18 abril, 2026

INOSENTE ALCUDIA SÁNCHEZ

El Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha cumplido su misión histórica. Desde que el genio de Plutarco Elías Calles concibió la creación de un organismo que funcionara como válvula de escape para distender los conflictos de poder que, hasta entonces, se resolvían a punta de pistola, el Partido desempeñó un papel fundamental en la construcción del Estado mexicano y en la modernización del país.

El Partido Nacional Revolucionario (PNR) conjuró las disputas violentas entre líderes regionales y nacionales, constituyendo el mecanismo que encauzaba ambiciones e inconformidades por el camino de la política. En ese sentido, fue el Partido de la edificación de la paz posrevolucionaria, condición indispensable para que el gobierno ejerciera con normalidad sus funciones. El PNR creó espacios para la reconciliación y diseñó el mecanismo para asignar cuotas de poder público a las facciones que se sumaron a la Revolución.

El Partido de la Revolución Mexicana (PRM) avanzó en la constitución de una verdadera organización de masas. Su estructura basada en sectores poblacionales y su cobertura nacional, conformaron una enorme base social que otorgó legitimidad a las acciones del gobierno, alentó una amplia participación política, consolidó la vía para acceder al poder público y, de alguna manera, en el espacio para la práctica de una democracia sui géneris: era al interior del Partido donde se efectuaba la verdadera competencia por los cargos públicos.

El cambio en su denominación fue un mensaje claro de la renovada misión a la que se enfocaría la organización surgida de la polvareda violenta de la Revolución Mexicana. La “institucionalización” del andamiaje jurídico-político necesario para dar respuesta a las viejas y nuevas demandas de una población en crecimiento y con acceso a cada vez mayores satisfactores, fue la tarea que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) asumió para configurar un país moderno y progresista. La contribución del PRI en todos los órdenes del desarrollo nacional es parte de nuestra historia: de 1946 al 2000, y con los antecedentes del PNR y del PRM, México transitó del atraso económico y social, a un país vigoroso, inserto en el comercio internacional, con sectores productivos de clase mundial; y con avances sustanciales en materia educativa y de salud.

En ese tramo de historia, el PRI hegemónico y su gobierno fueron estableciendo, también, el marco de organización de un Estado democrático moderno, acorde a los tiempos y al perfil de una sociedad cada día más plural, diversa y participativa. Una sociedad ciertamente desigual, pero con fundamentos sólidos para seguir generando oportunidades de bienestar y prosperidad para los grupos sociales desfavorecidos por un modelo de desarrollo que había privilegiado unas actividades productivas y regiones, y descuidado otras.

En síntesis, en sus tres momentos históricos, el Partido cumplió a cabalidad su tarea: el PRM fue la base para la pacificación del país en el momento álgido de la disputa violenta por las posiciones de poder; el PNR fue la organización política que permitió al gobierno y a la sociedad actuar en forma unitaria y efectiva, para consolidar el Estado posrevolucionario y sus acciones transformadoras; y el PRI fue el crisol de la modernización nacional, el Partido donde se incubaron pensamientos, personajes e instituciones que emergieron para edificar nuestra democracia liberal del siglo XXI.

Conforme avanzó la obra revolucionaria, conforme sus gobiernos cumplían las metas reclamadas en la gesta de 1910, el PRI iba horadando los pilares de su hegemonía política. Los gobiernos priistas edificaron un país donde había cada vez menos lugar para un Partido de Estado: el surgimiento de clases medias, la masificación de la educación, el debilitamiento del corporativismo, el creciente ejercicio de derechos cívicos, la extensión del alcance de los medios de comunicación, la atención internacional en nuestros procesos electorales, entre otros factores, minaron las fortalezas de una organización que nació del poder para servir al poder.

Es probable que la longevidad haya atrofiado la capacidad de adaptación del PRI. Del 2000 al 2018 fue un periodo de señales claras: las reglas y las instituciones electorales, así como las condiciones objetivas del electorado, reclamaban una renovación o, más bien, una reinvención del Partido para afianzar su cercanía a grupos y segmentos de población que le redituaran competitividad electoral, reputación política. Las circunstancias ya no eran, ni volverían a ser, aquellas en las que el PRI contaba con “la maquinaria” para ganar elecciones. Engendrado desde el poder, el PRI no aprendió a caminar sin el sostén del poder.

La derrota en la elección presidencial del 2000 fue dolorosa, pero no dejó al Partido totalmente huérfano: gobernadores y legisladores significaron una red de protección que evitó su derrumbe y, mejor aún, le dio energías para mantener presencia en todo el territorio nacional e impulso suficiente para reconquistar la presidencia de la República 12 años después.

La frivolidad e irresponsabilidad se apropiaron del gobierno y del Partido. Echaron a la basura el tiempo para reconstituir al PRI y presentar, en el 2018, una fuerza política con capacidad para competir y conservar el poder público. Sus dirigentes ni siquiera designaron un candidato priista para las elecciones presidenciales del 2018. El enorme e histórico Partido formador de cuadros políticos, almácigo de candidatos crecidos en sus estructuras, no tuvo siquiera un militante capaz de representarlo y postuló a un “ciudadano”, un burócrata ajeno a la ideología priista, un extranjero ante los grupos populares que tiempo atrás eran el granero de votos revolucionarios. Naturalmente, el PRI rodó hasta el fondo del barranco.

Y, de repente, la edad se le vino encima, diría la canción. Justo cuando otra fuerza política se esmera en suplantarlo, la precarización y el descrédito acumulado le cayeron de golpe al partidazo, al Instituto cuya misión cumplida fue transformar a México. Surgido desde el poder y siempre dirigido desde el poder, al fin el Partido quedó en libertad, sin ataduras al presidente en turno o a un sindicato de gobernadores. Este es el PRI que le tocó dirigir a Alejandro Moreno Cárdenas, quien ha entendido el momento de orfandad que enfrenta el Partido: sin nadie a quién rendir disciplina institucional, ha operado con eficacia para administrar a su favor lo mucho o poco que queda de una de las organizaciones de masas más efectivas del siglo XX. La dirigencia del exgobernador de Campeche será de trascendencia: contribuirá a recuperar al PRI de las cenizas o abonará a sus funerales.

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