incluso el momento de la ovoposición de la reina, representada como un pequeño círculo blanco que emerge de una hendidura en el extremo del abdomen.

La pervivencia de la cosmovisión en las comunidades actuales de Campeche reviste gran importancia para los estudiosos del patrimonio. La ceremonia denominada U Hanli Kab, cuyo nombre significa literalmente “comida de las abejas”, se celebra después de la cosecha y consiste en ofrecer a las colmenas alimentos sagrados, entre ellos el saká, una bebida de maíz que comparte con el balché su carácter ceremonial. Los pocos meliponicultores que todavía practican este ritual coinciden en describirlo como un acto de agradecimiento, un reconocimiento de que la miel no es un producto que pertenezca al hombre, sino un don que las abejas entregan y que debe ser correspondido con respeto. En algunas comunidades de Calkiní se conserva la creencia de que la muerte de un vecino obliga a los dueños de colmenas a fabricar cruces con puntas de henequén y depositarlas sobre los jobones; descuidar este gesto supone el riesgo de que las abejas abandonen el hogar, rompiendo para siempre el lazo que une a la familia con sus insectos protectores.

Las abejas mayas frente al avance del progreso

El manejo que la sociedad contemporánea realiza de la Xunáan Kaab conjuga la herencia prehispánica con innovaciones tecnológicas orientadas a garantizar la supervivencia de la especie y la práctica de la meliponicultura. El jobón, ese tronco ahuecado que los mayas perfeccionaron en tiempos precolombinos, es el elemento más representativo de la continuidad histórica de la práctica. Se fabrica a partir de árboles seleccionados con criterios que la tradición oral ha preservado. Las maderas preferidas por los artesanos del oficio son el yaaxniik (Vitex gaumeri Greenm), el tzalam (Lysiloma latisiliqua A. Gray ex Sauvalle), el pich o guanacaste (Enterolobium cyclocarpum), el chakah (Bursera simaruba), el cedro (Cedrela sp.) y el zapote (Manilkara sp.). Quienes elaboran estos recipientes afirman que las propias abejas eligen esas mismas especies cuando anidan de manera silvestre en el monte.

Las dimensiones del jobón responden a las necesidades biológicas de la colonia. Un cilindro promedio mide sesenta centímetros de longitud por treinta de diámetro, con paredes de al menos cuatro centímetros de espesor que protegen a las abejas de las fluctuaciones térmicas y de los depredadores. En el centro del tronco se perfora un orificio circular de aproximadamente un centímetro y medio de diámetro y cuatro centímetros de profundidad, que sirve de acceso a la colonia. Los extremos se sellan con tapas de madera ajustadas a la medida, aunque en los ejemplares antiguos también se empleaba el Kankab, una tierra roja característica de la región, para obturar las juntas y prevenir la entrada de hormigas. La cosecha de miel se realiza retirando estas tapas, lo que permite acceder a los potes de almacenamiento sin destruir el nido.

Sobre la superficie del jobón los meliponicultores inscriben marcas que individualizan cada colonia. Las más frecuentes son cruces ubicadas sobre el orificio de acceso, pero también se graban círculos, cuadrados, quincunces y letras. Estas señas poseen una doble función práctica: determinan la orientación correcta de la colmena durante las labores de división o cosecha, y permiten identificar cada unidad dentro del meliponario. Algunos colmeneros veteranos poseen jobones con más de cien años de antigüedad, heredados de padres y abuelos, cuya madera ha adquirido una pátina oscura que atestigua su dilatada historia de servicio.

Los mayas denominan Najil Kab al recinto que alberga las colmenas. Se trata de un cobertizo de madera techado con palma de guano, semejante en su arquitectura a la vivienda tradicional, delimitado por cuatro postes y abierto en sus costados para permitir el libre tránsito de las abejas. En el interior se dispone una estantería inclinada de palos cruzados que, vista de perfil, dibuja una forma de X. Sobre esta estructura los jobones se ordenan en filas simétricas, con el frente orientado siempre al sur y el eje longitudinal dispuesto de este a oeste. Las colonias más antiguas ocupan la posición inferior, mientras las más jóvenes se superponen en los niveles superiores y se desplazan hacia el lado norte del anaquel. Esta ordenación espacial, que los arqueólogos han identificado en representaciones prehispánicas, responde a un principio de simetría y equilibrio que la tradición maya considera indispensable para el bienestar de las abejas.

