
“¿A qué le tiráis cuando soñáis, no es mejor que ya no os hagáis?, mejor quedáis donde estáis, así no la regáis.”
Grandes lecciones de nuestro maravilloso Chava Flores, pero también de esta pandemia, de este 2020, de esta cuarentena, de nuestra madre tierra, de la modernidad y de la prehistoria que aparece cada tanto de repente.
Nos hablan con todas sus letras, sin pelos en la lengua, con cada palabra y su significado, con toda su furia y sus volcanes, con vientos y mareas, huracanes y virus, con palabras elocuentes y discursos muy congruentes. Nos hablan con llanto y con truenos, los doctores y el planeta, los científicos y los animales, las plantas y los mares, pero parecen oídos sordos los de muchos mexicanos, parecen ruidos silenciosos que nos rugen en la cara sin siquiera abrir los ojos para notar la presencia devastadora de nuestras propias acciones.
¿A qué le tiramos si no queremos ver ni oír? A qué le tiramos si el paso con el que andamos durará unos cuantos años pero la huella que dejaremos será para siempre. A qué le tiramos si nos esforzamos por lo efímero y no por lo permanente.
Todos hemos visto el poder del planeta cuando nos pasan huracanes y temblores por encima, pero también hemos visto su resiliencia y su amor, madre tierra dadora de vida. Permanente ante virus y pandemias, pero tal vez no a humanos ciegos y sordos, tal vez no a humanos individuales en mundo de sociedades.
A qué le tiramos mexicanos, si las hadas no pagan y los impuestos no bajan. Si la silla de tu puesto en tu trabajo quedó vacía por la crisis económica o algún familiar o amigo enfermó o murió, o el virus sigue y con ello la lección, pero tu compañero de cuarto te dice tú sigue soñando que el mundo es tuyo soñador. El virus seguirá pero también pasará, aprendamos la lección.
Porque ya vimos todos que algo debimos haber aprendido con esta cuarentena. Comer más saludablemente, hacer ejercicio, cuidar de nuestra familia y de nosotros mismos, cuidar la naturaleza pues también es casa de otras especies, proteger y preservar nuestros recursos naturales, hacer nuestro propio huerto, tener un consumo responsable, etcétera, es decir, cuidar y esforzarse por lo importante, lo permanente.
Esto es lo que nos queda por hacer, bajarnos del tren del victimismo y la soberbia y no regresar a las prácticas que dañaban nuestro ser o nuestro entorno. Hemos visto que esto no puede seguir igual, pero sí debe permanecer el amor por uno mismo, por nuestros seres queridos y por nuestro planeta,
Nuestras playas se limpiaron, nuestros bosques se resetearon, nuestras calles se llenaron de vida animal, nuestro mundo nos mostró que no gira a nuestro alrededor. Muchos empresarios han hecho lo que han podido para sostener el trabajo de sus empleados, pero muchos otros perecieron ante tal desastre. Muchas familias intentaron repararse o no desmoronarse recordando lo importante y muchas otras terminaron por hundirse en los golpes y en la desesperación. Muchas personas se sintieron solas, otras se re encontraron, algunas meditaron, otras oraron, algunos gritaron por ayuda y la encontraron, otros se olvidaron y muchos se abrazaron. Algunos aprendieron, pero otros no vieron ni oyeron.
¿A qué le tiras cuando sueñas mexicano? Si soñamos sin cumplir y queremos ya salir porque pobre de mí. Revisemos nuestros calzones, y el futuro que queremos para nuestros hijos. De qué tamaño tenemos las ganas y las acciones cotidianas para el bien nuestro y de las generaciones venideras. Toda acción en el presente es para el futuro. El paso que demos hoy, será la huella de mañana. Pensemos qué huellas queremos dejar. Nada puede continuar como hasta ahora, algo debimos haber aprendido. Dejemos la bondad de nuestra naturaleza humana en cada uno de nuestros actos, el mundo será seguro y sano no por desinfectar sino por nuestra bondad y resiliencia.
Soñar no cuesta nada, pero eso si hay que trabajar y sobre todo, no regresar a las mismas prácticas, a los mismos malos hábitos. Porque tal vez todos hemos soñado con que nuestros hijos y nuestros nietos disfruten de nuestras maravillosas playas y bosques, arrecifes y cenotes, montañas y lagos. O todos hemos soñado con que nuestros hijos y nietos conozcan las maravillas de nuestro país y del mundo, pues trabajemos para ello en comunión para su preservación. Trabajemos por el bien propio y por el bien común porque pertenecemos a una sociedad, a un mundo compartido.
No seamos soñadores sin sueños, sin sentido y sin dirección. No seamos soñadores egoístas, sin esfuerzo, sin empatía o sin corazón. Pertenecemos todos al mismo universo, todos somos simples mortales controlados y sin control.
A qué le tiramos si nos quedamos sin agua que beber o sin playas que pisar, sin bosques que respirar, sin abejas que cuidar o sin vida que vivir.
A qué le tiramos si soñamos en un futuro que no estamos construyendo en el presente. Logremos que cada una de nuestras acciones cuente y sume para nuestro mejor y más alto bien.
Porque la historia sigue, no olvides que perteneces a ella. Que nuestro paso por esta bella vida valga cada instante, cada razonamiento de pertenencia y universalidad, cada empatía y cada pausa para comprender que todos respiramos el mismo aire y moriremos sin remedio ni tiempo, cuando nuestro tiempo se acabe.
El virus sigue pero nosotros también. Hagamos que nuestra historia sume.
No la regáis mexicano, no la reguemos con sueños vacíos o acciones nocivas. En nuestra persona, con los nuestros, con el prójimo, con nuestra madre tierra, con nuestro presente, construyamos, aun fragmentados, en comunión y compromiso, para lograr unión y futuro.
¿A qué le tiras cuando sueñas soñador?

