Aislada durante siglos del poder central, la Península forjó una economía propia que sobrevivió al colapso del henequén, consolidó marcas con presencia internacional y hoy se debate entre una cartera de inversiones sin precedente y las carencias estructurales que frenan su inserción plena en la economía del siglo XXI
EDUARDO MAY
La estructura económica de la Península de Yucatán se caracterizó, desde finales del siglo XIX, por una preponderancia de los sectores comercial y de servicios, apoyados principalmente en actividades agropecuarias que comenzaron a mermar desde principios del siglo XX. En las últimas décadas, el desarrollo del sector industrial en Yucatán tuvo un impulso modernizador hasta mediados del siglo pasado; posteriormente, este proceso se moderó, principalmente por la falta de inversión e incentivos gubernamentales.

Durante la época colonial, la región peninsular se caracterizó por los cultivos primarios. En la encomienda yucateca se cosecharon tabaco, algodón, azúcar, sal y el legendario palo de tinte, conocido en el mundo como palo de Campeche, entre otros productos agrícolas, además de una incipiente actividad ganadera.
A mediados del siglo XIX surgieron las primeras iniciativas de industrialización: se trabajaban y curtían pieles, se fabricaban guitarras, bastones de carey, jarcias, sombreros y otros productos elaborados entre la artesanía y la industria.
De la variedad de productos agrícolas surgió en Valladolid la primera empresa industrial en la historia de Yucatán: La Aurora, fábrica textil construida en esa ciudad. El bajo rendimiento del algodón en tierras yucatecas y los costos de importación impidieron el funcionamiento de esta planta. La incipiente industria, en cierta medida artesanal, se transformó en 1880 con el inicio de la explotación del henequén.
Historiadores e investigadores destacan que se requirió de gran talento y trabajo para alcanzar los niveles de producción logrados. El proceso de corte de la penca y su raspado implicó un notable ingenio técnico. La era henequenera se extendió durante cerca de medio siglo, desde las dos últimas décadas del siglo XIX hasta las tres primeras del siglo XX.
En ese periodo se intentó desarrollar la industria cordelera, pero el proyecto fracasó. La fábrica “La Industrial”, inversión de empresarios yucatecos, no logró sostenerse y quedó como un referente histórico. El sector industrial se desarrolló principalmente en Mérida, consolidando la presencia y capacidad económica de las familias hacendadas, bajo modelos económicos traídos de Estados Unidos.
Es importante señalar que el aislamiento de la región peninsular permitió inicialmente comercializar los primeros productos con España y posteriormente con Cuba, como centros de adquisición de insumos e importación de requerimientos para el desarrollo de los sectores económicos del estado.
El comercio colonial yucateco ha sido considerado de escasa importancia debido a la marginalidad a la que quedó sujeta la península por sus propias condiciones y por haber sido relegada por los colonizadores, ya que, a excepción de los colorantes y, más tarde, los cueros curtidos, ofrecía pocos productos para comerciar. En la región peninsular no existen minas, por lo que la extracción de metales nunca fue un factor determinante para el desarrollo económico.
La evolución industrial y comercial de Yucatán ha estado marcada por ciclos de auge, crisis y reconversión económica. Desde la explotación henequenera hasta la consolidación de marcas regionales y la reciente llegada de corporativos internacionales, el estado ha transitado por distintas etapas de desarrollo, muchas veces condicionadas por decisiones centralistas, limitaciones logísticas y cambios en los mercados globales.
Actualmente, la entidad enfrenta una nueva etapa de transformación. Mientras proyectos de infraestructura, inversiones manufactureras y empresas tecnológicas impulsan un renovado crecimiento industrial, persisten problemas estructurales como el alto costo de la energía eléctrica, la dependencia del sector servicios, la cancelación de proyectos estratégicos y la necesidad de modernizar la infraestructura para competir en una economía internacional cada vez más dinámica.
Los primeros productos desde España
La falta de abastecimiento desde los puertos españoles hacia las colonias americanas obligó a desarrollar tareas individuales, innovar y generar productos y satisfactores inicialmente destinados a los encomenderos y, posteriormente, a otras regiones con las que se estableció intercambio comercial.