Durante las últimas décadas, los técnicos e investigadores han desarrollado alternativas al jobón tradicional con el propósito de facilitar el manejo y mejorar la higiene de la cosecha. Las denominadas cajas racionales o tecnificadas incorporan bisagras que permiten abrir la colmena sin forzar las tapas, habilitan la inspección periódica del estado de la colonia y reducen el riesgo de contaminación de la miel con tierra o resina. Estos diseños pueden adoptar configuraciones horizontales o verticales y se construyen con maderas como cedro, caoba, parota o pino. La cosecha en estos dispositivos se realiza mediante jeringas que succionan la miel directamente de los potes de almacenamiento, un método distinto a la decantación que se practica en los jobones, donde la miel se deja escurrir por gravedad una vez retiradas las tapas.

Diversos investigadores del Instituto Tecnológico Superior de Calkiní señalan en sus estudios que la introducción de colmenas tecnificadas ha constituido una oportunidad para modernizar la actividad sin renunciar a los fundamentos de la práctica de la meliponicultura. Las cajas racionales facilitan la división de colonias, simplifican la alimentación suplementaria en épocas de escasez y permiten una extracción más limpia de la miel. El desafío consiste en garantizar que la adopción de estas innovaciones no implique el abandono de los jobones tradicionales, cuyo valor cultural y simbólico resulta irremplazable.

El calendario de cosecha de la Xunáan Kaab se rige por indicadores ambientales que los meliponicultores interpretan a partir de conocimientos heredados o aprendidos con el apoyo de instituciones u ONGs especializadas en la difusión y preservación de los saberes ancestrales. En Campeche, la miel se recolecta dos veces por año, la primera cosecha se efectúa al inicio de la primavera, durante la temporada de secas, aproximadamente en el mes de marzo, y la segunda al final del período lluvioso, en noviembre, cuando las enredaderas florecen profusamente y ofrecen néctar abundante. Si las lluvias son escasas o las floraciones resultan pobres, el colmenero reduce sus expectativas a una sola cosecha. El indicio de que ha llegado el momento de abrir los jobones se presenta cuando la miel comienza a escurrir, asomando a través de las tapas que cierran su hogar. Ese aviso, que el campesino maya sabe leer, desencadena una serie de operaciones cuidadosas que culminarán con la extracción del néctar y, en los hogares que conservan la costumbre, con la celebración del U Hanli Kab.

Los productos de la colmena se destinan a tres usos principales. La miel puede reservarse para autoconsumo, emplearse como medicina, utilizarse en ofrendas rituales o comercializarse, donde alcanza un precio hasta treinta por ciento superior al de la miel convencional. La cera, apreciada por su pureza y aroma, se utiliza en la fabricación de velas para ceremonias religiosas y en la elaboración de ungüentos medicinales. Los especialistas consideran que la creación de canales de comercialización mejor organizados podría generar ingresos complementarios significativos para las familias campesinas, siempre que se preserve la vocación cultural que ha caracterizado históricamente a esta actividad.

Las amenazas que se ciernen sobre la meliponicultura en el estado de Campeche han sido documentadas por múltiples estudios. La deforestación y fragmentación de la selva mediana, impulsada por la expansión de la frontera ganadera, la agricultura mecanizada y la fabricación clandestina de carbón vegetal, reduce el hábitat de las meliponas y elimina las fuentes de néctar y polen que sostienen a las colonias. Los agroquímicos empleados en los cultivos industriales contaminan el agua, el néctar y las resinas que las abejas recolectan, provocando mortandad por contacto o ingestión y afectando la longevidad de las obreras. El cambio climático altera los patrones de floración y añade incertidumbre a una actividad que depende de equilibrios ecológicos muy sensibles. La expansión urbana invade los espacios donde antaño se ubicaban los meliponarios.

