Inosente Alcudia Sánchez
Más allá del Estado de Derecho o del conjunto de normas que regulan la convivencia social, las sociedades nos hemos dado un marco de valores y principios que arreglan nuestras relaciones en comunidad. Estos valores y principios, inculcados por generaciones hasta casi llegar a ser parte del inconsciente colectivo, coinciden en muchos casos con los ordenamientos jurídicos y su incumplimiento está sujeto a sanciones por parte de la autoridad; pero hay algunos inoculados en nuestro comportamiento que, aunque no estén contemplados en el andamiaje legal, son parte de las conductas que robustecen la socialización.
En esa escala de principios y valores, mi madre otorgaba mucho peso a la vergüenza. Para ella, un sinvergüenza tenía una carga más pesada que la de un delincuente común: éste podía pagar por su infracción y reivindicarse ante su entorno comunitario; aquél, en cambio, estaba sujeto al oprobio, al recelo eterno de sus semejantes. Bajo la perspectiva de madre, no se trataba de respetar las normas por temor a un castigo; sino por la vergüenza que podría causarnos la infracción a los límites de lo permitido, de lo aceptado por el consenso social. Para ella, la vergüenza es el freno íntimo, individual, que poseemos los humanos para evitarnos la ignominia, la culpa y, claro, la reprobación pública. Por encima de las penalizaciones derivadas del contrato social, está la emoción personal, el temor a avergonzarnos, la conciencia como cúspide de lo civilizatorio.
Según madre, si todos tuviéramos “un poquito de vergüenza” la vida en comunidad marcharía mejor. Ella detestaba a los sinvergüenzas que, ciertamente pocos, no faltaban en nuestro entorno. Eran sinvergüenzas los mentirosos y estafadores que no se ruborizaban con sus acciones y falsedades. Eran gente corrompida de la que no se podía esperar nada bueno porque habían perdido el miedo a la vergüenza. Un desvergonzado, entonces, podía escalar el nivel de sus infracciones hasta la consumación de hechos graves, fueran o no delitos punibles. El desvergonzado se iba haciendo a base de actos deshonestos, hasta que no le causaba ninguna emoción la maledicencia, hasta que le era indiferente la reprobación social. Cínicos y abusadores conforman el grupo de los desvergonzados, mujeres y hombres acorazados al estigma social; impúdicos que perdieron el respeto por su comunidad, por su familia, por ellos mismos. El repartidor de la leche era un desvergonzado incorregible: nunca dejó de rebajar con agua el litro que dejaba a diario en la puerta de las casas, a pesar de que lo delataba la reducida nata que producía la leche en el primer hervor. “Ya llegó el sinvergüenza ese”, decía madre cuando lo escuchaba llegar. “¿Y quién es ese niño?”, preguntó alguien y cualquiera le respondió: “Es hijo del sinvergüenza ese”, y todos supimos que era hijo del lechero. Claro, así como el estigma podía ir de arriba para abajo, también podía ir de abajo para arriba, por lo que de lo que se trataba la vida era de evitar a padres la pena de haber engendrado a un bicho desvergonzado.
En los tiempos en que madre me apabullaba con estas lecciones, la desvergüenza era doméstica y corregible. Exhibirte como mentiroso o tramposo implicaba sufrir el intolerable latigazo del escarnio público y hasta el ostracismo familiar, algo que pocos se atrevían a enfrentar. En todo caso, digamos que prevalecía el pudor, el respeto personal y a la familia, y el temor a la recriminación de la comunidad. De este modo, la vergüenza no tenía que ver con el respeto de la ley ni con el cumplimiento de reglas morales: era, fundamentalmente, una emoción personal vinculada a la conciencia de cada quien y a la raíz de la honestidad y del decoro, intangibles pero arraigados hasta el fondo del ser individual. Para madre, la vergüenza era síntesis de integridad y pudor, lo contrario al cinismo y a la hipocresía.
En la escuela y en el hogar nos enseñaban la importancia de la vergüenza como armadura para protegernos de las más cotidianas de las tentaciones: engañar, tranzar, tomar lo ajeno. Madre creía que ese entrenamiento básico nos haría mejores adultos, mejores ciudadanos, mejor sociedad y mantuvo esta convicción toda su vida, y se la transmitió a casi todos sus nietos: nada como evitar el escarnio de ser un sinvergüenza.
Además de permitirme recordar a mi madre en estos días, viene a cuento la perorata porque ella guardaba simpatía por AMLO, tanta que le indignaba que en el pueblo hubiera quienes regateaban apoyo al tepetiteco. Seguramente se habría alegrado por el triunfo –que tantas veces se le había negado– de Andrés Manuel López Obrador y habría aplaudido el lanzamiento de la Cartilla Moral. En eso que llaman “revolución de las conciencias”, madre habría intuido resabios de la educación socialista de su infancia y, sí, habría aplaudido a rabiar la “moralización de la vida pública”. No sé qué pensaría hoy. Quizás le ruborizaría aceptar cómo se ha trivializado la deshonestidad e intentaría justificar la normalización de la desvergüenza. O, acaso, se sumaría a los indignados ante tanto cinismo y predicaría que, como en Macondo, somos un pueblo sin una segunda oportunidad sobre la faz de la tierra.
No saben cómo me hacen falta los consejos y, sobre todo, los cariños de doña Margarita. En mis insomnios creo escuchar el ritmo metálico de su pedaleo en la máquina de coser Singer. En mi orfandad, deseo que el 2023 sea de fe y esperanza. Y, de ser posible, de bienestar y prosperidad. Y, si no es mucho pedir, que el decoro retorne a la vida pública y prevalezca la justicia sobre los desfiguros vergonzosos de la política.