La escasez de navíos y mercancías frescas fue motivo de constantes quejas entre los colonizadores, debido a que los suministros no llegaban a Yucatán con regularidad en rubros esenciales como ropa y sus complementos, sombreros, pañuelos, zapatos, anteojos, así como manteles, toallas, colchas, productos de farmacia, perfumería, papel, artículos religiosos, vino y aceite, entre otros.
Sobre este tema, la investigadora Blanca González Rodríguez, en su estudio “Economía, Política y Sociedad en el Yucatán Colonial”, detalla que el comercio efectuado entre las Islas Canarias y Yucatán a lo largo de 50 años —1700-1750— llegó a superar ampliamente el intercambio realizado entre Cádiz y la península.
“En ese lapso, 47 barcos canarios arribaron a Campeche, mientras solo nueve lo hicieron desde Cádiz. De esta manera, contrasta la asiduidad en el intercambio mercantil con las citadas islas, en comparación con la marginalidad comercial impuesta a Yucatán por Sevilla y Cádiz”, señala la especialista.
También destaca el amplio contrabando de hierro, acero, clavazón, harina, aceite y textiles realizado a través de barcos canarios, cuyos oficiales justificaban la presencia de mercancías no autorizadas argumentando necesidades de los navíos y sus tripulantes, bajo el pretexto de que en Yucatán no podían abastecerse para el viaje de retorno.
Durante los siglos XVI y XVII, el comercio fortaleció las condiciones para el desarrollo económico de la península. La vocación económica yucateca se consolidó con la ganadería y la producción de alimentos básicos, dependiendo inicialmente de España y, posteriormente, de Cuba y Estados Unidos para la adquisición de bienes y productos inexistentes en la región.
También es importante señalar que hasta el siglo XVIII solo existían tres núcleos poblacionales relevantes en la Península de Yucatán: Mérida, Campeche y Valladolid, diferenciados por la mayor o menor presencia indígena en cada jurisdicción y, por consiguiente, por la forma en que las encomiendas se desarrollaron en cada una de ellas.
La aparición de la industria henequenera
La agroindustria del henequén a gran escala inició en Yucatán aproximadamente en 1850. Esto ocurrió gracias a diversos factores concurrentes: el cultivo extensivo de una planta propia y natural de la región, impulsado por el sistema feudal de las haciendas; la abundante mano de obra campesina proporcionada por la población maya sometida rigurosamente; así como el desarrollo de maquinaria industrial —el “tren de raspa”— que facilitó el proceso de desfibración para obtener el sosquil, castellanización del término maya tsots kil, utilizado para denominar la fibra contenida en las hojas del agave, con la que posteriormente se elaboraban diversos productos derivados. A ello se sumó el desarrollo de maquinaria agrícola, como la engavilladora McCormick, que permitió el uso intensivo de los hilos de henequén en su aplicación más exitosa.

La leyenda presenta al henequén como una planta sagrada de los mayas, cuyas propiedades y usos fueron descubiertos por Zamná, considerado sacerdote fundador de Chichén Itzá, quien enseñó a su pueblo a aprovechar esta planta nativa conocida como Ki. Así comenzó el cultivo del agave en los patios de las viviendas y su utilización, desde la época precolombina, para elaborar jarcias, cordeles, sacos, bolsas, hamacas y otros artículos domésticos y de trabajo.
El henequén es una especie del género de los agaves (Agave fourcroydes Lem.), endémica de la zona peninsular, donde fue cultivada desde la época prehispánica. Los mayas la denominaron “Ki”. La planta fue domesticada debido a la utilidad de sus fibras, especialmente para la fabricación de sogas y cordeles.
Durante la época colonial, la producción y explotación del henequén resultó fructífera y se convirtió en una importante agroindustria. Los productos derivados comenzaron a comercializarse en mercados cada vez más lejanos, hasta alcanzar destinos estadounidenses y europeos.