La africanización de las abejas representa otra fuente de presión, ya que se trata de un linaje altamente competitivo que invade los nichos ecológicos de las especies nativas y compite por los recursos con las colonias de Xunáan Kaab. Adicionalmente, los meliponicultores más jóvenes, atraídos por los mayores rendimientos de la miel de Apis, abandonan paulatinamente la meliponicultura o la relegan a un segundo plano, dedicando su esfuerzo a la apicultura comercial mientras las abejas mayas languidecen en los rincones del solar.

La meliponicultura: Patrimonio vivo en espera de reconocimiento

La meliponicultura reúne, de acuerdo con los criterios establecidos por la UNESCO en la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Cultural Inmaterial del año 2003, los atributos necesarios para aspirar legítimamente a un reconocimiento internacional. Cualquier especialista en la materia que se asome a los meliponarios de Calkiní, Hecelchakán o Hopelchén encontrará un complejo cultural íntegro, donde convergen la tradición oral, conocimientos del orden biocultural, ritualidad y la destreza artesanal de quienes observan cómo se construyen los refugios de la Señora Abeja. La paradoja es que este tesoro, pese a reunir sobradamente los atributos exigidos por el organismo internacional, no ha sido postulado formalmente por el Estado mexicano, circunstancia que mantiene a la práctica en una suerte de limbo del que urge sacarla.

La cría de la Xunáan Kaab constituye un factor de identidad cultural de primer orden para las comunidades mayas de la península; es un pilar de su identidad colectiva, un quehacer que las conecta con sus antepasados y que las distingue de otros pueblos. Quienes la crían no se perciben como simples productores de miel, pues la actividad los sitúa dentro de una cadena ininterrumpida de conocimientos heredados de generación en generación, que ha permitido un diálogo con la Xunáan Kaab desde tiempos inmemoriales. Saberse depositarios de los jobones que pertenecieron al abuelo o al bisabuelo, poseer el legado de las marcas grabadas sobre la madera y reproducir los gestos aprendidos en la infancia al pie del meliponario familiar son experiencias que se arraigan en las personas e influyen en la forma en que perciben el mundo.

La tradición oral que envuelve a la meliponicultura constituye el primer pilar sobre el que se sostendría una eventual candidatura. Todavía existen ancianos en las comunidades campechanas que conservan un amplio repertorio de relatos que explican el origen de las abejas, situándolas en una época anterior a la existencia humana, narraciones en las que la miel aparece emparentada con la sangre y con la lluvia, formando una tríada de elementos sagrados que conecta el orden terrenal con las deidades que rigen el cosmos. Pocos de estos relatos, transmitidos de padres a hijos en lengua maya durante las jornadas de cosecha o en las veladas familiares en el solar, han sido recogidos sistemáticamente por los investigadores, ya sea por desconfianza o por temor a la expropiación cultural, lo que incrementa su fragilidad. Cada vez que fallece un meliponicultor anciano sin que nadie haya registrado sus historias, desaparece con él una porción irrecuperable del patrimonio oral de la humanidad. La propia lengua en que se cuentan estas historias, el maya, dispone de un vocabulario especializado para referirse a las abejas que supera los ciento cincuenta términos, una riqueza léxica sin equivalente en otros idiomas, a través de la cual se demuestra la importancia que estos insectos han tenido en la vida material y simbólica de este pueblo.

