José Juan Cervera
El ejercicio de la creación literaria lleva a considerar el efecto de circunstancias diversas en el camino que sigue la concreción de una obra, y a discernir la influencia que unos autores ejercen sobre otros. Para unos este probable ascendiente constituye un motivo de inquietud y de recelo, para otros representa un hecho que puede desembocar en un orden rico y complejo, sutil en sus consecuencias, nacido de una inmersión profunda en el ambiente cultural que marca distintos temperamentos.
El asunto da pie a reflexiones que contribuyen a esclarecer los vínculos que obran entre sensibilidades afines al impulso de ciertas concepciones generales en el uso de recursos expresivos, avalando una potencia que supera los cauces individuales. Críticos y ensayistas han puesto su mirada en las combinaciones resultantes de estos procesos que se fraguan sin someterse a los dictados de la conciencia. André Gide abordó en el tema en una conferencia dictada en 1917, la cual recogió luego en Los límites del arte y algunas reflexiones de moral y de literatura, libro que tuvo como traductor, en su edición mexicana, a Jaime Torres Bodet (Editorial Cultura, 1920).
Además de traducir las cuatro conferencias que componen el volumen indicado, Torres Bodet redactó el prólogo en que destaca las cualidades del escritor francés, como su claridad de juicio y la fecundidad de su ingenio, pero en cambio deplora su falta de entusiasmo y el tono sentencioso y grave con que emite sus opiniones. De igual manera, le incomoda que, justamente en el texto que aborda el tópico de las influencias literarias, Gide omitiera la fuente de varias de las observaciones que despliega en él, como las ideas del sociólogo Gabriel Tarde, entre otras.
El conferenciante describe la actitud de las grandes personalidades creadoras que hacen brotar en su obra el impetuoso caudal de su condición humana, definida con nitidez incluso en aquellos rasgos que escapan de su dominio, de su comprensión o de su simpatía. Y cuando enarbola imágenes o ideas intensas, la fuerza que ellas contienen se disemina ejerciendo un influjo equivalente a la estima colectiva de elementos que en cierto modo instauran nuevas certezas. Las tesis apuntadas se vinculan con los demás capítulos del libro, como el que explora los límites del arte y sostiene que estos solamente dependen del propio artista cuando le imprime una dirección precisa a su esfuerzo individual, y así guía a otros que al seguirlo transforman la novedad de sus formas creadoras en reiteraciones condenadas a un desgaste inevitable.
Al margen del contenido de los textos de Gide, llama la atención que su nombre fuera pronunciado insistentemente al calor de la polémica que en 1932 alentaron varios escritores mexicanos desde una posición nacionalista reacia a admitir influencias del exterior por juzgarlas frívolas y postizas, especialmente las que asumieron los integrantes del grupo de los Contemporáneos quienes, siguiendo el ejemplo de su mentor Alfonso Reyes, reivindicaron una perspectiva amplia, de alcance universal, aplicada al cultivo de las letras.
Guillermo Sheridan calibra el peso de los argumentos y las particularidades del contexto histórico de esta controversia en que los adversarios de los Contemporáneos los acusaron de menospreciar los sentimientos patrióticos y, entre otras cosas, de sucumbir a las “equívocas enseñanzas morales de André Gide”, dicho en palabras de Héctor Pérez Martínez; o en términos de Hernán Rosales, “de desorientarse por los tristes y penosos senderos de la literatura malsana de André Gide y de Óscar Wilde”. Gustavo Ortiz Hernán remató proclamando el fracaso de “los escritores de la nueva generación que se encerraron a glosar, en común, la moral de Gide”.
Estas airadas reconvenciones entrañan una extrapolación del pensamiento que el Premio Nobel de Literatura de 1947 expuso en obras como Corydon, en que desarrolla un alegato favorable a la homosexualidad. Su defensa de tales ideas dio la pauta a los nacionalistas para denostar a sus rivales calificándolos de afeminados y carentes de virilidad, de asumir tácticas femeninas en su concepción del oficio literario e incluso hubo quienes prefirieron dirimir sus diferencias a golpes, como Ermilo Abreu Gómez y Salvador Novo cuando el primero aludió a las preferencias sexuales del otro en una nota periodística. Para entonces, Torres Bodet, absorbido por sus responsabilidades diplomáticas en París, recibía escuetas referencias de los ánimos caldeados que se gestaban en su patria.


