@_Chipocludo
Cancún ha dejado de ser esa promesa caribeña de cielos abiertos para convertirse en un intrincado laberinto de muros y nostalgias. A sus cincuenta y seis años, la ciudad ya no se reconoce en los folletos turísticos que aún la venden como un paraíso de integración. Lo que alguna vez fue un lienzo en blanco para la planificación urbana, hoy es una mancha de concreto fragmentada que parece haber sido diseñada bajo una premisa de aislamiento voluntario. La capital turística de México ha mutado en una suma de burbujas, un archipiélago de asfalto donde el espacio público ha muerto a manos de la seguridad privada y donde la biología humana parece ser el mayor error de cálculo de sus desarrolladores.
La ciudad ha abrazado un “apartheid arquitectónico” que define la vida cotidiana. Ya no se fundan barrios; se inauguran “cápsulas”. Los nuevos desarrollos habitacionales operan bajo la lógica del búnker: bardas perimetrales de tres metros, casetas de vigilancia y una uniformidad estética que promete exclusividad a cambio de eliminar la cohesión social. Esta fragmentación segregada de la clase media ha aniquilado la calle como punto de encuentro. El vecino no es un aliado, es una matrícula vehicular que cruza la pluma de seguridad. Este modelo de ciudad-dormitorio encerrada ha generado ciudadanos que ven el exterior como un territorio hostil de paso, rompiendo cualquier tejido de identidad comunitaria. Si no hay plazas, si no hay aceras compartidas y si cada parque tiene una reja con candado, lo que queda es una urbe de extraños que comparten el mismo código postal, pero jamás la misma realidad.
A este aislamiento estructural se le suma una paradoja cruel: Cancún se olvidó de que sus fundadores también envejecen. Aquellos pioneros que llegaron en los setenta a machetear la selva y levantar los cimientos del éxito hoy se encuentran atrapados en una ciudad que les ha dado la espalda. La infraestructura urbana es una carrera de obstáculos diseñada exclusivamente para el trabajador joven y ágil. Las banquetas, cuando existen, son trampas de concreto fracturado por las raíces y el abandono; el transporte público es un sistema de “combis” salvajes que exige reflejos de atleta para abordarlas, y los espacios de salud geriátrica son casi un mito urbano. El pionero, aquel que construyó el “sueño”, hoy vive confinado en su casa porque la ciudad que ayudó a crear no tiene rampas, no tiene sombras y no tiene paciencia para quien camina lento.
Es fascinante observar cómo nos felicitamos cada aniversario mientras ignoramos que hemos construido un escaparate de lujo sobre un cimiento de exclusión y obsolescencia programada. Qué éxito tan rotundo hemos alcanzado: logramos diseñar una metrópoli donde los jóvenes viven encerrados por miedo y los viejos viven encerrados por incapacidad de la infraestructura. Somos la joya de la corona del turismo mundial, pero somos incapaces de garantizar que un abuelo pueda caminar tres cuadras sin jugarse la vida en un cruce mal planeado o en una acera inexistente.
¿Seguiremos brindando por el “progreso”? Cuando la ciudad sea finalmente un conjunto de prisiones de lujo rodeadas de una selva de asfalto que nadie, ni por juventud ni por vejez, puede ya transitar.

