Por el Abogado Luis Esquiel
Durante algunas semanas, México volvió a sonreír. El fútbol hizo lo que la política, la economía y los gobiernos han sido incapaces de lograr: unir a millones de personas bajo una misma emoción. Las calles se llenaron de esperanza, los hogares vibraron con cada partido y, por un instante, pareció que todos los problemas nacionales habían quedado suspendidos.
Pero el Mundial termina.
Y la realidad, como siempre, nos espera paciente. No cambia porque un balón ruede, porque un gol nos haga gritar o porque una victoria nos permita olvidar por unas horas el peso de los problemas nacionales. La realidad no entiende de celebraciones; simplemente continúa.
La primera pregunta que deberíamos hacernos no es quién fue el campeón. La verdadera pregunta es: ¿qué sigue para México?
Seguimos con una economía que no logra despegar al ritmo que millones de familias necesitan. El crecimiento resulta insuficiente para generar empleos bien remunerados y ofrecer oportunidades reales a los jóvenes. La inflación ha disminuido respecto a sus picos más altos, pero la percepción cotidiana sigue siendo la misma: el dinero alcanza para menos. La canasta básica, los servicios, la vivienda y la educación continúan presionando el bolsillo de los ciudadanos.
Mientras tanto, la inversión privada enfrenta incertidumbres derivadas tanto del contexto internacional como de factores internos. La revisión del T-MEC, lejos de ser un simple trámite diplomático, representa un desafío importante para la confianza de inversionistas nacionales y extranjeros. Cuando no existe certeza jurídica, el capital simplemente busca otros destinos.
A ello se suma la insuficiencia de recursos públicos para impulsar grandes proyectos productivos que generen desarrollo sostenido. Sin inversión, difícilmente habrá crecimiento; sin crecimiento, el empleo seguirá siendo una deuda pendiente.
La seguridad continúa siendo otra de las grandes asignaturas pendientes. Todos los días las noticias muestran homicidios, desapariciones, extorsiones y violencia que afectan a comunidades enteras. Más allá de los discursos oficiales, la percepción de inseguridad permanece presente para millones de mexicanos. La paz no puede construirse únicamente desde las conferencias de prensa; debe reflejarse en las calles, en las carreteras y en la tranquilidad de las familias.
En el terreno institucional también existen desafíos profundos. Una democracia sólida requiere instituciones fuertes, contrapesos efectivos y poderes públicos capaces de ejercer sus funciones con independencia. Cuando la ciudadanía percibe que esos equilibrios se debilitan, inevitablemente surgen dudas sobre la capacidad del Estado para garantizar imparcialidad, legalidad y confianza.
No se trata de favorecer a un partido político u otro. Se trata de defender un principio elemental del constitucionalismo moderno: ningún poder debería concentrar un dominio absoluto sobre la vida pública. La existencia de pesos y contrapesos no debilita a un gobierno; por el contrario, fortalece la legitimidad de sus decisiones.
La libertad de expresión también enfrenta momentos complejos. Una democracia necesita periodistas, editorialistas y ciudadanos que puedan cuestionar al poder sin temor a represalias, descalificaciones o presiones. El debate público exige respeto, incluso frente a opiniones incómodas. La autocensura nunca debería convertirse en el precio para ejercer un derecho fundamental.
En el ámbito político, el escenario tampoco parece sencillo. El partido gobernante enfrenta el reto de administrar sus propias diferencias internas conforme se acercan nuevas definiciones políticas. Al mismo tiempo, la oposición continúa fragmentándose entre múltiples fuerzas que, en lugar de construir proyectos comunes, compiten entre sí por espacios cada vez más reducidos.
Cuando la oposición divide su voto, quien normalmente obtiene la mayor ventaja es quien ya ejerce el poder. Esa dispersión debilita la competencia democrática y dificulta la construcción de alternativas capaces de convencer al electorado.
A ello se agregan temas delicados que continúan formando parte de la conversación pública nacional e internacional, como investigaciones, señalamientos o procesos judiciales relacionados con presuntos vínculos de servidores públicos con autoridades extranjeras. Independientemente del desenlace de cada caso, estos asuntos impactan la percepción institucional y alimentan la incertidumbre política. En un Estado de Derecho, corresponde a las autoridades competentes esclarecer los hechos con apego al debido proceso y a la presunción de inocencia.
Después del Mundial volveremos a hablar del precio de la gasolina, del costo de los alimentos, de las medicinas que faltan, de las escuelas con carencias, de los hospitales saturados, de la inseguridad, de los empleos insuficientes y de la incertidumbre económica.
Volveremos a enfrentar la realidad de un país profundamente dividido por la política, por la polarización y por una narrativa permanente de confrontación entre mexicanos.
Y quizás ese sea nuestro mayor problema.
Porque ninguna selección nacional puede ganar todos los partidos si sus jugadores compiten entre ellos mismos. Lo mismo ocurre con un país. México difícilmente avanzará mientras continuemos divididos, desconfiando unos de otros y privilegiando los intereses partidistas por encima del interés nacional.
El Mundial nos recordó que somos capaces de emocionarnos juntos. Ojalá también nos recuerde que podemos construir juntos.
Porque los campeonatos duran unas semanas.
Pero las decisiones que tomemos como nación marcarán el futuro de varias generaciones.
Después del Mundial… empieza el verdadero partido de México.

