Edgar Prz
Ahora abordaremos un tema candente en donde las autoridades del medio ambiente, PROFEPA, SEMARNAT y la SEMA, secundadas por ecologistas disfrazados de hijos de Tawa y de Tarzán de la Selva están pegando el grito al cielo, se muestran harto preocupados por el atrevimiento, la osadía de los menonitas de haber devastado miles de hectáreas de selva para preparar la tierra y cultivarla.
El principal asentamiento menonita del estado está en el municipio de Bacalar, se llama Salamanca. Fue fundado por personas provenientes de Blue Creek, Belice. En esa colonia viven cerca de 300 familias, con un aproximado de 1,500 gentes, quienes son “autosuficientes”, léalo bien, no requieren de ningún favor ni le piden ningún servicio al gobierno. Tienen un sistema de disciplina y convivencia comunitaria que debería ser ejemplo en estos tiempos en que las notas rojas dominan los medios de comunicación y las redes sociales. Están dedicados todos los días, desde el amanecer hasta el anochecer, a trabajar en hacer producir la tierra, a cultivar legumbres, sorgo, soya, animales de traspatio, carne, huevos, a producir queso y sus variantes. Todos tienen que trabajar bajo una sincronía digna de una colmena. Mujeres y hombres, es más, hasta los infantes desde edades tempranas ayudan a la familia en las labores del campo; por eso es común ver las postales de niños güeritos con overol y sombrero vendiendo sus productos en las intersecciones de las carreteras.
Bacalar los ha acogido con los brazos abiertos y ellos son el motor de la economía; las legumbres que usted y su familia comen, chequen la procedencia y la mayoría provienen de las tierras de los menonitas. Les comentaré de alguien muy particular: es un menonita llamado Cornelio Wall, se dedica a producir legumbres, sembrar sorgo, tiene sus gallinas que le producen varias cajas de huevo. Cuenta con un tractor con el que trabaja entre cinco y ocho hectáreas de tierra. Su familia está compuesta por él, su esposa y dos hijos: un varoncito de 10 años y una niña de ocho. Me dice Cornelio que le gustaría tener cinco hijos más para que lo ayuden en el trabajo; su niño está empezando a manejar el tractor, lo que lo hace feliz, ya que dentro de poco tendrá ayudante.
Él baja a vender sus productos un día a Carrillo Puerto, los martes. Tiene clientes fijos que le compran cilantro, huevos, queso, frutas, todo fresco, y lo vende en cantidades que le permiten seguir produciendo toda la semana. Sale a las 5 de la mañana de Salamanca en su camioneta llena de productos, llega a Carrillo Puerto y se estaciona por el área del mercado; la gente lo conoce y se acerca a comprarle, todo fresco y barato. Al mediodía, lista su venta, se regresa a su comunidad para por la tarde ir a pegarle un rato a las labores del campo.
La rutina de Cornelio es el común denominador de los menonitas, hombres y mujeres dedicados por completo a trabajar, a hacer producir la tierra. No pierden el tiempo en politiquería ni construyen castillos en el aire.
Ahora están sufriendo una asonada por unas autoridades federales y locales valientes que insisten en poner orden ante la devastación de 30 mil hectáreas. Surgen varias interrogantes: ¿qué tan periódicas son las revisiones de la PROFEPA, SEMARNAT o de la SEMA?, ya que para devastar tantas hectáreas se necesita mucho tiempo; eso no se hace en un mes. ¿Por qué a la gente que produce, que trabaja, la quieren afectar y a los grandes consorcios hoteleros, habitacionales, inmobiliarias, que destruyen selva para negocios particulares nunca los presionan, amedrentan o amenazan? ¿Será que el ser trabajador está prohibido en este país? ¿Por qué nunca se fajaron los pantalones con la devastación inmisericorde que se realizó con la construcción del Tren Maya, en donde nunca exigieron los permisos, ni clausuraron? En donde sin remordimiento saquearon, destruyeron cavernas, taparon cenotes, lagunas, fragmentaron el manto freático, dejaron tremendos cráteres donde explotaron sin medida el material pétreo y sascab; acabaron con casi toda la flora y la fauna, todo en nombre del progreso, y nunca levantaron la voz, nunca pusieron sellos de clausura y su silencio los convirtió en cómplices.
Si los menonitas usan químicos que afectan, que les sugieran cuáles usar. Que los asesoren en ese tema. Otro argumento que esgrime Óscar Rebora de SEMA es que lo hicieron sin autorización, sin permiso de la eficaz y eficiente autoridad. Les achacan también la tala del monte; aquí se nota su ignorancia: si no se tala el monte, no se puede preparar para producir; hay que cubrir las tres etapas: roza, tumba y quema. También los acusan de ser causantes de la muerte de miles de abejas. ¿Acaso las abejas solo en Bacalar viven y en los 1,550 kilómetros de selva y monte que despedazaron para el triunfal Tren Maya no existían colmenas?
En verdad son argumentos pueriles, sin sustancia los que evocan. Las leyes deben ser de aplicación general y no grupal. Ante los poderosos se hincan y al pueblo trabajador lo satanizan. Qué bonito país tenemos, ¿hasta cuándo?
Este tema no es superficial, pero exhibe la ineptitud, la incapacidad, la opacidad, el burocratismo por no haberse percatado a tiempo de la “enorme” deforestación. Ahora que el niño ha crecido lo quieren culpar de que rompió las llantas de la carriola; además, contaminó el manto freático por no haber usado Kleen Bebé. ¡Hágame usted el santísimo favor! Perdónalos, Señor, esas autoridades no saben lo que hacen…
Mejor seguiré caminando y cantando: “Mi madre y yo lo plantamos, en el límite del patio donde termina la casa. Fue mi padre quien lo trajo, yo tenía cinco años y él apenas una rama. Al llegar la primavera abonamos bien la tierra y lo cubrimos de agua para que no se dañara”…





