Inosente Alcudia Sánchez
Los rumoresen torno a la no campaña de Xóchitl Gálvez, en los que se especuló, incluso, que podría dejar la coordinación del Frente Amplio por México, me recordaron una historia quesucedió hace muchos años y que ahora cuento con las licencias de mi mala memoria y escasa imaginación. Después de tanto tiempo la anécdota me parece casi de ficción. Pero, sucedió.
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Temprano, cerca de las ocho de la mañana, el primer autobús se estacionó por los rumbos de Ah-Kim-Pech. Los 40 pasajeros, más mujeres que varones, se dispersaron en las calles del Centro Histórico. A eso de las 9.30 habían llegado alrededor de 20 camiones que trasladarona centenas depersonas desde las comunidades del municipio.En los comerciantes y transeúntes de la calle 8, no dejó de causar asombro el amontonamientode genteen torno al edificio del partido. Ahí estaban las conocidas líderes de colonia encabezando sus contingentes, revueltos con los grupos que arribaron de pueblos y ejidos. Pronto corrió la voz: se trataba del registro de una mujer, la mejor aspirante, la más popular, que buscaba competir por la presidencia municipal. Era una mañana calurosa, hirviente de optimismo, euforia y esperanza. Era, al fin y al cabo, el inicio de una historia feliz… que no fue.
Durante meses forjaron al mejor personaje posible. Afinaron sus aptitudes, potenciaron sus atributos, disimularon sus debilidades –y lo reinventaron. Una nueva historia para un actor renovado, “disruptivo” dirían hoy los especialistas. Ella, nuestra protagonista, provenía del mundo de los negocios y su carrera fue construida a partir desu carrera en el sector privado. O, más bien, los especialistas decidieron que la narrativa iniciara desde ahí: la mujer esforzada que se abre camino a base de trabajo e inteligencia, que trasciende el reducido ámbito de su empresa y salta, sin más respaldo que el de su talento y experiencia, al mundo de la política empresarial y, de ahí, al universo de la política partidista, electoral.
En la edad de las utopías, los estrategas creían estar creando un personaje de potencia incalculable. Sabían que había que ir paso a paso, pero las virtudes del personaje y el trabajo minucioso, cuidado a detalle, perfilaban capacidades para avanzar al infinito y más allá. Metódicos y minuciosos, armaron el apretado entramado para capturar la primera posición verdaderamente estratégica en el proyecto: un gobierno municipal. En el país corrían tiempos de novedades democráticas y Campeche no era ajeno al preámbulo de la alternancia: desde la disidencia una candidata disputaría en serio, por primera vez, la gubernatura y, en lo que sería una especie de nacimiento panista, un empresario inmobiliario entusiasmaba a los habitantes de la capital del estado.
Los tácticos no iban a ciegas: las mediciones demoscópicas dibujaban lo complejo delas circunstancias políticas que se avecinaban; pero, también, indicaban que el riesgo, el único, el más fuerte, estaba en las resistencias al interior del partido: las mismas fuerzas que habían orillado a la disidencia a una aspirante a la gubernatura, intentarían cerrarle la puerta a nuestro personaje. Los intereses partidistas, la nomenclatura machista, la meritocracia misógina, eran la verdadera aduana: vencidas estas, nadie en el equipo dudaba que arrasarían: tenían a la aspirante más potente.
Tejieron fino, en silencio y a oscuras. La edad los hacía arrojados, pero no ingenuos. Estaban conscientes que la respuesta del “sistema” sería directamente proporcional al tamaño del reto. Desafiar el estatus quo tiene sus riesgos y, en este caso, se preparaban para que la insurgencia civil, o sea, el proyecto, fuera de tal envergadura que, desde adentro o desde la disidencia, dieran una batalla digna. Como los topos que, imperceptibles, horadan el cimiento de castillos hasta hacerlos caer; subrepticiamente, predicaron el evangelio de la adalid, hilaron una red de apoyos y simpatías; comprometieron el respaldo de fuertes liderazgos urbanos y rurales, montaron en una suite de hotel el cuarto de guerra y en prolongadas sesiones nocturnas evaluaron y diseñaron las estrategias para tomar por asalto algo tan elemental como una candidatura municipal. Escalón indispensable, sin embargo, para escribir la historia que habían esbozado.
Y llegó la fecha del registro. A la hora acordada, una muchedumbre saturaría de entusiasmo las calles que rodean el vetusto edificio del partido paramostrar el ancla popular de nuestro personaje. Con la anticipación y la discreción que ameritaba el subversivo hecho, se contrató el transporte para movilizar a los simpatizantes de las comunidades rurales y se distribuyó el efectivo para apoyar el traslado desde las colonias. Un día antes había nerviosismo, pero todo estaba en orden: brigadas de verificación habían constatado que el plan marchaba, las adhesiones de mantenían y el buen ánimo campeaba. Estaban listos para hacer historia: un discurso poderoso, respaldado por el carisma y la popularidad de nuestro personaje, meterían a la mujer a la contienda por la candidatura.
La noche previa, el equipo organizador redundó en los detalles. Se hicieron llamadas de última hora, repasaron tareas, bromearon con los efectos posibles de aquella maniobra de insubordinación partidista. Transcurrieron las horas. Llegó la media noche y alguien reparó en la ausencia de la heroína. Raro, pero no extraño. Ella siempre aparecía tarde, retenida por compromisos estratégicos. Empero, en el inicio de la era de los celulares, su aparato reportó “fuera de servicio”. En su casa, el teléfono sonó hasta el cansancio. Alguien dijo que había contactado a un familiar y que no sabía nada de ella. Se armó una comisión de búsqueda que resultó infructuosa. El desasosiego, el nerviosismo, la angustia. Antes del amanecer, alguien propuso suspender el operativo. Hubo lágrimas, decepción,disgusto. La mujer, la heroína, el personaje, desapareció, fue abducida y, como Camelia La Texana, de ella nunca más se supo nada.
En voz baja, un importante político de esos días,reconoció: “Estuvieron a punto de conseguirlo”. Nadie recogió la basura de aquellas horas.