Hacia mediados del siglo XIX se intensificó el cultivo del henequén en Yucatán para abastecer a la creciente industria, mediante haciendas que destinaron grandes extensiones de tierra, particularmente en el norte de la península, donde las condiciones eran más favorables para el desarrollo de esta planta vernácula. Para ello se aprovechó la mano de obra campesina, siendo los trabajadores de ascendencia maya uno de los pilares fundamentales de esta agroindustria.
Inicialmente se documentaron diversas variedades de la planta; actualmente solo subsisten tres: henequén blanco, verde y jabalí. El cultivo del blanco, la variedad más común, se desarrolla de forma natural, ya que durante su ciclo vegetativo no se emplean fertilizantes ni pesticidas. La densidad de siembra oscila entre 2,700 y 3,150 plantas por hectárea y requiere de cuatro a seis años de crecimiento para su aprovechamiento.
Su producción no es costosa y la planta puede aprovecharse integralmente debido a sus múltiples usos. El principal consumo es industrial, en la fabricación de cuerdas, sogas, sacos e hilos. También se utiliza para elaborar artesanías como alfombras, tapices, tapetes y hamacas, mientras que sus jugos y residuos son aprovechados para abonos y productos de desarrollo químico y farmacéutico.
A partir del henequén también pueden elaborarse bebidas alcohólicas y, recientemente, se estudia su posible uso para la producción de etanol. Asimismo, puede extraerse pasta para papel, abono, biogás y pulpa derivada del desfibrado, útil como alimento para ganado. También se obtienen ceras de uso industrial y hecogenina, producto básico para diversos fármacos de alta demanda mundial.
El jugo de henequén puede emplearse además como biodetergente para limpieza y lavado, así como emulsionante para polipropilenos. Actualmente aún existen haciendas henequeneras en Yucatán donde se elaboran productos derivados de la planta, incluyendo sogas y fibras, además de ofrecer recorridos turísticos para mostrar el trabajo artesanal de explotación, desde los plantíos hasta la carga de las pacas.
Además de la Península de Yucatán, el cultivo del henequén tuvo éxito en otras regiones como Veracruz y Tamaulipas. Ya entrado el siglo XX, la agroindustria henequenera sufrió un duro golpe con la creación y expansión de fibras sintéticas como el nylon y otros productos derivados del petróleo.
La gestación de esta actividad económica, que marcaría profundamente la historia social y política de Yucatán, se basó en el aprovechamiento de esta planta originaria de la península para obtener, a escala industrial, una fibra dura y resistente con la que se fabricaban productos textiles y de cordelería ampliamente utilizados, incluso en la actualidad.
Destacó entre los usos de los hilos de henequén el amarre de pacas de paja y heno destinadas a la alimentación del ganado estabulado durante los meses de invierno en países del norte. Los productos derivados del agave cubrieron en su época una importante necesidad del mercado mundial, por lo que la agroindustria resultó particularmente exitosa durante los primeros 90 años de su existencia, entre 1850 y 1940.
El investigador Eric Villanueva Mukul, en su libro “Yucatán, historia y cultura henequenera”, señala que la exportación del henequén desde Yucatán hacia numerosos países marcó el auge económico de la región peninsular a finales del siglo XIX y principios del XX.
La bonanza generada fue aprovechada por el grupo económico del Porfiriato en Yucatán para acumular grandes fortunas y controlar política y económicamente al estado. Más adelante, esos recursos sirvieron incluso para financiar proyectos políticos en el centro del país. Posteriormente, el gobierno centralista operó para controlar militar y políticamente a la región peninsular, primero debilitando al empresariado y dividiendo territorialmente a Yucatán mediante la creación del territorio de Quintana Roo, en medio de tensiones derivadas del temor a acciones contra el centralismo.
Con ello también se desplazó al grupo de Olegario Molina, que dominaba el movimiento político y económico del estado.
Durante cinco décadas las exportaciones se realizaron desde el puerto de Sisal, al grado de que internacionalmente la fibra llegó a conocerse con el nombre de este puerto del Golfo de México, ubicado al norte de Mérida, en el municipio de Hunucmá. Hasta la actualidad, a la variedad del agave cultivada en Brasil se le denomina agave sisalana, resultado de la hibridación genética realizada a partir del Agave fourcroydes originario de Yucatán.
