Inosente Alcudia Sánchez
Es su naturaleza. En solitario, sin la representación de la sociedad civil que, dicen, les pidió olvidar agravios, los dirigentes del PAN, PRI y PRD presentaron la versión 2.0 de la alianza Va por México. En los rostros de Marko Cortés, Alejandro Moreno y Jesús Zambrano las sonrisas borraron el disgusto de los recientes desencuentros que causaron la ruptura entre sus partidos y, como si vinieran de un mundo distinto, anunciaron los arreglos de su nueva alianza: el PRI designará los candidatos a gobernador del Estado de México y Coahuila, y el PAN, de acuerdo a sus estatutos, conducirá la selección de los abanderados aliancistas para la jefatura de gobierno de la Ciudad de México y para la presidencia de la República. Lo último, más que compromiso, es sólo el enunciado de la intención de mantener la unidad hasta las elecciones presidenciales del 2024.
El reencuentro, adujeron los reconciliados políticos, atiende al reclamo ciudadano: el pueblo ordena y ellos obedecen. A donde quiera que iba, argumentó Marko Cortés, la gente me pedía que rehiciéramos la alianza. Nada más sagrado, entonces, que esta unión de contrarios fundada en el clamor popular. Quizás por eso Alejandro Moreno previno que quien atente contra la alianza, o contra alguno de sus integrantes, estará atentando contra México, original desplante que nos recuerda a los que acusan de “traidores de la patria” a quienes no acompañan el tren de la cuarta transformación.
Aunque en los discursos menudearon los reconocimientos al Frente Cívico Nacional, a la organización Unid@s y a la sociedad civil en general, lo que quedó claro en el evento de relanzamiento de Va por México es que los dirigentes partidistas no han terminado de entender el mensaje ciudadano y pretenden que usar el término de “sociedad civil” es suficiente para que la ciudadanía confíe en sus renovadas buenas intenciones. Los ciudadanos atestiguamos los usos políticos de siempre: un acuerdo cupular de repartición de candidaturas en el que prevaleció el interés de las nomenclaturas. Ni siquiera para guardar las formas, o para aprovechar el tiempo de precampañas, se propuso algún mecanismo de selección de candidatos a gobernador que contemplara la participación de la sociedad. Así, las encuestas “copeteadas” de Morena parecen un enorme avance democrático en comparación con el presumible método que empleará el aliancista PRI para validar la decisión tomada: convención de delegados.
Ciertamente, hay amplios sectores de la sociedad decepcionados de los resultados de la cuarta transformación y que están en espera de que la oposición ofrezca una atractiva opción electoral. Empero, la credibilidad de los partidos está tan deteriorada que la fortaleza de la alianza no responderá a la retórica de unidad de los dirigentes, sino a la capacidad que tengan de mandar mensajes creíbles a sus posibles votantes. Y los acuerdos cupulares son exactamente el mensaje contrario a lo que esperaría la sociedad civil de los políticos que dicen actuar en función del interés de los ciudadanos. Hasta Claudio X. González, un entusiasta promotor de Va por México, previno que las candidaturas aliancistas deben ser legitimadas de la manera más amplia posible, porque sólo así tendrán la competitividad necesaria para ganar. En el mismo sentido, el ex presidente nacional de COPARMEX, Gustavo de Hoyos, escribió que “sin el consenso y la presencia de la sociedad civil, no les alcanza” (a los opositores), para ganar la elección presidencial.
En la urgencia por repartir los cargos de un ambicionado “gobierno de coalición”, parece que los dirigentes de la alianza dan por verdaderos al menos dos supuestos: que las intenciones de voto de los tres partidos se sumarán en automático al candidato que ellos designen y que los electores anti 4T votarán en contra de Morena sin importar quién sea el candidato de la oposición. Debo decir que hay analistas que dan por válidos estos dos supuestos, pero creo que sus opiniones están más movidas por el deseo que por la razón (en alguna parte leí que el antiobradorismo será tal que hasta una escoba ganaría en el 2024). Igualmente, he escuchado a otros que recomiendan a las oposiciones concentrar sus esfuerzos en conseguir la mayoría del Poder Legislativo, porque no ven la manera de evitar el triunfo de Morena en la elección presidencial. En realidad, las bases de apoyo a la cuarta transformación seguirán siendo amplias y darán competitividad a quien resulte candidato o candidata de Morena. Sin embargo, está muy lejos de ser invencible: al contrario, un buen candidato, con la narrativa adecuada, y una oposición unida, estarán en condiciones de dar coherencia a toda, o a la mayoría, de la inconformidad anti AMLO. Evitar la dispersión del voto opositor será estratégico, tanto como disminuir la abstención. Y para conseguirlo los partidos políticos tendrán que ganar la confianza de la ciudadanía e impulsar una movilización civil que haga contrapeso al activismo de los promotores de Morena. Comparto la idea, entonces, de que la sociedad civil debe participar en la selección del candidato presidencial opositor al obradorismo: mediante un mecanismo que legitime la democracia partidista y permita la más amplia participación ciudadana. Sería desastroso que, frente al método de las encuestas de Morena, la oposición respondiera con la designación de candidatos a modo de sus dirigencias.
En tanto, no les caerá mal a los partidos coaligados en el EDOMEX y Coahuila revisar la experiencia que tuvieron en Campeche. Puede ayudarlos a no repetir errores que signifiquen dejar ir un posible triunfo. La revisión objetiva de la campaña aliancista por la gubernatura campechana debe estar entre los documentos prioritarios del cuarto de guerra de Va por México.


