ROBERTO HERNÁNDEZ GUERRA
El 26 de julio del año 1847 fue fusilado en la plaza de Santa Ana, de la ciudad de Valladolid, el cacique de Chichimilá Manuel Antonio Ay, siendo este hecho lo que se puede considerar como el inicio de la llamada “guerra de castas”; una conflagración sangrienta que duró hasta el año de 1901 y que devastó a la península de Yucatán. Baste recordar que más allá de las pérdidas económicas, el costo en vidas humanas se calcula en cerca de 250 mil personas, equivalente a la mitad de la población que reflejaba el censo en aquella época.
Manuel Antonio Ay, junto con los caciques de Tepich y Tihosuco, Cecilio Chi y Jacinto Pat, eran las cabezas de una conjura para cambiar el estado de cosas vigente, que como podemos suponer, sin necesidad de mucha imaginación, no favorecía a la población maya. Al ser descubiertos por una carta que se le cayó del sombrero al cacique de Chichimilá, éste fue aprehendido, juzgado sumariamente y fusilado, como reseñamos al principio.
La percepción de este trágico suceso, la guerra social que duró más de 50 años, es diferente para unos y otros. Aquí en Quintana Roo recordamos el suceso, consideramos mártir a quien perdiera la vida ante el pelotón de fusilamiento y héroes a los otros conjurados; más aun, se celebra uno de los resultados de la lucha, la fundación de “Chan Santa Cruz” hoy ciudad de Carrillo Puerto, hecho que se menciona en el mismo himno de nuestro estado llamándola “santuario del libre”.
En el vecino estado de Yucatán, por el contrario, los hechos se han cubierto de un interesado velo de silencio y cuando más, algunos intelectuales progresistas han analizado las causas, mientras que los de signo contrario solo han recordado las crueles matanzas, desde luego las que realizaron los sublevados y no las del bando “de la civilización”, como se autodenominaban los que detentaban el poder. No debe extrañarnos tal contradicción, pues bien nos recuerda el poeta Campoamor que “todo es según el color / del cristal con que se mira”.
Pero en unas cortas líneas no es posible analizar este hecho trascendente, cosa que ya han hecho autores más calificados, entre otros el escritor y periodista Jorge González Durán, con su obra “Los Rebeldes de Chan Santa Cruz”, así como con alguna otra producción de su vena poética. Mención especial merece la obra del estadounidense Nelson Reed, titulada “La Guerra de Castas de Yucatán” y ni dudarlo, la del autor yucateco Serapio Baqueiro Preve, cuya obra “Ensayo Histórico sobre las Revoluciones de Yucatán” fue escrita en tiempos en que aún se desarrollaba el suceso. Nuestro objetivo en las siguientes colaboraciones es recordar algún pasaje curioso de dicha contienda, para dejarlos descansar de opiniones sobre economía, política o transformaciones.
Comenzaremos nuestro “regreso al pasado” con la historia de un Comandante de los mayas sublevados, Crescencio Poot, que sin tener acceso a la obra de Sun Tzu sobre “El Arte de la Guerra”, aplicó su principio de que ésta era “el arte del engaño”, Para unos, un genio de la estrategia, para sus víctimas del poblado de Tekax, “el Atila del sur”. Cuestión de opiniones.
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