Inosente Alcudia Sánchez
Las actuales alianzas electorales me provocan dudas. Hubo una época en que los opositores de distinto signo se reunían en un “frente”, lo más amplio e incluyente posible, para enfrentar al poder político establecido, a algún régimen dictatorial o a un partido hegemónico aferrado a no ceder el gobierno. Recuerdo al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que evolucionó de grupo armado a una gran organización política en la que confluyeron guerrilleros, partidos demócratas, organizaciones civiles y ciudadanos, todos unidos, a pesar de sus diferencias, en la oposición al despótico régimen somocista, y que fue el instrumento para restaurar la democracia en Nicaragua (ahora socavada, por cierto, a manos del infame Daniel Ortega). Para no ir más lejos, está todavía en la memoria de muchos el Frente Democrático Nacional (FDN), enorme alianza que le plantó cara al partido de la dictadura perfecta y que fue la base de la transformación democrática de nuestro sistema político. Esos son ejemplos de alianzas políticas/electorales virtuosas, enraizadas en causas profundamente populares, con objetivos comprensibles y compartidos por la mayoría de los ciudadanos, del pueblo: conseguir la prevalencia de las reglas democráticas y el respeto de la voluntad popular expresada en las urnas.
Esas alianzas eran encabezadas por convincentes liderazgos carismáticos que sumaban a tirios y troyanos en torno a grandes causas colectivas. El FDN, por ejemplo, fue encabezado por un grupo de reconocidos personajes que se distinguían por sus ideas progresistas y su larga lucha democrática: Ifigenia Martínez, Porfirio Muñoz Ledo, Cuauhtémoc Cárdenas, Heberto Castillo; quienes fueron acompañados por una multitud de organizaciones sociales de izquierda y respaldados por algunos pequeños partidos políticos. Se dice que esta coalición ganó la presidencia de la República en 1988, pero el triunfo le fue arrebatado por una maniobra fraudulenta instrumentada desde la secretaría de Gobernación, en esos tiempos a cargo de Manuel Bartlett Días.
El poder político —y ciudadano— del FDN se desvaneció cuando evolucionó a partido político: el de la Revolución Democrática (PRD). Y es que, como su nombre lo indica, un partido es “parte” y, más que una causa, ofrece a sus militantes y simpatizantes un conjunto doctrinario que, como sea, siempre tendrá algo de excluyente. En el PRD se quedaron, entonces, los que compartieron ideología y vieron reflejados en el nuevo partido sus principios y aspiraciones (“tribus” les dio por llamarse). Los demás se esparcieron en una diáspora que prohijó la diversidad ideológica y mucho contribuyó a nuestra transición democrática.
La efectividad electoral de las alianzas políticas, signadas sólo entre partidos, me provoca dudas. Y es que las coaliciones de nuestros días están sustentadas en compromisos entre cúpulas políticas, en negociaciones oscuras y a espaldas de la sociedad. Por eso las alianzas entre partidos son endebles: no son resultado de causas socialmente compartidas, sino de intereses particulares, de la repartición de cuotas de poder, de cargos públicos. Así, para las militancias y para el gran electorado, las coaliciones resultan acuerdos contranatura, fruto de ambiciones personales y no de un proyecto colectivo que sea aglutinador de conciencias y de legítimas aspiraciones sociales.
En Campeche compitió, hace dos años, la alianza Va por Campeche: quedó en tercer lugar en la votación para elegir gobernador(a) y el PRI, que había sido el partido hegemónico de siempre, perdió todo o casi todo. Parecería que, en lugar de favorecerlos, ir en coalición perjudicó a priistas y panistas. No es, entonces, la simple unión entre partidos lo que da potencia a una alianza electoral. No hay una suma en automático de las preferencias electorales, ni se agregan simpatizantes nuevos seducidos por los arreglos convenidos entre dirigencias.
En Coahuila la alianza es una mera formalidad: en ese estado el PRI tiene una clara supremacía política por lo que, incluso, podría triunfar sin la coalición, según algunas encuestas; además, los conflictos entre Morena y sus aliados perfilan con más claridad la victoria de los priistas y sus coaligados. Por el contrario, se advierte complicada la contienda para la alianza Va por el Estado de México. Aquí se adivinan, desde ahora, similitudes con lo sucedido en Campeche en el 2021. Señalaré algunas: a) Designación de candidaturas como resultado de negociación de las cúpulas y sin un proceso legitimador ante las militancias; b) Arranque de la campaña a gobernador desde el segundo lugar de las preferencias electorales; c) Un tercer candidato competitivo que puede captar los votos de electores decepcionados de las alianzas; y, e) al provenir del partido gobernante, a la candidata a gobernadora se le dificultará hilar una narrativa de cambio que entusiasme a las mayorías.
La coalición Va por el Estado de México tiene que conseguir un pacto amplio con la sociedad mexiquense. La repartición de cargos entre PRI, PAN, PRD y Nueva Alianza como fundamento de un gobierno de coalición, es lo más anticlimático para una sociedad demandante de transparencia y mayor participación en los asuntos públicos. No es el acuerdo cupular lo que incentiva el entusiasmo ciudadano ni lo que hace caminar juntos a los identificados con partidos políticos distintos. El reto no fue poner de acuerdo a los dirigentes de cuatro partidos. El desafío se encuentra en la formulación de una plataforma en común que, además de conciliar los principios partidistas para evitar la deserción de militancias, represente una oferta electoral novedosa y atractiva. Es decir, Va por el Estado de México tiene que identificar/nombrar las causas que los unen y con las cuales convocan a sus militancias y a la sociedad. Para remontar en las preferencias electorales, quienes respalden a Alejandra del Moral tendrán que proponer una alianza con causa social y no un pacto entre rivales temporalmente reconciliados. Claro, el otro recurso es emprender “una batalla de estrategias de enlodamiento” (Jorge Zepeda Patterson, dixit).


