29 mayo, 2026

Debate en Campeche por pirotecnia: tradición vs regulación

La propuesta de limitarla en festividades religiosas ha puesto en evidencia un conflicto entre las políticas públicas de bienestar animal y la defensa de expresiones culturales patrimoniales en distintas comunidades mayas del estado

Harold Amábilis

CAMPECHE.- En los pueblos mayas de Campeche el estallido de un cohete no interrumpe el silencio, lo organiza e incluso lo santifica. Anuncia que una imagen sagrada abandona el atrio, que la procesión dobla la esquina del mercado, que la misa de gallo ha concluido con el alba. Quienes han crecido con ese código entienden a la pirotecnia como un idioma ritual, una herencia que el tiempo volvió inseparable del calendario litúrgico. En este contexto dependencia estatal intenta ahora moderar ese lenguaje en nombre de los animales, la calidad del aire y la seguridad, desatando un dilema en el que colisionan la norma nacida en los entornos urbanos con la memoria viva, las tradiciones y el modo de vida de las comunidades.

Alexandro Brown Gantús, titular de la Vicefiscalía de Protección Animal y Medio Ambiente, ha emprendido conversaciones con la Diócesis de Campeche para encontrar en la iglesia un aliado mediante el cual atenuar el empleo de artefactos explosivos durante las fiestas patronales. El funcionario considera que su uso genera desde el estrés extremo en perros, gatos y especies de corral, hasta el riesgo permanente de incendios forestales y la contaminación del suelo por residuos químicos de la pólvora. Tomando como ejemplo las celebraciones y tradiciones que existen en Calkiní, la dependencia recibió reportes ciudadanos que jamás fueron ratificados formalmente, circunstancia que, a juicio del vicefiscal, no desvanece la existencia de un agravio sistemático, el cual menciona, su área está facultada a atender conforme a las leyes vigentes. 

El obispo de Campeche. el Mons. José Alberto González Juárez, se ha sumado a esta campaña de sensibilización con un gesto prudente. Aunque la jerarquía eclesiástica restringirá el trueno en el interior de los templos, el prelado admite que las calles y las plazas escapan a su potestad, pues la decisión última sobre la forma de festejar a los santos corresponde a los pueblos originarios. La estrategia de la vicefiscalía consiste en persuadir primero a los sacerdotes enviados a las comunidades, para que ellos promuevan entre los feligreses una pausa reflexiva antes de encender la mecha.

El corazón de esta pugna late en Nunkiní, donde dos veces al año se levanta el Ts’uulil K’áak’, el Caballero de Fuego, una manifestación cultural que aguarda su declaratoria como patrimonio cultural inmaterial del estado de Campeche. La memoria oral sitúa su origen en una epidemia de viruela del siglo XIX, cuando los pobladores ofrecieron esta figura a San Diego de Alcalá, quemándola frente a la iglesia para sellar una promesa colectiva, la cual se renueva con pólvora en un acto que para los devotos no es espectáculo ni entretenimiento, sino un proceso de purificación. El fuego consume el cuerpo que ha absorbido los malos aires, las dolencias y las tensiones del año, y al reducirlo a cenizas las expulsa. Sin ese fuego —el mismo que desde tiempos mesoamericanos simboliza la renovación de los ciclos— el rito perdería toda eficacia. Los restos calcinados se recogen como reliquias milagrosas, porque es precisamente el fuego el que sella, año tras año, el pacto entre la comunidad y lo sagrado. La paradoja es que el mismo Estado que tramita su declaratoria como patrimonio inmaterial pretende limitar desde otra oficina el elemento que le da sentido ritual.

La discusión no se agota en Nunkiní. En Hecelchakán, Hopelchén, Champotón, Dzitbalché, Tenabo y el propio Campeche, las fiestas patronales convocan otras expresiones cuyo sentido ritual sostiene el alma de la verbena popular. Destaca entre ellas el Wakax K’áak’, el toro de fuego que las crónicas antiguas nombraban toro petate. Su armazón de alambre y cartón, forrada con papel de colores, estalla en bengalas y buscapiés mientras un danzante con traje de algodón humedecido corre entre la multitud arrastrando una estela de chispas y detonaciones. Los portadores de esta costumbre ven en el toro ígneo una figura de Cristo, una guía luminosa que cruza la noche anunciando la renovación de los ciclos. Las chispas que se desprenden del armazón simbolizan el alma que abandona lo viejo para abrirse a lo nuevo, idea que entronca con los rituales mesoamericanos donde el sacrificio propiciaba las lluvias. Una prohibición unilateral apagaría de golpe esta ceremonia que ya resistió los embates coloniales y la empujaría a una clandestinidad que nadie desea. 

Antropólogos e historiadores que han seguido de cerca el proceso advierten que las costumbres arraigadas durante siglos no se modifican mediante decretos ni circulares oficiales. Una prohibición vertical, sostienen, provocaría un rechazo frontal de las comunidades y arrastraría las celebraciones hacia terrenos ocultos, fracturando cualquier posibilidad de diálogo antes siquiera de haberlo ensayado. La única ruta transitable, coinciden los especialistas, es una negociación prolongada en el tiempo, donde las comunidades participen sin la amenaza de la sanción administrativa como telón de fondo.

Brown Gantús ha reportado una disminución significativa en el empleo de pirotecnia durante los primeros meses de 2025, tendencia que atribuye a la combinación de vigilancia institucional y acuerdos alcanzados con la Diócesis, y ha anticipado la aplicación de controles más estrictos para las ceremonias cívicas del Grito de Independencia. En las comunidades, mientras tanto, continúan los preparativos de las fiestas patronales continúan su curso porque los ciclos rituales no dependen de los tiempos administrativos, y el debate de fondo sigue abierto. Antropólogos, historiadores y portadores de las tradiciones coinciden en que cualquier regulación efectiva requiere una negociación prolongada, donde el Estado escuche antes de normar y las comunidades participen sin la amenaza de sanciones, para encontrar un equilibrio entre la protección ambiental, el bienestar animal y la vigencia de un lenguaje ritual que los pueblos mayas han preservado durante siglos.

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