18 abril, 2026

Edgar Prz

Hace unos días viajé en una Van colectiva de la Zona Maya a Chetumal, tenía que hacer unas diligencias y durante el trayecto rememoré lo que Chetumal representaba en mi historia personal. Fue la primera ciudad grande que conocí cuando era niño. Era un agasajo visual todo lo que se podía encontrar en esa fabulosa avenida Héroes: tiendas, almacenes, estanquillos, hasta el pasillo donde el famoso “Amigo” vendía sus exquisitas tortas.

Caminando te distraías, lo mismo veías ropa, aparatos electrónicos, telas, navajas, instrumental médico, relojes, perfumes, laterías, accesorios, un verdadero desfile ante los ojos. Además, era la “Meca” de la Península en importaciones de laterías: Tulip, corn beef, paté de hígado, queso de bola, Tip Top, Patagrás, chocolates Wafer, Milo, Cracker Jack, mantequilla azul, talco My Fair Lady, perfumes Brut, Jovan, English Leather, relojes Mido, Casio, telas Dacrón, Terlenca, poliéster, camisas Van Heusen. Ese era el Chetumal que conocí, esa era la postal grabada en mi subconsciente…

En las calles, la romería interminable, gente por todos lados, los fayuqueros pululaban por el área del mercado viejo. La economía floreciente, todos contentos, es más, la penitenciaría estaba en lo que ahora es la alameda del palacio municipal. En las tiendas imperaba la música del reggae, calipso, Byron Lee, Ely Combo, Benny y su Grupo, Los Profesionales de Jesús Acosta, Los Mensajeros de Belice; era una influencia caribeña contagiosa, todos bailaban esos ritmos en los bailes sabatinos de la explanada. En esa área aún funcionaban el cine Ávila Camacho, la cafetería Pérez Quintal.

Caminar por la Héroes era un recorrido obligado, el ir y venir distrayéndote con los artículos de todo el mundo. Era un orgullo ser chetumaleño en ese entonces…

Mi pensamiento abruptamente fue interrumpido cuando la Van detuvo su marcha. “Llegamos, servidos señores”, dijo el operador, y la primera impresión que recibí fue negativa, golpeadora. Al bajar, solo veía desolación, ruinas, edificios abandonados, sucios, enyerbados. Lo que un día fueron la terminal de autobuses, la tienda San Francisco de Asís, la exprocuraduría. No puede ser, me dije, y sonreí: “Qué felices éramos antes y no lo sabíamos…”

Tomé un taxi y avanzó por la avenida Belice. Un elefante blanco: la extienda del ISSSTE. La escuela Comodoro Azueta vive del recuerdo, ya su glamour está en peligro de extinción. Calles sucias, con baches, postales como de la posguerra. Aquellas casonas, mansiones, ya mostraban los estragos del tiempo. La bonanza se había marchado de Chetumal, era indudable por las condiciones en que se encuentra.

Sentí nostalgia al transitar por la avenida Héroes. Está herida. El silencio no era roto ni por el trinar de los pájaros, ya que Yensunni se había encargado de desnudar los árboles. No solo les quitó la sombra, el fresco a la gente, sino que destruyó las casas de los pajaritos. Un verdadero crimen, una impunidad que ofende y lacera. Ah, pero a ellos nadie los defiende… que no sea un perrito porque capaz que te incineran.

Me pregunto: ¿dónde quedó el “orgullo chetumaleño”? ¿Aquel instinto combativo? ¿Lo habrán colgado detrás de su puerta? No hay oposición, no hay resistencia, más que oleadas de inconformidad que no son tomadas en cuenta. Me duele ver así a Chetumal: su prestigio, su lozanía, su belleza han desaparecido. La han despojado de su esencia.

Da la impresión de que la titular del gobierno municipal no solo es la autoridad, sino que se siente la dueña de la ciudad. Cuidado, mucho cuidado, los extremos siempre son malos. Extraño a aquellos verdaderos luchadores, a aquellos que se enfrentaron a Lázaro Cárdenas y le exigieron restituir el Territorio. Aquellos líderes sociales, a la gente comprometida, a los verdaderos revolucionarios como Enrique Barocio, José Marrufo, Arturo Namur, Pedro Cervera, Mariano Angulo. Posteriormente, de los últimos guerreros, don Gastón Pérez, que esos sí eran de buena madera y peleaban sus derechos, solicitaban atención y eran un termómetro en la sana conducción del gobierno.

Hoy Chetumal duele, su prosapia está mancillada, su elegancia, su convocatoria permanente a hacer ejemplo de gobierno y resplandor para hacer mejor las cosas está estacionada, hace años que se estancó. Chetumal se ha rezagado ante el concierto estatal. Bacalar lo ha rebasado. Urge su rescate, su reposicionamiento, pero con verdaderos planes y programas elaborados por gente que conozca los antecedentes, que haya disfrutado o se haya enterado de la gloria de los años dorados. No más proyectos de rescate fallidos, no más recursos mal invertidos. ¿De qué sirven los discursos si en los hechos el vacío es lo que impera?

Chetumal es más grande que sus problemas. Falta voluntad, visión, trabajo en equipo y ganas por hacer bien las cosas. Como experimento ya estuvo bien. ¿No lo cree usted?

Ocultan su enojo con este chascarrillo: “No fue una ‘poda’ lo que hicieron, fue una ‘joda’ la que nos dieron…”

Mejor seguiré caminando y cantando del maestro Roque Cervera: Préstame tu tarraya, man, préstame tu tarraya, man, cuando vayas a la playa. Si me prestas tu tarraya, man, será grande orgullo, escuchar hasta el murmullo de las olas del mar…”

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