Los conocimientos del orden biocultural conforman el segundo fundamento de la candidatura. El meliponicultor posee una comprensión del entorno natural que la ciencia occidental apenas ha comenzado a valorar en su justa dimensión. Sabe distinguir las especies de meliponinos que habitan la península, conoce las floraciones que cada una prefiere —el tajonal, las enredaderas de noviembre, los árboles frutales del huerto familiar, entre otros—, interpreta el escurrimiento de la miel, reconoce los síntomas que anuncian la llegada de plagas, determina el momento exacto en que una colonia está madura para ser dividida y sabe que la reina, imposibilitada de volar, delega en una princesa virgen la fundación de una nueva comunidad. Este saber empírico no ha sido codificado en tratados ni en manuales técnicos, y su transmisión depende de la disposición de quienes lo resguardan a compartirlo y del interés de los jóvenes por aprenderlo. La erosión de esa cadena de transmisión representa una de las amenazas que una declaratoria patrimonial podría contribuir a mitigar.

La ritualidad vinculada a la Xunáan Kaab constituye el tercer elemento que sustenta el valor patrimonial de la práctica. La ceremonia del U Hanli Kab, la comida de las abejas, sobrevive en las comunidades más apegadas a la costumbre como un acto de reciprocidad que el meliponicultor realiza después de la cosecha. El oficiante ofrece a las colmenas Saká, bebida sagrada de maíz, en un gesto que encierra una concepción profunda del intercambio entre los humanos y la naturaleza. La abeja ha entregado su miel, un producto considerado portador del kinam o fuerza vital, y el hombre corresponde con alimentos rituales que restablecen el equilibrio entre ambas comunidades.

La destreza artesanal de quienes fabrican los refugios de la Señora Abeja completa los pilares sobre los que se sostiene la aspiración patrimonial. Conservar o elaborar un jobón exige habilidades que ningún manual enseña. La edificación del Najil Kab, el cobertizo de palma de guano que alberga los jobones y las cajas tecnificadas, reproduce las técnicas constructivas de la vivienda maya tradicional y exige conocimientos sobre orientación solar, protección contra las lluvias y ventilación natural. Todo este saber técnico, que los antropólogos han identificado en representaciones prehispánicas, se transmite mediante la observación directa y la práctica supervisada por un artesano experimentado.

La ausencia de una postulación formal por parte del Estado mexicano obedece a una combinación de factores entre los que destacan la insuficiente documentación sistematizada de la práctica, la dispersión de los esfuerzos institucionales y la escasa atención que las políticas culturales de los tres estados que conforman la península (Campeche, Yucatán y Quintana Roo) han prestado históricamente a las manifestaciones de los pueblos indígenas vinculadas al manejo de recursos naturales, tradicionalmente consideradas materia agropecuaria antes que asunto patrimonial. La elaboración del expediente técnico que la UNESCO exige requeriría un trabajo coordinado entre la academia, las dependencias federales y estatales encargadas de la protección del patrimonio, así como de los propios meliponicultores, cuyos testimonios directos constituirían la columna vertebral de la documentación.

El plan de salvaguarda que acompaña a toda candidatura de este tipo podría contemplar medidas concretas cuya implementación beneficiaría a las comunidades, independientemente del resultado de la postulación. Entre ellas se encuentran la transmisión formal de los saberes meliponícolas mediante talleres comunitarios impartidos por los propios ancianos; el fomento de viveros forestales que produzcan las especies maderables necesarias para la construcción de jobones; la apertura de canales de comercialización para la miel y la cera de melipona con denominación de origen protegida; la protección de las áreas de selva mediana que constituyen el hábitat de estos polinizadores; y el respaldo decidido a los colectivos de meliponicultores. En conjunto, estas acciones integrarían una estrategia a largo plazo para su preservación.

En los solares campechanos, mientras la Xunáan Kaab liba el néctar de las flores y retorna a su hogar con las corbículas cargadas de polen, la meliponicultura espera paciente el gesto institucional que le otorgue el reconocimiento que su historia y su densidad simbólica merecen. Los criterios de la UNESCO están definidos y la práctica los cumple con creces. La tarea pendiente consiste en articular las voluntades necesarias para que los expedientes técnicos se redacten y para que las comunidades que han custodiado este legado durante siglos reciban, en forma de declaratoria internacional, la ratificación de algo que nunca han dejado de saber: que la Señora Abeja y quienes la crían son depositarios de un patrimonio que pertenece al mundo.

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