18 abril, 2026

Inosente Alcudia Sánchez

La mujer era alta y había algo indefinible en su apariencia que le daba un aire de santidad.

Los ojos rasgados, el cabello corto, lacio y negro y el semblante infantil delataban su origen remoto.

Habrá arribado en alguno de los barcos que vienen desde el otro lado del mundo, cargados de tejas con las que los potentados techan sus casas.

A veces, en los muelles y en las tabernas coinciden marineros y vagabundos extranjeros que arman su pequeña babel, pero el de ella era un rostro distinto.

Entró a la cantina una tarde nublada de un domingo de febrero.

Fueron pocos los que, admirados, observaron su llegada.

El lugar no estaba atiborrado como de costumbre, la mujer esquivó con facilidad el laberinto de bebedores y encontró lugar en una mesa vacía al fondo del salón, junto a los baños: una mesa afectada por la pestilencia de los orines, casi de castigo para quienes llegan de último.

La novedad de su rara presencia avanzó en el cuchicheo que brinca de oído en oído, venciendo el escándalo de los insultos a gritos y el martilleo estridente del vaso al revolver y soltar los dados.

Las cabezas fueron girando, decididas, en su busca: la mujer vestía una especie de bata que caía hasta debajo de sus rodillas y un pantalón que dejaba ver sus pies pálidos, como de muerto, amarrados con los hilos de unas sandalias.

Sin afeites que alteraran sus facciones, sólo una tenue pintura roja hacía contrastar sus labios con la piel blanca, casi transparente y luminosa de su rostro.

Las miradas iban coincidiendo en la mesa del fondo y, al mismo tiempo, el alboroto disminuía.

En la barra se espaciaron los golpes del cubilete… hasta que dejaron de golpear.

Ningún asistente notó el mutismo en que había caído la cantina.

Nada ni nadie había conseguido enmudecer, jamás, a la tropa de borrachos.

Ni el azoro de un eclipse que había mandado a dormir a los animales del patio y era presagio de desgracias inimaginables; ni el huracán que inundó la ciudad con lluvias torrenciales y arrancó el techo de la palapa que cubría el patio; ni las amenazas de un gobernador para acallar el escándalo a la hora de la siesta; ni los ruegos a duelo de las autoridades eclesiásticas por la mortandad de alguna pandemia; nada había conseguido lo que aquella mujer con su sola aparición: detener el andar del mundo.

En lo profundo del silencio se oyeron el ruido del viento, las maniobras de los cargadores en los distantes muelles, el trote de los caballos al otro lado de la muralla, la risita de la niña que se oculta entre las paredes.

Nadie puede afirmar si aquel estado de éxtasis duró horas o segundos.

En ese silencio que permitía percibir el zumbido de los astros, el disparo fue igual que un martillazo a un espejo infinito, una explosión que cimbró a la ciudad y provocó el revuelo de las palomas de la Catedral.

Ella paseó su mirada, la más triste mirada habida y por haber, de un extremo al otro del local, como buscando el origen del estruendo y, mientras el eco huía por las ventanas, acomodó con suavidad su carita de ángel sobre la irremediable suciedad de la percudida mesa de cedro.

Mucho tiempo después, cuando el recuerdo de esa tarde aún cruzaba en susurros los corredores del puerto, con la voz cargada de rencor, el celador se atrevió a preguntar al hombre que lo miraba temeroso detrás de las rejas:

—¿Por qué le disparaste, animal?

La respuesta sonó sincera en la voz de aquél hombre convencido de su inocencia: 

—Porque no era de este mundo, señor. Tanta belleza andando por el mundo, sólo nos traería desgracias.

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