5 septiembre, 2026

“… y en el reloj de antaño, como de año en año” – Si tú pudieras ver lo que yo escucho

Un año más termina. Y aunque ya no puedo ver cómo cambia la luz de una estación a otra, entre un diciembre y otro, lo escucho. El tiempo tiene sonido: a veces susurra, a veces cruje, a veces grita. Y últimamente, lo que escucho es un país cansado, fracturado, que avanza con pasos torpes mientras pierde cosas que antes creíamos firmes: la confianza, la calma, la certeza de un futuro menos incierto.

Si tú pudieras ver lo que yo escucho… verías cómo cada día somos más, y cómo cada día crecen también los problemas sociales, amontonándose como cerro de basura en la esquina olvidada de cualquier colonia. Un país que se expande y se descompone al mismo ritmo, donde las cifras aumentan, pero también las ausencias, los silencios y las desigualdades que se sienten incluso antes de que alguien las mencione.

Cada día se suma una persona más a la fila de la vulnerabilidad: alguien que perdió su empleo, su salud, su casa o simplemente la paciencia. Una fila larga, silenciosa y creciente que avanza sin hacer ruido, pero cuyo peso se escucha en cada servicio público colapsado, en cada llamado de auxilio ignorado, en cada historia que se repite. Tarde o temprano, el tiempo nos pondrá al final de esa fila; nadie está exento, por más cómodos que parezcan ciertos privilegios.

Mientras tanto, escucho el mismo discurso político de siempre. La misma pelea de izquierda contra derecha, acusándose, respondiéndose, justificándose. Un juego de espejos donde todos se culpan y nadie actúa. Palabras que se repiten con la precisión de un ritual que nadie cuestiona, mientras los problemas reales crecen sin pausa. Es el mismo discurso que atraviesa años, sexenios y décadas sin que ninguno ejerza acciones concretas para resolver lo que realmente importa y nos afecta a todos por igual. La historia repitiéndose como un eco cansado, como una canción vieja que ya nadie debería tolerar.

El inicio de un nuevo año no va a resolver lo que hemos ignorado durante décadas, pero puede ser una pausa para mirar —y escuchar— con honestidad. Para dejar de romantizar el caos y empezar a exigir soluciones reales. Para entender que ningún bando político va a salvarnos si nosotros mismos seguimos evadiendo nuestras responsabilidades cívicas. Un país no cambia con discursos ni con enemigos imaginarios; cambia con ciudadanos que entienden que la democracia no es un espectáculo, sino un trabajo constante, incómodo y compartido.

La pérdida de la vista cambió mi forma de percibir el tiempo. Yo no puedo ver cómo avanza el calendario, pero escucho perfectamente cómo lo desperdiciamos en discusiones, pleitos digitales y reclamos eternos que no resuelven nada. Y aunque parezca irónico, la vida se ha vuelto un ruido difícil de ignorar. Entre tanto ruido, también se escucha la verdad: México ya no tiene tiempo para discursos; necesita acciones, voluntad y futuro.

X: @gruizCun

Director de la Red de Ciegos de Quintana Roo.

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