18 abril, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

Ante tantas adversidades suena a verdad de Perogrullo, pero eso no le quita validez: nos ha correspondido transitar tiempos especialmente difíciles que, sin importar la edad, están alterando de una u otra manera nuestras formas de vida y convivencia. El cambio climático es quizás la amenaza más perentoria para la sobrevivencia de nuestra especie, aunque otros riesgos, también consecuencia del proceso civilizatorio, nos acechan.

Un cambio cultural profundo se refleja, por ejemplo, en la negación de los valores que tradicionalmente sostuvieron al eje de la sociedad. La familia, al menos en la versión que prevaleció hasta el siglo pasado, parece derrumbarse como un castillo de naipes. Los nuevos patrones de conducta, alentados por el cosmopolitismo y la interconectividad global de las redes sociales, han dado lugar a una multiplicidad de “tribus” sociales y digitales que avanzan por senderos muy parecidos al egoísmo y que claramente se han desentendido de las causas que nos eran comunes, en aras de sus propios intereses. Hay mucho de individualismo en las comunidades digitales a las que la familia (tradicional) les parece un rudimento obsoleto.

Preciso que las causas que nos eran comunes tienen que ver, también, con el civismo y la política (la indiferencia social ante el desmantelamiento del poder Judicial es elocuente), pero sólo referiré algo que tiene que ver con un nuevo estilo de vida que, de lo individual, inevitablemente, trasciende a lo colectivo.

Entre otros desafíos, nuestra especie ha ingresado a una etapa que podría llamarse como de “la crisis de los desapegos” que, por una parte, conduce a la soledad y al aislamiento de la población adulta y, por otra, a la resistencia o negación de la procreación que se extiende entre los jóvenes. Las nuevas generaciones parecen alérgicas a las responsabilidades de la crianza y, en el otro extremo, procuran una independencia que las aleja de sus mayores. En consecuencia, ante esta desconexión intergeneracional, ya hay países y ciudades que han convertido en un asunto de Estado la atención de estas circunstancias. Desde el 2018, por ejemplo, el Reino Unido creó un Ministerio de la Soledad para aplicar políticas públicas con las que paliar esta situación que afectaba a 9 millones de británicos; mientras que, actualmente, bajo la consigna de que “no hay tiempo que perder”, el gobierno de Tokio se afana en encontrar incentivos para revertir el declive en los índices de natalidad que, en 2023, llegó a su octavo año consecutivo con los nacimientos a la baja.

En el fondo de ambos fenómenos está, acaso, la sobrevaloración del esfuerzo individual promovido por la tecnologización de las últimas décadas, el fatalismo ante el fracaso en la lucha contra el calentamiento global, la disputa por ganar a diario la atención de más seguidores en los perfiles sociales, el desencanto que deriva de confrontar la vida real con la virtual… Me da la impresión –y es sólo eso, una tenue sospecha– de que los padres y abuelos (las generaciones Baby boomers y X, para mantener el lenguaje) no estamos prestando la atención que ameritan los nuevos paradigmas y, mucho menos, nos estamos planteando respuestas a sus desafíos. Y, mientras, ahí van los doomers con su carga de desesperación y desesperanza, en compañía de decenas de tribus digitales, incluidos los contagiados por el peligroso complejo de Eróstrato, tejiendo comunidad en el internet mientras la crisis del desapego se extiende en el mundo contemporáneo.

Tal vez todavía estemos a tiempo de plantearnos cómo abordar estos novedosos retos. La soledad, el aislamiento y la desconexión intergeneracional no solo afectan a individuos, sino que también erosionan el tejido social. Reconocer estos problemas y actuar colectivamente podría ser el primer paso para no perder algo esencial de nuestra condición humana: la capacidad de convivencia que, sin duda, es indispensable para dar viabilidad al futuro.

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