Inosente Alcudia Sánchez
Era un caserío grande, de chozas ovaladas que formaban un semicírculo de espaldas a la montaña. Al frente estaba la laguna de aguas turbias y perennes que, desde siempre, había calmado la sed de cuanto animal habitaba los alrededores. Vivían bien en aquel claro del monte los hombres y mujeres que, escapados de la hacienda o de la guerra, encontraron tranquilidad en lo profundo de la selva, en un territorio que alguna vez poblaron duendes y gigantes. Con el tiempo, la presencia humana espantó a los animales, hartó a los duendes; y los salvajes, a lo mejor, regresaron —con todo y su aflicción— al planeta de la melancolía del que fueron expulsados, quién sabe por qué faltas abominables.
Un día la aldea despertó con el ajetreo de decenas de trabajadores que, sincronizados como un ejército de hormigas, improvisaron en unas horas un campamento de casas de plástico. Desde ahí, previnieron a los lugareños, se llevarían las caobas y los cedros, el jabín y el granadillo, y cuanto árbol de madera dura encontraran en su camino los taladores. Resultó que aquel pedazo de tierra había sido entregado en concesión, por alguna remota autoridad, a empresarios extranjeros para que aprovecharan su riqueza y el progreso no se desperdiciara.
Al frente de aquel gentío iba un gringo rubio, cincuentón, corpulento, de vientre exagerado y cara de buena gente. Había desmontado bosques en Canadá, el Congo y Brasil —en este último país, a las órdenes de Julio Arana, famoso explotador de aborígenes— y superó el miedo a las culebras y a las enfermedades selváticas gracias a que, según le profetizó un brujo amazónico, estaba condenado a morir en la comodidad de su cama, acuchillado por los recuerdos de sus infamias.
Richard se llamaba el jefe de aquellas cuadrillas desaforadas que, entre gritos y carcajadas inexplicables, cortaban leña, hacían fogatas, levantaban carpas, acarreaban agua y destripaban gallinas para alimentar el pueblo artificial que construían a marcha forzada. Apenas desmontó de su caballo, fue casa por casa a invitar a todos —mujeres y varones, niños y adultos— a subirse al tren de la bonanza que, para fortuna de los lugareños, había llegado sin que lo pidieran.
En su mal castellano, ayudado por un intérprete indígena, gritaba que se habían sacado la lotería sin comprar billete. Explicó que la propiedad de la tierra no se tocaría —ni había quién quisiera adueñarse de aquellos mosquiteros—: para qué la querrían, si la agricultura no era su negocio. Al contrario, cuando se fueran dejarían máquinas e implementos y, durante los años que durara la expedición, “podrán embolsarse un muy buen dinerito que, a lo mejor ustedes no saben, pero nunca sobra”.
Y, pues, a quién le dan pan para que llore. Desde la primera semana hasta la última, el administrador pagó puntualmente cada sábado con azúcar y sal, petróleo para los candiles, galletas y arroz, golosinas y zapatos, y a veces con dinero.
Los niños se ocuparon en labores de limpieza y en mantener vivos los múltiples fogones donde las mujeres de la aldea, bajo la dirección de un cocinero de bigotes negros y espesos que vestía siempre de blanco pese al hollín que lo manchaba todo, cocinaban la comida de obreros y taladores en enormes peroles de freír chicharrón. Y los hombres adultos acompañaban como guías a las brigadas que se internaban por distintos rumbos en busca de los árboles más grandes.
Después del escuadrón de cortadores llegó un tractor que, en menos de lo que canta un gallo, desmontó más superficie de la que los pobladores habían tumbado desde su llegada. La aparición de aquel despiadado montón de fierros agarró desprevenidos a los lugareños, que por poco huyen al refugio del monte. Era una máquina que parecía avanzar a empujones, resoplando entre chirridos mientras se abría camino entre acahuales tupidos de espinas, culebras y enjambres de avispas. En pocos días dejó convertidos en pura tierra polvosa los terrenos de lo que ahora es el pueblo, y las chozas de los nativos terminaron pintadas de blanco por las polvaredas de sascab que levantaba el viento en las mañanas y en las tardes. Nomás respetaron una ceiba que, pese a su tamaño centenario, se veía diminuta en medio del descampado.
A una semana de terminado el desmonte, llegaron mujeres y hombres güeros, tristes y esforzados, que para no recordar a sus muertos lejanos —según el capataz— trabajaban como burros desde el amanecer hasta la caída del sol, midiendo y cortando vigas y tablones de distintos tamaños. A veces a algunas de las mujeres se les veía sollozar, pero nunca se supo si era por la congoja que persigue a los despatriados o por la crueldad de los chaquistes, tábanos y mosquitos, que les masacraron piernas y brazos hasta cambiarles el color blanco por un rojo intenso, luego por llagas húmedas y, cuando partieron, por costras negras que sobresalían en su piel nívea.