El desarrollo industrial del estado marcó el inicio de un modelo económico distinto al de otras regiones del país. El henequén fue motor económico, pero también político, en medio de condiciones nacionales precarias y de presiones hacia las empresas locales, derivadas del poder económico alcanzado por el empresariado yucateco.
Innegablemente, la sobreexplotación de la mano de obra ejercida por los hacendados fue utilizada como argumento por el gobierno centralista para imponer medidas políticas que, sin considerar plenamente el impacto económico, sometieron a los empresarios yucatecos a exigencias relacionadas con el reparto de tierras y la reforma agraria, procesos que nunca lograron consolidarse plenamente.
La industria henequenera también sirvió de base discursiva para impulsar movimientos y posiciones políticas de izquierda, con la intención declarada de proteger al obrero y al campesino, aunque sin resultados históricos contundentes. Así, el movimiento impulsado por Felipe Carrillo Puerto para defender al campesino yucateco frente al poder oligárquico derivó principalmente en una construcción ideológica inconclusa.
En el caso de Yucatán, tras la reforma agraria de 1937 y la creación de 272 ejidos dotados de tierras y henequén en la zona henequenera, comenzó la intervención directa del Estado en la economía mediante la creación de “Henequeneros de Yucatán”, en marzo de 1938.
La intervención centralista en el proceso económico durante la época henequenera definió el escenario político y económico del estado y marcó el modelo de desarrollo de Yucatán hasta finales de la década de 1980, con una entidad subordinada a decisiones centralistas, subsidiada y limitada para diversificarse hacia otros sectores productivos.
Sin embargo, estos cambios también representaron una transformación profunda en el modelo regional de acumulación. De un esquema centrado en el capital de los hacendados se pasó a otro donde el Estado se convirtió en el eje aglutinador del poder económico y político regional, delegando amplias facultades a caciques políticos.
Ese modelo, con diversas modificaciones, prevaleció hasta 1992, cuando, tras decisiones erráticas impulsadas por tecnócratas y políticas centralistas, el Estado se retiró de la actividad henequenera y, en general, de las actividades productivas.
El largo periodo comprendido entre 1938 y 1980 incluye distintas subetapas. Desde el primer año hasta inicios de los setenta, la actividad henequenera continuó siendo, con ligeras variaciones, la principal actividad económica de la entidad.
Sin embargo, a partir de la segunda mitad de los años setenta comenzó la crisis y la paulatina disminución de la actividad, aunque los altos precios registrados entre 1973 y 1975, motivados por cambios en el mercado mundial y el embargo petrolero impuesto por países árabes a Occidente, ayudaron temporalmente a mitigar sus efectos y generaron la percepción de una breve bonanza.
La primera institución creada por el Estado, Henequeneros de Yucatán, funcionó como una cooperativa de participación estatal integrada por ejidatarios, parcelarios y ex hacendados o “pequeños propietarios”. El objetivo de su creación fue disminuir las desigualdades derivadas del reparto henequenero, operando como un “gran ejido”. Sin embargo, con el tiempo los campesinos solo acumularon deudas y las condiciones productivas terminaron deteriorándose.
En 1992, el gobierno federal condonó una deuda de 200 mil millones de pesos al campesinado yucateco. Esos recursos fueron utilizados políticamente durante las campañas del partido oficialista, mientras que los campesinos heredaron tierras áridas y sin posibilidades reales de volver a producir el llamado “oro verde”.
Las marcas yucatecas que sobreviven al tiempo
Con el nuevo siglo surgieron nuevos emprendimientos; dos de ellos se convirtieron en emblemas de la calidad y el prestigio del empresariado local: la Cervecería Yucateca, de la familia Ponce, y la Fábrica de Pastas y Galletas Dondé, fundada por la familia Quintero en 1905, ambas consideradas íconos de la economía de Yucatán.




