Harold Amábilis
Tenabo.- Hay ciudades cuyo propio nombre parece contener el destino de ser umbral, la entrada natural a un territorio cargado de historia, y Tenabo, asentada justo donde comienza la región cultural del Camino Real, es una de ellas. Ayer, esta población inició su magna fiesta patronal, congregando una estampa donde el profundo mestizaje tejía en un solo aliento la devoción, el orgullo y la identidad. Con la bajada solemne del Gran Poder de Dios, la comunidad inauguró el tiempo sagrado, envuelta en el humo del incienso, la pólvora ronca de los voladores y el rumor de las promesas que se renuevan al amparo de una tradición que los tenabeños custodian como una de sus manifestaciones patrimoniales más íntimas.
Mucho antes de que la tarde empezara a teñir de ámbar los cielos, la sociedad de palqueros se congregaba en su recinto para disponer los estandartes con los que sostienen una promesa de fe heredada de padres a hijos. Las integrantes de la asociación se habían reunido desde el amanecer para preparar la cochinita pibil, mientras que los hombres reunían los refrescos que, concluida la jornada, compartirían con quienes las acompañaran de regreso en la verbena popular. Esas mismas manos cavaron los hoyos y fijaron las estacas para delimitar el espacio donde se expondrán los toros que serán lidiados durante la feria taurina, permitiendo a los habitantes conocer de cerca a los protagonistas de la celebración venidera. Los miembros del gremio recibieron también las velas que portarían durante la salida y que, horas después, depositarían a los pies del altar durante la misa.
El paseo del estandarte reunió a los palqueros con sus familias, a la embajadora de la asociación, Ana Ángela Ramírez Centurión, y a diversos grupos de danza: “Xipetlani”, el colectivo folclórico “Yakáal Ek’” y “Puerta del Camino Real”, guiados por los maestros Juan Carlos Caamal Poot y Rigel Bautista Che. Los estandartes enhiestos, las velas encendidas temblando en las manos, la charanga y los rezos trenzaron un río de color y de cera líquida que avanzó pausadamente por las calles hasta alcanzar el atrio parroquial, donde los palqueros elevaron el santo rosario. En ese instante preciso depositaron las velas al pie del altar, sellando la promesa que habían traído consigo desde su recinto.
El momento de mayor hondura sobrevino cuando la imagen del Gran Poder de Dios fue retirada de su nicho, acompañada por primera vez en la historia por la patrona de Tenabo, la Virgen de la Asunción. Hijo y Madre se unieron en un mismo altar, un diálogo de devociones antiguas envuelto en cánticos, oraciones susurradas, el aroma denso del incienso, el tableteo de los voladores y las luces multicolores que rompían la penumbra de la parroquia. La venerada imagen descendió cargada en hombros por la embajadora de los palqueros, Ana Ángela Ramírez Centurión, y la reina de la feria de mayo, Michelle Alejandra Uc Moralez. La procesión de ingreso fue encabezada por la presidenta municipal, la maestra Mariela Sánchez, en un gesto donde el orden civil acompañó la manifestación religiosa que vertebra la vida tenabeña.
La eucaristía fue oficiada por el presbítero Marcos Cohuo Muñoz en concelebración con el párroco José Guadalupe Pérez Mendoza y el vicario Manuel May Euán. La directiva de la Sociedad de Palqueros, las autoridades eclesiásticas y los representantes municipales ocuparon las primeras bancas, envueltos en una atmósfera de recogimiento que apenas se quebraba con los aplausos espontáneos de la asamblea. Durante la homilía, el padre Pérez Mendoza recordó que el descenso de la venerada escultura inaugura las festividades religiosas de la feria, mientras el padre Cohuo Muñoz exhortó a los fieles a hacer del amor un servicio concreto, un desafío que echa raíces en el corazón y rinde frutos como los que brotaron del Espíritu Santo.
Al término de la ceremonia, la bendición se derramó sobre las semillas de maíz que los campesinos confiarán a los surcos en el ciclo agrícola de 2026, renovando ese vínculo indisoluble entre el altar y la milpa. La bendición de las semillas tuvo lugar en las escalinatas de la iglesia, oficio breve y antiguo donde el grano se vuelve promesa y la tierra espera.
Concluida la ceremonia, el Gran Poder de Dios y la Virgen de la Asunción recorrieron en procesión las calles del poblado, entre las calles 19, 14, 17 y 10. El patrono avanzó sostenido por los varones del gremio, mientras la imagen mariana era conducida por las mujeres palqueras, dibujando una estampa de equidad en la devoción. La comitiva se encaminó hacia el predio que en breve albergará el corso artesanal, esa arquitectura efímera de madera, palma y papel que confiere un rostro singular al paisaje cultural de la feria y que año con año resignifica el espacio público mediante el ingenio de los artesanos locales.
Al retornar al atrio, la noche se incendió con la quema de cuatro wakax k’áak, toritos de pirotecnia cuyo simbolismo baña el ambiente con una lectura de profunda raíz popular: el toro representa a Cristo, guía y esperanza, y las chispas que se desprenden en espirales de fuego figuran el alma que se depura, consumiendo lo caduco para franquear el paso a lo nuevo. Un globo de cantoya, donado por la asociación de palqueros, ascendió instantes después, un gesto luminoso que perforó la oscuridad de los cielos tenabeños.
Con el resplandor de la pólvora todavía danzando en las retinas y el olor a tierra húmeda asentándose sobre el adoquinado, la sociedad de palqueros emprendió el camino de regreso a su sede para culminar la velada en una gran verbena popular. Allí, las mujeres destaparon las latas donde reposaban las tortas de cochinita pibil preparadas desde el alba y los hombres repartieron los refrescos entre los socios, las familias y todos aquellos que habían acompañado la jornada con su presencia y su fe. El convivio, sencillo y fraterno, puso el broche a un día que Tenabo volverá a recordar cuando el maíz reverdezca en los campos y las promesas renazcan, intactas, en el corazón de quienes las sostienen.













