La tecnología, un tanto distópica, revoluciona la vida en la tierra ¿Qué pasará cuando los robots sean tan reales como los replicantes de Blade Runner?
SANTIAGO J. SANTAMARÍA GURTUBAY

En 1992 se estrenaba ‘Hasta el fin del mundo’, la película más excesiva de Wim Wenders. Nacido en Düsseldorf, 1945, es un guionista, productor, actor y director de cine alemán que también ha trabajado en los Estados Unidos. Con un metraje que rozaba las tres horas de duración, el film nos trasladaba hasta un futuro inmediato, tiempo en el que ahora vivimos inmersos y cuya realidad se nos presenta con toda su carga distópica. Para conseguirlo, Wim Wenders establecía correspondencias que iban más allá de las meras relaciones entre personajes, consiguiendo mostrar de manera soterrada el nexo enfermizo entre el ser humano y la tecnología. El mundo visible escondía otro mundo donde dominaba lo artificioso. De esta manera, el personaje que interpreta Jeanne Moreau es el de una mujer ciega que intenta combatir su mal con una máquina que captura visiones conscientes y subsconcientes del cerebro de otras personas con el fin de ser traspasadas al suyo. El relato sonaba fantástico; hoy ya no tanto.
Por si fuera poco, la película de Wenders es todo un despliegue de cacharritos que parecían asunto de ciencia ficción, pero que hoy se han convertido en algo cotidiano. Sin ir más lejos, los teléfonos celulares con pantalla que aparecen en la película son un presentimiento de lo que nos iba a deparar el nuevo milenio. Se puede decir que con estos detalles, la película de Wenders es una película triste, puesto que la felicidad, para que sea completa, requiere que el futuro sea incierto, y lo que Wenders conseguía con su película era predecir con acierto lo que nos esperaba. Pero mucho antes de que Wenders nos presentase el futuro de una manera tan nítida, en el año 1926, Nikola Tesla concedió una entrevista al semanario Collier’s, donde describió con certeza el dominio de la tecnología en el futuro, atinando en todo. Solo hay que echar la vista atrás para darse cuenta de que en estos últimos 30 años, el mundo ha cambiado más que en los 30 años anteriores. Cuando se estrenó la película de Wenders, nos parecía inalcanzable que una persona ciega pudiese recuperar la vista, pero hoy estamos muy cerca de ello gracias a los ojos biónicos, un adelanto de la nanotecnología por el que es posible percibir la realidad con todos sus colores. No sé dónde dejó dicho Federico Fellini que el único realista que hay es el visionario, pero razón no le faltaba al cineasta si tomamos como ejemplo a Wenders y su película ‘Hasta el fin del mundo’; un filme que se nos presentó como ciencia ficción y que, con los años, se convertiría en todo lo contrario, es decir, en una película realista.
Tendría que pasar el tiempo para darnos cuenta de que Wenders, al igual que Tesla, estaba adelantándose en la realidad de nuestra época, llena de contradicciones y de claroscuros. Porque resulta paradójico que, mientras nos entregamos a la conquista de un mundo feliz donde la tecnología nos permite hacer posible lo que hasta hace poco parecía imposible, por el otro lado necesitamos mantener conflictos territoriales y guerras con el fin de acceder a las fuentes energéticas que alimentan dicha conquista. Por cuestionarlo a la manera del portugués y Nobel, José Saramago: “¿Qué clase de mundo es este que puede mandar máquinas a Marte y no hace nada para detener el asesinato de un ser humano?”.
¿Qué tecnología habrá dentro de cien años? La evolución del ‘hardware’, las comunicaciones y el ‘software’ contribuirá a un enorme desarrollo de campos como la telemedicina. Es imposible saber con seguridad qué tecnología estará disponible dentro de un siglo, pero sí podemos anticipar una visión general si echamos una ojeada a los avances que se están gestando en los tres ámbitos principales de las TIC (Tecnologías de la Información y de las Comunicaciones): el hardware (los dispositivos y las máquinas), las comunicaciones (redes cableadas y móviles) y el software (servicios y aplicaciones). Estos tres campos van de la mano, aunque el hardware manda en la carrera evolutiva. Coches Voladores es un nombre genérico que recibe todo vehículo utilitario con capacidad de transportar personas sin tocar la superficie. Los coches voladores también son, de lejos, una de las fantasías más recurrentes en la mayoría de relatos de ciencia ficción. Turismo espacial. Es una modalidad de viajes que se realizan a más de 100 kilómetros de altura de la Tierra. Estos viajes son mediante cohetes o naves espaciales, y, de momento, tienen propósitos recreacionales, de placer o de negocio. Robots Sexuales. Dispositivos tecnológicos con apariencia humana que responden a determinadas preguntas, expresan emociones y están diseñados para satisfacer las necesidades o peticiones sexuales de sus usuarios.
Sexo con robots, la metamorfosis del placer para el siglo XXI no está exenta de riesgos. Un 40% de los hombres están interesados en probar o adquirir un muñeco erótico, según un informe, aunque este tipo de prácticas puede generar, a la larga, problemas de afectividad e intimidad. El placer del ser humano a lo largo de los últimos milenios ha cambiado. La forma de comprender y practicar relaciones sexuales también. La industria de los dos rombos puede presumir de ser muy innovadora. O al menos nunca se le han caído los anillos a la hora de probar cosas nuevas. Numerosas tecnologías de consumo que han aparecido han tenido un cierto encaje. Cambian las modas, la estética, los juguetes y las posturas, pero el fin último no. Mientras se allana el camino hacia el futuro de la robótica en la sociedad empieza a surgir a la misma velocidad una corriente de pensamiento que aboga por que las máquinas, en un futuro próximo, se metan en la cama con las personas. Existe ya un creciente interés en explorar este camino. Muñecas sexuales realistas que pueden confundir por su mirada. Robots sexuales recubiertos de pieles sintéticas. Dotar de ‘inteligencia’ a los robots es el siguiente paso y, de facto, puede llevarse por delante un factor clave en el sexo, la intimidad.
