LONDRES.- Durante años, los pequeños brazos del Tyrannosaurus rex fueron vistos como una rareza evolutiva e incluso motivo de bromas. Sin embargo, un nuevo estudio propone que esas extremidades reducidas no eran un error de diseño, sino el resultado de una estrategia que convirtió al famoso depredador en una auténtica “máquina de morder”.
La investigación sugiere que, conforme algunos dinosaurios carnívoros crecieron hasta alcanzar varias toneladas de peso, la evolución concentró recursos en fortalecer el cráneo, el cuello y las mandíbulas. El resultado fueron cabezas enormes capaces de capturar, sujetar y despedazar presas sin necesidad de usar los brazos.
Esto significa que mantener extremidades largas habría representado un gasto innecesario de energía. Además, unos brazos grandes habrían desplazado más peso hacia la parte delantera del cuerpo, dificultando el equilibrio durante la carrera.
El fenómeno no ocurrió solo en el T. rex. Los científicos encontraron patrones similares en otros grandes depredadores, como Meraxes y Carnotaurus, que evolucionaron en lugares distintos y sin compartir el mismo origen anatómico. Es decir, diferentes linajes llegaron a la misma solución: cabezas gigantes y brazos cada vez más pequeños.
Curiosamente, esos brazos no eran inútiles. Los fósiles muestran inserciones musculares potentes, lo que indica que aún conservaban fuerza y quizá ayudaban en tareas distintas a la caza, como incorporarse tras descansar o participar en comportamientos sociales.
El caso también ilustra una regla frecuente en la naturaleza: cuando una estructura deja de ser indispensable, la evolución suele reducirla para invertir energía en otras funciones más útiles.
Así, cada centímetro ganado por el cráneo del T. rex pudo haber significado un centímetro menos en sus brazos. Más que una limitación, aquellos diminutos miembros habrían sido el precio para crear uno de los depredadores más eficaces del Cretácico. (Con información de Muy Interesante)

