18 abril, 2026

Qué felices éramos… (III) – Así nos vemos

Édgar Prz

Ya entrado en los menesteres del amor todo se ve diferente; es más, hasta el humor cambia, siempre andas sonriendo, saludando “modo ventilador”, de izquierda a derecha o viceversa. Empiezas a preocuparte por tu vestuario, en esa época el perfume Jovan era de lo mejorcito, el Brut, el English Leather…

La cercanía con Chetumal ayudaba, al estar en auge los productos de importación, la fayuca, permitía comprar algún perfumito, desodorante, camisas, pantalones, tenis, era la única opción de cambiar el ajuar de ropa.

Recuerdo en vacaciones –que eran dos meses completos, todo julio y agosto, entrábamos a clases el 2 de septiembre–, muchos nos parábamos por la terminal de autobuses a ver y despedir a los que salían de vacaciones. Generalmente eran familias de maestros que se iban a Mérida o Campeche, nosotros a buscar qué hacer durante ese tiempo. La economía familiar no permitía esos placeres…

En cierta ocasión nos contrataron a cuatro jóvenes para descargar un tráiler de cerveza, con tal de ganar alguito le metimos, lo que no sabíamos era que había que descargar y luego cargarlo con las cajas vacías, una experiencia que te motivaba a seguir estudiando. Tremenda friega…

Éramos un grupo de muchachos dispuestos a la talacha, en otra ocasión inició su campaña política Primitivo Alonso Alcocer para diputado federal y su suplente era un líder sindical de Cozumel, Leonel Villanueva; nos contrataron para pegar sus posters, que tenían en la parte superior a Primitivo y en la parte baja a Leonel.

Nos dimos a la tarea de preparar almidón y en los postes de las pocas calles que había teníamos que pegarlos a lo que nuestra altura nos permitía; en dos días con sus pausas concluimos el trabajo. Ramón, hermano de Primitivo, era el coordinador de campaña y acordó con nosotros que en una semana vendría a hacer el recorrido para que le enseñáramos el trabajo. 

Llegó el domingo esperado y salimos a checarlo, los posters estaban rotos, arrancados a la mitad casi todos, otros tirados en el suelo. Al acabar el recorrido nos invitó a tomar un refresco en la terminal de autobuses para hacer una evaluación, todos nerviosos, pensando que no nos pagaría por lo que había visto.

Hizo una reflexión con una profundidad analítica que aún me sigue asombrando: “¿Se fijaron de un detalle? Veo que hicieron el trabajo, solo que aquí en Carrillo no quieren a Leonel”. En la mayoría de los posters su foto fue rota y arrancada, solo quedó la de Primitivo. Por supuesto que eso pasaría, ya que los posters estaban colocados a nuestra altura, no teníamos escalera y estaban bien bajitos. Con eso él también justificaba su trabajo…

Qué felices éramos y no lo sabíamos…

Así eran las campañas políticas de antaño, posters, guirnaldas de plástico, bardas pintadas y algunas mantas porque no había el negocio de las lonas. Un día, un expresidente municipal me comentó que llegaría el momento en que los candidatos no saldrían a hacer campaña, sino que sería a través de otros medios. Ya lo estamos viviendo: la superficialidad abunda, ya casi no hay contacto directo con el pueblo, son mítines repletos de gente, no hay visitas domiciliarias, ahora son transmisiones por redes sociales vía zoom, todo está perfilado a desaparecer en corto tiempo.

Cuando la campaña política de don Jesús Martínez Ross llegó a Carrillo Puerto, trajo su arsenal de propaganda en un camioncito de tres toneladas, se estacionó por la Casa Cural y amparados en la oscuridad un grupo de amigos, en ese momento nos volvimos amigos de lo ajeno, hicimos un pequeño agujero entre las redilas y logramos sacar un paquete, arrancamos a correr y a guardarlo. 

Al otro día lo fuimos a checar y eran puros cuadernos con su propaganda. Claro que nos sirvieron y además apantallamos a los otros diciéndoles que el candidato nos lo regaló. Tiempos aquellos…

Había una sola escuela primaria, la Moisés Sáenz, luego se abrió la secundaria Leona Vicario, con el tiempo el CECYTE 245, nivel bachillerato. Al concluir ese nivel, si tus papás tenían posibilidades te mandaban a estudiar a Mérida o a Chetumal. No había universidad aún en el estado. El problema era para familias numerosas como la mía, de nueve hermanos, varios tenían que sacrificarse para que los más pequeños estudiaran.

Había preferencia hacia los hombres para continuar su preparación, ya que serían pilares de sus familias, las mujeres jugaban otro rol, más de casa, aprender labores del hogar y hasta decían “si ya sabe cocinar frijol con puerco ya se puede casar”, eran las limitantes de esa época y se veía como algo natural. 

El mayor de mis hermanos, Roger, estudió contabilidad por correspondencia y se marchó del pueblo; el otro, apodado Tuti (nombre de un pan), era ayudante de mi padre en varios oficios, panadero, cantinero, coime de billar y eso no le permitió estudiar, dice en tono de guasa que lo mandaban a la escuela, solo que nunca entraba. Le gustó el trabajo de ayudante de mi padre. Así, varios jóvenes del pueblo al no poder seguir estudiando heredaban el oficio de sus padres, carnicero, peluquero, campesino, chiclero, carpintero, comerciante…

Hay una anécdota que les compartiré: un tal Miguel Niguas era analfabeto, no sabía leer y en una ocasión tenía un periódico de cabeza fingiendo que lo leía. Le dijo don Mariano Moguel un comerciante alto de voz ronca: “Oye, ¿no te das cuenta de que el periódico está al revés?” Niguas le reviró y le contestó: “El que sabe leer lo lee como sea”. Así de fantástico era mi pueblo…

Qué felices éramos…

P.D. Esta historia continuará…

Mejor seguiré caminando y cantando “Gracias a la vida que me ha dado tanto, me dio dos luceros que cuando los abro perfecto distingo lo negro del blanco, y en el alto cielo su fondo estrellado, y en las multitudes la mujer que yo amo…”

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