La calidad de sus procesos y sus políticas de recursos humanos distinguieron a estas empresas. Se pagaban días completos a los empleados enfermos y se les brindaba servicio médico y medicinas, tanto a ellos como a sus familias. En Mérida, a principios del siglo XX, también se edificaron fábricas de hielo, chocolate, rones, habanero y licores. En el ámbito de la medicina hubo casos notables, como Mentolatum y el bálsamo Castro, ejemplos emblemáticos de la industria regional.
Es importante señalar que el empresariado yucateco cimentó sus aspiraciones económicas debido a la distancia con la capital del país, donde la competencia y producción de otras marcas dominaban el mercado. Además, la región peninsular carecía de mecanismos ágiles para obtener mercancías e insumos, que solo podían llegar por vía marítima desde Veracruz hasta Progreso, con frecuentes demoras e ineficiencias.
De esta manera, el empresario yucateco impulsó el desarrollo de productos únicos, de alta calidad y eficiencia, a precios razonables. En este contexto surgió otro emblema regional: Talco Boratado Las Dos Caras, empresa farmacéutica y de productos químicos impulsada por José María Medina Ayora, “Don Tatán”, desde su farmacia “Las Dos Caras”, inaugurada en 1932.
También en el ramo industrial nació Hidrogenadora Yucateca, fundada por la sociedad comercial integrada por Francisco Madero, originario de Nuevo León, y el comerciante yucateco Agustín Vales Castillo, dedicada a la producción de aceites comestibles, jabones y productos químicos para el lavado de ropa.


En 1912 aparecieron los productos Cardín, empresa que fabricaba pastas, recados y botanas, convirtiéndose en una tradición en la región peninsular y conquistando mercados regionales y nacionales. Del mismo modo destacan los productos La Anita, cuyos recados marcaron el gusto culinario de los yucatecos desde los años cincuenta, impulsados por la familia Charruf. Tiempo después surgió otra industria histórica: Veladoras El Faro, dedicada a la producción de velas, veladoras, ceras y derivados.
Tras la expropiación de las haciendas en la década de 1920 surgió la idea de fundar una industria cordelera local. Las pretensiones prosperaron y se abrió un nuevo y próspero capítulo para la industria en Yucatán con el desarrollo de cordelerías privadas.
Luego de la expropiación de las cordelerías, a principios de los años sesenta se impulsaron nuevas iniciativas industriales. Una de ellas fue la fábrica de zapatos deportivos Yvi, junto con la manufactura de calzado Cananea, posteriormente adquirida por la empresa Canadá. Sin embargo, durante esa misma década los capitales comenzaron a migrar hacia otros sectores económicos, como la ganadería y la hotelería, ejemplo de ello fue el hotel María del Carmen, de la familia Borge Manzur.
Otro rubro económico significativo fue impulsado por la familia Roche con el desarrollo de la Industria Salinera de Yucatán, que conquistó el mercado nacional tanto en sal en grano como refinada, bajo la célebre marca Sal Sol.
En el ramo refresquero, las empresas yucatecas también fueron referentes. En 1888 nació la Embotelladora Sidra Pino, fundada por la familia de José María Pino Suárez, que se posicionó como símbolo de calidad y buen precio. Posteriormente surgió Embotelladora Peninsular Bepensa, concesionaria de Coca-Cola, que por sí sola logró escribir un capítulo relevante en la historia industrial de Yucatán.
En el ramo de la construcción se desarrollaron, durante la década de 1960, fábricas y maquiladoras de la industria del vestido, sector que creció hasta exportar las tradicionales guayaberas yucatecas, convertidas en otro emblema de creatividad e innovación textil.
A ello se sumaron Cementos Maya y Materiales Mitza, fundadas en los años setenta, empresas fundamentales para el desarrollo inmobiliario y de la construcción en Yucatán, Quintana Roo y Belice. Más adelante se incorporó con éxito Materiales Procom.
También en el sector de la construcción destacó Vidrios Millet, competitiva junto con la industria del aluminio, uno de los sectores más importantes de la región peninsular.
En el ámbito alimenticio, inversionistas yucatecos de la familia Casares crearon Proalmex, fabricante de horchata y otras variedades de concentrados y jugos, además de las marcas “Deliciosa” y “El Yucateco” en el ramo de los recados. A ello se sumó la familia Achach con la distribuidora de productos condimentados “Pájaro Rojo”. Asimismo, a finales de los años sesenta, el sector avícola cobró fuerza con la empresa Campi.
