@_Chipocludo
Un año más, otro aniversario de Cancún, no sé ustedes, pero a mí no me nace ni aplaudir. Me gustaría decir que me siento orgulloso, que me llena de emoción ver cómo ha crecido esta ciudad que me vio nacer, pero la neta, lo único que me llena es el coraje. Y no es que uno quiera ser amargado, es que Cancún da motivos. Muchos.
Se supone que deberíamos estar celebrando, ¿no? Que si los logros, que si el turismo, que si la “joya del caribe mexicano”. Pero cuando sales a la calle, lo que ves no son celebraciones, lo que ves es una ciudad rota, parchada con discursos bonitos y mucha hipocresía institucional. Inseguridad por todos lados, obras a medias, transporte público del siglo pasado y un abandono generalizado que da pena. ¿Qué estamos festejando entonces? ¿El simple hecho de seguir aquí sin que nos hayan asaltado hoy?
Y miren, yo quería escribir algo bonito, en serio, iba a hablar de tres personalidades de Cancún que han brillado a nivel mundial, porque sí hay gente chingona, sí hay talento local. Pero sería como ponerle una cereza a un pastel echado a perder. ¿De qué sirve presumir a nuestros triunfadores si la tierra que los vio crecer sigue siendo un desastre? Lo más triste es que Cancún no tiene identidad y eso duele. No tenemos una bebida que sea la bebida cancunense, no hay un platillo típico que digas “esto solo lo encuentras aquí”, ni un monumento que te dé ganas de presumir en Instagram. Las playas son preciosas, sí, pero no son “exclusivas de Cancún” y no, no me vengan con el monumento a los héroes del Covid o el horroroso monumento al albañil, o la licuadora, porque eso no emociona a nadie. Cancún no tiene alma propia, porque la han ido vendiendo pedazo por pedazo (como el faro rojo de Punta Cancún).
Todo aquí es prestado: la cultura, las costumbres, las tradiciones, y no porque no haya talento, sino porque nunca se ha apostado de verdad por construir algo propio. Mientras tanto, el crecimiento desordenado, la mancha urbana que se expande sin control y los constantes enfrentamientos entre delincuencia y autoridades (o entre delincuentes y delincuentes, que ya ni se distingue) nos recuerdan que Cancún no solo está sin identidad… está sin rumbo.
Y ahí están, claro, los discursos oficiales, las banderitas, los recuentos históricos, los espectáculos públicos, los fuegos artificiales, los drones con frases “Cancún nos une”. Todo muy bonito para la foto, pero la gente sigue sin agua, sin luz, sin seguridad, sin transporte digno. La ciudad está llena de baches, pero no solo en las calles, también en la planeación, en la justicia, en el sentido común.
Así que feliz aniversario, Cancún… supongo. Aunque a mí no me sale la sonrisa. Me sale la rabia, porque Cancún podría ser una ciudad ejemplar. Pero no lo es. Porque Cancún merece más, pero no se lo dan. Porque aquí nací, y me duele ver en lo que nos hemos convertido.
Y al gobierno, ese que cada año se toma la foto frente al mar con cara de “todo va bien” a ustedes les digo: dejen de adornar la ciudad con discursos. Cancún no necesita palabras bonitas, necesita acciones reales. Y si no pueden, al menos tengan la decencia de no estorbar.
Porque lo único que están construyendo… es el olvido.