Un informe reciente publicado por The Times constata que el 40% de los hombres británicos están interesados en probar o adquirir un muñeco erótico ‘inteligente’, aunque este tipo de prácticas puede generar problemas de afectividad a largo plazo. Los expertos creen que el sexo con robots tiene dos caras de una misma moneda, una positiva y otra negativa. En el sexo hay tres razones para practicarlo, reproducción, placer e intimidad, es decir, comunicarte con otro ser humano. Este tipo de relaciones artificiales puede prosperar por la imaginación (“puedes hacer que sea muy humano”), pero “pierdes intimidad”. Sin embargo puede ayudar a mejorar las relaciones de personas tímidas que no dominan las habilidades sociales. La Inteligencia Artificial y la robótica ya están presentes en la sociedad y en la industria. A falta de la gran explosión en el mundo doméstico, prevista para la próxima década, el ancestral hábito del sexo puede pasar a la historia como una leyenda del pasado en caso de introducir los robots en la cadena del placer.
¿Qué pasará cuando, como los replicantes de las películas Blade Runner, sean tan reales los robots que no podamos sentir la diferencia? Esa idea es, sin embargo, todavía una utopía, puesto que una relación emocional al mismo nivel que la humana y las consideraciones psicológicas no están por el momento tan avanzadas. Hace unos años, el científico británico Stephen Hawking levantó la voz para advertir las posibles amenazas que podían representar la robótica, sobre todo cuando se le integra un sistema de inteligencia artificial: “Los robots son una amenaza para la humanidad. Los seres humanos que están limitados por la evolución biológica lenta, no podrían competir por la inteligencia artificial, y serían superados por ella”, declaraba.
Aldous Leonard Huxley (Godalming, Surrey, 26 de julio de 1894 – Los Ángeles, 22 de noviembre de 1963) fue un escritor y filósofo británico que emigró a los Estados Unidos. Miembro de una reconocida familia de intelectuales, es conocido por sus novelas y ensayos, pero publicó también relatos cortos, poesías, libros de viajes y guiones. A través de sus novelas y ensayos, ejerció como crítico de los roles, convenciones, normas e ideales sociales. Se interesó, asimismo, por los temas espirituales, como la parapsicología y el misticismo, acerca de las cuales escribió varios libros. Se le considera uno de los más importantes representantes del pensamiento moderno. En 1932 escribe en cuatro meses la obra que lo haría más famoso: ‘Un mundo feliz’ (Brave New World, 1932), novela distópica que ofrece una visión pesimista del futuro del mundo, mostrando una sociedad regida por el condicionamiento psicológico como parte de un sistema inmutable de castas. ‘Un mundo feliz’ tiene lugar en una sociedad futurista incómodamente estéril y controlada, comúnmente conocida como ‘Estado Mundial’. La historia empieza con un grupo de jóvenes estudiantes que están de visita en el ‘Centro de Incubación y Condicionamiento de Londres’, escuchando las explicaciones del director del centro, cuyo nombre es… El Director. Sí, es todo un poco escalofriante…
Joe Biden eleva la vigilancia sobre la inversión china en sus sectores tecnológicos más punteros. Estados Unidos ha aprobado esta pasada semana un decreto para blindar la inteligencia artificial, la ciberseguridad y la biotecnología. Alega para ello razones de seguridad nacional. “Ciertas inversiones de personas extranjeras, en particular de naciones competidoras o adversarias, pueden presentar riesgos para la seguridad nacional”, explican en Whashington. La pandemia, la invasión rusa de Ucrania y la creciente rivalidad estratégica y económica con China han llevado a la Casa Blanca a señalar algunos factores concretos a tener en cuenta a la hora de supervisar y autorizar inversiones extranjeras en el país. El decreto señala directamente cinco grupos de factores a tener en cuenta. En primer lugar, el potencial impacto sobre las cadenas de suministro, esto es, las inversiones que transfieren a una persona extranjera la propiedad, los derechos o el control de determinadas capacidades de fabricación, servicios, recursos minerales críticos o tecnologías que son fundamentales para la seguridad nacional en sentido amplio. En segundo lugar, el efecto de una inversión en el liderazgo tecnológico de Estados Unidos en áreas como la microelectrónica, la inteligencia artificial, la biotecnología, la computación cuántica, la energía limpia avanzada y las tecnologías de adaptación al clima. En tercer lugar, las tendencias en inversiones industriales que puedan convertirse en una amenaza. Los posibles riesgos de ciberseguridad derivados de inversiones extranjeras son el cuarto factor que la orden llama a tener en cuenta. Por último, la orden subraya que los datos son una herramienta cada vez más poderosa para la vigilancia, el rastreo, el seguimiento y la selección de personas o grupos de personas, con efectos potencialmente adversos para la seguridad nacional. “Algunos países explotan nuestro ecosistema de inversión abierto para promover sus propias prioridades de seguridad nacional de forma directamente contradictoria con nuestros valores e intereses”, razonan en Washington…
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