La industria maquiladora constituye otro capítulo importante en la historia económica de Yucatán. Impulsada por la ampliación del puerto de altura, esta actividad creció durante los años ochenta con la llegada de 23 grandes factorías, principalmente de confección internacional. Posteriormente incrementó su presencia con el desarrollo del ramo joyero, donde destacó la mano de obra yucateca en la elaboración de prendas y alhajas de exportación comercializadas en joyerías de Estados Unidos y Europa.
La industria henequenera tuvo su desenlace con la liquidación de la paraestatal Cordemex en los años setenta, empresa que absorbió a las cordelerías privadas. Tiempo después se desarrolló la industria porcícola y de alimentos balanceados. En esa misma década nació Airtemp, fabricante de aires acondicionados que posteriormente diversificó su producción y actualmente exporta congeladores, cuartos fríos, neveras y refrigeradores industriales a distintos países.
Tras las devaluaciones del peso, los sectores económicos del estado comenzaron a diversificarse. Así, durante los años ochenta, con el predominio del comercio, los servicios y el turismo, la industria experimentó una disminución. Con ello, el sector agropecuario y la reducción del gasto público provocaron un periodo de estancamiento tras varios años de crecimiento notable.
Gran parte del dinamismo económico general se explicó por el gasto gubernamental, aunque algunas ramas y la mayoría de las grandes empresas regionales adquirieron una dinámica propia.
La tesis de la “doble dependencia” —el henequén y la inversión estatal— perdió vigencia a partir de los años ochenta. Si bien en algunos sectores esa relación se intensificó, en otros el capital privado amplió su capacidad de gestión, extendió mercados hacia el resto del sureste, se adaptó a los cambios de la demanda interna, promovió asociaciones de capital para ganar competitividad y, en algunos casos, exportó hacia el mercado estadounidense.
En una estructura económica más diversificada y alejada del monocultivo, la relación entre el Estado y la iniciativa privada derivó en la consolidación de marcas con más de un siglo de existencia, capaces de innovar y construir dinámicas comerciales acordes con la globalización. Gracias a ello, actualmente los productos yucatecos tienen presencia en 15 países de cuatro continentes.
El sector empresarial comprendió la necesidad de no depender del centro del país y abrió condiciones para competir con marcas internacionales. Cada vez más se orientó hacia la complementación económica. Sin embargo, en otros sectores, especialmente en el campo, la dependencia del gasto público permaneció prácticamente sin cambios. Cabe señalar que la región, al igual que el resto del país, se fue adaptando gradualmente a las políticas nacionales de desarrollo.
Un cambio crucial en los últimos años, por su relevancia económica y política, fue la creciente importancia de los ingresos del gobierno estatal frente a los recursos controlados desde el centro del país. En 1977, los primeros representaban poco más de la mitad de los ingresos federales, situación que se mantuvo hasta 1981, cuando la inversión federal representó 10 por ciento del ingreso total y la estatal 6 por ciento.
Esta condición cambió a partir de 1982 y, un año después, los ingresos estatales superaron por primera vez en mucho tiempo a la inversión pública federal.
Desde la década de 1970, Yucatán ha mantenido una participación reducida en la generación de riqueza nacional. En 1970 contribuyó con 1.1 por ciento del PIB nacional; en 1975 con 1.3 por ciento y en 1980 nuevamente con 1.1 por ciento.
Entre 1970 y 1980, el comercio, los restaurantes y los hoteles registraron una participación cercana a 30 por ciento en el PIB estatal.
Durante esa misma década, el sector agrícola estatal disminuyó de 11.7 por ciento en 1970 a 8.3 por ciento en 1980, resultado de políticas gubernamentales erráticas que mantuvieron una tendencia descendente durante diez años. En ese periodo, la manufactura experimentó un breve repunte en 1975, aunque volvió a caer hacia 1980.
