Edgar Prz
Iniciaba la tarde del 26 de julio de 1847, en Valladolid. Manuel Antonio Ay sabía que sus horas de vida estaban contadas. Hizo un repaso mental de su trayectoria y le pidió al guardia de la celda que, antes de ser fusilado, quería despedirse de su hijo.
Lo detuvieron en Chichimilá, acusado de participar en una conspiración para iniciar una rebelión maya contra los blancos no solo del Oriente, sino de toda la península de Yucatán. Le descubrieron correspondencia con los caudillos Cecilio Chi y Jacinto Pat, donde se revelaba información de una insurrección.
Al despedirse de su hijo le confesó los planes de una conspiración y le pidió no participara, que se abstuviera, pues aún no era el tiempo de su desarrollo y triunfo. Mejor que se dedicara al apoyo y cuidado de su madre. “Entrégale esto”. Se quitó el pañuelo que cubría su cabeza: “mi sombrero es para ti y mis alpargatas para mi amigo Be”. Esas eran todas sus pertenencias. Lo abrazó y con cariño se despidió de él. Manuel era un tipo de estatura mediana, de mirada profunda, de unos 45 años; era respetado y, además de ser inteligente, tenía carácter y don de mando.
A las 5 de la tarde, con tiempo lluvioso, lo sacaron de su celda y lo llevaron a la Plaza de Santa Ana, donde fue fusilado. La oligarquía yucateca no lo perdonó y lo ejecutó a manera de escarmiento, solo que la noticia corrió por los rincones del monte, los poblados, y eso enardeció más el sentimiento de libertad y de justicia. En Tepich, Cecilio Chi se reunió con sus lugartenientes para afinar detalles. En Tihosuco, Jacinto Pat, en su hacienda de Culumpich, hizo lo propio para supervisar el plan y ponerlo a andar.
Estos son los antecedentes de la Guerra Social Maya, que escuchó los primeros balazos e inició la sublevación el 30 de julio, donde los mayas querían recuperar su tierra y su autonomía. Fue una guerra larga, de ocho años aproximadamente. Los mayas de Dzulá, liderados por Evaristo Sulub, protagonizaron el último levantamiento armado contra las tropas federales. Se oxidaron las armas, se guardaron las estrategias, se bajó de tono la rebelión y los mayas depusieron su lucha armada. (Texto compartido de la autoría de Jorge González Durán).
Han pasado 178 años y los ideales que los motivaron, por los que pelearon aquellos valientes mayas, aún no se concretan; aún siguen sin darles trámite, están todavía en “lista de espera” para ser resueltas. Mary Hernández reconoció que se ha avanzado, pero aún falta mucho por hacer; mientras existan rezagos, los gritos de justicia seguirán escuchándose y retumbando en la espesura de la selva. Los mayas siempre han sido una raza digna de elogio y reconocimiento; por eso se trabaja todos los días para compensar la desigualdad imperante. Mary profundizó un poco más y destacó que la Guerra Social Maya fue un grito de dignidad, una rebelión por justicia, por la libertad y el derecho de los pueblos originarios a recuperar su propia tierra.
El Ayuntamiento de Felipe Carrillo Puerto recuerda esta gesta que fue el parteaguas para la creación de Quintana Roo. Aquí se estableció el primer gobierno y fue la primera capital: Chan Santa Cruz. Aquí se entrelaza la historia con las tradiciones, la cultura y el modo de vida; aquí se respeta la naturaleza; aquí se encuentra el origen y el acta de nacimiento de este Quintana Roo, que no solo es playa, mar y sol, sino que detrás está el soporte histórico que aún gravita y recorre esta grandiosa Zona Maya.
Falta que el reconocimiento sea pleno, que las oportunidades sean verdaderas, que las intenciones de ayuda no lleven colores de un partido, sino la emoción de corazones que brinden su apoyo desinteresadamente. Fuera el oportunismo, la exhibición de dar algo y subir la foto; más ayuda el que lo hace en silencio que el que lo grita.
Hay que tener presente que este movimiento social sigue vivo: es el reflejo de un pueblo que se niega a desaparecer y enfrenta el olvido y el desprecio imperante con coraje y apego a su sabiduría. Falta mayor integración, mejores oportunidades de inclusión, que las puertas del progreso les permitan acceder como a otros grupos poblacionales; que la riqueza que produce el estado sea distribuida de manera equitativa y se acaben los paliativos, las migajas. El desarrollo, el progreso lo tienen en la puerta y no es justo que, después de cuidar, conservar y vigilar la selva y el mar durante siglos, ahora vengan otros nuevos dueños a desplazarlos y a ubicarlos en el ostracismo.
Hay que recordar el coraje con que defendieron su espacio; ese simple detalle es objeto de reconocimiento. Todos los días hay que trabajar por ellos, a diario hay que tenerlos en la mente, que los actos de nuestras autoridades los beneficien y el desdén, el olvido, la omisión y el silencio sean retirados como sus acompañantes permanentes. Esta tierra está bendecida para grandes cosas y así debería ser para todos.
Mejor seguiré caminando y cantando: “Selva, mar, historia y juventud, pueblo libre y justo bajo el sol, la tenacidad como virtud, ¡eso es Quintana Roo!”




