Gerardo Ruiz
Si tú pudieras ver lo que yo escucho, entenderías que en México el 10 de mayo no siempre significa flores, abrazos y celebraciones. También significa silencio, fotografías colgadas al pecho y madres caminando bajo el sol con la esperanza rota entre las manos.
Pasó otro 10 de mayo. Y mientras algunos celebraban, otras madres lloraban viendo el recuerdo de sus hijos partir para ya no regresar.
Hay madres que no recibieron una llamada. No escucharon un “felicidades, mamá”. No tuvieron una mesa completa ni un abrazo de vuelta a casa.
Solo tienen una ausencia que duele todos los días y un país que muchas veces aprendió a mirar hacia otro lado.
Cada vez que escucho la canción The First Time Ever I Saw Your Face de Roberta Flack, inevitablemente pienso en mi madre. Pienso en esa capacidad única que tienen las madres de reconocer a sus hijos incluso cuando el mundo entero deja de hacerlo. Hay canciones que no solo se escuchan; se sienten, se recuerdan y terminan convirtiéndose en memoria.
Hoy mi madre ya no está. Hubo un tiempo en que la vida y el trabajo nos separaron por la distancia, pero aun así existía tranquilidad. Ella sabía dónde vivía. Sabía dónde me encontraba. Sabía que el camino de regreso seguía existiendo.
Entonces comprendí algo doloroso sobre las madres buscadoras: ellas no tienen esa certeza.
No saben dónde están sus hijos. No saben si tienen frío, hambre o miedo. No saben si alguien los escuchó pedir ayuda.
Y, aun así, cada mañana despiertan con la fuerza suficiente para seguir buscándolos.
Vivimos rodeados de cifras, estadísticas y expedientes. Pero una madre no busca números. Busca un rostro. Busca una voz. Busca la posibilidad de volver a escuchar la puerta abrirse una vez más.
Tal vez el problema más grave no sea solamente la violencia, sino la costumbre. Nos acostumbramos demasiado rápido a escuchar historias terribles mientras continuamos nuestra rutina diaria.
Pero una madre nunca se acostumbra. Una madre no archiva el recuerdo de un hijo. Lo busca en hospitales, oficinas gubernamentales, redes sociales, desiertos y fosas clandestinas.
La sociedad mira las noticias todos los días y dejaron de ver el dolor ajeno. En cambio, las madres buscadoras miran con algo mucho más profundo: con la memoria, con el amor y con la esperanza.
Las madres buscadoras se han convertido en algo que México jamás debió necesitar: mujeres obligadas a cambiar flores por palas, celebraciones por brigadas de búsqueda y descanso por caminos llenos de incertidumbre.
Por eso, cada vez que escucho The First Time Ever I Saw Your Face pienso en mi madre.
Pero también pienso en todas las madres que siguen esperando volver a ver el rostro de sus hijos. Y entonces comprendo que el amor de una madre es quizá la única fuerza capaz de seguir buscando incluso cuando el mundo entero parece haberse rendido.
Gerardo Ruiz es director de la Red Ciegos Quintana Roo
X: @gruizcun