En contraste, la industria de la construcción prácticamente duplicó su valor durante ese lapso. El comercio, los servicios y el transporte fueron los sectores más dinámicos y, en conjunto, participaron con 48 por ciento del PIB en 1970 y con 55 por ciento en 1980.
Así, la estructura económica estatal presentó cierta similitud con la nacional si se considera el comportamiento del PIB del país durante esa década. En 1970, 1975 y 1980, el comercio, los restaurantes y los hoteles aportaron la mayor parte del PIB nacional, junto con el transporte, almacenamiento y servicios en general.
Con el 2000, nuevo impulso industrial para Yucatán
De los 305,600 millones de pesos que se erogaron en Yucatán por todas las empresas formales en 1985, 61 por ciento correspondió al comercio, 26 por ciento a la industria y 7 por ciento a los servicios.
De un total de 385,100 millones de ingresos, el comercio obtuvo 55 por ciento, la industria 26 y los servicios 12 por ciento. De 1971 a 1975 la inversión estatal se triplicó a precios corrientes y se duplicó a precios constantes. De 1980 a 1984 volvió a triplicarse a precios corrientes, según reportó la entonces Secretaría de Programación y Presupuesto en sus Informes Económicos de la Delegación Yucatán de 1977 a 1987.


A partir de 1984, la participación del sector público en la estructura económica —considerando en conjunto a los gobiernos local y federal— se convirtió en la cuarta fuente generadora de ingresos, con una participación de entre 12 y 20 por ciento del total, después de los sectores comercial —incluido el turismo—, industrial y agropecuario, según reporta el Inegi en el Anuario de Estadísticas Estatales Yucatán 1985 y el Archivo de la Delegación Regional.
Existen enfoques que sustituyen el concepto estático de dependencia por uno más dinámico de interrelación dentro de sistemas complejos, como se plantea en “Las transformaciones de la estructura socioeconómica de Yucatán en el contexto del desarrollo capitalista del sureste a partir de la posguerra”, publicado en Sociedad, estructura agraria y Estado en Yucatán, Universidad de Yucatán, 1990.
Desde 2010, la dinámica comercial en Yucatán ha incrementado su presencia gracias a su posición estratégica y logística, con la llegada de nuevos sectores económicos, como la industria aeroespacial y empresas manufactureras vinculadas al ramo del transporte.
De esta manera, corporativos económicos trasladaron operaciones a Yucatán. La razón radica en las nuevas dinámicas comerciales y en la llegada de socios internacionales que han instalado empresas en el estado, integrándolo a cadenas productivas globales.
Yucatán logró posicionarse en una década como un nuevo polo industrial del país gracias a sus altos índices de crecimiento, las facilidades gubernamentales para la inversión y su ubicación geográfica estratégica para hacer negocios con Estados Unidos, el Caribe y Centroamérica.
De acuerdo con el Indicador de la Actividad Industrial por Entidad Federativa del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), el sector industrial de Yucatán creció 10.5 por ciento en 2022, cifra superior al promedio nacional de 4.3 por ciento, colocándose entre los cinco estados con mayor crecimiento del país.
Además, el estado cuenta con infraestructura, altos índices de seguridad, gobernabilidad y estabilidad política.
Estos factores han propiciado que la iniciativa privada mantenga confianza en la entidad, reflejándose en inversiones que generan nuevas fuentes de empleo. Un ejemplo es la apertura de la sexta planta de la multinacional Falco Electronics, dedicada a la fabricación de componentes electrónicos, que a lo largo de 30 años se ha consolidado como una empresa de clase internacional gracias al potencial de negocios en Yucatán.
Otra empresa que continúa apostando por el estado es Woodgenix, corporativo de capital chino dedicado a la fabricación de cocinas integrales listas para ensamblar, que abrió una segunda planta en la zona industrial del poniente de Mérida y exporta directamente a Estados Unidos. Además, anunció la construcción de una tercera fábrica en la capital yucateca con mano de obra local.
Por otro lado, una nueva empresa que busca iniciar inversiones en el estado es Accenture, compañía dedicada al desarrollo de software y tecnología.
