Inosente Alcudia Sánchez
De repente, la vida pública ha caído en una vorágine mareadora. Mientras el caso de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos se enturbia a fuerza de acusaciones a miembros de la Secretaría de Marina y amenaza con convertirse en un pesado lastre para la credibilidad del gobierno, un día nos enteramos que un equipo de justicieros informáticos que se hacen llamar “Guacamaya” vulneraron los archivos digitales de la Secretaria de la Defensa Nacional (Sedena) y extrajeron millones de documentos que dan cuenta del día a día operativo y administrativo del ejército.
Aunque a diario diversos medios de comunicación están develando informes extraídos del hackeo, todos interesantes y cada vez más escandalosos, seguramente nos falta mucho por ver y dará de qué hablar, quizás, durante varios meses. En tanto medios de comunicación y organizaciones no gubernamentales van deshebrando los archivos extraídos, la opinión publicada se ha volcado en las especulaciones. Quién y para qué, son preguntas que se siguen haciendo los analistas. A pesar de que Guacamaya reivindicó el atentado informático y dio sus motivaciones, no hay nada mejor para animar la discusión cafetera o cantinera que idear las conspiraciones más atrabancadas.
Lo cierto es que, como leí por ahí, estos días están llenos de “ruido y furia noticiosa”. Desde hace semanas venimos atestiguando un encadenamiento de hechos que empezaron con la tragedia –ya borrada de la prensa, como era de esperarse- de la mina del Pinabete, hasta la caída de un helicóptero (el octavo en lo que va del sexenio) de la Secretaría de Marina en el municipio de Centla, Tabasco, y la renuncia de la secretaria de Economía. Si bien esta administración venía salpicada de infortunios (la explosión de Tlahuelilpan, la caída del Metro, etc.), hasta el derrumbe de la mina del Pinabete el gobierno había contenido las crisis y, con atinadas estrategias de comunicación, minimizó los costos políticos y la imagen del presidente salió indemne.
Empero, me parece que estamos atestiguando el periodo de mayor crisis en lo que va de la actual administración: una crisis que puede ser profunda y prolongada. Por una parte, la información que se revele de los archivos de la Sedena puede ser como la gota de agua que, a fuerza de repetición, horade la roca de la inmunidad mediática presidencial. Desde luego, la calidad y cantidad de los datos que se divulguen podrá potenciarse si lo que queda de la oposición es capaz de transformarlos en “sucesivos misiles” que abatan los pilares de popularidad que mantienen a flote la imagen del presidente.
Por otra parte, el régimen enfrentará un golpe que puede ser contundente: la pronta publicación del libro “El rey del cash”. La autora, Elena Chávez, señala que “es un testimonio sobre los 18 años que viví cerca del presidente Andrés Manuel López Obrador, al ser pareja de su entonces jefe de prensa César Yáñez”. Los enterados me comentan que para la impresión de un libro de esta naturaleza, la autora tuvo que exhibir a la editorial las evidencias y “testigos” que avalan sus dichos. Así, además del éxito en ventas, esta “crónica nítida y sin concesiones a través de la cual se reconstruye la historia secreta política, personal y financiera de AMLO y su círculo más cercano” (Anabel Hernández), contará hechos de tal nivel de impudicia que será difícil evitar que no manchen el impermeable plumaje que protege al presidente.
Si a los potenciales conflictos mencionados agregamos que empezó el desgajamiento del equipo presidencial, evidenciado con la renuncia de Tatiana Clouthier, es probable que se esté configurando un coctel explosivo que podría marcar el inicio del natural declive en la aceptación de la gestión del presidente y el quiebre en las simpatías por Morena. En este contexto, la conferencia mañanera, que ha sido el poderoso instrumento propagandístico indudablemente efectivo para imponer la narrativa conveniente a la cuarta transformación, puede sufrir una reconversión en los próximos días y cambiar a un vulnerable espacio defensivo, ya que el alud de información por venir puede arrebatar la iniciativa beligerante al discurso presidencial, agotado, además, por la repetición de lugares comunes y frases propagandísticas cada vez con menos contenido de donde asirse.
En contrario a lo que podría opinar mi admirado Jorge Zepeda Patterson, pienso (es un decir) que estos misiles no provienen de la oposición ni de los “adversarios” del régimen (ya vimos que lo que era la oposición no es tan adversaria). No, porque les falten ganas o imaginación, sino porque estos últimos hechos provienen de la misma actuación del régimen. Es decir, no se trata de escándalos magnificados, sino de consecuencias por la omisión o actuación de los actores involucrados.
Coincido con Zepeda Patterson, eso sí, en que a lo que quiera llamarse oposición le falta “construir un programa alternativo viable y atractivo para las grandes mayorías del país. Mientras eso no suceda, me parece, tienen la batalla perdida”, a pesar del alboroto que provoquen las guacamayas revelaciones.
En medio de este desbarajuste, el presidente se apuntó un triunfo nada despreciable: quebró la alianza política opositora, destrozó el famoso “bloque de contención” del Senado y, con la excusa de promover la reforma constitucional aprobada por el Congreso federal, el secretario de Gobernación, precandidato del oficialismo, recorrerá el país predicando la buena nueva de que los militares seguirán en la calle hasta el 2028 -y que eso no significa militarizar la seguridad pública. De aquí en adelante, además, el presidente tiene el camino libre para emprender las reformas constitucionales que le vengan en gana, incluyendo la que modifique nuestro sistema democrático electoral.
No obstante, entre masacres y asesinatos, que parecen no escandalizar a nadie, el otoño puede estar asomando a Palacio Nacional. “No lo sé de cierto. Sólo lo supongo.”