Aunque eran parecidos como gotas de leche, sobresalía una muchacha por su altura desmedida y su rostro siempre avergonzado. Tenía el cabello casi rojo, lacio y corto, arriba de los hombros, tijereteado con coraje. En las tardes se sentaba a la entrada de su tienda a fumar, leer, escribir y llorar. Fue la única que hizo amistad con los niños y, aunque apenas podían entenderse con el idioma de la simpatía, intentó enseñarles algunas palabras de su lengua intratable.
A muchos les partía el corazón verla llorar porque intuían que, por su juventud, no se lamentaba por lo que había dejado atrás, sino por el futuro, por lo que le esperaba. ¡Delia! Delia era el nombre de “la muchacha buena de los libros y el tabaco”, como comenzaron a llamarla los lugareños: una aparición silenciosa, casi ajena al bullicio de aquellos días.
No tardó en saberse que el grupo de rubios venían del otro lado del mundo huyendo de la fatalidad y que, por voluntad de la providencia, habían tropezado con esta región de insectos obstinados y calor infernal, contratados por la compañía maderera para desplegar sus asombrosas habilidades constructivas. En pocos meses levantaron un pueblo de fisonomía singular, una verdadera rareza en medio del monte que, hasta el sol de hoy, no deja de sorprender a quien lo conoce. Sobre el terreno nivelado construyeron decenas de casas cuadradas de madera, con techos de zinc, y dejaron avenidas amplias adornadas con cedros malolientes para que transitaran carretas y hombres de a pie.
El gringo Richard ofreció a los lugareños ocupar aquellas viviendas, pero ellos argumentaron no estar hechos para vivir amontonados y prefirieron quedarse en sus chozas de guano, a las afueras de ese pueblo nuevo que olía a aserrín, como han de oler las ciudades nacidas de improviso.
También, construyeron dos casas grandes: una para dispensario médico y otra para servicios religiosos; y levantaron un galerón donde dormían los trabajadores solteros, una caterva de bárbaros que, concluida la jornada, se liaban a golpes o se enfrentaban a cuchillo con el mismo entusiasmo con que jugaban a las cartas.
Lo que más tiempo les tomó fue armar el aserradero, un imponente rompecabezas de metal que era la razón del furor que alteraba la rutina de la montaña. Por partes fueron llegando cadenas y cuchillas, motores y engranes, bandas y soportes, tuercas y tornillos. Y, en jornadas de sol a sol, entre discusiones a gritos, el ruido de serruchos y martillazos, los extranjeros fueron dándole forma a la bestia. Con el cuidado de una partera que recibe a un sietemesino, acomodaron cables, apuntalaron camas para sostener las inmensas trozas, empataron mangueras y dejaron a punto los afilados colmillos de las sierras. Era un trabajo de inteligencia más que de fuerza, y lo hicieron solos, sin pedir ayuda siquiera para alcanzarles una herramienta.
Cuando por fin despertó el corazón ensordecedor de aquel animal metálico, los perros corrieron a esconderse debajo de los fogones y los pájaros huyeron al fondo del monte. En dos o tres tardes los mecánicos ajustaron la respiración humeante de la máquina y, cuando probaron las sierras con un durísimo tronco de chicle, el aserrín se volvió motivo de júbilo colectivo y, por primera vez, hubo licor y fiesta en aquel pueblo inventado de urgencia.
Los europeos, con sospechosa anticipación, habían fermentado nances, ciricotes, arroz y hasta cogollos de palma y para festejar el éxito de su esfuerzo sacaron de quién sabe dónde decenas de latas y botellas llenas de una bebida transparente que lo mismo alegró que arruinó la celebración. Antes del anochecer el pueblo parecía devastado por una epidemia: los que no alcanzaron sus hamacas quedaron tirados entre vómitos, mientras los cantos y la bulla incomprensibles de los güeros se prolongó hasta bien entrada la noche, celebrando que su labor en aquella parte del mundo había terminado.
Richard, que además de administrador del campamento chiclero estrenaba autoridad de jefe político del nuevo caserío, no esperó el amanecer para recorrer las calles a bordo de un tractor despertando y recogiendo borrachos, no fuera a escaparse alguno de las faenas del día por culpa del ingenio alcohólico de aquellos extranjeros que demostraron ser igual de buenos para la carpintería, la mecánica y el trago.
Así, junto al refugio que décadas atrás los lugareños abrieron entre bejucos y árboles inmensos, apareció en medio de la nada aquel pueblo improbable, como traído desde muy lejos, igual que sus constructores, pero hecho con la inteligencia y los materiales necesarios para quedarse para siempre, acompañando la laguna donde todavía calman su sed pavos y faisanes.
Terminada su misión, los extranjeros se marcharon como aparecieron, sin rumbo conocido, cargando apenas sus recuerdos y la añoranza del frío. No dejaron afectos ni rencores. Y, como ocurre con los gigantes, hoy cuesta creer que fue bajo la dirección de un gringo tejano que decenas de polacos tristes levantaron cada casa de este pueblo de fantasía.