Actualmente, Yucatán mantiene una cartera de más de 200 proyectos de inversión que superan los 100,000 millones de pesos, impulsados por firmas internacionales como Amazon y Tesla, que ya realizan negocios en la región peninsular.
Conclusiones sobre el desarrollo industrial de Yucatán
La primera gran transformación industrial, iniciada con el auge henequenero, permitió diversificar los sectores económicos de Yucatán a partir de 1880.


El desarrollo industrial del estado tuvo como base la agroindustria henequenera, que no solo posicionó a Yucatán como líder exportador mundial, sino que también estableció infraestructura estratégica, como ferrocarriles y puertos, que permitieron la primera acumulación de capital regional.
Esta herencia agrícola forjó una identidad empresarial resiliente que, tras el declive de la fibra natural, logró transitar hacia la manufactura y los servicios.
A diferencia de otras regiones del país, Yucatán ha consolidado un ecosistema de empresas locales que crearon marcas con alto valor simbólico y competitividad internacional.
En la actualidad, el sector industrial se sostiene en ramas como la agroindustria y los alimentos, donde la entidad destaca por su capacidad exportadora y estándares de calidad. Marcas yucatecas de bebidas, condimentos y productos cárnicos son referentes regionales y demuestran que la identidad local se ha convertido en un activo estratégico para la modernización empresarial.
El panorama industrial contemporáneo está siendo redefinido por proyectos de infraestructura de gran escala.
Entre ellos destaca la modernización del Puerto de Altura de Progreso, considerada fundamental para incrementar la capacidad logística y atraer inversiones de manufactura pesada.
Asimismo, la llegada de locomotoras de carga a zonas como Umán representa una apuesta por la integración logística, con potencial para reducir costos de transporte y mejorar la competitividad del sector secundario.
De igual manera, el gobierno estatal continúa gestionando polos industriales destinados a facilitar la llegada de inversión extranjera directa y diversificar una economía que aún depende ampliamente del sector terciario.
Uno de los puntos de inflexión más críticos para la diversificación económica del estado fue la cancelación de la Zona Económica Especial para industrias tecnológicas, decisión atribuida al gobierno federal anterior.
Las pérdidas derivadas de la cancelación de inversiones programadas para la Zona Económica Especial (ZEE) no han sido cuantificadas plenamente y representan un retroceso en las propuestas de modernización económica del estado.
Este proyecto significaba una oportunidad para insertar a Yucatán en la economía del conocimiento y en la industria tecnológica global.
Su cancelación limitó la transición hacia sectores de alto valor agregado y obligó a mantener una dependencia mayor de actividades tradicionales.
Actualmente, muchas empresas buscan avanzar de manera independiente en procesos de digitalización y formalización; sin embargo, sin el impulso de un polo tecnológico coordinado, la brecha competitiva resulta más difícil de reducir.
A pesar del dinamismo empresarial, el sector industrial enfrenta retos críticos que amenazan su estabilidad.
La sobredemanda energética y la falta de mantenimiento en las redes de suministro provocan apagones constantes que paralizan procesos productivos y generan pérdidas económicas.
Desde hace más de tres lustros, Yucatán ha enfrentado dificultades para equilibrar las tarifas eléctricas aplicadas por la Comisión Federal de Electricidad, situación que ha colocado a la península entre las regiones con costos más elevados del país en suministro eléctrico.
A ello se suma el incremento en productos básicos y tarifas energéticas, factores que han frenado la reinversión productiva en el sector secundario.
Sobre este tema, el Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas ha advertido que la economía permanece parcialmente estancada debido a la reducción en inversión de infraestructura básica.
Yucatán se encuentra actualmente en una encrucijada histórica.
Posee una base industrial con identidad propia y marcas consolidadas; sin embargo, la falta de visión federal en proyectos tecnológicos de gran escala y las deficiencias en el suministro eléctrico continúan actuando como frenos para su modernización.
El futuro económico del estado dependerá de su capacidad para consolidar proyectos estratégicos, como el Puerto de Altura y el tren de carga, garantizando al mismo tiempo una red energética confiable que permita sostener las exigencias de la industria del siglo XXI.

